Home / Romance / Llámame Tuya / LECCIONES PROHIBIDAS (IV)

Share

LECCIONES PROHIBIDAS (IV)

Author: Luneth
last update publish date: 2026-07-17 02:13:00

Maya

Todavía estaba medio dormida cuando sentí la mano de Daniel deslizarse bajo la fina sábana y presionarse contra mis caderas. Sus dedos eran ásperos y cálidos, y se colaron directamente entre mis piernas sin ninguna advertencia. Jadeé cuando dos de sus dedos se hundieron profundo en mi coño dormido, curvándose con fuerza contra ese punto que me hizo arquear la espalda sobre el colchón.

—Joder… Daniel… —gemí, con la voz espesa de sueño y placer repentino.

Él no respondió, solo siguió moviendo los dedos, girándolos y presionando hasta que sentí el calor acumularse en la parte baja de mi vientre. Mis caderas se movieron por instinto, intentando tomar más de él dentro de mí.

—Estás tan mojada ya —susurró, con el aliento caliente contra mi oído—. Tu cuerpo sabe lo que quiere incluso cuando tu mente aún está soñando.

Gemí, abriendo más los muslos mientras él añadía un tercer dedo, estirándome aún más. La sensación era aguda e intensa, y podía sentir mis jugos empapando su mano.

—Por favor… más… —supliqué, con la voz quebrada.

Sacó los dedos lentamente, dejándome dolorida y vacía por un instante. Luego me volteó sobre el estómago antes de que pudiera reaccionar, presionando mi pecho contra las sábanas y levantando mis caderas bien alto. Mi culo quedaba expuesto, mi coño abierto y chorreante.

—Mírate, lista para mí —dijo, con voz baja y posesiva. Alineó su polla con mi entrada y empujó despacio, profundo, llenándome centímetro a centímetro. El estiramiento ardía deliciosamente y solté un fuerte gemido cuando llegó hasta el fondo.

—¿Sientes eso? —gruñó, presionando sus caderas con fuerza contra mi culo—. Esa es mi polla reclamándote. Voy a preñarte antes de que tu mamá regrese.

Gemí, clavando los dedos en el colchón.  

—Sí… Papi… lléname… hazme tuya.

Empezó a embestir, lento y profundo, cada arrastre de su eje raspando mis paredes hinchadas. El ángulo era perfecto, golpeando ese punto que me nublaba la vista. Podía sentir sus bolas golpeando contra mi culo con cada empujón, y el sonido de nuestra carne chocando llenaba la habitación silenciosa.

—¿Te gusta que te tomen por detrás? —preguntó, deslizando la mano para agarrar un puñado de mi pelo y tirar mi cabeza hacia atrás—. ¿Te gusta sentir cómo mi polla te estira mientras hablo de llenarte con mi semilla?

—Sí… sí… me encanta… —jadeé, con la voz ronca.

Se inclinó hacia adelante, su pecho contra mi espalda, sus labios rozando mi oído.  

—Voy a bombearte hasta el fondo con mi semen, Maya. Voy a asegurarme de que cada gota se quede dentro de ti, para que lleves una parte de mí todo el día.

La promesa sucia me provocó una nueva ola de calor. Mi coño se apretó alrededor de él, intentando ordeñarlo más profundo.

—Joder… estás tan apretada —gruñó, y sus embestidas se volvieron un poco más fuertes, un poco más rápidas—. Estás hecha para tomar mi carga.

Gemí más fuerte, mi cuerpo temblando mientras el placer crecía. Mis pechos se frotaban contra las sábanas, con los pezones duros y sensibles. Sentía la espiral apretándose en mi vientre, cada caricia acercándome más al borde.

—¿Ya casi, cariño? —susurró, mientras su pulgar dibujaba círculos sobre mi clítoris que asomaba bajo mis caderas.

Grité, arqueando la espalda aún más.  

—Voy a correrme… por favor… déjame correrme…

Él ralentizó lo justo para mantenerme al límite, su polla aún enterrada profundamente, sus dedos todavía provocándome el clítoris.

—Aún no —dijo, con voz firme—. Quiero sentir cómo te aprietas cuando por fin te lo permita.

Embistió una última vez, fuerte y profundo, y exploté. Mi orgasmo me golpeó como una ola, mi coño cerrándose con fuerza violenta alrededor de su polla. Grité, mi cuerpo sacudiéndose mientras olas de placer me atravesaban. Mis jugos brotaron, mezclándose con su precum, empapando su eje y mis muslos.

