INICIAR SESIÓNTres semanas habían transcurrido desde la noche en que la pureza de Arabella fue arrebatada por la fuerza por Dominic.
Cada noche, después de que la señora Higgins se marchaba, Dominic llamaba a Arabella. A veces era en el despacho, a veces en la alcoba principal, otras veces en el sótano que él había transformado en una especie de refugio privado con sofás profundos y paredes insonorizadas. Arabella nunca sabía en qué rincón él reclamaría su cuerpo, y esa incertidumbre era, en sí misma, una tortura constante.
A pesar de todo, Arabella se esforzaba por recibir a Dominic con una sonrisa amable cada vez que llegaba a la mansión. Fingía, aunque sabía que al caer la noche él la haría llorar e incluso suplicar clemencia.
Debía cumplir con sus tareas a la perfección, como si nada hubiera ocurrido.
Con esmero, Arabella limpiaba el polvo de las mismas estanterías contra las que su espalda había sido golpeada la noche anterior. Planchaba las camisas cuyos botones ella misma había arrancado en un intento desesperado por liberarse de su señor. Reacomodaba los cojines del sofá que servía como testigo mudo de la crueldad de su amo.
Cada noche, cuando Arabella regresaba con el cuerpo exhausto y el corazón hecho pedazos, su esposo ya la esperaba con una botella de cerveza en la mano.
—¿Te has acostado de nuevo con tu patrón? —preguntó Christian, sin apartar la vista de la botella. Su voz era plana, como si enunciara una verdad que no requería pruebas.
Arabella se detuvo en el umbral. Ni siquiera había tenido tiempo de quitarse los zapatos de trabajo. —Christian, por favor, no empieces.
—¿No empiece qué? —Christian soltó una risita seca—. ¿No empiece a decir la verdad? ¿Crees que soy idiota, Bella? Todas las noches llegas pasada la medianoche. A veces traes una ropa distinta a la que llevabas por la mañana. A veces tienes el cabello húmedo, como si acabaras de bañarte. ¿Qué clase de trabajo te obliga a lavarte el pelo a mitad de la noche, Bella?
—¡He estado trabajando de verdad, Christian! —negó ella, intentando engañarlo.
—Sí, trabajando. Trabajando como la puta privada de tu jefe, ¿no es así?
—Por favor, basta, Christian. Estoy realmente agotada.
—¿Agotada de tanto servir a tu señor? —acusó él de nuevo.
—Cree lo que quieras, pero lo cierto es que cumplo con mis deberes en esa casa.
—¿Y qué clase de deberes son esos? —Christian se puso de pie. Su cuerpo se tambaleaba, pero sus ojos siempre parecían más afilados cuando estaba ebrio—. ¿Limpiar la casa? ¿Lavar la ropa? ¿O servir al amo en la cama?
La bofetada aterrizó antes de que Arabella pudiera siquiera formular otra negativa.
Cayó al suelo. Otra vez. Siempre al mismo suelo, en la misma sala, en la misma casa que nunca se sentía como un hogar.
—¡No me mientas, mujer barata! —rugió Christian—. ¿Crees que no me doy cuenta? Siempre vuelves con un uniforme nuevo, mientras que el anterior no te lo vuelves a poner. ¿A dónde van esos uniformes? ¿Acaso tu señor los desgarra, o el olor de su perfume se queda tan pegado después de que te acuestas con él que no te atreves a traerlos puestos?
—Christian, te juro por mi madre fallecida que jamás he hecho lo que me acusas.
—¡NO METAS A TU MADRE EN ESTO! —gritó él, estrellando la botella contra la pared. Los vidrios saltaron por doquier—. ¡Tu madre era igual! ¡Una cualquiera! Trabajaba como sirvienta en casa de mis padres y acabó embarazada. ¡Nadie supo nunca quién fue tu padre! ¡Y ahora tú, esa hija bastarda, estás haciendo exactamente lo mismo!
—¡Christian! Has cruzado todos los límites —exclamó Arabella, retrocediendo. Pero él la alcanzó de inmediato, tironeándola hasta que ella cayó justo a sus pies.
