FAZER LOGINCapítulo 3. El despacho del señor Dom
Arabella llegó puntual a la residencia de Dominic. La amable señora Higgins ya la esperaba en la entrada para darle la bienvenida. La mujer de mediana edad le ofreció un vaso de jugo de naranja, sin percatarse de que las manos de la joven aún temblaban por el pavor de que la grabación fuera difundida si llegaba un solo minuto tarde.
—Estás pálida, cielo —comentó la señora Higgins, observándola con preocupación—. ¿Acaso no has dormido bien?
—No, señora. Estoy bien —mintió Arabella, forzando una respuesta.
—El señor Dominic pidió que fueras a su despacho. Dijo que necesitaba ayuda con algo —la señora Higgins frunció el ceño con extrañeza—. Es inusual, normalmente nunca involucra al personal doméstico en sus asuntos de oficina. Pero en fin...
Arabella tragó saliva. Ayudarlo con el trabajo... sabía que aquello no era más que una burda excusa.
—Su oficina está en la segunda planta, al fondo del pasillo a la derecha —continuó la mujer—. No olvides llamar antes de entrar. El señor Dominic no está de muy buen humor hoy; parece que hay problemas con sus negocios.
Arabella asintió levemente. Comenzó a subir la escalera de reluciente madera de teca; cada peldaño se sentía como un paso más hacia la boca del lobo.
La puerta del despacho era de un marrón intenso con tallados artesanales. Arabella llamó tres veces.
—Adelante —respondió la voz grave de Dominic sejak el interior.
Su tono era plano, desprovisto de toda emoción. Arabella abrió la puerta. La estancia era imponente, una biblioteca de doble altura con estanterías que trepaban desde el suelo hasta el techo. La lámpara de cristal sobre su cabeza emitía una luz tenue. En el centro de la habitación, Dominic estaba sentado en un sillón de cuero tras un escritorio antiguo. Su camisa blanca tenía los dos primeros botones desabrochados y su cabello castaño aún estaba húmedo, recién lavado.
En su mano sostenía un vaso de whisky.
—Cierra la puerta y echa la llave —ordenó.
Arabella obedeció. El sonido de la cerradura girando retumbó con una nitidez dolorosa en el silencio de la sala.
—Acércate —mandó Dom, clavando su mirada en Arabella, que permanecía rígida frente a él.
Ella caminó con lentitud; sentía las piernas pesadas como el plomo. Cada paso alimentaba una náusea que se le instalaba en la boca del estómago. Se detuvo ante el escritorio, a un metro de distancia de él.
—Más cerca.
Dio dos pasos más. Ahora estaba lo suficientemente cerca como para percibir el aroma al costoso jabón de baño que emanaba de su cuerpo. Era la misma fragancia que anoche se había impregnado en su ropa, provocando la furia de Christian.
Dominic la escudriñó de pies a cabeza. Sus ojos se detuvieron en la mejilla de Arabella, que lucía ligeramente enrojecida a pesar de haber intentado ocultarla con maquillaje.
—¿Te golpearon? —preguntó, extendiendo la mano para tocarle el rostro, pero Arabella apartó la cara rápidamente, rechazando el contacto.
Ella no respondió. Sabía que era inútil contestar a las preguntas de su señor. Al final, él y su marido eran dos caras de la misma moneda.
—¿Fue tu esposo? —Dominic dejó el vaso de whisky sobre la mesa—. No sabe nada de lo de anoche, ¿verdad?
—No —respondió Arabella finalmente, con voz ronca.
—Bien. No quiero tener que lidiar con él, y mucho menos que venga aquí a causar un escándalo —Dominic se levantó de su asiento. Su imponente figura de más de un metro ochenta obligaba a Arabella, con sus escasos un metro cincuenta y ocho, a levantar la vista para sostenerle la mirada.
—¿Sabes por qué estás aquí esta noche? —preguntó él.
—Para ayudar al señor con su trabajo —susurró ella.
Dominic sonrió, pero el gesto no alcanzó sus ojos.
—Inteligente. Sabes fingir muy bien. Eso resultará útil.
Rodeó el escritorio y se plantó justo frente a ella. Arabella retrocedió por instinto, pero su espalda pronto chocó contra la estantería de libros.
—No retrocedas —dijo Dominic en un tono monótono, pero cargado de amenaza.
—Señor Dominic... se lo ruego... no otra vez... —suplicó Arabella con voz lastimera.
—¿Crees que lo de anoche fue suficiente? —Dominic le tomó el mentón, inclinándole el rostro para que quedara bajo la luz—. No, Arabella. Estarás conmigo hasta que me aburra de ti. Puede ser una semana, un mes o un año. Todo dependerá de qué tan bien sepas satisfacerme.
