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El Precio de un Celo

Autor: Emya snair
last update Fecha de publicación: 2026-09-03 19:35:41

CAPÍTULO 8

No me habló en todo el camino de vuelta.

El carro iba en silencio. Adrián manejaba con una mano en el volante, la otra apretada sobre su rodilla. Tenía la mandíbula marcada, dura. Estaba furioso.

Yo tenía los labios todavía hinchados. La espalda desnuda helada a pesar del abrigo. El beso me repetía en la cabeza como un disco rayado.

—Lo hiciste a propósito — dije al fin, cuando entramos al penthouse.

—No — respondió, quitándose el saco y tirándolo sobre el sofá.

—Me besaste para marcar territorio frente a tu hermano. Como si fuera un objeto.

Se giró. Por fin me miró.

—¿Y tú qué hiciste? ¿Dejar que te besara la mano? ¿Sonreírle? ¿Coquetearle?

—¿Coquetearle? ¡Estaba siendo educada!

—¡No necesito que seas educada con él! ¡Necesito que te alejes de él!

Gritó. Nunca lo había escuchado gritar.

Nos quedamos mirando, respirando fuerte, a dos metros de distancia. El vestido rojo brillaba bajo la luz tenue del departamento.

—Es mi hermano — dijo más bajo, pasándose la mano por el pelo, desordenándolo —. Y él no juega limpio, Valeria. Nunca ha jugado limpio. Lo que hizo hoy... lo hizo para provocarme.

—¿Y lo logró, no?

—Sí. Lo logró.

Dio un paso hacia mí. Y otro. Yo no retrocedí. No podía. Mis zapatos estaban clavados al piso.

—¿Sabes por qué? — Me tomó la barbilla, levantándome la cara —. Porque cuando lo vi mirarte esa pierna, cuando vi su boca en tu mano, quise arrancarle los ojos. Y yo no soy celoso. Nunca he sido celoso. Hasta que apareciste tú.

Su pulgar rozó mi labio inferior. Todavía húmedo de su beso.

—Esa es la regla número dos, Valeria. La acabas de escuchar. Nadie te toca.

—Eso no estaba en el contrato — susurré.

—Lo estoy escribiendo ahora.

Se inclinó. Pensé que iba a besarme de nuevo. Cerré los ojos sin querer. Lo juro que no quería, pero mi cuerpo se inclinó hacia él.

Pero no me besó. Su boca se detuvo a un centímetro de la mía. Sentí su respiración.

—Vete a dormir — dijo.

Abrí los ojos, confundida, dolida.

—¿Qué?

—Vete a tu cuarto. Antes de que rompa todas las reglas que yo mismo escribí.

No me moví.

—Adrián...

—¡Vete!

Me soltó brusco y se giró, dándome la espalda. Sus hombros subían y bajaban rápido.

Corrí a mi habitación y cerré la puerta con seguro. Me quité el vestido, el collar, los zapatos. Me metí a la ducha con agua hirviendo, intentando borrar su olor, su mano, su beso.

Cuando salí, envuelta en una toalla, encontré algo sobre mi cama.

Una caja pequeña de terciopelo azul. Dentro, una pulsera de oro con un dije. Un candado.

Y una nota con su letra, dura, inclinada:

_Regla #2 - Nadie te toca. Solo yo. Si alguien más lo intenta, me dices._

_- A._

Me puse la pulsera. Me quedaba perfecta. El candadito frío contra mi muñeca caliente.

Me miré al espejo. Con la toalla, el pelo mojado, los labios mordidos y esa pulsera que era casi como unas esposas de lujo.

No era su esposa. Era su prisionera.

Y lo peor era que una parte de mí, la parte que todavía sentía su beso en la boca, no quería escapar.

Me acosté. A las tres de la mañana escuché su puerta abrirse y cerrarse. Pasos en el pasillo. Se detuvo frente a mi puerta. Su sombra bajo la rendija.

No entró. Se quedó ahí un minuto entero. Luego se fue.

Al día siguiente, la foto de nuestro beso en la subasta estaba en todos los periódicos. Pero no era el beso lo que todos comentaban.

Era mi cara. Mi cara de entrega total mientras él me besaba.

Y el titular abajo, de Sebastián Blackwood en su I*******m: _Mi hermano siempre rompe sus propias reglas. ¿Será amor o será contrato?_

Tiré el celular contra la pared.

Doce meses. Íbamos por el día cinco.

Y ya estábamos jugando con fuego.

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