INICIAR SESIÓNCAPÍTULO 7
--- No dormí. La frase de Adrián me quemaba: _"Vas a tener que besarme otra vez. Pero esta vez porque tú quieres."_ ¿Yo querer besarlo? Claro que no. Me obligó. Me salvó. Me odia. Yo lo odio. Ese era el trato. Pero no podía sacarme de la cabeza su mano en mi cintura durante el almuerzo con mi madre. Ni cómo me había defendido. Ni cómo había mentido tan bien que por un momento yo también lo creí. A las siete de la noche, la estilista volvió. Esta vez no era vestido crema de primera dama. Era rojo otra vez. Pero diferente. Largo, abierto en la espalda hasta casi la cintura, con una abertura en la pierna que llegaba hasta arriba. Zapatos de vértigo. El cabello suelto, como a él le gustaba. Como yo era. —El señor Blackwood dijo que te vieras... inolvidable — dijo la chica, poniéndome un collar de diamantes que no era mío. —¿Y tú le haces caso a todo lo que él dice? —Cuando paga así, sí. Me reí. No tenía opción. Adrián me esperaba abajo. Se había puesto un esmoquin negro. Cuando me vio bajar por las escaleras, se quedó quieto. No dijo nada. Solo me recorrió completa, despacio, desde los pies hasta los ojos. —Demasiado — dijo al fin, con la voz ronca. —¿Demasiado qué? ¿Feo? ¿Vulgar? —Demasiado para ellos. Van a mirarte todos. —¿Y eso no es lo que quieres? ¿Que miren a tu esposa enamorada? Se acercó y me tomó la mano. Me puso un abrigo largo sobre los hombros. —Quiero que me miren a mí. No a ti. Pero ya es tarde para cambiarte. La subasta era en el Museo de Arte Moderno. Puras paredes blancas, gente blanca con copas de champaña y joyas que costaban casas. En cuanto entramos, todas las miradas fueron para nosotros. Los flashes. Los susurros. _La foto. Es ella. La del contrato._ Adrián no me soltó. Su mano en mi espalda desnuda me quemaba. Me presentaba: "Mi esposa, Valeria". Yo sonreía. Actuaba. Y entonces lo vi. Sebastián Blackwood. En el centro, con un traje gris claro, guapo como un pecado caro, levantando una copa hacia nosotros. —Hermano. Cuñada. Al fin llegaron. Pensé que después de la foto de ayer no iban a querer salir de la casa. Adrián se tensó. —Sebastián. —Valeria, estás... — Sebastián me miró sin disimular. De arriba a abajo. Deteniéndose demasiado en la abertura de mi pierna. — ...Impresionante. Ahora entiendo por qué mi hermano rompió su regla de oro de no mezclar negocios con placer. —¿Y cuál era esa regla? — pregunté, incómoda. —Nunca enamorarse de una Bennett — soltó riendo. Sentí cómo la mano de Adrián en mi espalda se convirtió en garra. Posesiva. —Cuidado — dijo Adrián, en voz baja, solo para él. —Tranquilo. Solo estoy felicitando. Aunque, Valeria, tengo que decirte algo. Si te aburres de lo serio que es mi hermano, yo soy mucho más divertido. Y no tengo cláusulas de contrato para tocarte. Me tomó la mano y me la besó. Sus labios se quedaron un segundo de más. Yo no alcancé a reaccionar. Adrián sí. De un solo movimiento, me jaló hacia él, me pegó contra su pecho y me besó. No fue un beso para la foto. No fue un beso actuado. Fue un beso de marca. De celos. De furia. Me tomó la cara con las dos manos, me abrió la boca con la suya y me besó delante de todos, haciéndome gemir bajito sin querer. Escuché a alguien decir "Dios mío" y un flash dispararse. Cuando me soltó, yo estaba sin aire, con las piernas temblando y los