MasukMaya
Cuando llegó la mañana siguiente, decidimos ducharnos juntos. El baño se llenó de vapor espeso mientras el agua caliente caía desde la alcachofa. Podía sentir el calor en mi piel, haciendo que mis pezones se endurecieran y mi coño palpitara ya. Daniel estaba detrás de mí, sus grandes manos agarrándome las caderas y tirándome contra su pecho. Su polla presionaba con fuerza contra mi culo, resbaladiza por el agua y el precum.
—Date la vuelta, cariño —susurró, con la voz baja y áspera contra mi oído—. Déjame ver esa cara bonita.
Obedecí, girándome hasta quedar frente a él, con el agua goteando de mi pelo sobre sus hombros. Me agarró la barbilla, obligándome a mirarlo. Sus ojos estaban oscuros, hambrientos.
—Te ves tan bien mojada —dijo, rozando mi labio inferior con el pulgar—. Abre la boca para mí.
La abrí y él deslizó el pulgar dentro, frotándolo sobre mi lengua. Chupé, saboreando el agua salada y su piel. Él gruñó, mientras su otra mano bajaba para ahuecar mi pecho, apretándolo con fuerza suficiente para hacerme gemir.
—Joder, eres tan receptiva —gruñó—. Me encanta oírte gemir.
Dio un paso atrás, me hizo girar de nuevo para que quedara frente a la pared de azulejos. La superficie fría golpeó mis mejillas cuando me presionó hacia adelante, aplastando mis pechos contra los azulejos resbaladizos. Sus manos me agarraron el culo, abriendo mis nalgas bien abiertas. Sentí el aire en mi agujero y luego su lengua estaba allí, caliente y húmeda, presionando profundo.
—Oh joder… Papi… —jadeé, y mi voz resonó contra los azulejos.
Lamió en lentos círculos y luego hundió la lengua más profundo, estirando mi borde apretado. Empujé hacia atrás contra su cara, con las caderas sacudiéndose, intentando tomar más de él. Mis dedos bajaron entre mis piernas, resbaladizos por mis propios jugos, y empecé a frotarme el clítoris con frenesí contra la pared de la ducha; la textura áspera enviaba descargas de placer a través de mí.
—¿Te gusta eso, eh? —murmuró, y su voz vibró a través de mi culo—. ¿Te gusta tener mi lengua en tu agujerito sucio mientras te frotas el clítoris como una zorra?
—Sí… sí, Papi… —gemí, con la respiración entrecortada—. Se siente… tan bien… tan sucio…
Me dio un fuerte azote en el culo, y el escozor se mezcló con el placer.
—Eres mía para follarte como yo quiera. Recuérdalo.
Su lengua me folló con más fuerza, embestidas rápidas que me hicieron llorar los ojos. Sentía mi orgasmo creciendo, una espiral apretada en la parte baja de mi vientre. Mi pulgar frotaba mi clítoris más rápido, mis caderas empujando contra su cara.
—Voy a correrme… voy a correrme en tu lengua… —susurré, con la voz temblorosa.
Él gruñó, chupando más fuerte, con la nariz presionada contra mi piel.
—Hazlo, cariño. Córrete para Papi.
La ola me golpeó con fuerza. Mi coño se contrajo, mi culo se apretó alrededor de su lengua y grité, un sonido fuerte y crudo que rebotó en los azulejos. Mis jugos brotaron, mezclándose con el agua que corría por mis piernas. Me estremecí, con las piernas temblando, los dedos todavía frotando mi clítoris mientras las réplicas me recorrían.
Daniel se apartó, limpiándose la boca con la mano y con una sonrisa arrogante en el rostro.
—Sabes a cielo, Maya. Dulce y salada, justo como me gusta.
Me giró de nuevo, presionándome contra los azulejos. Su polla estaba dura, goteando precum que se mezclaba con el agua en mi vientre. Me agarró las caderas, levantándome ligeramente para que su punta rozara mi entrada.
—Mírate —dijo, con la voz espesa de lujuria—. Toda mojada y lista para mí.
Empujó lentamente, estirando mi coño apretado. Jadeé, sintiendo la quemazón y el placer al mismo tiempo. Me llenó centímetro a centímetro, su polla palpitando dentro de mí.
—Joder… estás tan apretada —gruñó, apoyando la frente en mi hombro—. Parece que fuiste hecha para la polla de tu padrastro.
Empezó a moverse, lento al principio, cada arrastre de su eje enviando chispas por mi columna. Gemí, deslizando las manos por los azulejos en busca de apoyo.
