INICIAR SESIÓN
Capítulo 1
El despacho olía a dinero. No era una metáfora. Era cuero italiano, madera pulida, café recién hecho y ese perfume caro que usan los hombres que nunca tienen que mirar el precio de nada. Yo, en cambio, olía a lluvia. Había corrido tres cuadras porque no tenía para el taxi. Valeria Bennett, veintitrés años, último semestre de arquitectura interrumpido, una casa hipotecada y una deuda que me respiraba en la nuca. —Siéntese. No levantó la vista. Adrián Blackwood siguió firmando papeles como si yo fuera parte del mobiliario. Lo había visto en revistas. Heredero de Blackwood Industries. Treinta años. El hombre que compró un edificio entero solo porque le molestaba la sombra que le hacía a su oficina. Frío. Impecable. Peligrosamente guapo de esa forma que te hace sentir pequeña. Llevaba el cabello negro, liso, peinado con una precisión casi coreana, hasta donde empiezan las orejas. Traje oscuro. Sin corbata. Las mangas de la camisa ligeramente arremangadas dejando ver un reloj que valía más que mi casa. —Me dijeron que usted podía ayudarme — dije. Mi voz sonó más débil de lo que quería. Entonces sí me miró. Sus ojos eran grises. No un gris poético. Un gris de tormenta, de acero frío. —Yo no ayudo, señorita Bennett. Yo hago negocios. — Cerró la carpeta con un golpe seco. — Su padre me debía cinco millones. Ahora usted me los debe. Sentí el estómago caer. —Mi padre murió hace cuatro meses. Esa deuda... esa casa es lo único que me dejó mi madre. No puede... —Puedo. Y lo haré. El banco ejecutará la hipoteca en siete días si no paga. — Se inclinó hacia adelante. — A menos que acepte mi propuesta. Sacó un documento de cuero negro y lo deslizó hacia mí. En la portada, en letras doradas, leí: CONTRATO MATRIMONIAL. Me reí. Fue una risa nerviosa, rota. —¿Esto es una broma? —Nunca bromeo. —Usted quiere... ¿casarse conmigo? —Necesito una esposa. Mi abuelo murió. Su testamento exige que esté casado antes de los treinta y un años para heredar el control total de la empresa. Si no, todo pasa a mi primo. Un idiota que quebraría la compañía en un año. Me miró de arriba a abajo, sin ningún disimulo. No era una mirada de deseo. Era una mirada de evaluación. Como si estuviera comprando algo. —Usted necesita cinco millones. Yo necesito una esposa presentable durante doce meses. Sin escándalos. Sin amor. Sin preguntas. —Doce meses — repetí. —Doce meses viviendo en mi penthouse. Eventos sociales, cenas, viajes. Fingiremos ser el matrimonio perfecto. Al finalizar, firmamos el divorcio. Usted recibe cinco millones libres de impuestos, su casa queda saldada y yo conservo mi empresa. Todos ganan. El corazón me latía tan fuerte que estaba segura de que él podía oírlo. —Hay una cláusula de confidencialidad. Y una de obediencia. Vivirá bajo mis reglas. —¿Obediencia? — Me levanté. — ¿Quién se cree que es? —El hombre que puede dejarla en la calle mañana mismo. — Su voz no subió, pero se volvió más dura. — No sea orgullosa, Valeria. El orgullo no paga deudas. Mencionó mi nombre. Nadie me decía Valeria así. Como si ya fuera suya. Miré el contrato. La última página. Ahí estaba la cifra. $5,000,000. Con eso podía salvar la casa. Pagar el hospital de mi padre. Terminar mi carrera. Respirar. —¿Por qué yo? — susurré. — Puede tener a cualquier modelo, a cualquier heredera. ¿Por qué la hija de un hombre quebrado? Por primera vez, algo cruzó por su rostro. Algo rápido. Culpa, quizás. O tal vez me lo imaginé. —Porque usted no tiene a nadie que la busque si desaparece. Porque es lo suficientemente desesperada para aceptar. Y porque... — se detuvo. Se recompuso. — Porque cumple con el