INICIAR SESIÓN—¿Quieres acompañarme a mi habitación por un último trago? —preguntó Ramsés, muy cerca de mi rostro y con esa voz grave que parecía sugerir más de lo que decía.
Podría haber dicho que no. Podría haberme despedido con una sonrisa y subir a mi habitación. O responder: «De seguro eso se lo pides a todas las chicas con las que te cruzas». No hice ni lo uno ni lo otro. Había una especie de fuego dentro de mí que me hacía pedir más, y no me refiero al vino precisamente... —Está bien —respondí, casi en un susurro. El pasillo del hotel estaba en silencio. Caminamos juntos, sin decir mucho. Daba cada paso con firmeza para que no se notara el fuerte mareo que estaba experimentando. Sentía el corazón acelerado, como si cada uno de aquellos pasos marcara el inicio de algo inevitable. Llegamos a la puerta de la habitación 125. Ramsés la abrió y, de inmediato, un aroma familiar a madera y canela me envolvió. Era su perfume. Él dejó el saco sobre una silla, se desabotonó un poco la camisa y se acercó a la mesa del minibar. —¿Whisky o vino? —Vino —contesté, aunque no estaba segura de si lo decía por gusto o por no romper el momento. Sirvió las copas. Brindamos sin palabras. Hubo un silencio. De esos que no incomodan, pero cargan el aire de algo más fuerte que cualquier conversación. Él se acercó. No demasiado rápido ni demasiado lento. Solo lo justo para que pudiera sentir su respiración. —Puedes irte ahora, si eso deseas —dijo en voz baja. —¿Quieres que me vaya? —pregunté, susurrando también. Me miró fijamente. Y, en lugar de responder, dejó la copa a un lado y, con un movimiento cauteloso, me quitó los anteojos para mirarme directamente a los ojos. Después, rozó mis dedos con los suyos. Un contacto mínimo, pero suficiente para que entendiera que no quería que me fuera. No hubo palabras. Solo latidos desbocados, miradas cargadas de deseo y una distancia que se fue acortando hasta desaparecer. Nuestros labios se unieron en un beso que, desde el principio, fue intenso. Me hizo jadear con un simple beso y, en apenas unos segundos, mi cuerpo ya deseaba sentirlo más cerca de mí. De un instante a otro, la noche se volvió difusa. Entre copas olvidadas, ropa que caía en silencio y unos cuantos susurros que no estaban hechos para ser recordados palabra por palabra. Cuando recobré un poco la conciencia, ya estaba acostada en su cama, completamente desnuda y con él encima de mí. —¿Estás segura? —susurró cerca de mis labios. Moví la cabeza de arriba abajo para afirmarlo. Entró en mí con lentitud, hundiendo al mismo tiempo el rostro en mi cuello, mientras mis labios entreabiertos dejaban escapar un jadeo. Agradecí internamente su cautela. Había pasado un tiempo desde mi última vez. Me tomó un par de segundos acostumbrarme a la sensación. Cuando él notó que me había relajado, empezó a moverse con un ritmo exquisito. Mi mareo iba y venía, entre sus movimientos y mi respiración entrecortada. Lo hice darse la vuelta sin decir una palabra, y ahora era yo quien estaba arriba. Me sujeté de sus hombros y me apoyé en las rodillas para empezar a mover las caderas. —Así no —me susurró al oído con voz ronca—. Me vas a hacer terminar demasiado rápido. No pude detenerme. Estaba a punto de alcanzar el punto máximo de placer y, cuando sentí que él llegaba al clímax, el mío terminó de estallar también. Mi espalda se arqueó y Ramsés me sujetó con los brazos para acercarme más a su cuerpo, como si quisiera fundirse aún más conmigo. Mantuvo la mandíbula tensa y soltó un suspiro que me rozó el rostro. Me quedé recostada sobre su pecho. Ambos respirábamos de forma errática, agotados y todavía bajo los efectos de la embriaguez. Sin darnos cuenta, nos quedamos dormidos. No sabía entonces que aquella noche, en la que el deseo pudo más que la razón, se convertiría en el giro más importante de mi vida... A la mañana siguiente, la luz que se colaba por las cortinas me hizo despertar antes que él. Abrí los ojos lentamente. La primera sensación que experimenté fue de confusión. No