LOGINFui a Tinder buscando un novio de mentira para una cena con mis amigos metiches y terminé convertida en el peón de un millonario arrogante. Gabriel Wagner tenía un plan perfecto: usarme para poner celosa a Anyer, la intocable mujer que lo tenía obsesionado. Yo solo tenía que fingir ser su prometida en un viaje relámpago a Inglaterra y seguirle el juego. El problema es que subestimó una regla de oro: conmigo, el caos siempre gana. Cuando las peleas constantes se convirtieron en una tensión insoportable y los besos fingidos destrozaron todas nuestras reglas, Gabriel cambió de objetivo. La que antes era su fachada temporal se convirtió en su única obsesión: ¿romper el contrato y huir? Ni en sus sueños más locos se lo permitiría.
View More“La anatomía de una filtración”El viernes amanece en Londres con un cielo plomizo y una llovizna fina que golpea contra los cristales de Mayfair. El plazo de cuarenta y ocho horas se ha agotado. A las siete de la mañana, el silencio de la suite se quiebra no por una alarma, sino por el sonido incesante de tres teléfonos sonando en simultáneo en el despacho de Gabriel.Me levanto de la cama con la pierna pulsando de dolor, ajustándome la bata de seda negra. Al salir al pasillo, encuentro a Miller de pie junto a la entrada, con la tez más pálida de lo habitual y la tablet corporativa temblándole imperceptiblemente en la mano. Gabriel está de espalda al ventanal, en mangas de camisa, sosteniendo el teléfono contra el oído con la mandíbula tan apretada que los tendones del cuello se le dibujan como cuerdas tenues.—Córtenles el acceso al servidor de prensa y emitan una orden de restricción fiduciaria —ordena Gabriel con una voz gélida que corta el aire como un bisturí — No quiero a un so
“Cupido y el arte de no cundir en pánico (en pijama)”El silencio de las tres de la mañana en una suite de Mayfair no es un silencio normal; es un silencio caro, denso y con olor a alfombra importada que te recuerda a cada segundo que estás a diez mil kilómetros de tu casa, con la rodilla cosida y un cronómetro imaginario sobre la cabeza.Me giré por quinta vez en la cama de matrimonio, soltando un quejido ahogado cuando el vendaje elástico me tiró de la piel.—Treinta y seis horas. Me quedan exactamente treinta y seis horas antes de que la rubia de porcelana mande mi legajo de la FADU a la prensa —mascullé contra la almohada de plumas, mirando el techo de molduras doradas.Si las crisis existenciales pagaran alquiler, yo ya sería dueña de medio piso en Palermo.Me incorporé despacio, me acomodé el abrigo largo sobre el camisón y me quedé sentada en el borde del colchón, mirando mis propios pies. Era una estampa gloriosa: de un lado, la pierna izquierda vendada como la de una momia e
Cupido y el sabueso que no aprendeGabriel no dijo una sola palabra en el trayecto desde el salón principal hasta la salida de la galería. Me sostuvo del brazo con una firmeza que bordeaba el control absoluto, guiándome a través del enjambre de fotógrafos que disparaban sus flashes en Mayfair. En cuanto el chofer abrió la puerta del sedán blindado y nos deslizamos al interior, el portazo metálico amortiguó de golpe el murmullo de la calle. El espacio en el asiento trasero se redujo a la nada; el aire del habitáculo estaba tibio, cargado de cuero importado, calefacción silenciosa y una tensión eléctrica tan espesa que casi se podía cortar con las uñas. Gabriel no le dio la orden al chofer de arrancar. Se quedó inmóvil a mi lado en la penumbra, con la silueta recortada contra las luces amarillas de la calle que se filtraban por los cristales polarizados. —Ahora sí, Wagner —repetí al acomodarme en el tapizado, sosteniéndole la mirada con la barbilla en alto y marcando cada palabra con u
"Cupido y la anatomía de un cheque"Subí la escalera de caracol del área privada de a un escalón por vez, sujetándome del pasamanos de acero con los nudillos blancos por la tensión y la rabia. Cada vez que apoyaba el pie izquierdo sobre la moqueta espesa del primer piso, un latigazo sordo me subía por la articulación, avisándome que la gasa apretada debajo del vestido carbón comenzaba a ceder. La sangre tibia me volvía a filtrar la piel a la altura de los puntos adhesivos, pero la indignación me sirvió de anestesia pura.Segunda puerta a la izquierda.Giré la perilla de bronce pulido y me colé en el despacho principal de Anyer Roux. La habitación estaba en penumbra, iluminada únicamente por el resplandor helado de las luminarias de la calle que entraba por el enorme ventanal de la fachada. Sobre un imponente escritorio de madera de nogal, despejado de todo ordenador, descansaba una sola carpeta rígida de color azul noche con el sello grabado en seco de la firma de ciberseguridad y det






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