Daniel gruñó, su propio orgasmo creciendo rápido. Siguió embistiendo, con movimientos frenéticos, mientras me llenaba con su semen caliente. Sentí cada pulso de su semilla disparándose profundo dentro de mí, llenándome, marcándome.

Se retiró lentamente, dejando un hilo de semen y mis jugos que iba de mi coño a las sábanas. Se dejó caer a mi lado, con el pecho subiendo y bajando mientras recuperaba el aliento.

Después de unos minutos de silencio, sentí una repentina oleada de atrevimiento. Alcancé la bufanda de seda que guardábamos en la mesita de noche y la até con fuerza alrededor de los ojos de Daniel, vendándolo. Él parpadeó sorprendido y luego soltó una risa baja.

—¿Qué estás tramando, cariño? —preguntó, con la voz espesa de sueño y lujuria.

Me senté a horcajadas sobre su pecho, con las rodillas apretando sus costillas y mi coño chorreante flotando justo sobre su cara. Podía sentir su aliento caliente contra mi piel y me bajé lentamente, dejando que mis labios rozaran su boca.

—Abre, Papi —ordené, con voz firme pero entrecortada—. Voy a montarte la lengua hasta que grite.

Él obedeció, abriendo la boca bien grande. Presioné mi coño hacia abajo, sintiendo su lengua deslizarse al instante entre mis pliegues, lamiendo mis jugos. La sensación fue eléctrica: su lengua pasando sobre mi clítoris, luego hundiéndose profundo, chupando y provocándome.

—Joder… sí… —gemí, moviendo las caderas en lentos círculos, dejando que su lengua me trabajara—. Tu lengua se siente tan bien dentro de mí.

Podía oír sus gemidos ahogados, la forma en que su garganta vibraba mientras me comía. Mis manos subieron a pellizcarme los pezones con fuerza, retorciéndolos entre los dedos y enviando descargas agudas de placer directo a mi interior.

—Más fuerte… chúpame el clítoris… —supliqué, moviéndome más rápido ahora, con el coño resbaladizo e hinchado.

Él respondió, su lengua azotando mi botón con velocidad implacable, su nariz presionando contra mi hueso púbico mientras inhalaba mi olor. Mis gemidos se volvieron más fuertes, mi cuerpo temblando mientras el placer crecía.

—Estoy cerca… voy a correrme en tu cara —jadeé, con la voz temblorosa.

Chupó con más fuerza, sus labios sellándose alrededor de mi clítoris, su lengua moviéndose como una serpiente. Sentí cómo se rompía la tensión.

Mi orgasmo explotó, una descarga violenta que me arqueó la espalda y me hizo temblar los muslos. Grité fuerte, sin contenerme, mientras mi coño se contraía y brotaba, inundando su cara con mis jugos calientes. Él los lamió con avidez, tragando cada gota, con los ojos aún vendados pero la cara brillando con mi esencia.

Me desplomé hacia adelante, con el pecho agitado y el coño todavía palpitando por las réplicas. Me quedé a horcajadas sobre su cara un momento, dejándolo lamerme limpia, y luego me deslicé hacia abajo hasta que mis caderas quedaron alineadas con su polla.

Su erección estaba dura y resbaladiza con nuestros fluidos combinados, presionando contra mi culo. Me levanté, lo guié hasta mi entrada y me hundí lentamente, sintiendo cómo me estiraba de nuevo.

—Joder… te sientes tan grande dentro de mí —gemí, empezando a rebotar, levantando las caderas y dejándolas caer con fuerza sobre su eje.

Subí las manos y volví a pellizcarme los pezones, tirando fuerte, mezclando el dolor con el placer de su polla llenándome. Mis pechos rebotaban con cada movimiento, mis gemidos llenando la habitación.

—No te atrevas a correrte hasta que yo lo diga —ordené, con voz baja y exigente, mirando su cara vendada—. Quiero sentirte palpitar dentro de mí mientras te monto.

Él gruñó, un sonido profundo y gutural, sus manos agarrando mis caderas con fuerza, guiando mis movimientos.

—Estás tan jodidamente apretada —murmuró, con la voz tensa.

