LOGINCAPÍTULO 5
No hablamos en el auto. Yo miraba por la ventana, con el vestido rojo arrugado en mis piernas, el labial corrido, la mano todavía ardiendo donde él me había sostenido. Él miraba su celular, pero no leía nada. Su pulgar se movía sobre la pantalla sin desbloquearla. Su cuello todavía tenía una mancha roja. Mi mancha. Cuando el ascensor se abrió en el piso 49, me bajé primero. Quería encerrarme, quitarme ese vestido que de repente pesaba demasiado. —Valeria. Me detuve frente a mi puerta, sin girarme. —Lo de la terraza... —No hace falta que lo expliques. Fue parte del show. Entendido. —Valeria, mírame. —No. Entré a mi habitación y cerré con seguro. Por primera vez desde que llegué, agradecí tener una puerta con llave. Me apoyé contra la madera y por fin respiré. Me quité los tacones de un puntapié. Me quité el anillo y lo dejé sobre la cómoda. Me miré en el espejo. Parecía una mujer besada a la fuerza y que había disfrutado ser besada a la fuerza. Y eso me dio más rabia que el beso mismo. Fui al baño. Abrí la ducha. El agua caliente cayó como un castigo. Me restregué la boca, el cuello, la espalda donde su mano había estado. Pero no se iba esa sensación de electricidad. Cuando salí, envuelta en una toalla blanca enorme, me di cuenta de mi error. Había dejado mi pijama en la cama. Y la puerta estaba cerrada con llave desde adentro. Mi ropa interior estaba en el vestidor, al otro lado de la habitación. —Perfecto — murmuré. Me sequé el pelo lo mejor que pude y abrí la puerta solo un poco para alcanzar algo. Cualquier cosa. El pasillo estaba oscuro. La puerta de su habitación estaba entreabierta. Se escuchaba agua. Él también se estaba duchando. Corrí de puntillas hasta mi cama, tomé una camiseta vieja que había escondido en la maleta — la única que la estilista no había tirado a la basura — y volví al baño a vestirme. Era una camiseta gris de mi padre. Grande. Me llegaba a media pierna. Sin nada abajo porque toda mi ropa interior estaba en la otra punta. Me metí a la cama y apagué la luz. Eran las once de la noche. La ciudad seguía viva afuera. A las once y media, escuché su puerta. Pasos en el pasillo. Descalzos. Se detuvo frente a mi puerta. —Valeria. No respondí. Me hice la dormida. —Sé que estás despierta. Tu luz se acaba de apagar. Maldita casa inteligente. —Déjame dormir, Adrián. Silencio. Pensé que se iba a ir. Pero no. —Sebastián....No es buena persona. Mantente lejos de él. —Gracias por el consejo, esposo del año. Otro silencio. Más largo. —Te dejó una marca. En la mano. Donde te besó. Me miré la mano en la oscuridad. No había nada. —Son ideas tuyas. —No. Se te quedó rojo. — Su voz sonaba extraña. Más baja. — ¿Te hizo daño? Era lo último que esperaba. ¿Preocupación? —Estoy bien. —Abre la puerta. —No. —Valeria, abre la maldita puerta. —Dijiste que nunca entrara a tu habitación. No dijiste nada de que tú no entraras a la mía, ¿verdad? Esa es la regla número siete, ¿no? Escuché cómo se recargaba contra mi puerta. Pude imaginar su frente apoyada en la madera. —Tienes razón. No entraré. Se quedó ahí. No se iba. Yo tampoco me movía. —Mi padre — dije de repente, sin saber por qué. La oscuridad me daba valor. — ¿Qué era el Proyecto Aurora? Un suspiro al otro lado. —Un proyecto inmobiliario. Tu padre y yo íbamos a construir un edificio. Hace diez años. —¿Y por qué escribió "el principio del fin"? —Porque lo fue. El proyecto fracasó. Tu padre perdió todo. Yo no. Él nunca me perdonó que yo no me hundiera con él. —¿Y por eso me compraste? ¿Por venganza? —No te compré. Te salvé de quedarte en la calle. Que es distinto. Me senté en la cama, abrazando mis rodillas. La camiseta de mi padre olía a mí ahora, no a él. —Mi padre murió hace seis meses. Solo. Yo encontré sus papeles. Había un pagaré con tu firma. Cinco millones. Él nunca me dijo... —Porque no quería que supieras que apostó tu casa en un negocio. Valeria, tu padre no era el santo que crees. Me mordí el labio para no llorar. No frente a él. No a través de una puerta. —Vete, Adrián. —No hasta que dejes de llorar. —No estoy llorando. —Sí estás llorando. Te escucho. Y sí, una lágrima se me escapó. Luego otra. Me tapé la