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El Cuarto de al Lado

Autor: Emya snair
last update Fecha de publicación: 2026-09-03 12:43:55

CAPÍTULO 5

No hablamos en el auto.

Yo miraba por la ventana, con el vestido rojo arrugado en mis piernas, el labial corrido, la mano todavía ardiendo donde él me había sostenido. Él miraba su celular, pero no leía nada. Su pulgar se movía sobre la pantalla sin desbloquearla. Su cuello todavía tenía una mancha roja. Mi mancha.

Cuando el ascensor se abrió en el piso 49, me bajé primero. Quería encerrarme, quitarme ese vestido que de repente pesaba demasiado.

—Valeria.

Me detuve frente a mi puerta, sin girarme.

—Lo de la terraza...

—No hace falta que lo expliques. Fue parte del show. Entendido.

—Valeria, mírame.

—No.

Entré a mi habitación y cerré con seguro. Por primera vez desde que llegué, agradecí tener una puerta con llave.

Me apoyé contra la madera y por fin respiré. Me quité los tacones de un puntapié. Me quité el anillo y lo dejé sobre la cómoda. Me miré en el espejo. Parecía una mujer besada a la fuerza y que había disfrutado ser besada a la fuerza. Y eso me dio más rabia que el beso mismo.

Fui al baño. Abrí la ducha. El agua caliente cayó como un castigo. Me restregué la boca, el cuello, la espalda donde su mano había estado. Pero no se iba esa sensación de electricidad.

Cuando salí, envuelta en una toalla blanca enorme, me di cuenta de mi error.

Había dejado mi pijama en la cama. Y la puerta estaba cerrada con llave desde adentro. Mi ropa interior estaba en el vestidor, al otro lado de la habitación.

—Perfecto — murmuré.

Me sequé el pelo lo mejor que pude y abrí la puerta solo un poco para alcanzar algo. Cualquier cosa.

El pasillo estaba oscuro. La puerta de su habitación estaba entreabierta. Se escuchaba agua. Él también se estaba duchando.

Corrí de puntillas hasta mi cama, tomé una camiseta vieja que había escondido en la maleta — la única que la estilista no había tirado a la basura — y volví al baño a vestirme.

Era una camiseta gris de mi padre. Grande. Me llegaba a media pierna. Sin nada abajo porque toda mi ropa interior estaba en la otra punta.

Me metí a la cama y apagué la luz. Eran las once de la noche. La ciudad seguía viva afuera.

A las once y media, escuché su puerta.

Pasos en el pasillo. Descalzos. Se detuvo frente a mi puerta.

—Valeria.

No respondí. Me hice la dormida.

—Sé que estás despierta. Tu luz se acaba de apagar.

Maldita casa inteligente.

—Déjame dormir, Adrián.

Silencio. Pensé que se iba a ir. Pero no.

—Tu primo... Sebastián. No es buena persona. Mantente lejos de él.

—Gracias por el consejo, esposo del año.

Otro silencio. Más largo.

—Te dejó una marca. En la mano. Donde te besó.

Me miré la mano en la oscuridad. No había nada.

—Son ideas tuyas.

—No. Se te quedó rojo. — Su voz sonaba extraña. Más baja. — ¿Te hizo daño?

Era lo último que esperaba. ¿Preocupación?

—Estoy bien.

—Abre la puerta.

—No.

—Valeria, abre la maldita puerta.

—Dijiste que nunca entrara a tu habitación. No dijiste nada de que tú no entraras a la mía, ¿verdad? Esa es la regla número siete, ¿no?

Escuché cómo se recargaba contra mi puerta. Pude imaginar su frente apoyada en la madera.

—Tienes razón. No entraré.

Se quedó ahí. No se iba. Yo tampoco me movía.

—Mi padre — dije de repente, sin saber por qué. La oscuridad me daba valor. — ¿Qué era el Proyecto Aurora?

Un suspiro al otro lado.

