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Capítulo 4. La distancia en casa.

Author: Jeda Clavo
last update publish date: 2026-06-01 11:23:21

Los días fueron pasando, y con ellos la rutina entre Camelia y Fernando se fue volviendo más extraña. 

Al principio, después de que ella aceptara trabajar como su asistente, Fernando se esforzó en coordinar los horarios para que salieran juntos de la empresa. Los primeros días incluso la esperaba en su oficina y le preguntaba cómo le había ido. Pero poco a poco eso cambió. Las “reuniones importantes” empezaron a aparecer con más frecuencia, las salidas repentinas se volvieron normales y las explicaciones, cada vez más vagas.

Ese día en particular, Camelia llegó a la casa más temprano de lo que solía hacerlo. El taxi la dejó frente a la puerta y ella se quedó un momento afuera, mirando la fachada iluminada. Ya eran casi las ocho y Fernando ni siquiera le había escrito para avisarle que llegaría tarde. Otra vez.

Abrió la puerta y el silencio la recibió como siempre. Dejó el bolso en la entrada y subió directamente al cuarto. Se quitó los tacones con alivio y se sentó en el borde de la cama. 

Las imágenes de las últimas semanas no paraban de pasar por su cabeza: las llamadas que Fernando contestaba en voz baja y cortaba cuando ella se acercaba, la forma en que guardaba el celular demasiado rápido, la rubia de contabilidad que parecía tener demasiada confianza con él, las veces que salía de la oficina sin decirle adónde iba.

Llevaba días cargando una sensación incómoda en el pecho. No quería ser la esposa que duda de todo, pero tampoco podía seguir ignorando lo evidente. Cada día que pasaba, Fernando se sentía más lejos, aunque durmieran en la misma cama.

Bajó a la cocina, se sirvió un vaso de agua y se quedó apoyada contra la isla. El nudo en su estómago ya era algo habitual. Miró el reloj. Pasó más de una hora. Cuando escuchó la puerta principal abrirse, ya eran más de las nueve de la noche.

Fernando entró con el saco en la mano y el nudo de la corbata suelto. Parecía cansado. O evadiendo. Camelia ya no estaba segura de poder distinguir la diferencia.

—Llegaste tarde —dijo ella desde la cocina, sin alzar mucho la voz.

Fernando se detuvo en la entrada del comedor y la miró. Por un segundo pareció sorprendido de encontrarla allí esperándolo.

—Tuve una reunión que se alargó —respondió mientras dejaba el saco sobre una silla.

—¿Otra vez? —preguntó Camelia. Esta vez su tono fue más directo, casi cortante.

Él se aflojó más la corbata y suspiró.

—Son cosas del trabajo. Ya sabes cómo es esto.

Ella lo miró fijamente. Quería preguntarle dónde había estado realmente. Quería decirle que ya no le creía las excusas tan fácilmente. Quería mencionarle a la rubia las llamadas, las salidas sin explicación. Pero las palabras le quemaban en la garganta.

En su lugar, preguntó algo más simple.

—¿Con quién te reuniste?

Fernando se tensó apenas. Fue solo un segundo, pero ella lo notó claramente.

—Con unos inversionistas —respondió, y su voz sonó un poco más seca de lo normal.

Camelia soltó una risa corta, sin humor.

—Siempre son inversionistas. O proveedores. O “cosas importantes”. Nunca me das un nombre, nunca me das un detalle. Solo “reunión”.

—Porque no es necesario que sepas todos los detalles de mi trabajo —replicó él.

—Se supone que soy tu asistente, y desconozco tu agenda; además, antes sí me los contabas —dijo Camelia, y esta vez su voz sonó más herida—. Antes hablábamos de las cosas. Antes no me sentías como una entrometida cada vez que preguntaba algo.

Fernando se pasó una mano por la cara. Parecía realmente cansado, pero también había algo de frustración en su expresión.

—Camelia, estoy cansado. No empecemos ahora.

—Yo también estoy cansada —replicó ella, y por primera vez su voz sonó más lastimada que enojada—. Cansada de que siempre haya algo más importante que nosotros. Cansada de que cada vez que pregunto algo, me respondas como si estuviera metiéndome donde no debo. Cansada de sentir que cada día estás más lejos.

Fernando la miró. Había culpa en sus ojos, pero también una especie de muro que ella ya no sabía cómo atravesar.

—No es eso… —empezó a decir.

—Entonces ¿qué es? —lo interrumpió Camelia—. Porque yo acepté ir a trabajar contigo pensando que tal vez así estaríamos más cerca. Y lo único que ha pasado es que ahora veo de cerca cómo te alejas. Cómo recibes llamadas que contestas en voz baja. Cómo sales sin explicarme nada. Cómo hay personas en esa empresa que parecen saber más de ti que yo.

Las palabras salieron más rápido de lo que pretendía. Una vez que empezó, ya no pudo detenerse.

Fernando se quedó quieto. La miró como si no esperara que ella lo dijera todo de golpe.

—¿Qué estás diciendo? —preguntó, y su voz sonó más baja de lo normal.

Camelia sintió que las lágrimas le picaban en los ojos, pero parpadeó rápido. No quería llorar. No, esta vez.

—Que llevo semanas viendo cosas que no me cuadran. Que llegas tarde, que sales sin avisar, que hay una mujer que te mira de una forma que no me gusta. Y que cuando te pregunto, me das respuestas que no me convencen.

Fernando dio un paso hacia ella.

—Camelia… no hay nadie más.

Ella lo miró por un largo segundo. Quería creerle. Quería con todas sus fuerzas creerle. Pero algo en su interior le gritaba que le estaba mintiendo, o al menos que le estaba ocultando algo importante.

Se soltó cuando él la tomó del brazo, sacudió su mano y se alejó.

—Lo siento, voy a dormir —dijo simplemente.

Subió las escaleras sin esperar respuesta. Fernando se quedó abajo, en la cocina, con las manos apoyadas en la isla y la cabeza gacha.

Cuando finalmente subió al cuarto, Camelia ya estaba en la cama, de espaldas, tapada hasta los hombros. La luz estaba apagada. Fernando se cambió en silencio y se metió por su lado, dejando la distancia de siempre entre los dos.

Ninguno de los dos habló durante varios minutos.

Fue Camelia quien rompió el silencio, con la voz tan baja que casi se perdió en la oscuridad.

—Ya no sé cuánto tiempo más voy a poder seguir así.

Fernando se quedó completamente quieto. Sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. Quiso girarse. Quiso abrazarla. Quiso decirle que todo iba a cambiar.

Pero las palabras no salieron.

Se quedó mirando el techo, con el pecho apretado y un peso que cada día se hacía más difícil de cargar.

Al lado de él, Camelia cerró los ojos y dejó que las lágrimas cayeran en silencio sobre la almohada. Se sentía agotada, porque era claro que ese matrimonio no tenía futuro y ella no sabía qué hacer para salvarlo.

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