Sin previo aviso y sin rastro de piedad, Christian le pisó la muñeca. No fue un golpe seco, sino una presión constante, lo suficiente para sentir que los pequeños huesos de la joven se desplazaban bajo su peso.
—A decir verdad, me importa poco lo que hagas con ese jefe tuyo. Lo que importa es que mañana le pidas un aumento. O pídele más dinero a ese desgraciado. Necesito fondos para apostar la próxima semana. Si no traes a casa al menos la mitad de lo que sueles ganar, dormirás en la calle. ¿Entendido?
Arabella asintió. Sabía que no servía de nada resistirse.
Tras herirla, Christian se retiró a la habitación, cerrando la puerta con estrépito. No había ni un ápice de culpa en aquel hombre tras haber lastimado a su esposa.
Arabella permaneció sentada en el suelo. Lentamente, comenzó a recoger los cristales rotos, uno por uno. Sus manos sangraban, pero no sentía el dolor; estaba demasiado habituada a esa sensación.
Cuando terminó de limpiar el desastre, entró al baño y se desvistió. Su cuerpo era un mapa de moretones. La marca de una mordida de Dominic en el hombro izquierdo. El rastro de los dedos de Christian en su muñeca. El golpe contra la mesa de mármol en la parte baja de su espalda. Arabella observó su reflejo en el espejo agrietado: el cabello enmarañado, los ojos hinchados, el labio partido en dos lugares.
—Dios mío, ¿quién es esta mujer? Esta no soy yo. Yo tenía sueños. Quería abrir una pequeña pastelería. Creía que Dios tenía un plan hermoso para mi vida. Pero, ¿qué es esto? ¿Por qué terminó así?
Cerró los ojos. El agua de la ducha corría sobre su rostro, mezclándose con las lágrimas que ya no podía contener.
—En esta casa soy la esposa abnegada. En casa de mi señor, soy la sirvienta obediente. Pero en ninguna parte se me trata como a un ser humano. ¿Acaso nací solo para ser el instrumento de placer de Dominic y la fuente de dinero de Christian?
La lluvia continuaba azotando con fuerza la ciudad de Ashford Hills mientras Lucas abandonaba la casa que, hasta entonces, había considerado el refugio más seguro del mundo. Ahora, aquel lugar le resultaba ajeno. Las paredes que en el pasado atesoraron risas y calidez parecían de pronto una prisión repleta de secretos.Lucas caminaba sin rumbo fijo. Sus zapatos empapados pisaban los charcos de la acera, salpicando agua sobre sus pantalones de mezclilla, que ya se encontraban completamente empapados. Su abundante cabello negro se le adhería a la frente, y la apostura de su rostro se había transformado en una máscara de indignación y desconcierto.¿Por qué? ¿Por qué mamá no se marchó? ¿Por qué continuó regresando con Dominic?Aquella interrogante giraba en su cabeza como un disco rayado. Cada vez que intentaba hallar una respuesta, solo acudía a su mente la imagen de su madre en llanto y la de su padre, sumido en un silencio resignado.Se detuvo en un pequeño parque solitario y se acomo
La lluvia continuaba azotando el jardín posterior de la residencia Hale cuando Lucas abandonó el salón, con pasos pesados y la mente dominada por la furia. Su pecho se elevaba y descendía agitadamente, su respiración era entrecortada y el caos reinaba en sus pensamientos. Las palabras de su madre aún retumbaban en sus oídos.«Aquella noche fui forzada... pero en las noches posteriores me dejé llevar en sus brazos».Lucas dio un tisotón sobre el piso de madera y apretó los puños hasta que las uñas se le clavaron en las palmas. La sangre le hervía. No era solo la revelación sobre la identidad de su verdadero padre, sino la confesión de su madre, que le resultaba tan... vil.Dio media vuelta y caminó de regreso al salón. Christian y Bella continuaban allí; ella lloraba con la cabeza gacha, mientras que Christian permanecía sentado en silencio, cabizbajo. Aquel mutismo se sentía como una silenciosa aceptación.—No logro comprenderlo, mamá —habló Lucas; su voz temblaba, pero estaba impregn