—Un proyecto inmobiliario. Tu padre y yo íbamos a construir un edificio. Hace diez años.

—¿Y por qué escribió "el principio del fin"?

—Porque lo fue. El proyecto fracasó. Tu padre perdió todo. Yo no. Él nunca me perdonó que yo no me hundiera con él.

—¿Y por eso me compraste? ¿Por venganza?

—No te compré. Te salvé de quedarte en la calle. Que es distinto.

Me senté en la cama, abrazando mis rodillas. La camiseta de mi padre olía a mí ahora, no a él.

—Mi padre murió hace seis meses. Solo. Yo encontré sus papeles. Había un pagaré con tu firma. Cinco millones. Él nunca me dijo...

—Porque no quería que supieras que apostó tu casa en un negocio. Valeria, tu padre no era el santo que crees.

Me mordí el labio para no llorar. No frente a él. No a través de una puerta.

—Vete, Adrián.

—No hasta que dejes de llorar.

—No estoy llorando.

—Sí estás llorando. Te escucho.

Y sí, una lágrima se me escapó. Luego otra. Me tapé la boca para que no me escuchara, pero fue peor. Un sollozo se me escapó.

La puerta se abrió de golpe. No la había cerrado con llave después de ir por la camiseta.

Adrián estaba ahí, en el marco. Solo con un pantalón de pijama gris, sin camisa, el pelo mojado, descalzo. Nunca lo había visto así. Sin armadura.

—No — dije, limpiándome rápido. — Salte.

No me hizo caso. Entró, cerró la puerta detrás de él y se sentó en el borde de mi cama, a una distancia prudente, pero lo suficientemente cerca para que viera su pecho subir y bajar.

—Vete — repetí, con voz de niña.

—No.

—¿Por qué?

—Porque si me voy, vas a seguir llorando sola. Y eso me... me molesta.

No dijo que le importaba. Dijo que le molestaba. Pero se quedó.

Me miró. Bajó la vista a mi camiseta. A mis piernas desnudas. Tragó fuerte.

—Esa camiseta...

—Es de mi padre.

Asintió. Entendió.

Nos quedamos en silencio. Yo llorando en silencio, él mirando hacia la ventana, dándome privacidad sin irse.

—El beso de hoy — dijo al fin —. No fue parte del contrato.

—Lo sé.

—Fue porque... — se pasó una mano por el pelo mojado —. Fue porque si no te besaba yo, iba a tener que matar a mi primo. Y eso complica los negocios.

A pesar de las lágrimas, me reí. Un sonido corto, roto.

—Qué romántico.

—Soy un romántico empedernido — dijo serio. Luego me miró. — ¿Estás mejor?

Asentí.

Se levantó. Antes de llegar a la puerta, se detuvo.

—Mañana tu madre viene a almorzar. Le dijiste que vivíamos juntos y felices, ¿verdad? Actúa. Como hoy en la terraza.

Mi madre. Se me había olvidado. Ella creía que me había casado por amor.

—Adrián... ¿puedes ponerte una camisa la próxima vez que entres a consolarme? Me distraes.

Él se giró, sorprendido. Luego vio que lo miraba. Su pecho, sus abdominales, esa V que se perdía en el pantalón.

Sonrió. Esa sonrisa que guardaba solo para molestar.

—Te distraigo, ¿Bennett?

—Me incomodas. Es distinto.

—Claro. — Abrió la puerta. — Buenas noches, esposa.

—Buenas noches, enemigo.

Cerró la puerta. Esta vez escuché cómo se alejaba y cómo cerraba la suya.

Me acosté, con la mejilla húmeda, el corazón latiendo demasiado fuerte y la camiseta de mi padre ya sin su olor, sino con el olor a jabón caro de Adrián que se había quedado en mi cama.

Y entendí que la regla número cuatro — no entrar a su habitación — iba a ser la más fácil de romper. Porque ya había entrado a la mía sin permiso, y no quería que se fuera.

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