INICIAR SESIÓNCAPÍTULO 13
—Firma aquí. Adrián puso un papel frente a mí, en la misma mesa donde firmé el primer contrato hace un mes. Mi corazón se paró. —¿Otro contrato? Adrián, dijimos que... —No es lo que crees. Lee. Lo leí. No era un contrato de divorcio. Era todo lo contrario. *CONTRATO DE MATRIMONIO REAL* _Yo, Adrián Blackwood, declaro que el contrato anterior queda anulado._ _Cláusula 1: Valeria Bennett Blackwood ya no me debe nada. La deuda de su padre queda pagada. Para siempre._ _Cláusula 2: Este matrimonio ya no dura doce meses. Dura lo que ella quiera que dure. Si dice un día, es un día. Si dice para siempre, es para siempre._ _Cláusula 3: La regla número dos se mantiene. Nadie la toca. Solo yo. Pero ahora porque ella quiere que solo yo la toque, no porque yo lo ordene._ _Cláusula 4: Yo, Adrián Blackwood, me comprometo a besarla todos los días no porque tenga que hacerlo para la foto, sino porque quiero._ _Cláusula 5: Yo, Adrián Blackwood, declaro que estoy enamorado de mi esposa. Desde el día que me gritó en mi oficina y no se dejó._ Firmado: Adrián Blackwood. Abajo había una línea vacía. Para mí. —Es un contrato trampa — dije, con los ojos llenos de lágrimas —. Si firmo, me quedo contigo para siempre. —Exacto. Esa es la trampa. Me dio su pluma. La misma pluma de oro con la que firmé la primera vez, temblando de rabia. Ahora temblaba de otra cosa. —Firma, Valeria. Hazme el hombre más estafado del mundo. Estafame y quédate con todo. Con mi casa, con mi apellido, conmigo. Firmé. _Valeria Bennett Blackwood._ Cuando terminé, me quitó la pluma y me jaló sobre la mesa, tumbando los papeles. —Ahora tengo que hacer válida la cláusula 4 — susurró contra mi boca. Me besó. Sobre los dos contratos. El viejo, que nos obligó a casarnos. Y el nuevo, que nos obligaba a amarnos. —Te amo — dije, por fin, sin cámaras, sin japoneses, sin excusas. —Yo te amo desde antes. Solo que no sabía cómo se decía sin sonar a cláusula. Se rió. Lo abracé fuerte, con la pulsera del candado sonando contra su reloj. Afuera, los flashes seguían. Los periódicos seguían inventando. Sebastián seguía comentando en I*******m. Adentro, en nuestro penthouse de cortinas abiertas, un enemigo y una deudora se habían convertido en marido y mujer. De verdad. --- La mañana Siguiente... —Nos vamos a Maldivas. Levanté la vista del contrato nuevo que acababa de firmar. Adrián estaba guardando mis dos contratos en la caja fuerte, como si fueran oro. —¿Qué? —Luna de miel. La prensa ya sabe que firmamos el "contrato real". Ahora quieren fotos en la playa. Mi madre ya reservó todo. —Adrián, acabamos de decir que nos amamos ayer. No necesitamos... —Sí necesitamos. Porque si no vamos, van a decir que es mentira otra vez. Y porque quiero llevarte a una playa donde nadie nos tome fotos desde el edificio de enfrente. Solo tú y yo. No pude decir que no. No quería decir que no. Tres horas después estábamos en su jet privado. Yo con un vestido blanco suelto, él con camisa negra y lentes. —Regla nueva — dijo cuando despegamos —. En Maldivas no hay contrato. No hay cláusulas. Solo tú y yo. —Me gusta esa regla. —A mí también. Se inclinó y me besó, con el avión subiendo y las luces de la ciudad quedándose abajo. —Valeria. —¿Mmm? —Gracias por no usar la llave. Le mostré mi muñeca. El candado seguía ahí. —Nunca la usé. La tiré. —¿Qué? ¿Cuándo? —Anoche. Cuando dijiste que ibas a comprar uno sin llave. La tiré por el balcón. Se quedó mirándome, serio, y luego sonrió como un idiota enamorado. —Eres más Blackwood que yo ya. —No. Soy más Bennett. Y los Bennett no se rinden. —Los Blackwood tampoco. El piloto anunció que íbamos a aterrizar en 10 horas. 