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C4-Una mirada al pasado.

Autor: Andry07
last update Data de publicação: 2026-10-17 08:00:46

----Cuatro años atrás----

El hotel parecía sacado de una revista. Era enorme, elegante y moderno. Las paredes de cristal reflejaban las luces de la entrada y, en el centro del vestíbulo, una enorme estructura metálica representaba el diseño de un edificio futurista.

Me quedé unos segundos contemplándolo. No puedo evitarlo, soy estudiante de arquitectura.

—¡Anarela!

Giré la cabeza.

Samantha venía hacia mí arrastrando su pequeña maleta.

—¡Por fin llegaste!

Sonreí y la abracé.

—El tráfico estaba horrible.

—Pensé que tendría que subir sola a la habitación.

—Exagerada.

—Apresúrate, quiero cambiarme antes de la conferencia.

Miré mi ropa.

—¿Qué tiene de malo esto?

Samantha me observó de arriba abajo.

—Nada. Pero vamos a estar rodeadas de arquitectos importantes. Tenemos que causar una buena impresión.

Subimos a nuestra habitación.

La universidad había organizado aquella convención para los estudiantes que estaban en los últimos años de la carrera. Serían dos días llenos de conferencias, exposiciones y reuniones con profesionales reconocidos.

Entre todos los invitados había uno cuyo nombre conocíamos perfectamente.

Ramsés Falkaum.

Arquitecto reconocido internacionalmente.

Había diseñado varios de los edificios más importantes de la ciudad y, a pesar de su corta edad, ya era considerado uno de los profesionales más influyentes de nuestra generación. Se puede decir que soy su fan.

—¿Estás nerviosa? —preguntó mi amiga mientras se arreglaba frente al espejo.

—¿Por qué debería estarlo?

—Porque Ramsés va a dar la conferencia principal.

—No estoy nerviosa por eso.

—Claro.

—Samantha...

Ella soltó una risita.

—Está bien, está bien. Te creo.

Terminamos de arreglarnos y bajamos al salón principal.

Había cientos de personas.

Tomamos asiento cerca del centro y esperamos.

Las luces comenzaron a disminuir.

Entonces, una voz masculina llenó el lugar.

—Buenas noches.

Levanté la mirada.

Y lo vi.

Ramsés Falkaum caminó hasta el centro del escenario.

Era alto y llevaba un traje oscuro perfectamente ajustado y una camisa blanca. Su cabello castaño claro estaba ligeramente despeinado, como si no hubiera dedicado demasiado tiempo a arreglarlo, aunque cada detalle de su apariencia parecía calculado.

Pero fueron sus ojos los que llamaron mi atención.

Azules.

Intensos.

Por alguna razón, tuve la sensación de que podía ver a través de mí.

—Es más guapo en persona —mencionó mi amiga en voz baja.

Le hice señas para que guardara silencio cuando comenzó la presentación.

Intenté concentrarme en las palabras de aquel hombre.

De verdad lo intenté.

Habló sobre arquitectura sostenible, sobre las ciudades del futuro y sobre la necesidad de diseñar espacios pensando en las personas y no únicamente en la estética.

Me fascinó escucharlo.

No solamente porque sabía de lo que hablaba, sino porque se refería a la arquitectura con una pasión que pocas veces había visto en alguien.

Tomé algunas notas y, al levantar la vista, me di cuenta de que Ramsés me estaba observando.

Nuestros ojos se encontraron y, durante unos segundos, ninguno apartó la mirada.

Sentí calor en las mejillas y rápidamente bajé los ojos hacia mi cuaderno.

Samantha se inclinó hacia mí.

—Te está mirando.

—No.

—Sí. Aún lo está haciendo.

—Está mirando al público.

—Anarela, literalmente te está mirando a ti.

Negué con la cabeza, tratando de disimular una sonrisa.

—Concéntrate, Samantha.

—Yo estoy concentrada. La que está distraída eres tú.

Volví a mirar hacia el escenario.

Y allí estaba él.

Sonriendo ligeramente...

La conferencia terminó casi dos horas después. Las personas a nuestro alrededor comenzaron a levantarse y a acercarse al escenario.

Samantha quiso quedarse.

—Ana, vamos a saludarlo.

—No.

—Anarela.

—Samantha.

Ella me tomó del brazo.

—Solo un minuto.

Terminamos acercándonos.

Cuando llegó nuestro turno, Samantha habló primero.

—Señor Falkaum, su exposición fue excelente.

—Gracias.

Entonces, sus ojos se posaron en mí y sentí nuevamente aquel extraño cosquilleo.

—¿Y ustedes son...?

—Yo soy Samantha y ella es Anarela.

—Ana... Solo Ana —corregí.

—¿Son estudiantes de arquitectura?

—Sí. Estamos en el último año.

Yo solo asentí.

—¿Y? ¿Te gustó la exposición, Ana? —preguntó, dirigiéndose directamente a mí.

Tuve que darme una bofetada mental para poder contestar.

—Sí... Mucho.

Sonrió.

—Me alegra.

Hubo un silencio extraño, no supe qué más decir.

Samantha se aclaró la garganta.

—Nosotras debemos irnos.

—Claro.—Ramsés volvió a mirarme. —Espero que disfruten la convención.

Le agradecimos y nos alejamos sin mirar atrás, o al menos eso hizo mi amiga, porque a mí me ganó la curiosidad unos segundos después.

Giré ligeramente la cabeza y noté que Ramsés seguía mirándome...

La convención continuó durante todo el día siguiente. Entre conferencias, talleres y exposiciones, apenas tuvimos tiempo para descansar.

Los estudiantes tenían la noche libre.

Samantha estaba emocionada porque algunos compañeros habían organizado una cena.

Yo no estaba segura de querer ir.

—Vamos —insistió ella.

—Samy, estoy cansada.

—Por eso necesitas distraerte.

Suspiré.

—Bien.

Me arreglé y bajamos.

La cena transcurrió entre conversaciones y risas. Pasadas unas horas, solo quedábamos mi amiga y yo.

Hasta que alguien se acercó a nuestra mesa.

Levanté la mirada.

Ramsés.

—Ana.

Mi corazón dio un pequeño salto.

—Hola.

—¿Me permites un momento?

Miré a Samantha.

Ella inmediatamente sonrió y empezó a mover la cabeza de arriba abajo con demasiada rapidez.

—Voy a buscar algo para tomar —dijo, levantándose.

Y se marchó para que Ramsés tomara asiento frente a mí.

—¿Estás disfrutando la convención?

—Sí.

—Mmm...

Al principio me sentí algo tímida, pero poco a poco comencé a relajarme. Tanto fue así que hablamos durante horas.

De arquitectura, de nuestras metas, de la ciudad, de cosas completamente insignificantes.

Y, sin darme cuenta, terminamos riendo juntos.

La estábamos pasando tan bien que no nos percatamos de que nos habíamos excedido con los tragos.

De pronto, la conversación comenzó a volverse más personal.

Las miradas duraban más, las distancias parecían acortarse y nuestros dedos se rozaban de forma coqueta.

No sé exactamente en qué momento dejé de pensar en las consecuencias.

Solo recuerdo estar frente a él, sintiendo que aquella conexión que había comenzado durante la conferencia se había convertido en algo mucho más fuerte.

Cuando salimos del restaurante para dirigirnos a las habitaciones, nuestras manos se rozaron nuevamente.

Ninguno se apartó.

Ramsés me miró.

—Ana...

No terminó la frase.

Solo se acercó y yo tampoco retrocedí.

Sentía que el corazón me iba a saltar del pecho en cualquier momento...

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