—Más fuerte, Papi —supliqué, con la voz quebrada—. Por favor… fóllame más fuerte.
Él accedió, embistiendo con fuerza. La ducha resonaba con el sonido de carne chocando contra carne, el agua salpicando y nuestras respiraciones entrecortadas.
—¿Te gusta que te follen como a una putita sucia? —gruñó, deslizando la mano para pellizcarme el clítoris con fuerza.
—Sí… sí… soy tu puta… soy tuya… —grité, arqueando la espalda.
Se inclinó sobre mí, su pecho contra mi espalda, sus labios rozando mi oído.
—Di que me perteneces.
—Te pertenezco, Papi —susurré, con voz ronca—. Solo tuya.
Sus embestidas se volvieron más violentas, su polla golpeándome con fuerza implacable. Sentí la presión creciendo de nuevo, más fuerte que antes. Mis uñas se clavaron en los azulejos, mis piernas temblando.
—Voy a correrme otra vez —gemí, con la voz temblorosa—. Voy a correrme alrededor de tu polla, Papi.
—Hazlo —ordenó, apretando las manos en mis caderas hasta dejar moretones—. Córrete para mí. Muéstrame cuánto te gusta que te folle tu padrastro.
Sus palabras me empujaron al abismo. Mi orgasmo explotó, mi coño cerrándose como un torno alrededor de su polla, mi cuerpo sacudiéndose violentamente. Grité su nombre, con la voz cruda, mientras un líquido caliente brotaba, cubriendo su eje y mezclándose con el agua en el suelo de la ducha.
Daniel gruñó, su propio orgasmo creciendo rápido. Me embistió unas cuantas veces más, con movimientos frenéticos, y luego se quedó quieto al correrse, su polla palpitando profundo dentro de mí, llenándome con su semen caliente. Se estremeció contra mí, apoyando la frente en mi hombro mientras cabalgaba los últimos pulsos de su placer.
Nos quedamos unidos un momento, los dos jadeando, sudor y agua mezclándose en nuestra piel. Se retiró lentamente, dejando un hilo de semen y mis jugos que iba de mi coño al azulejo. Retrocedió, admirando la vista de mi cuerpo tembloroso y sonrojado, con el culo aún levantado y los labios hinchados.
—Buena chica —murmuró, ahora con voz suave pero aún autoritaria—. Me tomaste tan bien. Mírate… toda desordenada y satisfecha.
Me dejé caer al suelo de la ducha, con las piernas temblando. Bajé la mano, toqué mis pliegues mojados, sintiendo la mezcla de nuestro semen. Llevé los dedos a mi boca, probándonos a los dos, y un estremecimiento de placer me recorrió.
—Ahora te toca a ti —dijo Daniel, con los ojos oscuros de deseo—. Quiero probarte ahora. Quiero lamer hasta la última gota.
Se arrodilló entre mis piernas, abriéndome bien. Bajó la cabeza y arrastró la lengua lentamente desde mi entrada hasta mi clítoris, saboreando la mezcla dulce y salada de mi excitación y su semen. Gemí, moviendo las caderas contra su cara.
—Joder, Daniel… —jadeé—. Tu lengua… se siente tan bien…
Lamió con más fuerza, chupando mi clítoris dentro de su boca, y sus dedos volvieron a deslizarse dentro de mí, curvándose y embistiendo. Grité, agarrándome a los azulejos, mi cuerpo temblando mientras otro orgasmo empezaba a formarse.
—Estás tan jodidamente deliciosa —murmuró contra mi piel, y su voz vibró a través de mí—. Podría comerte todo el día.
Jadeé cuando añadió un segundo dedo, estirándome, bombeando al ritmo de sus chupadas. El placer creció más y más apretado, hasta que estalló de nuevo. Grité, arqueando la espalda sobre los azulejos, mi coño brotando sobre su cara mientras me corría con fuerza, las piernas temblando sin control.
Lamió mis jugos, gruñendo de satisfacción. Cuando por fin se apartó, con la boca brillante, me miró con una sonrisa arrogante.
—Sabes a cielo, cariño —dijo.
Me quedé allí, respirando con dificultad, el cuerpo aún hormigueando. Levanté la mano, lo atraje hacia mí para besarlo, nuestros labios encontrándose en un choque feroz y hambriento. Podía saborearme en su lengua, mezclado con su propio sabor, y gemí en el beso.
Justo entonces, oí un coche deteniéndose en la entrada y luego la puerta principal abriéndose. La voz de mi madre subió por las escaleras, alegre y luminosa.
—¿Maya? ¿Daniel? ¡Llegué temprano! ¡Traje golosinas!