reconocía la habitación ni aquel silencio. Hasta que vi a Ramsés a mi lado, todavía dormido. Tenía el cabello revuelto y un brazo cruzado sobre la sábana. La escena me pareció irreal, como si todo fuera una fotografía que alguien hubiera dejado en el lugar equivocado. Me senté despacio, con el corazón galopándome en el pecho. Al mirar a mi alrededor, la realidad me golpeó: la ropa tirada en el suelo, las copas vacías sobre la mesa y el eco de lo que había ocurrido la noche anterior. Me cubrí con la sábana y, al instante, recordé que debía marcharme. No tenía tiempo ni siquiera para sentir vergüenza. La convención ya había terminado y, si me quedaba más horas de las previstas, el costo de la habitación dejaría de correr por cuenta de la universidad y tendría que pagarlo yo. Mi billetera no me permitiría semejante descuido. Me vestí en silencio. Antes de salir, miré una última vez hacia la cama. Ramsés continuaba dormido. Me vi tentada a despertarlo para despedirme, pero no sabía qué significaba aquella noche para él y, para mí, tampoco estaba del todo claro. Lo que sí sabía era que no quería marcharme sin dejarle una forma de encontrarme. Busqué algo donde escribir, pero no encontré papel. Tuve que dejarle mi número de teléfono en una servilleta. La doblé cuidadosamente y la dejé sobre la mesita de noche, junto a la cama. Salí con los tacones en la mano y, al pasar junto a una mesa cerca de la puerta, vi cómo una laptop encendía su pantalla al recibir una notificación. La imagen de fondo llamó mi atención y, como no llevaba puestos los anteojos, me acerqué para verla mejor. Era un edificio que reconocí al instante: el Olímpic, uno de los más altos del mundo. Tenía entendido que Ramsés había participado en la elaboración de sus planos. Era uno de sus proyectos más importantes. Mis manos se movieron guiadas por la curiosidad. Tomé el ratón de la computadora e intenté ampliar la imagen, pero no pude porque se trataba de un fondo de pantalla. Escuché a Ramsés moverse y di un pequeño sobresalto. Me alejé de la computadora y, finalmente, salí de la habitación.Desperté con la sensación de no haber dormido absolutamente nada...Y lo primero que recordé fue lo que sucedió con Ramsés.Me cubrí el rostro con ambas manos y dejé escapar un suspiro.—¿En qué estabas pensando, Anarela?La respuesta era sencilla: no estaba pensando.Había permitido que el deseo actuara por mí, y ahora debía enfrentarme a Ramsés como si nada hubiera pasado.Me levanté y me duché con la esperanza de que el agua fría y una buena taza de café me ayudaran a recuperar la cordura.Mientras me maquillaba frente al espejo, mi teléfono vibró sobre el escritorio.Era un mensaje de Samantha. Le respondí, sin mencionar nada de lo ocurrido el día anterior.Todavía no sabía cómo explicarme a mí misma lo que había sucedido, mucho menos cómo contárselo a alguien más.Cuando salí de mi habitación, Ramsés estaba esperándome al final del pasillo.Impoluto.El mismo hombre de siempre: serio, impecable y dueño de una seguridad que me resultaba envidiable en ese momento.Y cuando sus ojos
No sé cuánto tiempo pasó antes de que mis sollozos comenzaran a disminuir.Quizá fueron cinco minutos. Quizá veinte.Cuando finalmente pude respirar sin sentir que el pecho se me partía, me fui al baño para enjuagarme el rostro.Regresé y me senté de nuevo junto a él.—¿Te sientes mejor? —preguntó en un tono apacible.Asentí para afirmar.No estaba acostumbrada a que me tratara de esa forma. La verdad es que no sabía qué hacer con eso.Y, de la nada, mi cerebro me recordó quién era él y quién era yo. Me llevó a una realidad que intenté olvidar por un instante.Me levanté de golpe, buscando mi teléfono sobre la mesita de noche.—Tengo que llamar a la empresa.Ramsés se puso de pie.—¿Para qué?—Para explicar lo que ocurrió. Antes de que Raúl se me adelante.—No tienes nada que explicar.—¡Claro que sí!Mi voz salió mucho más alta de lo que pretendía. Me llevé una mano a la frente y comencé a caminar de un lado a otro de la habitación.—Raúl es uno de los socios de la empresa. ¿Qué cree
