FAZER LOGINEl eco de la detonación de la bala de calibre nueve milímetros resulta ensordecedor, rebotando con violencia contra las paredes de madera de la casa. Un fino humo con olor a pólvora flota velozmente en el aire enpenumbrado.Mateo se queda inmóvil, paralizado. Su rostro, pegado al suelo, se vuelve lívido de golpe. Cierra los ojos con fuerza, sintiendo la helada ráfaga que le recorre la oreja. La bala ha pasado a escasos milímetros de su sien, incrustándose profundamente en la madera, justo al lado de su cabeza.Finas esquirlas de madera vuelan por el aire, adhiriéndose a las mejillas de Mateo, húmedas por un sudor frío. La respiración se le atascado en la garganta y cada músculo de su cuerpo se congela al instante.—¡¡MATEO!! —grita Isabella con histeria. Cierra los ojos con fuerza mientras su cuerpo tiembla violentamente entre los brazos de Liam, imaginando que un charco de sangre ya ha empapado el suelo.Liam permanece erguido, sin parpadear un solo segundo. El cañón de su pistola, d
La SUV negra se detuvo lentamente y sin hacer ruido detrás de una hilera de olivos, a unos treinta metros del patio de la casa. El motor se apagó, dejando tras de sí una oscuridad absoluta y el sonido de los grillos en aquella noche del Algarve que estaba a punto de convertirse en madrugada.Liam abrió la puerta del vehículo sin producir el menor chirrido. Sus zapatos de cuero pisaron suavemente la tierra húmeda. Los cuatro agentes tácticos que iban detrás de él se movieron con rapidez alrededor de la casa, asegurando cada esquina y las ventanas traseras.Uno de los agentes, especializado en allanamientos, avanzó hacia la puerta principal. Con una pequeña herramienta entre los dedos, giró el cilindro de la cerradura de madera sin hacer ruido.Click.La puerta se abrió unos centímetros. Liam empujó la hoja con la punta de los dedos y entró en la sala de estar tenuemente iluminada.Las brasas restantes de la chimenea proyectaban sombras rígidas sobre el sofá. Mateo, cuyo instinto perman
Juan golpeó con el puño la pared metálica de la cabina telefónica hasta provocar un fuerte estruendo que resonó por las calles desiertas.La fría pared no logró apaciguar la frustración que le ardía en el pecho. Juan apoyó la frente contra el marco de hierro, cerró los ojos con fuerza y dejó escapar el aire en respiraciones agitadas.Juan estaba realmente acorralado. La decisión lógica que había tomado unos días atrás ahora se había convertido en un bumerán mortal. Para rastrear y perseguir al grupo que había secuestrado a Fernando y Luisa, Juan había tomado una decisión de alto riesgo: retirar a todo su personal de seguridad encubierto de Portugal.—Maldita sea... ¡maldita sea! —maldijo Juan con voz ronca, mientras se mesaba el cabello con ambas manos.El teléfono que sostenía en la mano vibró con fuerza. En la pantalla apareció el nombre del comandante de su equipo principal, quien en ese momento lideraba la persecución de Fernando y Luisa en la frontera española.Juan presionó el b
Mateo empujó la gruesa puerta de madera hasta cerrarla por completo y giró las dos cerraduras, hasta que un agudo clic resonó en la sala. Se apoyó unos instantes contra la puerta, cerró los ojos y dejó escapar un largo suspiro para calmar los latidos acelerados de su corazón después de la tensión de hacía unos momentos.La puerta del pasillo de los dormitorios chirrió suavemente. Isabella salió con pasos vacilantes, mientras una de sus manos estrujaba el borde del holgado vestido que llevaba puesto. Su rostro pálido reflejaba curiosidad, pero también una sospecha cada vez más evidente en sus ojos.—¿Quién era el visitante que vino a estas horas de la noche, Mateo? —preguntó Isabella en voz baja, recorriendo con la mirada el rostro tenso de Mateo bajo la tenue luz de la terraza.Mateo recompuso rápidamente su expresión. Enderezó los hombros, metió ambas manos en los bolsillos del pantalón y ocultó entre los dedos el llavero de hierro de Fabrizio.—Solo era el vecino de al lado —respond
Liam empujó las puertas dobles de cristal del hospital con un fuerte impulso y avanzó a grandes zancadas por el pasillo estéril del tercer piso.Sus zapatos de cuero golpeaban con fuerza el suelo de mármol, mezclándose con el eco de los pasos apresurados de los dos fornidos guardaespaldas que corrían detrás de él. El hombre se pasó una mano por el cabello desordenado, ignorando las miradas sorprendidas de las enfermeras con las que se cruzaba.Sin dejar de caminar, sus dedos, movidos con firmeza por la adrenalina que recorría su cuerpo, buscaron el teléfono encriptado dentro del bolsillo de su camisa. Lo sacó y marcó un número de llamada rápida.La llamada se conectó al primer tono.—Preparen el helicóptero en el helipuerto del edificio principal ahora mismo —ordenó Liam sin perder un segundo. Su voz era grave y ronca, pero cortante como el hielo—. Llénenlo de combustible. Volaremos a Portugal esta misma noche.—Sí, señor Liam —respondió el jefe de su equipo de seguridad privada al ot
Mateo empujó el hombro de Isabella con suavidad, pero con firmeza, obligándola a retroceder hasta quedar detrás de la pared del pasillo que conducía a los dormitorios.—Entra ahora, Isabel. Cierra la puerta con llave desde dentro y no salgas hasta que te llame —ordenó en un susurro.—Mateo, ¿quién es? ¿Son hombres de Liam? —susurró Isabella, con los ojos desorbitados por el miedo mientras apretaba la manga de la camisa de Mateo.—Todavía no lo sé. ¡Por eso entra y cierra con llave ahora mismo! —la interrumpió Mateo rápidamente, soltando con suavidad la mano de Isabella de su brazo antes de darse la vuelta y dirigirse hacia la ventana del frente.Isabella no tuvo más remedio que retroceder y cerrar con fuerza la puerta del dormitorio. Mientras tanto, con movimientos lentos y cautelosos, Mateo abrió apenas una rendija entre las gruesas cortinas. Su otra mano se deslizó por reflejo hacia la parte baja de su espalda, rozando el mango de una navaja plegable que llevaba escondida detrás del







