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La Primera Cena

Author: Emya snair
last update publish date: 2026-09-03 12:42:56

CAPÍTULO 4

El vestido era un arma.

Rojo. No un rojo cualquiera. Un rojo profundo, como vino caro. Escote en la espalda, abierto hasta donde la decencia permitía, sujeto solo por dos tiras finas. Cuando me lo puso la estilista, entendí por qué Adrián había insistido en el más caro.

—Tiene que odiarlo — le había susurrado la estilista a su asistente. — Pero se le ve...

No terminó la frase. Porque yo me vi en el espejo y no me reconocí.

Mi pelo, que siempre llevaba amarrado, caía en ondas oscuras sobre mis hombros. Labios rojos. El anillo simple brillando en mi mano. No parecía Valeria Bennett, la chica que contaba monedas para el bus. Parecía una mujer que podía estar al lado de Adrián Blackwood sin desentonar.

—Mierda — dije sin querer.

La estilista sonrió. — Exacto.

A las ocho en punto, tocaron mi puerta. No esperó a que respondiera.

Adrián entró y se detuvo.

Por primera vez desde que lo conocí, no tenía una frase lista. Solo me miró. De arriba a abajo. Lentamente. Su mandíbula se tensó de nuevo.

—Te dije algo decente, no que provocaras un infarto colectivo.

—¿No te gusta? Puedo cambiarme. Tengo mi jean...

—No. — Su voz salió más ronca. Se aclaró la garganta. — Así estás perfecta. Vamos. Llegamos tarde.

Me ofreció su brazo. Dudé, pero lo tomé. Su esmoquin negro era perfecto, como todo en él. Olía a colonia fresca y a peligro.

El Club Nogal era todo lo que yo odiaba. Gente riendo demasiado fuerte, copas de champaña que valían mi mercado del mes, mujeres que me miraban como si fuera un error en el sistema.

—Sonríe — me susurró Adrián al oído mientras entrábamos. Su mano bajó de mi brazo a mi espalda desnuda. El contacto de su palma caliente sobre mi piel me hizo estremecer. — Y no te separes.

—Señor Blackwood, ¡felicidades! No nos presentó a su esposa.

Un hombre mayor, con barriga y sonrisa falsa, se acercó con su esposa.

Adrián cambió por completo. Su mano en mi espalda se volvió posesiva, su sonrisa se volvió encantadora. Un actor perfecto.

—Valeria, mi amor, te presento a los Montoya. Socios de hace años.

¿Mi amor? Casi me atraganto.

—Encantada — dije, forzando una sonrisa.

—Pero qué joven, qué... fresca — dijo la mujer, mirándome el vestido con envidia venenosa. — ¿Dónde se conocieron? Adrián nunca nos dijo que estaba enamorado.

Sentí pánico. Era la primera prueba.

Adrián me apretó suavemente contra él.

—En la biblioteca de la universidad. Ella estaba leyendo Cien años de soledad. Yo no pude resistirme a una mujer que lee a Gabo en pleno 2026.

Mentía tan bien que casi me lo creí yo.

—¿Y la propuesta? — insistió la mujer.

—Cartagena. Al atardecer. Me dijo que no tres veces antes de decir que sí. Es terca. — Me miró y por un segundo, su mirada gris se suavizó. — Por eso la elegí.

Todos rieron. Yo también. Mi mano, por instinto, se posó sobre su pecho. Sentí su corazón latir fuerte, rápido. No tan frío como parecía.

Nos movimos entre la gente. Cada conversación era la misma. Cómo nos conocimos, cuánto llevamos, cuándo los hijos. Yo respondía lo que habíamos ensayado, con la mano de Adrián quemándome la espalda desnuda.

Hasta que lo vi.

Un hombre de mi edad, quizás un poco mayor, guapo de una forma más amable que Adrián. Mismo apellido en su rostro.

—Vaya, vaya, mi hermano se casó.

Adrián se tensó por completo. Su mano en mi espalda se volvió de acero.