perfil. Mentía. Lo supe al instante. Adrián Blackwood no elegía nada por casualidad. Pensé en mi padre. En su taller de arquitectura. En cómo en los últimos meses llegaba pálido, con llamadas a medianoche. Él conocía a los Blackwood. Siempre los mencionaba con respeto y miedo. —¿Usted conocía a mi padre? El silencio que siguió fue demasiado largo. —No. Otra mentira. Mis manos temblaban. Tenía que firmar. No tenía opción. Pero había algo en ese hombre que me gritaba que si firmaba, mi vida nunca volvería a ser la misma. —¿Y si me niego? —Mañana a las nueve de la mañana, dos hombres del banco cambiarán la cerradura de su casa. Y usted habrá perdido lo único que le queda. No era una amenaza. Era un hecho. Así operaba él. Tomé el bolígrafo de oro que me ofrecía. Pesaba. —Doce meses. Sin amor. Sin sentimientos — repetí sus palabras como si fueran un escudo. Él se levantó. Era mucho más alto que yo. Se acercó hasta quedar a centímetros. Podía oler su perfume. Podía ver la sombra de barba que empezaba a asomar. —Sin amor, señorita Bennett — dijo en voz baja, casi en mi oído. — Pero no me pida que no la toque. Una esposa que no es tocada por su marido genera sospechas. El bolígrafo se me resbaló entre los dedos. Firmé. Cuando la tinta tocó el papel, Adrián sonrió por primera vez. No fue una sonrisa amable. —Bienvenida a mi vida, esposa.*CAPÍTULO 13: MALDIVAS - LA NOCHE QUE NO NOS CONTUVIMOS*Llegamos a Maldivas a las 4 de la tarde.El avión privado de Adrián aterrizó y había un bote esperándonos solo para nosotros dos. Yo nunca había visto un mar así. Transparente. Como si fuera mentira.—Bienvenida a nuestra luna de miel, señora Blackwood — me dijo Adrián, con gafas oscuras y con mi mano agarrada como si yo me fuera a caer al agua y perderme.—Todavía no me creo que estamos aquí. De verdad.—Créetelo. Te traje a la mitad del mundo para que no haya papás, ni mamás, ni hermanos, ni prensa. Solo tú y yo.El hotel era una villa sobre el agua. Toda de madera, abierta, con una cama gigante que daba al mar y una piscina privada que se unía con el océano.Entramos y dejé la maleta en el piso. Adrián cerró la puerta con seguro. Dos veces. Con candado.—Por si acaso — dijo, riéndose, pero serio.Yo me asomé al balcón. El viento me pegaba el vestido.—Valeria.Me giré. Él estaba detrás de mí, sin gafas, mirándome como me mira
CAPÍTULO 13—Firma aquí.Adrián puso un papel frente a mí, en la misma mesa donde firmé el primer contrato hace un mes.Mi corazón se paró.—¿Otro contrato? Adrián, dijimos que...—No es lo que crees. Lee.Lo leí.No era un contrato de divorcio. Era todo lo contrario.*CONTRATO DE MATRIMONIO REAL*_Yo, Adrián Blackwood, declaro que el contrato anterior queda anulado.__Cláusula 1: Valeria Bennett Blackwood ya no me debe nada. La deuda de su padre queda pagada. Para siempre.__Cláusula 2: Este matrimonio ya no dura doce meses. Dura lo que ella quiera que dure. Si dice un día, es un día. Si dice para siempre, es para siempre.__Cláusula 3: La regla número dos se mantiene. Nadie la toca. Solo yo. Pero ahora porque ella quiere que solo yo la toque, no porque yo lo ordene.__Cláusula 4: Yo, Adrián Blackwood, me comprometo a besarla todos los días no porque tenga que hacerlo para la foto, sino porque quiero.__Cláusula 5: Yo, Adrián Blackwood, declaro que estoy enamorado de mi esposa. Desde