—No puedo... mi esposo se pondrá furioso si se entera de esto.
—No es mi problema —la cortó Dominic con frialdad—. Ese es tu asunto. Resuélvelo tú misma.
Arabella se mordió el labio. En su mente, intentaba calcular cuánto tiempo sería capaz de resistir. Su cuerpo aún dolía por lo ocurrido la noche anterior. Cada movimiento le escocía. Sin embargo, sabía que rechazar a Dominic era tan peligroso como ceder ante él.
—Te daré dinero extra cada vez —añadió Dominic, como si aquello fuera la solución universal—. Puedes decirle a ese marido tuyo que es el pago por tus horas extras.
—No necesito su dinero, señor. Y mucho menos dinero sucio —respondió Arabella con firmeza, reuniendo los últimos jirones de valor que le quedaban.
—¿Sucio? Ese dinero es el fruto de tu esfuerzo —concluyó él con cinismo—. Trabajas como mi empleada, Arabella. Esto también es parte del trabajo, solo que es una tarea que no figura en nuestro contrato escrito.
Aquella noche, por segunda vez, Dominic trató a Arabella como a un objeto. Fue más rápido que la noche anterior, con movimientos más bruscos, como si ya supiera exactamente cómo anular sus defensas. No es que ella no lo intentara; Arabella empujó, pateó y mordió el hombro de Dominic hasta dejarle marca, pero todo fue en vano. Él era mucho más grande y fuerte.
Al terminar, Dominic se arregló la camisa mientras Arabella permanecía sentada en la alfombra, con las costuras de su ropa desgarradas. Lloraba con un sollozo contenido, con los hombros agitados por el llanto.
—Hay un baño a la derecha, junto al estante número catorce —dijo Dominic sin mirarla—. Límpiate. Hay un uniforme de repuesto en el armario del pasillo. Y ni se te ocurra decirle una palabra de esto a la señora Higgins.
Antes de abandonar la estancia, Dominic se detuvo.
—Ah, y quiero que hagas algo por mí. Necesito los datos personales de tu esposo.
Arabella levantó la cabeza con los ojos enrojecidos.
—¿A qué se refiere, señor?
—Quiero saberlo todo sobre él. Dónde suele apostar, quiénes son sus amigos, a cuánto ascienden sus deudas —Dominic volvió a sonreír—. Porque si voy a mantenerte conmigo por mucho tiempo, debo asegurarme de que tu marido nunca tenga la fuerza suficiente para enfrentarse a mí.
—Por favor, no lo involucre a él —imploró Arabella, aunque sabía que sus súplicas nunca llegaban a los oídos de aquel hombre.
—¿Por qué no? ¿Es que lo amas? Él ni siquiera quiere tocarte, ¿por qué te importa tanto?
—Por favor, no lo haga, se lo ruego —las lágrimas de Arabella eran incontenibles mientras hablaba.
—Haré lo que sea necesario para proteger lo que me pertenece —Dominic frunció el ceño—. Y tú, Arabella, a partir de ahora me perteneces.
Las semanas posteriores al accidente de Matteo trajeron consigo cambios significativos en la relación entre Dominic y sus hijos. Ya no aparecía únicamente los fines de semana; comenzó a pasarse también durante los días laborales, aunque fuera de forma breve: para almorzar junto a Matteo, llevar a Isabella a la universidad o simplemente tomar un café en la terraza trasera de la residencia de los Hale mientras charlaba de negocios con Christian.Lucas continuaba sin confiar del todo en él. Observaba minuciosamente cada uno de sus movimientos y analizaba cada palabra que salía de su boca. No obstante, empezaba a reparar en pequeños detalles innegables: Dominic nunca llegaba con las manos vacías —traía fruta para Bella, libros para Lily o el café predilecto de Christian—. Jamás olvidaba expresarle su gratitud a Bella por cuidar de Matteo, ni dejaba de indagar sobre la evolución de Matteo, los estudios de Isabella o cualquier novedad en la vida cotidiana de la familia.Una tarde, Lucas leí
Matteo permaneció internado en el hospital durante tres días. Lucas no se apartó de su lado ni un solo instante, salvo para asearse y comer. Christian y Bella se turnaban para visitarlo, trayéndole comida y ropa limpia. Isabella también acudía todas las tardes, acomodándose junto a la cama de Matteo para leerle un libro o simplemente charlar. Lily le había hecho un dibujo a Matteo —una casa con un jardín y un sol sonriente— y lo pegó en la pared de la habitación.Al cuarto día, el médico dio el alta a Matteo. Lucas ayudó a su hermano a incorporarse, cargó la bolsa con sus pertenencias y lo condujo hasta el automóvil. Aunque aún se notaba algo débil, Matteo ya era capaz de caminar por su propia cuenta.Al llegar a la residencia, Bella ya tenía acondicionada la habitación de Matteo con sábanas limpias y una almohada mullida. Asimismo, le preparó una reconfortante sopa de pollo y pan tostado. Matteo comió con apetito, pese a que las molestias por el mareo persistían de vez en cuando.—De