boca para que no me escuchara, pero fue peor. Un sollozo se me escapó. La puerta se abrió de golpe. No la había cerrado con llave después de ir por la camiseta. Adrián estaba ahí, en el marco. Solo con un pantalón de pijama gris, sin camisa, el pelo mojado, descalzo. Nunca lo había visto así. Sin armadura. —No — dije, limpiándome rápido. — Salte. No me hizo caso. Entró, cerró la puerta detrás de él y se sentó en el borde de mi cama, a una distancia prudente, pero lo suficientemente cerca para que viera su pecho subir y bajar. —Vete — repetí, con voz de niña. —No. —¿Por qué? —Porque si me voy, vas a seguir llorando sola. Y eso me... me molesta. No dijo que le importaba. Dijo que le molestaba. Pero se quedó. Me miró. Bajó la vista a mi camiseta. A mis piernas desnudas. Tragó fuerte. —Esa camiseta... —Es de mi padre. Asintió. Entendió. Nos quedamos en silencio. Yo llorando en silencio, él mirando hacia la ventana, dándome privacidad sin irse. —El beso de hoy — dijo al fin —. No fue parte del contrato. —Lo sé. —Fue porque... — se pasó una mano por el pelo mojado —. Fue porque si no te besaba yo, iba a tener que matar a mi hermano . Y eso complica los negocios. A pesar de las lágrimas, me reí. Un sonido corto, roto. —Qué romántico. —Soy un romántico empedernido — dijo serio. Luego me miró. — ¿Estás mejor? Asentí. Se levantó. Antes de llegar a la puerta, se detuvo. —Mañana tu madre viene a almorzar. Le dijiste que vivíamos juntos y felices, ¿verdad? Actúa. Como hoy en la terraza. Mi madre. Se me había olvidado. Ella creía que me había casado por amor. —Adrián... ¿puedes ponerte una camisa la próxima vez que entres a consolarme? Me distraes. Él se giró, sorprendido. Luego vio que lo miraba. Su pecho, sus abdominales, esa V que se perdía en el pantalón. Sonrió. Esa sonrisa que guardaba solo para molestar. —Te distraigo, ¿Bennett? —Me incomodas. Es distinto. —Claro. — Abrió la puerta. — Buenas noches, esposa. —Buenas noches, enemigo. Cerró la puerta. Esta vez escuché cómo se alejaba y cómo cerraba la suya. Me acosté, con la mejilla húmeda, el corazón latiendo demasiado fuerte y la camiseta de mi padre ya sin su olor, sino con el olor a jabón caro de Adrián que se había quedado en mi cama. Y entendí que la regla número cuatro — no entrar a su habitación — iba a ser la más fácil de romper. Porque ya había entrado a la mía sin permiso, y no quería que se fuera.capitulo 16---Salimos de la oficina y todo el piso nos miraba. Yo con los ojos hinchados, Elena agarrándome del brazo.—Que miran. Vuelvan a trabajar, que el chisme no les paga el sueldo.Nadie respiró hasta que se cerró el elevador.En el restaurante me pidió dos copas de vino.—Para los nervios. Si vas a ser Blackwood, vas a tener que aprender a tomar en horas de oficina.Le di un sorbo y ella me tomó las manos.—Mi amor, me pediste que te ayude a limpiar el nombre de tu papá. Y lo vamos a hacer. Pero antes tienes que entender con quién estamos lidiando.—¿Por qué?—Porque mi padre fundó todo esto. No Arturo. Arturo llegó sin un peso. Con buena cara, mucha labia, y se casó conmigo por la plata de mi familia. Yo siempre lo supe.—Como Sebastián.—Igualito. Por eso Sebastián hizo lo que hizo con tu papá. Lo aprendió de él. Creen que pueden tomar lo que quieran sin trabajar.—¿Y entonces cómo le limpiamos el nombre a mi papá si necesitamos a Arturo?—Exacto por eso. Si lo digo yo sol
CAPÍTULO 17—Contesta.Sebastián ya se había ido, dejándonos la bomba en la oficina. Yo estaba frente a Adrián, con el escritorio entre los dos.—Valeria, no es como él dice.—Entonces dime cómo es. ¿Sabías que tu hermano hundió a mi papá?Silencio. Ese silencio que ya conocía. El que usaba cuando no quería mentir, pero tampoco quería decir la verdad.—Lo supe después — dijo al fin, con la voz baja —. Dos días después de que firmaras. Mi contador me mostró los movimientos. Sebastián compró todas las deudas de tu papá a propósito, las infló y me las vendió a mí. Para que yo tuviera que cobrarle.—¿Y me dejaste casarme contigo sabiendo eso?—Si te decía la verdad, no te ibas a casar conmigo. Y yo necesitaba... — se detuvo.—¿Qué necesitabas? ¿Una esposa falsa?—Necesitaba que no te fueras. Tu papá me llamó llorando esa noche, Valeria. Me dijo que te ibas a ir del país con Mateo para no verlo quebrar. Yo no podía dejar que te fueras.Me sentí mareada. Me senté en mi escritorio, que ya no