Mi corazón latió con fuerza. Daniel se quedó congelado, con los labios aún sobre los míos y el agua goteando de su barbilla. Sentí el pánico creciendo en mi pecho.
—Mierda —murmuró, apartándose rápido.
Me levanté de un salto, con el agua corriendo por mis piernas y el coño todavía palpitando. Agarré la toalla del perchero y me envolví el cuerpo desnudo lo más rápido que pude.
—Mamá está aquí —susurré, con la voz temblorosa.
Daniel agarró su toalla, envolviéndosela alrededor de la cintura, con los ojos clavados en los míos.
—Ve. Ahora. Yo… yo limpio.
No esperé una segunda invitación. Salí corriendo de la ducha, resbalando en los azulejos mojados, con el corazón desbocado. Corrí a mi habitación mientras los pasos de mi madre se oían más fuertes abajo.
Cerré de un portazo la puerta de mi cuarto y me apoyé contra ella, respirando con dificultad.
Pegué la oreja a la puerta, escuchando. Los pasos de mi madre se detuvieron al pie de las escaleras. La oí decir:
—¿Hey, Daniel? Estoy en la cocina. ¿Quieres café?
Hubo una pausa y luego la voz de Daniel, calmada pero tensa.
—Claro, cariño. Dame un minuto.
Oí cómo se cerraba la ducha y el agua drenándose. Luego el suave sonido de sus pies sobre los azulejos mientras se alejaba del baño. Mi madre estaba en la cocina, tarareando, completamente ajena a lo que acababa de pasar.
Me deslicé hasta sentarme en el suelo, con la espalda contra la madera. Mi cuerpo aún vibraba con las réplicas del orgasmo, el coño adolorido y mojado, el culo hormigueando por su lengua. Todavía podía sentir su pulgar frotando mi clítoris, su lengua profunda dentro de mí, su polla llenándome.
Deslicé la mano entre mis piernas, sintiendo el calor y la humedad. Sonreí, a pesar del miedo a ser descubierta.
Me acosté en la cama, con las piernas abiertas, los dedos deslizándose en mi coño mojado, pensando en la próxima vez que Daniel me presionara contra los azulejos, me abriera las nalgas y me hiciera gritar su nombre otra vez.
La casa estaba en silencio ahora, excepto por el lejano tintineo de platos en la cocina. Cerré los ojos, dejé que el placer me invadiera y esperé su próxima orden.
MayaPor la tarde siguiente me senté en la cama y sentí el dolorcillo entre las piernas de ayer y aun así me dije que me quedaría en casa. Después me puse una falda de todos modos. Sin bragas, igual que él había dicho. La tela se me pegaba un poco porque ya estaba mojada de pensar en la mesa y en su mano y en cómo me había vuelto a meter su semen dentro.El invernadero nunca se enfriaba del todo. Lo vi en cuanto crucé la puerta. La condensación bajaba por el cristal en ríos lentos. La humedad se me posaba en la piel como una segunda capa. El aire era espeso y dulce a vides de tomate y tierra mojada. El corazón me latía tan fuerte que lo oía en los oídos.Elias me esperaba junto a la mesa de trasplante. Mangas subidas. Tierra otra vez en las manos. Me miró igual que ayer, como si ya supiera que iba a venir.—Ciérrala con llave —dijo.La cerré. El clic sonó definitivo.—Quítatelo. Todo. Ahora mismo.Los dedos me temblaron en los botones de la camisa. Me la quité y la dejé caer al suelo
MayaMe dije que solo iba a llevarle la bolsa extra de sustrato. Esa era la historia que me repetía una y otra vez mientras cruzaba el patio. Solo el sustrato. Nada más. Aun así, las manos me sudaban contra el plástico. El corazón me latía tan fuerte que lo sentía en la garganta.El invernadero estaba al fondo de su terreno, todo de cristal y hierro viejo. Incluso desde fuera los cristales estaban empañados. El calor se escapaba por los bordes de la puerta. Pude oler la tierra y las vides de tomate antes de tocar siquiera el picaporte.Empujé la puerta. El aire cálido y húmedo me envolvió de inmediato. Era espeso, como si pudiera saborearlo en la lengua. Tierra. Plantas verdes. El olor dulce y tenue de los pimientos que ya estaban casi maduros. El agua goteaba en algún sitio detrás de las hileras.Elias estaba en la mesa de trasplante. Tenía las manos oscuras de tierra. Las mangas subidas hasta los codos. Plata en las sienes. Las botas de trabajo plantadas en el suelo mojado. Él tenía