La expresión de Ramsés era tan oscura que, por un instante, no lo reconocí. Sus ojos pasaron de Raúl a mí, se detuvieron en mi rostro y después descendieron hasta mi brazo, que yo sostenía contra mi pecho semidesnudo. No tuve que decir nada. No pude. La tensión que había mantenido en el cuerpo durante los últimos minutos comenzó a desmoronarse ahora que había alguien más en la habitación. —Ramsés... —murmuró Raúl, intentando recuperar la compostura—. Esto no es lo que parece. Sus ojos azules no se apartaron de mí. —Anarela, ¿estás bien? La pregunta me tomó por sorpresa y, de alguna manera, logró que salieran las primeras lágrimas de mis ojos. Tragué saliva antes de responder. —Solo quiero que este hombre se vaya de mi habitación. Mi voz tembló, pero conseguí decirlo. Ramsés volvió lentamente la cabeza hacia su amigo. —Creo que has oído lo que ha dicho. Raúl levantó las manos. —Estábamos hablando. Ella ha malinterpretado... —No me interesa lo que estaba haciendo antes de
La cena terminó cerca de las diez.Raúl propuso que nos quedáramos un rato más para tomar algo y conversar antes de regresar a nuestras habitaciones.Víctor estuvo de acuerdo inmediatamente.Ramsés también aceptó, aunque seguía revisando algunos mensajes en su teléfono.Yo, en cambio, sentía que el cansancio comenzaba a vencerme.—Creo que voy a retirarme —les dije—. Mañana tenemos un día bastante ocupado.—¿Ya te vas? —preguntó Víctor—. ¡Pero si apenas estamos empezando!Sonreí.—Disfruten la velada. Nos vemos mañana.Raúl me dedicó una sonrisa que no le fue correspondida.—Descansa, Anarela.—Gracias. Buenas noches.Ramsés levantó la mirada del teléfono.—Buenas noches.Su saludo fue breve, pero aquella vez no me sorprendió.Regresé a mi habitación y lo primero que hice al entrar fue quitarme los zapatos y dejar el bolso sobre el escritorio. Después me senté en la cama, saqué el teléfono y llamé a Samantha.Contestó casi inmediatamente.Hablé un buen rato con ella, después con mi hi
La noche había caído sobre Japón y, desde mi habitación, podía contemplar las luces de la ciudad extendiéndose hasta donde alcanzaba la vista.Después de una larga jornada de viaje y reuniones, lo único que deseaba era darme una ducha, cenar algo y llamar a Randall antes de dormir.Sin embargo, cuando salí de mi habitación y caminé hacia el restaurante del hotel, escuché una voz conocida cerca de la entrada.—¡Te dije que no pienso seguir resolviendo tus problemas, Bianca! —exclamó Ramsés.Me detuve instintivamente.Él estaba de espaldas a mí, junto a uno de los grandes ventanales que daban a la ciudad. Sostenía el teléfono contra la oreja y tenía la otra mano apoyada en la cintura. Incluso desde donde me encontraba podía percibir la tensión de sus hombros.—No me interesa cuáles sean tus excusas. Te contraté para que hicieras tu trabajo, no para que me dieras explicaciones cada vez que algo sale mal.Hubo una pausa.Ramsés soltó una risa seca, carente de humor.—¿De verdad esperas qu
El trayecto hasta el hotel fue otra experiencia inolvidable. No podía dejar de mirar por la ventanilla. Sin poder creer que hacía solo unos meses estaba limpiando baños ajenos y ahora me encontraba allí, en Japón. Sentada en un vehículo que me llevaba hacia uno de los proyectos tecnológicos más interesantes de mi vida, aunque fuera en calidad de secretaria. No era exactamente como lo había imaginado, pero tampoco podía negar que me sentía feliz. —¿Siempre miras todo con tanta atención? —preguntó Raúl desde el asiento de al lado. Me volví hacia él. —¿Cómo? —Los edificios. Las calles. Las estructuras. Llevas todo el camino observándolos como si estuvieras estudiando. Me encogí de hombros. —Es una costumbre. Me gusta la arquitectura. —Lo sé. Lo ví en los documentos que preparaste. Tienes buenas observaciones. —Gracias —murmuré. —No tienes que agradecerme por decir la verdad. Antes de que pudiera contestar, Ramsés intervino desde el asiento delantero. —Espero que también ob