—Sebastián.

Sebastián Blackwood. El hermano que iba a heredar todo si Adrián no se casaba. Sonreía, pero sus ojos eran iguales de fríos.

—Así que tú eres la famosa Valeria. Mi primo no para de hablar de ti. — Tomó mi mano y antes de que pudiera evitarlo, la llevó a sus labios. No besó el anillo. Besó mi piel, justo arriba. Lento. — Encantado. Por fin alguien que le pone un poco de color a esta familia.

Sentí la mano de Adrián hundirse en mi cintura.

—Suelta a mi esposa — dijo Adrián. Su voz era tranquila, pero había una amenaza clara debajo.

—Solo estoy saludando. — Sebastián no me soltó. — Aunque debo decir, Valeria, que si alguna vez te cansas de este bloque de hielo, mi puerta está abierta. Yo sí sé tratar a una mujer bonita.

Fue suficiente.

Adrián lo tomó del brazo con una fuerza que hizo que Sebastián hiciera una mueca. Lo apartó de mí.

—Regla número uno de mi familia, Sebastián. No toques lo que no es tuyo. Nunca.

No gritó. No hizo escándalo. Pero todo el mundo a nuestro alrededor se giró. La tensión se podía cortar.

Sebastián levantó las manos, sonriendo.

—Tranquilo, hermanoo. Era una broma. Felicidades por la boda. Espero que dure... ¿cuánto era? ¿Doce meses?

Se me heló la sangre. ¿Cómo sabía?

Adrián se quedó blanco por un segundo. Luego recuperó el control.

—Lárgate antes de que te saque yo mismo.

Sebastián se fue, riendo, dejándonos en medio de miradas curiosas.

Adrián me tomó del brazo y me llevó casi arrastrando hacia la terraza, lejos de todos.

—¿Cómo sabe lo de los doce meses? — le siseé, temblando.

—No lo sabe. Está adivinando. Es su juego.

—Me besó la mano...

—Te tocó — corrigió, con rabia contenida. Me acorraló contra la baranda de la terraza. La ciudad brillaba abajo. — Nadie te toca, Valeria. ¿Me oíste? Nadie.

—Estás exagerando, solo fue un saludo...

—No fue un saludo. Fue una marca. Quiere lo que es mío.

—Yo no soy tuya.

Me miró entonces como si quisiera devorarme o ahorcarme. No sabía cuál de las dos.

—Esta noche, con ese vestido, con ese anillo, eres mía. — Su mano subió por mi espalda desnuda hasta mi nuca. — Y si él vuelve a tocarte, le rompo la mano.

No era una promesa. Era un hecho.

Su cara estaba a centímetros. Podía ver su respiración agitada. Podía oler el whisky que había tomado. Su pulgar rozó mi labio inferior, manchándose un poco de mi labial rojo.

—Tienes... — susurró.

—¿Qué?

—Nada.

Y sin avisar, me besó.

No fue un beso ensayado para la gente. No había nadie mirando en la terraza. Fue un beso bruto, posesivo, enojado. Su boca contra la mía, reclamando. Sabía a whisky y a rabia. Una mano en mi nuca, la otra clavada en mi cintura, pegándome a él.

Me resistí un segundo. Solo un segundo. Luego le devolví el beso con la misma rabia que sentía. Porque estaba furiosa, porque tenía miedo, porque su primo me había hecho sentir sucia y él me estaba haciendo sentir suya.

Cuando nos separamos, ambos respirábamos como si hubiéramos corrido.

—Eso — dijo él, con la frente pegada a la mía —. Eso es lo que van a ver cuando nos miren. Para que no duden nunca.

Se limpió el labial de su boca con el pulgar y me miró.

—Vamos adentro. Tenemos que irnos. Ahora.

Me tomó de la mano y me sacó de la gala, dejando atrás a todos, con mi labial corrido y su cuello manchado de rojo.

Y por primera vez, el contrato de doce meses me pareció demasiado largo y demasiado corto a la vez.

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