labios hinchados. Sebastián nos miraba con una sonrisa torcida. Había ganado. Había provocado exactamente eso. Adrián me miró a los ojos, respirando fuerte, todavía sosteniéndome. —Regla número dos — me susurró al oído, para que solo yo oyera —. Nadie más te toca. Nadie. ¿Entendido, esposa? No pude contestar. Todavía sentía su lengua en la mía. —Entendido — logré decir. —Bien. Porque la próxima vez que alguien te bese la mano, le rompo la boca. Me agarró de la cintura y me llevó al salón de la subasta, dejándome a todos mirándonos, con el collar temblando sobre mi pecho y el corazón a mil. Sebastián tenía razón en algo. ¿Cuánto iba a durar esto? Yo ya no sabía si quería que durara doce meses o para siempre.*CAPÍTULO 13: MALDIVAS - LA NOCHE QUE NO NOS CONTUVIMOS*Llegamos a Maldivas a las 4 de la tarde.El avión privado de Adrián aterrizó y había un bote esperándonos solo para nosotros dos. Yo nunca había visto un mar así. Transparente. Como si fuera mentira.—Bienvenida a nuestra luna de miel, señora Blackwood — me dijo Adrián, con gafas oscuras y con mi mano agarrada como si yo me fuera a caer al agua y perderme.—Todavía no me creo que estamos aquí. De verdad.—Créetelo. Te traje a la mitad del mundo para que no haya papás, ni mamás, ni hermanos, ni prensa. Solo tú y yo.El hotel era una villa sobre el agua. Toda de madera, abierta, con una cama gigante que daba al mar y una piscina privada que se unía con el océano.Entramos y dejé la maleta en el piso. Adrián cerró la puerta con seguro. Dos veces. Con candado.—Por si acaso — dijo, riéndose, pero serio.Yo me asomé al balcón. El viento me pegaba el vestido.—Valeria.Me giré. Él estaba detrás de mí, sin gafas, mirándome como me mira
CAPÍTULO 13—Firma aquí.Adrián puso un papel frente a mí, en la misma mesa donde firmé el primer contrato hace un mes.Mi corazón se paró.—¿Otro contrato? Adrián, dijimos que...—No es lo que crees. Lee.Lo leí.No era un contrato de divorcio. Era todo lo contrario.*CONTRATO DE MATRIMONIO REAL*_Yo, Adrián Blackwood, declaro que el contrato anterior queda anulado.__Cláusula 1: Valeria Bennett Blackwood ya no me debe nada. La deuda de su padre queda pagada. Para siempre.__Cláusula 2: Este matrimonio ya no dura doce meses. Dura lo que ella quiera que dure. Si dice un día, es un día. Si dice para siempre, es para siempre.__Cláusula 3: La regla número dos se mantiene. Nadie la toca. Solo yo. Pero ahora porque ella quiere que solo yo la toque, no porque yo lo ordene.__Cláusula 4: Yo, Adrián Blackwood, me comprometo a besarla todos los días no porque tenga que hacerlo para la foto, sino porque quiero.__Cláusula 5: Yo, Adrián Blackwood, declaro que estoy enamorado de mi esposa. Desde
CAPÍTULO 12Después de la entrevista, algo cambió.Adrián dejó de tocar mi puerta con dos golpes secos. Ahora entraba sin tocar. O mejor dicho, yo dejaba la puerta abierta.Dejó de decir "esposa" como insulto. Ahora lo decía bajito, cuando creía que yo estaba dormida.Y dejó de dormir en su cuarto.No, no dormíamos juntos. Todavía no. Pero a las dos de la mañana, siempre había una excusa.—Se dañó el aire acondicionado de mi cuarto.—Hay un ruido raro en mi balcón, ¿lo escuchas?—Dejé mi cargador aquí.Anoche la excusa fue: "Tengo insomnio."Eran las 2:14. Yo estaba leyendo en la cama, con su camisa blanca puesta. La que me había puesto para la entrevista y que ya no le devolví.Se sentó al borde de mi cama, en pants, sin camisa.—¿Puedo? — preguntó.—¿Quedarte?—Quedarme un rato. Hasta que me dé sueño.—Si te quedas, no te vas a querer ir — dije, sin pensar.—Esa es la idea.Se acostó a mi lado, por encima de las cobijas, respetando una línea invisible en el medio. Los dos mirando el