CAPÍTULO 16Después de lo de Mateo, Adrián se volvió loco.Pero no loco de gritos. Loco de control.—Desde hoy trabajas aquí.—¿Qué?Estábamos en su penthouse. Eran las 7 de la mañana. Yo me estaba alistando para ir a la universidad y él ya estaba con el celular, cancelando cosas.—Tu universidad queda muy lejos. Y hay muchos... compañeros. Aquí puedes estudiar tranquila. En mi oficina. Conmigo.—Adrián, no puedo estudiar finanzas en tu oficina de CEO.—Puedes. Te pongo un escritorio al lado del mío.—Eso no es estudiar, es estar encerrada contigo.—Exacto.Lo miré. No estaba bromeando. Tenía ojeras, no había dormido después de lo de Sebastián y mi papá.—Estás celoso de Mateo.—Estoy celoso hasta del aire que respiras si no lo respiro yo primero — dijo, sin vergüenza —. Ese tipo te dijo "bebé" y yo llevo un mes intentando que me digas "amor" sin que sea actuado. Así que sí, estoy celoso. Y no me voy a disculpar.Me crucé de brazos.—¿Y si digo que no?—Entonces te acompaño a la unive
CAPÍTULO 15Maldivas fue perfecto.Demasiado perfecto.Cuatro días sin celulares, sin prensa, sin Sebastián comentando nuestras fotos. Solo Adrián y yo en una cabaña sobre el agua. Desayuno en la cama, besos con sabor a coco, y por primera vez dormir abrazados toda la noche sin excusas de aire acondicionado dañado.Yo pensé que nada podía arruinar eso.Hasta que aterrizamos en Bogotá.Prendí mi celular y tenía 27 mensajes de un número que había borrado hace un año.*Mateo.*Mi ex. El que me dejó cuando mi papá quebró. El que me dijo "Valeria, tú ya no eres tú sin plata".—Valeria, ¿quién es Mateo? — Adrián estaba detrás de mí, viendo mi pantalla por encima de mi hombro.—Nadie. Basura vieja.—Basura vieja que te escribe "tenemos que hablar, es urgente, es sobre tu papá".Me giré. Él ya no sonreía. Tenía la mandíbula marcada otra vez, como el día de la subasta.—Es mi ex-novio. No importa.—Si escribe sobre tu papá, sí importa — me quitó el celular de la mano —. ¿Qué sabe él de tu papá
*CAPÍTULO 13: MALDIVAS - LA NOCHE QUE NO NOS CONTUVIMOS* Llegamos a Maldivas a las 4 de la tarde. El avión privado de Adrián aterrizó y había un bote esperándonos solo para nosotros dos. Yo nunca había visto un mar así. Transparente. Como si fuera mentira. —Bienvenida a nuestra luna de miel, señora Blackwood — me dijo Adrián, con gafas oscuras y con mi mano agarrada como si yo me fuera a caer al agua y perderme. —Todavía no me creo que estamos aquí. De verdad. —Créetelo. Te traje a la mitad del mundo para que no haya papás, ni mamás, ni hermanos, ni prensa. Solo tú y yo. El hotel era una villa sobre el agua. Toda de madera, abierta, con una cama gigante que daba al mar y una piscina privada que se unía con el océano. Entramos y dejé la maleta en el piso. Adrián cerró la puerta con seguro. Dos veces. Con candado. —Por si acaso — dijo, riéndose, pero serio. Yo me asomé al balcón. El viento me pegaba el vestido. —Valeria. Me giré. Él estaba detrás de mí, sin gafas, m
CAPÍTULO 13—Firma aquí.Adrián puso un papel frente a mí, en la misma mesa donde firmé el primer contrato hace un mes.Mi corazón se paró.—¿Otro contrato? Adrián, dijimos que...—No es lo que crees. Lee.Lo leí.No era un contrato de divorcio. Era todo lo contrario.*CONTRATO DE MATRIMONIO REAL*_Yo, Adrián Blackwood, declaro que el contrato anterior queda anulado.__Cláusula 1: Valeria Bennett Blackwood ya no me debe nada. La deuda de su padre queda pagada. Para siempre.__Cláusula 2: Este matrimonio ya no dura doce meses. Dura lo que ella quiera que dure. Si dice un día, es un día. Si dice para siempre, es para siempre.__Cláusula 3: La regla número dos se mantiene. Nadie la toca. Solo yo. Pero ahora porque ella quiere que solo yo la toque, no porque yo lo ordene.__Cláusula 4: Yo, Adrián Blackwood, me comprometo a besarla todos los días no porque tenga que hacerlo para la foto, sino porque quiero.__Cláusula 5: Yo, Adrián Blackwood, declaro que estoy enamorado de mi esposa. Desde