10 horas encerrados en un cuarto pequeño con cama. Adrián me miró. Yo lo miré. —10 horas es mucho tiempo — dije. —Muchísimo — contestó, cerrando la cortinita de nuestra cabina privada. Y esta vez, cuando me besó, no había cortinas abiertas. No había edificios. No había contrato. Solo nosotros. Y un candado sin llave que ya no necesitaba llave porque yo no me lo quería quitar nunca. --*CAPÍTULO 13: MALDIVAS - LA NOCHE QUE NO NOS CONTUVIMOS*Llegamos a Maldivas a las 4 de la tarde.El avión privado de Adrián aterrizó y había un bote esperándonos solo para nosotros dos. Yo nunca había visto un mar así. Transparente. Como si fuera mentira.—Bienvenida a nuestra luna de miel, señora Blackwood — me dijo Adrián, con gafas oscuras y con mi mano agarrada como si yo me fuera a caer al agua y perderme.—Todavía no me creo que estamos aquí. De verdad.—Créetelo. Te traje a la mitad del mundo para que no haya papás, ni mamás, ni hermanos, ni prensa. Solo tú y yo.El hotel era una villa sobre el agua. Toda de madera, abierta, con una cama gigante que daba al mar y una piscina privada que se unía con el océano.Entramos y dejé la maleta en el piso. Adrián cerró la puerta con seguro. Dos veces. Con candado.—Por si acaso — dijo, riéndose, pero serio.Yo me asomé al balcón. El viento me pegaba el vestido.—Valeria.Me giré. Él estaba detrás de mí, sin gafas, mirándome como me mira
CAPÍTULO 13—Firma aquí.Adrián puso un papel frente a mí, en la misma mesa donde firmé el primer contrato hace un mes.Mi corazón se paró.—¿Otro contrato? Adrián, dijimos que...—No es lo que crees. Lee.Lo leí.No era un contrato de divorcio. Era todo lo contrario.*CONTRATO DE MATRIMONIO REAL*_Yo, Adrián Blackwood, declaro que el contrato anterior queda anulado.__Cláusula 1: Valeria Bennett Blackwood ya no me debe nada. La deuda de su padre queda pagada. Para siempre.__Cláusula 2: Este matrimonio ya no dura doce meses. Dura lo que ella quiera que dure. Si dice un día, es un día. Si dice para siempre, es para siempre.__Cláusula 3: La regla número dos se mantiene. Nadie la toca. Solo yo. Pero ahora porque ella quiere que solo yo la toque, no porque yo lo ordene.__Cláusula 4: Yo, Adrián Blackwood, me comprometo a besarla todos los días no porque tenga que hacerlo para la foto, sino porque quiero.__Cláusula 5: Yo, Adrián Blackwood, declaro que estoy enamorado de mi esposa. Desde
CAPÍTULO 12Después de la entrevista, algo cambió.Adrián dejó de tocar mi puerta con dos golpes secos. Ahora entraba sin tocar. O mejor dicho, yo dejaba la puerta abierta.Dejó de decir "esposa" como insulto. Ahora lo decía bajito, cuando creía que yo estaba dormida.Y dejó de dormir en su cuarto.No, no dormíamos juntos. Todavía no. Pero a las dos de la mañana, siempre había una excusa.—Se dañó el aire acondicionado de mi cuarto.—Hay un ruido raro en mi balcón, ¿lo escuchas?—Dejé mi cargador aquí.Anoche la excusa fue: "Tengo insomnio."Eran las 2:14. Yo estaba leyendo en la cama, con su camisa blanca puesta. La que me había puesto para la entrevista y que ya no le devolví.Se sentó al borde de mi cama, en pants, sin camisa.—¿Puedo? — preguntó.—¿Quedarte?—Quedarme un rato. Hasta que me dé sueño.—Si te quedas, no te vas a querer ir — dije, sin pensar.—Esa es la idea.Se acostó a mi lado, por encima de las cobijas, respetando una línea invisible en el medio. Los dos mirando el
