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Jaula Dorada # 2

Autor: M.Mendez
last update Data de publicação: 2026-02-25 01:58:29

El lujo puede ser tan asfixiante como una celda.

Lo descubrí la mañana siguiente.

Desperté en una cama demasiado cómoda para ser real. Sábanas de algodón egipcio. Cortinas gruesas que bloqueaban el sol. Silencio absoluto. Ningún sonido de ciudad. Ninguna libertad.

Me senté lentamente, recordando dónde estaba.

Territorio Orlov.

Me levanté y caminé hasta la ventana. El vidrio blindado reflejaba mi imagen antes que el exterior. Jardines perfectamente cuidados. Guardias patrullando cada treinta segundos. Rutas calculadas.

No era una invitada.

Era una inversión.

La puerta se abrió sin previo aviso.

Nikolai entró solo.

Sin escoltas.

Sin armas visibles.

Eso era más intimidante que cualquier pistola.

—Espero que hayas dormido bien —dijo con voz tranquila.

—He tenido secuestros peores —respondí.

Su mirada recorrió la habitación, luego volvió a mí.

—Este lugar no es una prisión.

—Entonces intenta abrir la ventana.

Silencio.

Un leve gesto en su mandíbula. Apenas perceptible.

Se acercó con pasos lentos, medidos. No invadía espacio sin intención.

—Tu padre me robó algo que no puedo permitir que circule —dijo—. No es solo dinero.

—Ya lo dijiste.

—Archivos internos. Rutas. Contactos. Información que podría provocar una guerra.

—Entonces tienes un problema más grande que yo.

Sus ojos se afilaron.

—Tú eres parte del problema.

Ahí estaba. El primer golpe directo.

—No elegí a mi padre.

—Pero él te eligió a ti —respondió—. Siempre estabas en sus reuniones privadas. En sus viajes. En sus decisiones importantes.

Eso me sorprendió.

Sabía demasiado.

—¿Me investigaste?

—Investigo todo lo que amenaza mi imperio.

Imperio.

No organización. No negocio.

Imperio.

Se detuvo frente a mí. Demasiado cerca. Lo suficiente para sentir el calor de su cuerpo.

—Si él confió en alguien —continuó—, fuiste tú.

—Tal vez confió en la persona equivocada.

Esa respuesta fue intencional.

Un pequeño empujón.

Algo cambió en su expresión.

Interés.

Desconfianza.

Curiosidad.

Su mano se levantó lentamente y tomó un mechón de mi cabello entre sus dedos. No tiró. No fue brusco.

Pero fue posesivo.

—No juegues conmigo, Isabella.

—No me secuestres, Nikolai.

Nuestros nombres en la boca del otro hicieron que el aire se volviera más denso.

Más íntimo.

Más peligroso.

Su mano descendió hasta mi mentón, elevando apenas mi rostro.

—En este mundo —murmuró—, la sangre paga las deudas.

—Entonces será mejor que estés seguro de que soy culpable.

Sus ojos descendieron a mis labios.

Un segundo.

Dos.

Demasiado tiempo.

Se apartó como si recordara algo.

Control.

Eso era lo que lo diferenciaba del resto.

—Vas a quedarte aquí hasta que encuentre a tu padre —dijo finalmente.

—¿Y si nunca lo haces?

—Lo haré.

Convicción absoluta.

—Y cuando lo encuentres —pregunté—, ¿qué pasará conmigo?

El silencio fue su respuesta más honesta.

Porque ni siquiera él lo sabía.

Se dirigió hacia la puerta, pero antes de salir habló sin mirarme.

—No intentes escapar. Las consecuencias no serían solo para ti.

Amenaza indirecta.

Familia.

Aliados.

Lo entendí.

Cuando la puerta se cerró, caminé hasta el espejo del baño y observé mi reflejo.

No parecía una rehén.

Parecía una pieza en un tablero que apenas empezaba a moverse.

Mi padre siempre decía que el poder no está en quien dispara primero.

Está en quien conoce el secreto que nadie más entiende.

Y yo conocía uno.

Los archivos que había robado no estaban en una computadora.

No estaban en una nube.

No estaban en ninguna cuenta rastreable.

Estaban divididos.

Fragmentados.

Y solo yo sabía cómo unir las piezas.

Me apoyé en el lavamanos, respirando despacio.

Nikolai Orlov creía que tenía el control.

Creía que yo dependía de su paciencia.

Pero si quería jugar a la guerra…

Iba a descubrir que la hija de un traidor puede ser mucho más peligrosa que el traidor mismo.

Y esta jaula dorada…

Podría convertirse en su peor error.

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