CAPÍTULO 11Desperté porque mi celular no paraba de vibrar.Llamadas perdidas. Mensajes. Mi madre, mis primas, tres números desconocidos.Y un mensaje de Adrián: _No veas Instagram._Obvio que lo vi.Era una foto nuestra. Pero no de la subasta. No de la cena.Era de esta mañana. De ayer en la cocina.Alguien nos había tomado una foto desde el edificio de enfrente, con zoom. Yo sentada sobre la isla, en pijama, despeinada. Adrián entre mis piernas, besándome el cuello. Su saco en el piso. Mi mano agarrándole la camisa.No estábamos posando. No estábamos actuando. Estábamos...—VALERIA, VEN A LA SALA, AHORA.La voz de Adrián. No gritaba. Era peor. Estaba helado.Salí corriendo. Estaba en el sofá, en pants, con su laptop abierta. Su cara era una piedra.—Tu madre me llamó — dijo —. Y la mía. Y mi abogado. Y tres revistas. ¿Sabes cuántas ofertas me llegaron por esa foto? Porque no parece una foto de contrato. Parece...—Parece que estamos enamorados de verdad — terminé yo.—Parece que te
CAPÍTULO 10No me quité la pulsera. Tampoco usé la llave.La dejé sobre mi mesa de noche, al lado del celular. Como una prueba de que podía irme si quería. Pero no quería.A las seis, Adrián tocó mi puerta. Dos golpes secos. Como si fuéramos compañeros de oficina, no esposos que se habían besado en la cocina esa mañana.—Arreglate. Tenemos cena con los inversionistas de Tokio. Van a querer ver a la esposa feliz.—Estoy cansada.—Valeria.—Voy.Me puse un vestido negro, simple, cerrado hasta el cuello. Sin abertura. Sin escote. Que no me mirara nadie, como él quería.Cuando bajé, me estaba esperando con otro estuche.—Adrián, si es otra pulsera con candado, te juro que...—No es eso. Abre.Era un anillo. No el de compromiso que me dio para la foto, frío y enorme. Este era delgado, con un diamante pequeño en el centro.—El otro era prestado. Este es tuyo. Para que no se te olvide que estás casada cuando no estoy.Me lo puso él mismo. Su mano temblaba un poco.—Ahora di que me quieres —
CAPÍTULO 9Me desperté con la pulsera todavía puesta.No me la había quitado. El candadito dorado brillaba contra mi muñeca. Era bonita. Y era una advertencia.En la cocina, Adrián ya estaba. Con traje, con café negro, con ojeras. No me miró.—Buenos días, esposa — dijo sin levantar la vista del periódico. Mi cara estaba en primera plana otra vez. Abrazada a él.—Buenos días, carcelero.Por fin me miró. Sus ojos bajaron a mi muñeca.—Veo que te la pusiste.—Veo que no me dejaste opción. ¿Dónde está la llave?Sonrió. Esa sonrisa que me ponía de mal genio.—Yo la tengo.—Obvio.Me serví café. El silencio era incómodo. Como siempre desde que nos casamos.—Hoy no sales — dijo de repente.—¿Disculpa?—Sebastián va a estar en la oficina todo el día. No quiero que te lo cruces.—¿Me estás prohibiendo salir? Eso no está en el contrato, Adrián.—Regla número dos, ¿recuerdas? Nadie te toca. Para eso, nadie te ve.Dejé la taza sobre la mesa con fuerza.—Tú no me puedes encerrar aquí. Tengo clase