Ese día, Ashford Hills fue azotado por una tormenta inusual. La lluvia caía con furia desde muy temprano, acompañada por intensas ráfagas de viento que hacían bambolear con violencia los árboles en el jardín de la familia Hale. De tanto en tanto, los relámpagos cruzaban el cielo, seguidos por el estruendo retumbante de los truenos. Las luces de la casa parpadearon en varias ocasiones, pero no llegaron a apagarse.Lucas permanecía sentado en el salón, contemplando el ventanal empapado por el agua. Aguardaba noticias de Matteo, quien había salido rumbo al campus por la mañana. Con las calles probablemente anegadas, a Lucas le carcomía la preocupación de que su hermano no pudiera regresar a salvo.El teléfono celular vibró. No era un mensaje de Matteo, sino de un número desconocido.«¿Lucas Hale? Soy amigo de Matteo, me llamo Dito. Matteo sufrió un accidente en la carretera. La motocicleta derrapó porque el asfalto estaba resbaladizo y se lo llevaron al hospital. Tienes que venir de inme
Pasaron varias semanas desde aquel encuentro en la cafetería, y Dominic comenzó a mostrar una transformación evidente. Ya no se limitaba a enviar mensajes o realizar llamadas; ahora viajaba a Ashford Hills de manera constante, sin faltar un solo fin de semana. A veces permanecía sentado en la terraza trasera de la casa de los Hale, conversando con Matteo sobre motores y automovilismo; otras veces paseaba por el jardín junto a Isabella, escuchándola hablar entusiasmada sobre sus estudios universitarios y sus anhelos. En ocasiones, simplemente se quedaba en silencio en el salón, saboreando la calidez familiar que jamás había experimentado.Lucas lo observaba todo desde la distancia. Si bien no confiaba plenamente en Dominic, tampoco podía negar que el hombre se estaba esforzando de corazón. Llegaba siempre puntual, escuchaba con genuina atención, no forzaba las situaciones ni exigía nada a cambio. Tan solo estaba allí, como una presencia sutil que, poco a poco, comenzaba a ser aceptada.
Pasaron del siete días desde aquella conversación telefónica, y Lucas permanecía sentado en el salón de su casa, contemplando la pantalla de su celular con sentimientos encontrados. Dominic le había escrito de nuevo, proponiéndole esta kali un encuentro más preciso. Ya no sería en Madrid, sino en Ashford Hills, dalam una zona neutral: una cafetería pequeña y poco concurrida en las afueras de la ciudad.«Estaré por Ashford Hills este fin de semana. Quisiera reunirme contigo, con Matteo y con Isabella. Deseo darles una explicación de todo y pedirles perdón frente a frente. No espero que me perdonen, solo pido una oportunidad para hablar».Lucas repasó el mensaje una y otra vez. Sabía perfectamente que debía poner al tanto a Matteo y a Isabella, pues les correspondía a ellos decidir si deseaban ver a Dominic o no.Esa misma tarde, Lucas los reunió a ambos en el salón. Christian y Bella se sumaron a la cita, ocupando un sofá independiente para brindarles respaldo emocional sin entrometers
Dos semanas transcurrieron desde el regreso de Lucas procedente de Madrid. Dos semanas que sembraron una profunda metamorfosis en el seno de la familia Hale. Aquella atmósfera cargada de tensión y secretos se fue disipando paulatinamente para dar paso a una calidez hogareña. Matteo ya se sentía plenamente integrado en la casa; se había habituado a la dinámica cotidiana —los desayunos y cenas en conjunto, y los ratos de esparcimiento junto a Lily en el jardín trasero—. Incluso comenzó a colaborar con Lucas en el mantenimiento de la motocicleta y a familiarizarse con la mecánica, un afecto paternal y formativo que jamás conoció al lado de Dominic.Isabella solía frecuentar la residencia con regularidad. Ella y Matteo estrecharon lazos con rapidez, asemejándose a dos hermanos que la vida por fin reunía tras largos años de distanciamiento. Con frecuencia se les veía sentados en la terraza posterior, charlando animadamente sobre su infancia, sobre sus respectivas madres y sobre el porvenir







