Inicio / Romance / El Contrato De Mi Enemigo / La Mudanza Al Infierno

Compartir

La Mudanza Al Infierno

Autor: Emya snair
last update Fecha de publicación: 2026-09-03 12:38:49

CAPÍTULO 2

La dirección que me dio no era una dirección. Era una declaración de guerra.

Torre Blackwood. Piso 49. El último.

El ascensor no tenía botones. Solo una tarjeta negra que me había dejado sobre la mesa esa mañana con una nota escrita a mano: _Llega a las 8. No tarde._

Eran las 8:02.

Cuando las puertas se abrieron, entendí que no me había mudado a una casa. Me había mudado a otro planeta.

Todo era cristal, mármol negro y acero. Ventanales del piso al techo que mostraban Bogotá como si fuera una maqueta a mis pies. Frío. Perfecto. Sin una sola foto, sin un libro fuera de lugar, sin vida.

—Llegas tarde.

Adrián estaba de pie junto a la isla de la cocina. Camisa blanca, dos botones abiertos, pantalón oscuro. Descalzo. Esa era la única cosa humana que había visto en él. Tenía un vaso de whisky en la mano aunque apenas eran las ocho de la mañana.

—Había tráfico — dije, abrazando mi única maleta. Una maleta rosada y vieja que desentonaba con todo.

—Aquí no hay excusas. Regla número uno: la puntualidad no es negociable.

Se acercó y tomó mi maleta sin preguntar. No como un gesto amable. Como si le molestara verla en su sala.

—Regla número dos — continuó mientras caminaba hacia el pasillo —: esta es mi casa. Mis reglas. No toques nada que no sea tuyo. No invites a nadie. No entres a mi despacho.

—Me estás dando las reglas de una prisión, no de un matrimonio.

—Es un contrato, Valeria. No lo romantices.

Me llevó hasta una puerta al final del pasillo. La abrió.

—Tu habitación.

Era enorme. Más grande que toda mi casa. Una cama king size, vestidor, baño con tina, otro ventanal con la misma vista imposible. Sobre la cama había cajas. Muchas.

—¿Qué es esto?

—Ropa. Zapatos. Joyas. Tu talla. Lo que tenías en esa maleta no sirve ni para limpiar el piso.

Sentí la sangre subirme a la cara.

—No necesito tu caridad.

—No es caridad. Es inversión. Mi esposa no puede parecer una estudiante becada en la gala del sábado. El estilista viene a las tres.

Me quedé mirando las cajas. Vestidos que valían lo que yo ganaba en un año. Tacones que nunca había aprendido a usar.

—Regla número tres — dijo detrás de mí. Tan cerca que sentí su aliento en mi nuca —: frente a todos, eres mi esposa. Me tocas, me miras como si me amaras, te ríes de mis chistes. Si alguien sospecha que esto es falso, el contrato se rompe y pierdes todo.

Me giré. Estábamos demasiado cerca.

—Y frente a nadie, ¿qué soy?

Él me miró los labios por un segundo. Solo un segundo, pero fue suficiente para que el aire se volviera pesado.

—Frente a nadie, eres un problema que tengo que tolerar por doce meses.

—Qué encantador.

—Regla número cuatro — ignoró mi sarcasmo —. Mi habitación está al final del pasillo. No entres. Nunca. Especialmente de noche.

—Tranquilo, no tengo ningún interés en entrar a tu cueva.

Sonrió. Esa sonrisa sin alegría.

—Eso dices ahora.

Dejó mi maleta en el suelo y caminó hacia la puerta.

—Adrián.

Se detuvo.

—¿Por qué hay dos copas en la cocina si vives solo? Y acabas de lavarlas.

Su espalda se tensó. Fue un movimiento mínimo, pero lo vi.

—Alguien estuvo aquí.

—Mi vida privada no es parte del contrato.

—¿Tu amante? Porque si voy a fingir ser tu esposa, al menos debería saber si tengo que compartir...

Me interrumpió. En dos pasos estuvo frente a mí de nuevo. Esta vez no había distancia. Me tomó del brazo, no con fuerza para lastimar, pero sí con fuerza para dejar claro quién mandaba.

—Escúchame bien, Valeria. No hay amantes. No hay nadie. Durante estos doce meses, tú eres la única mujer que entra a este departamento y que duerme bajo este techo. ¿Entendido? Si te veo con otro hombre, si das un motivo para un escándalo, te juro que te arrepentirás de haber firmado.

Su mano quemaba a través de la tela de mi suéter.

—Suéltame — susurré.

—No me desafíes la primera noche.