CAPÍTULO 11Desperté porque mi celular no paraba de vibrar.Llamadas perdidas. Mensajes. Mi madre, mis primas, tres números desconocidos.Y un mensaje de Adrián: _No veas Instagram._Obvio que lo vi.Era una foto nuestra. Pero no de la subasta. No de la cena.Era de esta mañana. De ayer en la cocina.Alguien nos había tomado una foto desde el edificio de enfrente, con zoom. Yo sentada sobre la isla, en pijama, despeinada. Adrián entre mis piernas, besándome el cuello. Su saco en el piso. Mi mano agarrándole la camisa.No estábamos posando. No estábamos actuando. Estábamos...—VALERIA, VEN A LA SALA, AHORA.La voz de Adrián. No gritaba. Era peor. Estaba helado.Salí corriendo. Estaba en el sofá, en pants, con su laptop abierta. Su cara era una piedra.—Tu madre me llamó — dijo —. Y la mía. Y mi abogado. Y tres revistas. ¿Sabes cuántas ofertas me llegaron por esa foto? Porque no parece una foto de contrato. Parece...—Parece que estamos enamorados de verdad — terminé yo.—Parece que te
CAPÍTULO 10No me quité la pulsera. Tampoco usé la llave.La dejé sobre mi mesa de noche, al lado del celular. Como una prueba de que podía irme si quería. Pero no quería.A las seis, Adrián tocó mi puerta. Dos golpes secos. Como si fuéramos compañeros de oficina, no esposos que se habían besado en la cocina esa mañana.—Arreglate. Tenemos cena con los inversionistas de Tokio. Van a querer ver a la esposa feliz.—Estoy cansada.—Valeria.—Voy.Me puse un vestido negro, simple, cerrado hasta el cuello. Sin abertura. Sin escote. Que no me mirara nadie, como él quería.Cuando bajé, me estaba esperando con otro estuche.—Adrián, si es otra pulsera con candado, te juro que...—No es eso. Abre.Era un anillo. No el de compromiso que me dio para la foto, frío y enorme. Este era delgado, con un diamante pequeño en el centro.—El otro era prestado. Este es tuyo. Para que no se te olvide que estás casada cuando no estoy.Me lo puso él mismo. Su mano temblaba un poco.—Ahora di que me quieres —
CAPÍTULO 9Me desperté con la pulsera todavía puesta.No me la había quitado. El candadito dorado brillaba contra mi muñeca. Era bonita. Y era una advertencia.En la cocina, Adrián ya estaba. Con traje, con café negro, con ojeras. No me miró.—Buenos días, esposa — dijo sin levantar la vista del periódico. Mi cara estaba en primera plana otra vez. Abrazada a él.—Buenos días, carcelero.Por fin me miró. Sus ojos bajaron a mi muñeca.—Veo que te la pusiste.—Veo que no me dejaste opción. ¿Dónde está la llave?Sonrió. Esa sonrisa que me ponía de mal genio.—Yo la tengo.—Obvio.Me serví café. El silencio era incómodo. Como siempre desde que nos casamos.—Hoy no sales — dijo de repente.—¿Disculpa?—Sebastián va a estar en la oficina todo el día. No quiero que te lo cruces.—¿Me estás prohibiendo salir? Eso no está en el contrato, Adrián.—Regla número dos, ¿recuerdas? Nadie te toca. Para eso, nadie te ve.Dejé la taza sobre la mesa con fuerza.—Tú no me puedes encerrar aquí. Tengo clase







