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Capítulo 2

Author: Mónica Herrera
—¿Dónde está tu celular? ¿Quieres que llame a alguien para que venga por ti?

No me hizo ni caso.

Siguió durmiendo en plena calle, tan tranquilo como si estuviera en su cama.

No me quedó de otra que revisarle los bolsillos del pantalón.

Y descubrí que, con esa cara, bien podría pasar por actor o modelo.

Cuando por fin encontré su celular, Felipe entreabrió los ojos aturdido por un segundo. Aproveché ese instante para desbloquearlo con reconocimiento facial y llamé al primer contacto que apareció.

La llamada se conectó como videollamada. Apunté la cámara hacia la cara de Felipe para que la otra persona pudiera verlo bien.

—Oye, el dueño de este celular está dormido en la calle. Si eres su amigo, ven rápido por él.

La otra persona ni siquiera alcanzó a pedirme la ubicación.

De pronto, me advirtió con voz alarmada:

—¡Ahora mismo, aléjese cinco metros del señor!

Pensé que temía que yo intentara aprovecharme de Felipe, así que solté una risa fría.

—Tranquilo. No me interesan los borrachos. Te mando la ubicación. Ven rápido.

Pero la otra persona me advirtió con un tono todavía más grave:

—No crea que estoy exagerando. A menos que quiera morir.

Qué ridículo. Colgué sin más.

Luego me senté junto al hombre para vigilarlo.

Felipe, increíblemente, apoyó la cabeza en mi muslo y siguió durmiendo bajo la luz de la luna, de lo más tranquilo.

Diez minutos después, la otra persona llegó. Al ver esa escena, parecía que hubiera visto un fantasma.

Aclaré una y otra vez:

—Míralo tú mismo. Te aseguro que no le hice nada raro a tu amigo.

Apenas terminé de hablar, Felipe cambió de postura. No solo no quitó la cabeza de mi muslo, sino que además me rodeó la cintura con los brazos y me abrazó como si fuera una almohada.

Por más que forcejeé, no pude soltarme.

Le jalé la oreja con fuerza.

—Oye, deja de dormir. Tu amigo ya llegó. Suéltame y vete a casa con él.

Felipe no escuchó nada. Dormía como un tronco.

Solo pude pedirle ayuda a su amigo.

—Ven a ayudarme. No puedo quitarle los brazos de encima.

Pero la otra persona se quedó parada a cinco metros de distancia, sin acercarse ni un paso.

Me dio tanta rabia que casi exploté.

—¿Por qué te quedas ahí parado?

Él respondió:

—Porque no quiero morir.

Me quedé sin palabras. ¿Qué se suponía que significaba eso?

***

La otra persona dijo que no era amigo del borracho, sino su guardaespaldas, Tomás Estrada.

Después, Tomás acercó el auto y lo estacionó a cinco metros de distancia. Luego me dijo:

—Busque la forma de subir al señor al auto.

—¿Estás loco? Es tu jefe, no el mío. Yo solo llamé para ayudar, ¿y ahora encima me pides más?

Pero Tomás no cedió por nada. Se quedó mirando desde lejos, a cinco metros, con los brazos cruzados.

Yo estaba furiosa.

Arrastré al borracho como si fuera un saco de papas y descargué toda mi rabia en él.

Tomás, probablemente temiendo que yo dejara al borracho lleno de golpes, por fin pareció dispuesto a acercarse para ayudar.

Pero al segundo siguiente, Felipe, que hasta entonces había estado dormido como muerto, se levantó de golpe. Con una velocidad aterradora, sacó una navaja plegable de la pretina.

Me jaló para ponerme detrás de él y, al mismo tiempo, atacó al guardaespaldas con la navaja.

Con esa velocidad y esa ferocidad, si Tomás no hubiera retrocedido a tiempo, aquello habría terminado en asesinato.

Me quedé con los ojos abiertos de par en par, sin entender nada.

Tomás volvió a quedarse a cinco metros de distancia y me sonrió con torpeza.

—Ahora entiende por qué no ayudaba. Cuando el señor se emborracha, nadie se le puede acercar. Se vuelve especialmente agresivo.

Tomás me explicó después que ya le habían quitado todos los objetos peligrosos más de una vez, pero Felipe siempre se las arreglaba para esconder una navaja.

Toqué mi propio cuello por reflejo.

Entonces yo también debía salir corriendo.

Pero Felipe guardó la navaja en la cintura, apoyó su pesada cabeza sobre mi hombro y siguió durmiendo.

Me quedé sin palabras.

Tomás también parecía confundido.

—Usted es la única persona a la que he visto acercársele al señor cuando está borracho sin salir lastimada.

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