로그인Después de casarnos en secreto, cada vez que mi esposa, la abogada Cecilia Castillo, probaba una nueva postura en la cama con su amigo de la infancia, Leonardo Muñoz, me pedía que celebráramos la boda. En tres años, Cecilia ya me había dejado plantado treinta y una veces. La primera vez, murió el perro de Leonardo. Dijo que, para guardar luto, no podíamos celebrar la boda durante tres meses. Con el traje puesto, tuve que disculparme una y otra vez ante todos los familiares y amigos que habían ido a la boda. La segunda vez fue porque a Leonardo le dolía el estómago. Ella salió a comprarle algo para aliviarlo. Después, cada vez que fijábamos una nueva fecha para la boda, Leonardo siempre terminaba teniendo algún problema. Le reclamé, discutí con ella, incluso armé escenas. Pero Cecilia siempre decía: —Leonardo y yo solo nos acostamos. Tú eres mi esposo. No seas tan mezquino. Después de que me anunciara que volvería a faltar a nuestra boda por trigésima segunda vez, por fin me cansé. Deslicé el acuerdo de divorcio hasta dejarlo frente a ella. —Dentro de un mes, quiero que formalicemos el divorcio.
더 보기Un año atrás, los problemas de Cecilia ya empezaban a notarse. No era una persona racional. Conmigo a su lado, podía actuar sin pensar demasiado en las consecuencias.Mi salida del bufete fue, para ella, como quedarse sin su brazo derecho. ¿Cómo iba alguien así a sobrevivir en un campo de batalla tan competitivo?Su caída profesional no era más que el resultado de sus propias decisiones.No sabía cómo reaccionaría Cecilia si se enteraba de que un antiguo subordinado suyo había preferido acudir a mí.Quien actúa con rectitud suele encontrar apoyo; quien termina apartando a todos, acaba quedándose solo.***Cecilia debería entender ese principio mejor que nadie.No hay nada nuevo bajo el sol.Lo que ahora le ocurría a Cecilia ya les había pasado a muchos antes.Según me contó mi excompañero, menos de dos meses después de que yo dejé el bufete, todo empezó a paralizarse.La causa no era solo que Cecilia se hubiera acostumbrado a desentenderse de demasiadas cosas y que, tras mi salida, el
Me convertiría en un títere a su merced, en un simple apéndice condenado a permanecer siempre a su lado, sin tener jamás una vida que realmente me perteneciera.—La decisión es muy simple. ¿Para qué seguir dándole vueltas a esto? Si de verdad queremos ser felices en el futuro, divorciémonos.En el Registro Civil iba y venía mucha gente. ¿Cuántas historias de amor, odio y heridas habrían llevado hasta allí a cada una de esas personas?Cecilia guardó silencio durante largo rato. Al final, las lágrimas de arrepentimiento le rodaron por el rostro y, con la mano temblorosa, firmó su nombre, sin rastro de la arrogancia de antes.Sonreí, por fin aliviado.—Al fin soy libre. Y tú también.A lo largo de los años, había preparado para Cecilia incontables documentos que ella firmaba casi sin mirar, pero siempre había sido por trabajo, sin que nada me removiera por dentro.Esta vez, en cambio, sentí que el aire fresco me llenaba los pulmones.Después del divorcio, me recorrió una sensación extraña
Según Cecilia, Leonardo salió de la cocina sin saber qué ocurría, todavía con una sonrisa en el rostro.—Qué impaciente eres. La comida todavía no está lista. ¿Quieres probar un poco primero?Cecilia apartó de un manotazo la cuchara que él le ofrecía, alzó el celular y abrió las publicaciones frente a sus ojos.—¿Qué significa esto? ¡Explícame todo ahora mismo! ¿Olvidaste lo que te dije antes? ¡Te pasaste de la raya!Me contó que, al reconocer aquellas publicaciones y verla furiosa, Leonardo palideció al instante.La sujetó de la manga, casi suplicando:—Escúchame. Puedo explicarlo.—¡Suéltame!El alcohol hacía que Cecilia apenas pudiera mantenerse firme. Con los ojos enrojecidos, miró a Leonardo.—¡Con razón Salvador se empeñó tanto en divorciarse de mí! ¡Con razón fue tan tajante! ¡Todo esto fue por tu culpa!Señaló la puerta y gritó:—¡Lárgate! ¡Fuera de aquí!Según Cecilia, la expresión herida de Leonardo se transformó poco a poco en resentimiento.—¿Con qué cara me reclamas? ¿Acas
Mejor así. Que por fin sus subordinados vieran con claridad qué clase de persona era realmente su jefa.***Mi excompañero de trabajo respondió enseguida con una avalancha de mensajes indignados."¡No puedo creer que Cecilia sea así! ¡Qué ruin puede llegar a ser la gente! Salvador, no te pongas tan mal. Alguien como ella no vale la pena. Y ese Leonardo… desde hace tiempo me daba mala espina."La fachada impecable que Cecilia había mantenido durante años por fin se había derrumbado. Debajo, no quedaba más que un rostro despreciable y repulsivo.Yo, en cambio, por fin me había quitado de encima la carga más pesada. Desde ese momento, la alegría, la tristeza o la furia de Cecilia ya no tenían nada que ver conmigo.Tiempo después, Cecilia me contó que aquella noche volvió sola a la casa que alguna vez compartimos, completamente perdida.Ocho años no podían borrarse sin dejar siquiera un rastro de afecto. Pero lo que aún quedaba tampoco bastaba para hacerme volver.Cecilia casi nunca bebía


















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