Los días posteriores al último encuentro entre Lucas e Isabella transcurrieron como una pesadilla interminable. Lucas no lograba conciliar el sueño, ni probar bocado, ni pensar con claridad. Cada vez que cerraba los ojos, la imagen de Isabella se dibujaba ante él. Cada vez que tomaba aire, sentía que el perfume de ella continuaba impregnado en su piel. Sin embargo, más allá de todo aquel sufrimiento, una interrogante no dejaba de corroerle la mente:Si Isabella es mi hermana de padre, ¿quién es entonces mi verdadero padre biológico?La duda resonaba sin cesar. Dominic Vante. El nombre que se había señalado como el padre de Isabella. Pero Lucas jamás había tratado a Dominic. Christian era su padre. Christian, el hombre que siempre estuvo allí, el que lo cuidó y protegió en todo momento. Christian era el único padre a quien conocía.No obstante, si Dominic era el padre de Isabella, y si Isabella era su hermana, entonces...Lucas sacudió la cabeza. No. Eso resultaba imposible. Christian
Esa noche, en la suntuosa residencia de Dominic en las afueras de Madrid, la atmósfera se percibía solitaria y fría.Las arañas de cristal del salón principal permanecían encendidas con intensidad, impregnando todo el recinto con un cálido resplandor dorado. Las tupidas cortinas de color crema se hallaban cerradas por completo, impidiendo el paso de la luz exterior. En una esquina del salón, el fuego de la chimenea crepitaba suavemente, brindando un calor reconfortante frente al frío de la noche.Sin embargo, Dominic no lograba experimentar esa calidez.Permanecía sentado en el sofá del salón. Se había despojado de su saco negro, el cual yacía sobre el sillón contiguo, conservando únicamente la camisa blanca de manga larga. El primer botón se mantenía desabrochado y la corbata gris oscura colgaba floja y ladeada. Su cabello castaño, habitualmente peinado con severa pulcritud, lucía revuelto tras el constante paso de sus dedos.En su mano sostenía un vaso de whisky con líquido dorado c
Los días posteriores a que Lucas descubriera la verdad sobre Isabella transcurrieron como una densa neblina que envolvía por completo la residencia de la familia Hale. El sol continuaba saliendo y ocultándose, las aves seguían trinando en el jardín, pero la atmósfera en el interior de la casa se percibía gélida y silenciosa. Lucas se distanció de todos. Pasaba la mayor parte del tiempo encerrado en su habitación, saliendo en raras ocasiones y bajando únicamente a comer con el rostro ensombrecido por la melancolía.Christian y Bella cruzaban miradas cargadas de angustia cada vez que contemplaban a su hijo hundirse más en la aflicción. Lily también percibió aquella alteración. Su hermano mayor, habitualmente firme y lleno de seguridad, lucía en ese momento como una sombra de lo que solía ser. Incapaz de contener la curiosidad, decidió indagar.—Papá, mamá, ¿qué es lo que de verdad le sucede a Lucas? —preguntó Lily una noche mientras cenaban juntos.Bella observó a Christian y exhaló un
Habían transcurrido dos semanas desde aquel encuentro clandestino entre Christian, Bella y Ana en la cafetería. Dos semanas que, para los tres, se sintieron como dos eternidades. Día tras día se veían forzados a fingir que todo marchaba en orden, mientras que cada noche debían conciliar el sueño cargando con un secreto que les oprimía el alma.Christian permanecía sentado en su despacho, contemplando el exterior a través de la ventana. Una tenue llovizna comenzaba a precipitarse, humedeciendo el verde follaje del jardín posterior. El repiqueteo de las gotas sobre las hojas producía un murmullo apacible; sin embargo, en su mente reinaba el caos. Era incapaz de impedir que sus pensamientos regresaran una y otra vez a los acontecimientos de semanas atrás: al instante exacto en que Ana pronunció el nombre de Dominic, al sobresalto que hizo ahogarse a Bella y al cruce de miradas donde comprendieron, sin hablar, que sus vidas no volverían a ser las mismas.Dominic Vante. El hombre que había