AvelineEl cubitera estaba en el escritorio como si nos hubiera estado esperando. El check-out era más tarde. La habitación todavía olía a sueño y a sexo. Me dolían sitios que el viernes no me dolían, y aun así lo seguía queriendo.El profesor Xavier cogió un cubito y lo levantó para que yo viera cómo goteaba.—Última mañana —dijo—. Temperatura. Después te rindes del todo. Conoces la regla.—Sí, profesor.Me tendió de espaldas. Sin cuerda. Solo yo y el frío y sus manos. Recorrió el cubito alrededor del pezón hasta que dolió y se tensó. Jadeé. Me miró la cara.—Dilo.—Profesor.Puso la boca tibia sobre el mismo sitio. El contraste me hizo dar un tirón. Calor después del hielo. Agarré la sábana.—Buena chica. Esto no es un castigo. Esto es sentir. Quédate conmigo.Hizo lo mismo con el otro pezón. Cubito. Dolor. Boca. Elogio. La piel me saltaba. La respiración se me adelgazó. Bajó el hielo por el vientre y dejó una línea húmeda que su lengua siguió. Me sentí abierta y cuidada al mismo ti
AvelineNo desperté de una vez. Desperté con la sensación de que él ya estaba dentro de mí.No era duro. No era cruel. Solo estaba ahí. Embestidas lentas en la penumbra, mientras la cabeza seguía en un sueño y el cuerpo ya decía que sí. Solté un sonido pequeño. Su boca estaba en mi oreja.—Quédate blanda —dijo el profesor Xavier—. Lo pediste. Me dijiste que querías saber qué se sentía al ser usada cuando estabas sin defensa. Te lo estoy dando. Todavía no pienses. Déjame ocuparme.Lo recordé. Anoche, después de limpiarme, después de sostenerme, lo había dicho con una voz pequeña. Quería que me tomara mientras dormía. Quería despertar ya llena. Quería ser su buena chica sin tener que representarlo primero.El cuerpo estaba mojado. Lo sentía. Llevaba moviéndose dentro de mí el tiempo suficiente para que yo estuviera resbaladiza, abierta y tibia. Intenté levantar la mano y él la atrapó y la volvió a bajar.—Floja, Aveline. Buena chica. No tienes que trabajar. Solo tienes que recibirme.La
AvelineLa puerta del hotel se cerró y el silencio se sintió distinto al de la biblioteca. Sin pasos. Sin carritos. Solo nosotros y la cama y lo que él había prometido en el ascensor.—Desnúdate —dijo el profesor Xavier—. Después túmbate boca abajo. No te precipites. Yo tampoco.Me quité la ropa con las manos temblando. La blusa. La falda. Nada debajo, solo la mancha de él todavía en los muslos, de los depósitos. Subí a la cama y me tumbé. Hundí la cara en la almohada. El corazón me latía tan alto que pensé que él podía oírlo.Se sentó a mi lado. Oí el tapón del lubricante. Sentí primero su mano en la espalda, tibia, firme, como si le estuviera diciendo al cuerpo que se quedara.—Esto es nuevo para ti —dijo—. Vamos despacio. Respiras. Empujas hacia atrás cuando yo lo diga. Dices «profesor» cuando queme. Lo dices otra vez si empieza a sentirse como algo que quieres. Si es demasiado, dices para y paro. ¿Me entiendes?—Sí, profesor.—Buena chica.Tenía los dedos resbaladizos. Primero me
AvelineLa biblioteca olía a papel viejo y a aire frío. La moqueta se comía nuestros pasos. Hasta las luces parecían en silencio. El profesor Xavier nos apuntó en el mostrador como si no hubiera nada raro en el mundo. Facultad. Ayudante de investigación. Yo me quedé a su lado con la bolsa y traté de parecer una chica que solo había venido a trabajar.Casi una hora hicimos trabajo de verdad. Sacamos cajas. Abrimos carpetas. Fotografiamos cartas y listados y notas minúsculas escritas por gente que llevaba mucho tiempo muerta. Me hablaba con su voz normal de profesor. Yo respondía con mi voz normal de alumna. Las manos solo me temblaban cuando se acercaba demasiado.Bajo la falda no llevaba nada. Cada vez que me sentaba, me inclinaba o alargaba el brazo hacia una caja, lo sentía. Aire. Humedad. La noche anterior todavía dentro del cuerpo. Juntaba las rodillas y rezaba para que nadie se diera cuenta.—Caja doce —dijo al fin—. Depósito restringido. Ven.Pasamos las mesas principales. El cr