CAPÍTULO 12Después de la entrevista, algo cambió.Adrián dejó de tocar mi puerta con dos golpes secos. Ahora entraba sin tocar. O mejor dicho, yo dejaba la puerta abierta.Dejó de decir "esposa" como insulto. Ahora lo decía bajito, cuando creía que yo estaba dormida.Y dejó de dormir en su cuarto.No, no dormíamos juntos. Todavía no. Pero a las dos de la mañana, siempre había una excusa.—Se dañó el aire acondicionado de mi cuarto.—Hay un ruido raro en mi balcón, ¿lo escuchas?—Dejé mi cargador aquí.Anoche la excusa fue: "Tengo insomnio."Eran las 2:14. Yo estaba leyendo en la cama, con su camisa blanca puesta. La que me había puesto para la entrevista y que ya no le devolví.Se sentó al borde de mi cama, en pants, sin camisa.—¿Puedo? — preguntó.—¿Quedarte?—Quedarme un rato. Hasta que me dé sueño.—Si te quedas, no te vas a querer ir — dije, sin pensar.—Esa es la idea.Se acostó a mi lado, por encima de las cobijas, respetando una línea invisible en el medio. Los dos mirando el
CAPÍTULO 11Desperté porque mi celular no paraba de vibrar.Llamadas perdidas. Mensajes. Mi madre, mis primas, tres números desconocidos.Y un mensaje de Adrián: _No veas Instagram._Obvio que lo vi.Era una foto nuestra. Pero no de la subasta. No de la cena.Era de esta mañana. De ayer en la cocina.Alguien nos había tomado una foto desde el edificio de enfrente, con zoom. Yo sentada sobre la isla, en pijama, despeinada. Adrián entre mis piernas, besándome el cuello. Su saco en el piso. Mi mano agarrándole la camisa.No estábamos posando. No estábamos actuando. Estábamos...—VALERIA, VEN A LA SALA, AHORA.La voz de Adrián. No gritaba. Era peor. Estaba helado.Salí corriendo. Estaba en el sofá, en pants, con su laptop abierta. Su cara era una piedra.—Tu madre me llamó — dijo —. Y la mía. Y mi abogado. Y tres revistas. ¿Sabes cuántas ofertas me llegaron por esa foto? Porque no parece una foto de contrato. Parece...—Parece que estamos enamorados de verdad — terminé yo.—Parece que te
CAPÍTULO 10No me quité la pulsera. Tampoco usé la llave.La dejé sobre mi mesa de noche, al lado del celular. Como una prueba de que podía irme si quería. Pero no quería.A las seis, Adrián tocó mi puerta. Dos golpes secos. Como si fuéramos compañeros de oficina, no esposos que se habían besado en la cocina esa mañana.—Arreglate. Tenemos cena con los inversionistas de Tokio. Van a querer ver a la esposa feliz.—Estoy cansada.—Valeria.—Voy.Me puse un vestido negro, simple, cerrado hasta el cuello. Sin abertura. Sin escote. Que no me mirara nadie, como él quería.Cuando bajé, me estaba esperando con otro estuche.—Adrián, si es otra pulsera con candado, te juro que...—No es eso. Abre.Era un anillo. No el de compromiso que me dio para la foto, frío y enorme. Este era delgado, con un diamante pequeño en el centro.—El otro era prestado. Este es tuyo. Para que no se te olvide que estás casada cuando no estoy.Me lo puso él mismo. Su mano temblaba un poco.—Ahora di que me quieres —
CAPÍTULO 9Me desperté con la pulsera todavía puesta.No me la había quitado. El candadito dorado brillaba contra mi muñeca. Era bonita. Y era una advertencia.En la cocina, Adrián ya estaba. Con traje, con café negro, con ojeras. No me miró.—Buenos días, esposa — dijo sin levantar la vista del periódico. Mi cara estaba en primera plana otra vez. Abrazada a él.—Buenos días, carcelero.Por fin me miró. Sus ojos bajaron a mi muñeca.—Veo que te la pusiste.—Veo que no me dejaste opción. ¿Dónde está la llave?Sonrió. Esa sonrisa que me ponía de mal genio.—Yo la tengo.—Obvio.Me serví café. El silencio era incómodo. Como siempre desde que nos casamos.—Hoy no sales — dijo de repente.—¿Disculpa?—Sebastián va a estar en la oficina todo el día. No quiero que te lo cruces.—¿Me estás prohibiendo salir? Eso no está en el contrato, Adrián.—Regla número dos, ¿recuerdas? Nadie te toca. Para eso, nadie te ve.Dejé la taza sobre la mesa con fuerza.—Tú no me puedes encerrar aquí. Tengo clase