Nos quedamos así. Sus ojos grises clavados en los míos. Mi pecho subiendo y bajando demasiado rápido. Olía a whisky y a madera.

Entonces me soltó como si se hubiera quemado.

—Cena a las nueve. Ponte algo decente. — Se dirigió a la puerta. — Y Valeria...

—¿Qué?

—El baño tiene toallas nuevas. Tira las cosas que trajiste en esa mochila. No quiero recordar de dónde vienes cada vez que te vea.

La puerta se cerró.

Me dejé caer sobre la cama, entre seda y etiquetas de diseñador. Afuera, Bogotá brillaba. Adentro, yo temblaba.

Abrí la primera caja. Un vestido negro. Debajo había un sobre pequeño.

No era parte de la ropa. Era una foto vieja.

Mi padre. Más joven. Abrazado a otro hombre.

A Adrián Blackwood. Pero con diez años menos. Sonriendo. Como amigos.

En la parte de atrás, con la letra de mi padre: _Proyecto Aurora - 2016. Con A.B. El principio del fin._

Se me heló la sangre.

Adrián me había mentido. Sí conocía a mi padre. Y mi padre sabía que él sería su fin.

La puerta de su despacho, al fondo del pasillo, se cerró con llave.

Y supe que acababa de mudarme a la casa de mi enemigo.

Continúa leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la App

Último capítulo

  • El Contrato De Mi Enemigo   Rienda Suelta al Placer

    *CAPÍTULO 13: MALDIVAS - LA NOCHE QUE NO NOS CONTUVIMOS*Llegamos a Maldivas a las 4 de la tarde.El avión privado de Adrián aterrizó y había un bote esperándonos solo para nosotros dos. Yo nunca había visto un mar así. Transparente. Como si fuera mentira.—Bienvenida a nuestra luna de miel, señora Blackwood — me dijo Adrián, con gafas oscuras y con mi mano agarrada como si yo me fuera a caer al agua y perderme.—Todavía no me creo que estamos aquí. De verdad.—Créetelo. Te traje a la mitad del mundo para que no haya papás, ni mamás, ni hermanos, ni prensa. Solo tú y yo.El hotel era una villa sobre el agua. Toda de madera, abierta, con una cama gigante que daba al mar y una piscina privada que se unía con el océano.Entramos y dejé la maleta en el piso. Adrián cerró la puerta con seguro. Dos veces. Con candado.—Por si acaso — dijo, riéndose, pero serio.Yo me asomé al balcón. El viento me pegaba el vestido.—Valeria.Me giré. Él estaba detrás de mí, sin gafas, mirándome como me mira

  • El Contrato De Mi Enemigo   Contrato Real

    CAPÍTULO 13—Firma aquí.Adrián puso un papel frente a mí, en la misma mesa donde firmé el primer contrato hace un mes.Mi corazón se paró.—¿Otro contrato? Adrián, dijimos que...—No es lo que crees. Lee.Lo leí.No era un contrato de divorcio. Era todo lo contrario.*CONTRATO DE MATRIMONIO REAL*_Yo, Adrián Blackwood, declaro que el contrato anterior queda anulado.__Cláusula 1: Valeria Bennett Blackwood ya no me debe nada. La deuda de su padre queda pagada. Para siempre.__Cláusula 2: Este matrimonio ya no dura doce meses. Dura lo que ella quiera que dure. Si dice un día, es un día. Si dice para siempre, es para siempre.__Cláusula 3: La regla número dos se mantiene. Nadie la toca. Solo yo. Pero ahora porque ella quiere que solo yo la toque, no porque yo lo ordene.__Cláusula 4: Yo, Adrián Blackwood, me comprometo a besarla todos los días no porque tenga que hacerlo para la foto, sino porque quiero.__Cláusula 5: Yo, Adrián Blackwood, declaro que estoy enamorado de mi esposa. Desde

  • El Contrato De Mi Enemigo   Doce Meses Ya no Alcanzan

    CAPÍTULO 12Después de la entrevista, algo cambió.Adrián dejó de tocar mi puerta con dos golpes secos. Ahora entraba sin tocar. O mejor dicho, yo dejaba la puerta abierta.Dejó de decir "esposa" como insulto. Ahora lo decía bajito, cuando creía que yo estaba dormida.Y dejó de dormir en su cuarto.No, no dormíamos juntos. Todavía no. Pero a las dos de la mañana, siempre había una excusa.—Se dañó el aire acondicionado de mi cuarto.—Hay un ruido raro en mi balcón, ¿lo escuchas?—Dejé mi cargador aquí.Anoche la excusa fue: "Tengo insomnio."Eran las 2:14. Yo estaba leyendo en la cama, con su camisa blanca puesta. La que me había puesto para la entrevista y que ya no le devolví.Se sentó al borde de mi cama, en pants, sin camisa.—¿Puedo? — preguntó.—¿Quedarte?—Quedarme un rato. Hasta que me dé sueño.—Si te quedas, no te vas a querer ir — dije, sin pensar.—Esa es la idea.Se acostó a mi lado, por encima de las cobijas, respetando una línea invisible en el medio. Los dos mirando el

