LOGINNARRADO POR EZRA VARDANMi equipo de inteligencia comercial me entregó el informe completo a la mañana siguiente, con una precisión que confirmaba, lamentablemente, cada una de las sospechas que habíamos discutido la noche anterior. Extendí los documentos sobre la mesa del despacho, junto con fotografías comparativas que dejaban poco espacio para cualquier interpretación de simple coincidencia.—Mirá esto —le dije a Bianca, señalando dos imágenes colocadas una junto a la otra—. El vestido de la izquierda es tuyo, presentado hace apenas tres semanas en el catálogo digital de la nueva colección. El de la derecha se lanzó ayer, bajo la marca de un competidor directo.Bianca tomó las fotografías con una expresión que fue endureciéndose progresivamente a medida que comparaba cada detalle: el mismo corte en el escote, la misma disposición de los pliegues en la falda, incluso el mismo patrón de bordado que había diseñado personalmente para esa pieza específica.—Esto no es casualidad —dijo,
NARRADO POR BIANCA SERNAPasamos la luna de miel en un lugar que, según Ezra, había elegido especialmente porque nadie más lo conocía dentro del circuito habitual de la alta sociedad, una casa pequeña frente al mar, en un pueblo costero apenas visible en los mapas turísticos convencionales, sin ningún periodista capaz de rastrearnos, sin ninguna obligación corporativa esperando del otro lado del teléfono.Diez días enteros donde el tiempo pareció, por primera vez en mucho tiempo, dejar de contarse en plazos, negociaciones o cronogramas ajenos. Caminamos descalzos por la playa cada mañana, cociné algunas veces en la cocina pequeña de la casa alquilada, sin ninguna prisa, sin ningún despliegue corporativo detrás de cada gesto simple.Regresamos a la ciudad con una sensación extraña, mezcla de nostalgia por esos días de calma absoluta y una expectativa renovada frente a todo lo que nos esperaba al volver la firma seguía creciendo, con la nueva sede internacional ya en pleno funcionamien
NARRADO POR EZRA VARDANLa celebración se trasladó apenas terminó la ceremonia hacia el patio trasero del taller, un espacio pequeño que Marisol había logrado transformar en apenas unas semanas, con mesas sencillas dispuestas bajo un cielo que empezaba a teñirse de los primeros colores del atardecer. No había ningún salón de lujo, ningún catering internacional con nombres impronunciables en el menú. Solo comida sencilla, preparada con el mismo cuidado casero que Bianca había insistido en mantener en cada detalle de nuestra boda.—¿Feliz? —le pregunté, mientras bailábamos nuestra primera pieza como esposos, con la misma guitarra acústica que había sonado durante toda la ceremonia acompañándonos ahora con una melodía instrumental más animada.—No tengo palabras suficientes para describirlo —respondió, apoyando la cabeza contra mi pecho. —Aunque tampoco creo que necesite, porque ninguna alcanza para esto.Sentí cómo esa simpleza compartida se instalaba con una calidez que ningún evento
NARRADO POR BIANCA:Marisol me ajustó el último mechón de cabello frente al espejo del pequeño despacho, el mismo donde meses atrás había firmado un contrato calculado sin imaginar jamás que terminaría, un día, vistiéndome de novia en ese exacto rincón.—Estás temblando —dijo, sosteniéndome las manos con firmeza.—No de nervios —respondí, sintiendo cómo la voz se me quebraba apenas. —De algo que no sé cómo llamar.—De felicidad, Bianca —dijo ella, con los ojos ya brillantes. —Se llama felicidad, aunque a veces se sienta demasiado grande para el cuerpo.Me tomó del brazo, y caminamos juntas hacia la puerta que separaba el despacho del salón principal del taller, ahora completamente transformado, las máquinas de coser corridas hacia los costados, cubiertas apenas con telas blancas simples, las sillas dispuestas en dos filas modestas frente a un arco improvisado con flores silvestres, y la misma luz cálida que Ezra había insistido en replicar, tan parecida a la del cobertizo, iluminando
NARRADO POR EZRA VARDANDesperté esa mañana con una sensación extraña, muy distinta de cualquier nerviosismo que hubiera experimentado antes de cualquier negociación corporativa decisiva. No era ansiedad calculadora, ni el peso de una estrategia pendiente de ejecutar. Sino simplemente, la pura expectativa de algo que llevaba meses esperando sin admitirlo del todo en voz alta.Mi padre me esperaba ya en la cocina de su ala privada, con dos tazas de café servidas y una calma que reflejaba, de alguna manera, la misma serenidad que yo mismo intentaba proyectar sin lograrlo del todo.—¿Cómo dormiste? —preguntó, extendiéndome una de las tazas.—Prácticamente nada —admití, con una sonrisa cansada. —Cada vez que cerraba los ojos, pensaba en algún detalle que quizás se me estuviera pasando por alto.—Es normal —respondió, con una comprensión que reconocía como genuina. —Yo tampoco dormí demasiado la noche antes de mi propia boda.Nos sentamos juntos en la mesa de la cocina, disfrutando de ese
NARRADO POR BIANCA SERNAEzra se fue esa noche a dormir a la mansión de su padre, respetando una tradición que ninguno de los dos tomaba demasiado en serio, pero que decidimos honrar de todas formas, más como un gesto simbólico que como una superstición real. Marisol se quedó conmigo en el penthouse, con una bolsa cargada de cosas que se negó a mostrarme hasta que estuviéramos completamente instaladas.—Nada de despedida de soltera tradicional —le advertí, mientras la ayudaba a acomodar todo sobre la mesa de la sala. —No quiero ningún disfraz ridículo ni ninguna fiesta escandalosa la noche antes de la boda.—Tranquila —respondió Marisol, con una sonrisa cómplice. —Conozco exactamente cómo te gusta celebrar las cosas importantes.Sacó de la bolsa una botella de vino, dos copas, y una caja de fotografías impresas que reconocí de inmediato como parte de nuestro archivo compartido, acumulado a lo largo de años enteros de trabajo conjunto.—¿De dónde sacaste todo esto? —pregunté, tomando l







