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El Contrato De Mi Enemigo
El Contrato De Mi Enemigo
Penulis: Emya snair

La Propuesta

Penulis: Emya snair
last update Tanggal publikasi: 2026-09-03 12:37:22

Capítulo 1

El despacho olía a dinero.

No era una metáfora. Era cuero italiano, madera pulida, café recién hecho y ese perfume caro que usan los hombres que nunca tienen que mirar el precio de nada. Yo, en cambio, olía a lluvia. Había corrido tres cuadras porque no tenía para el taxi.

Valeria Bennett, veintitrés años, último semestre de arquitectura interrumpido, una casa hipotecada y una deuda que me respiraba en la nuca.

—Siéntese.

No levantó la vista. Adrián Blackwood siguió firmando papeles como si yo fuera parte del mobiliario.

Lo había visto en revistas. Heredero de Blackwood Industries. Treinta años. El hombre que compró un edificio entero solo porque le molestaba la sombra que le hacía a su oficina. Frío. Impecable. Peligrosamente guapo de esa forma que te hace sentir pequeña.

Llevaba el cabello negro, liso, peinado con una precisión casi coreana, hasta donde empiezan las orejas. Traje oscuro. Sin corbata. Las mangas de la camisa ligeramente arremangadas dejando ver un reloj que valía más que mi casa.

—Me dijeron que usted podía ayudarme — dije. Mi voz sonó más débil de lo que quería.

Entonces sí me miró.

Sus ojos eran grises. No un gris poético. Un gris de tormenta, de acero frío.

—Yo no ayudo, señorita Bennett. Yo hago negocios. — Cerró la carpeta con un golpe seco. — Su padre me debía cinco millones. Ahora usted me los debe.

Sentí el estómago caer.

—Mi padre murió hace seis meses. Esa deuda... esa casa es lo único que me dejó mi madre. No puede...

—Puedo. Y lo haré. El banco ejecutará la hipoteca en siete días si no paga. — Se inclinó hacia adelante. — A menos que acepte mi propuesta.

Sacó un documento de cuero negro y lo deslizó hacia mí.

En la portada, en letras doradas, leí: CONTRATO MATRIMONIAL.

Me reí. Fue una risa nerviosa, rota.

—¿Esto es una broma?

—Nunca bromeo.

—Usted quiere... ¿casarse conmigo?

—Necesito una esposa. Mi abuelo murió. Su testamento exige que esté casado antes de los treinta y un años para heredar el control total de la empresa. Si no, todo pasa a mi primo. Un idiota que quebraría la compañía en un año.

Me miró de arriba a abajo, sin ningún disimulo. No era una mirada de deseo. Era una mirada de evaluación. Como si estuviera comprando algo.

—Usted necesita cinco millones. Yo necesito una esposa presentable durante doce meses. Sin escándalos. Sin amor. Sin preguntas.

—Doce meses — repetí.

—Doce meses viviendo en mi penthouse. Eventos sociales, cenas, viajes. Fingiremos ser el matrimonio perfecto. Al finalizar, firmamos el divorcio. Usted recibe cinco millones libres de impuestos, su casa queda saldada y yo conservo mi empresa. Todos ganan.

El corazón me latía tan fuerte que estaba segura de que él podía oírlo.

—Hay una cláusula de confidencialidad. Y una de obediencia. Vivirá bajo mis reglas.

—¿Obediencia? — Me levanté. — ¿Quién se cree que es?

—El hombre que puede dejarla en la calle mañana mismo. — Su voz no subió, pero se volvió más dura. — No sea orgullosa, Valeria. El orgullo no paga deudas.

Mencionó mi nombre. Nadie me decía Valeria así. Como si ya fuera suya.

Miré el contrato. La última página. Ahí estaba la cifra. $5,000,000.

Con eso podía salvar la casa. Pagar el hospital de mi padre. Terminar mi carrera. Respirar.

—¿Por qué yo? — susurré. — Puede tener a cualquier modelo, a cualquier heredera. ¿Por qué la hija de un hombre quebrado?

Por primera vez, algo cruzó por su rostro. Algo rápido. Culpa, quizás. O tal vez me lo imaginé.

—Porque usted no tiene a nadie que la busque si desaparece. Porque es lo suficientemente desesperada para aceptar. Y porque... — se detuvo. Se recompuso. — Porque cumple con el perfil.

Mentía. Lo supe al instante. Adrián Blackwood no elegía nada por casualidad.

Pensé en mi padre. En su taller de arquitectura. En cómo en los últimos meses llegaba pálido, con llamadas a medianoche. Él conocía a los Blackwood. Siempre los mencionaba con respeto y miedo.

—¿Usted conocía a mi padre?

El silencio que siguió fue demasiado largo.

—No.

Otra mentira.

Mis manos temblaban. Tenía que firmar. No tenía opción. Pero había algo en ese hombre que me gritaba que si firmaba, mi vida nunca volvería a ser la misma.

—¿Y si me niego?

—Mañana a las nueve de la mañana, dos hombres del banco cambiarán la cerradura de su casa. Y usted habrá perdido lo único que le queda.

No era una amenaza. Era un hecho. Así operaba él.

Tomé el bolígrafo de oro que me ofrecía. Pesaba.

—Doce meses. Sin amor. Sin sentimientos — repetí sus palabras como si fueran un escudo.

Él se levantó. Era mucho más alto que yo. Se acercó hasta quedar a centímetros. Podía oler su perfume. Podía ver la sombra de barba que empezaba a asomar.

—Sin amor, señorita Bennett — dijo en voz baja, casi en mi oído. — Pero no me pida que no la toque. Una esposa que no es tocada por su marido genera sospechas.

El bolígrafo se me resbaló entre los dedos.

Firmé.

Cuando la tinta tocó el papel, Adrián sonrió por primera vez. No fue una sonrisa amable.

—Bienvenida a mi vida, esposa.

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