  • El Contrato De Mi Enemigo   La Foto que No Posamos

    CAPÍTULO 11Desperté porque mi celular no paraba de vibrar.Llamadas perdidas. Mensajes. Mi madre, mis primas, tres números desconocidos.Y un mensaje de Adrián: _No veas Instagram._Obvio que lo vi.Era una foto nuestra. Pero no de la subasta. No de la cena.Era de esta mañana. De ayer en la cocina.Alguien nos había tomado una foto desde el edificio de enfrente, con zoom. Yo sentada sobre la isla, en pijama, despeinada. Adrián entre mis piernas, besándome el cuello. Su saco en el piso. Mi mano agarrándole la camisa.No estábamos posando. No estábamos actuando. Estábamos...—VALERIA, VEN A LA SALA, AHORA.La voz de Adrián. No gritaba. Era peor. Estaba helado.Salí corriendo. Estaba en el sofá, en pants, con su laptop abierta. Su cara era una piedra.—Tu madre me llamó — dijo —. Y la mía. Y mi abogado. Y tres revistas. ¿Sabes cuántas ofertas me llegaron por esa foto? Porque no parece una foto de contrato. Parece...—Parece que estamos enamorados de verdad — terminé yo.—Parece que te

  • El Contrato De Mi Enemigo   El Primer "Te Quiero" Falso

    CAPÍTULO 10No me quité la pulsera. Tampoco usé la llave.La dejé sobre mi mesa de noche, al lado del celular. Como una prueba de que podía irme si quería. Pero no quería.A las seis, Adrián tocó mi puerta. Dos golpes secos. Como si fuéramos compañeros de oficina, no esposos que se habían besado en la cocina esa mañana.—Arreglate. Tenemos cena con los inversionistas de Tokio. Van a querer ver a la esposa feliz.—Estoy cansada.—Valeria.—Voy.Me puse un vestido negro, simple, cerrado hasta el cuello. Sin abertura. Sin escote. Que no me mirara nadie, como él quería.Cuando bajé, me estaba esperando con otro estuche.—Adrián, si es otra pulsera con candado, te juro que...—No es eso. Abre.Era un anillo. No el de compromiso que me dio para la foto, frío y enorme. Este era delgado, con un diamante pequeño en el centro.—El otro era prestado. Este es tuyo. Para que no se te olvide que estás casada cuando no estoy.Me lo puso él mismo. Su mano temblaba un poco.—Ahora di que me quieres —

  • El Contrato De Mi Enemigo   La Llave Del Candado

    CAPÍTULO 9Me desperté con la pulsera todavía puesta.No me la había quitado. El candadito dorado brillaba contra mi muñeca. Era bonita. Y era una advertencia.En la cocina, Adrián ya estaba. Con traje, con café negro, con ojeras. No me miró.—Buenos días, esposa — dijo sin levantar la vista del periódico. Mi cara estaba en primera plana otra vez. Abrazada a él.—Buenos días, carcelero.Por fin me miró. Sus ojos bajaron a mi muñeca.—Veo que te la pusiste.—Veo que no me dejaste opción. ¿Dónde está la llave?Sonrió. Esa sonrisa que me ponía de mal genio.—Yo la tengo.—Obvio.Me serví café. El silencio era incómodo. Como siempre desde que nos casamos.—Hoy no sales — dijo de repente.—¿Disculpa?—Sebastián va a estar en la oficina todo el día. No quiero que te lo cruces.—¿Me estás prohibiendo salir? Eso no está en el contrato, Adrián.—Regla número dos, ¿recuerdas? Nadie te toca. Para eso, nadie te ve.Dejé la taza sobre la mesa con fuerza.—Tú no me puedes encerrar aquí. Tengo clase

Más capítulos
Explora y lee buenas novelas gratis
Acceso gratuito a una gran cantidad de buenas novelas en la app GoodNovel. Descarga los libros que te gusten y léelos donde y cuando quieras.
Lee libros gratis en la app
ESCANEA EL CÓDIGO PARA LEER EN LA APP
DMCA.com Protection Status