Aumenté el ritmo, rebotando más fuerte, mi culo chocando contra sus muslos con cada descenso. El sonido de nuestros cuerpos uniéndose era fuerte, húmedo y sucio. Podía sentir su polla palpitando dentro de mí, cada pulso prometiendo su liberación inminente.

—¿Sientes lo cerca que estoy? —susurré, inclinándome hacia adelante para que mis labios rozaran su oído, aunque no pudiera verme—. Voy a hacerte rogar por ello.

Él jadeó, sus caderas empujando hacia arriba para encontrar mis movimientos.  

—Joder… Maya… por favor… déjame correrme…

Negué con la cabeza, clavando los dedos en su pecho.  

—Aún no. Quiero sentirte explotar cuando yo te lo diga.

Seguí montándolo, con movimientos frenéticos, mi coño resbaladizo y caliente. Mi propio placer creció de nuevo, una segunda ola formándose abajo. Sentía mi clítoris rozando su pelvis con cada rebote, enviando descargas eléctricas a través de mí.

—Joder… voy a correrme otra vez —gemí, con la voz quebrada.

Él gruñó más fuerte, su cuerpo tensándose.  

—Voy… voy a reventar…

Me eché hacia atrás, con las manos aún pellizcando mis pezones, y miré su cara vendada.  

—Ahora, Papi. Córrete para mí. Lléname.

En cuanto las palabras salieron de mi boca, él empujó las caderas hacia arriba, clavando su polla profundo dentro de mí, y sentí su semen caliente explotar en mi interior. Su cum pulsó en gruesos chorros, llenando mi coño y mezclándose con mis jugos. Solté un grito crudo y animal mientras mi propio orgasmo me golpeaba por segunda vez, mis paredes apretándose alrededor de su polla, ordeñándolo hasta la última gota.

Su cuerpo se estremeció debajo de mí, sus manos agarrando mis caderas con tanta fuerza que supe que dejaría moretones. Siguió embistiendo, vaciándose, hasta que su polla por fin empezó a suavizarse dentro de mí.

Me desplomé hacia adelante, con el pecho agitado y el coño todavía palpitando por el doble orgasmo. Su semen se escapaba, cálido y espeso, goteando sobre las sábanas debajo de nosotros.

Respiraba con dificultad, con la venda todavía puesta, el pecho subiendo y bajando rápido. Alcancé la bufanda y la desaté, dejándola caer. Sus ojos parpadearon abiertos, aturdidos y satisfechos.

—Joder… eso fue increíble —suspiró, con la voz ronca.

Me atrajo hacia sí, rodeándome con los brazos, sus labios encontrando los míos en un beso profundo y hambriento. Nuestras lenguas se enredaron, saboreando la mezcla de nuestro semen y saliva.

Cuando por fin nos separamos, apoyé la cabeza en su pecho, escuchando cómo su corazón se ralentizaba. Mi cuerpo estaba adolorido, mi coño palpitando deliciosamente, los pezones sensibles por los pellizcos, pero un profundo sentimiento de pertenencia se asentó sobre mí.

Podía sentir su polla suavizándose aún descansando contra mi muslo, un recordatorio de lo que acabábamos de hacer. Recorrí con un dedo el desastre húmedo en su estómago y luego lo llevé a mi boca, saboreando la mezcla salada y dulce de nosotros.

Él me miró, con los ojos oscuros de posesión.  

—Ahora eres mía, Maya. Recuérdalo.

Continue to read this book for free
Scan code to download App

Latest chapter

  • Llámame Tuya   EL INVERNADERO (II)

    MayaPor la tarde siguiente me senté en la cama y sentí el dolorcillo entre las piernas de ayer y aun así me dije que me quedaría en casa. Después me puse una falda de todos modos. Sin bragas, igual que él había dicho. La tela se me pegaba un poco porque ya estaba mojada de pensar en la mesa y en su mano y en cómo me había vuelto a meter su semen dentro.El invernadero nunca se enfriaba del todo. Lo vi en cuanto crucé la puerta. La condensación bajaba por el cristal en ríos lentos. La humedad se me posaba en la piel como una segunda capa. El aire era espeso y dulce a vides de tomate y tierra mojada. El corazón me latía tan fuerte que lo oía en los oídos.Elias me esperaba junto a la mesa de trasplante. Mangas subidas. Tierra otra vez en las manos. Me miró igual que ayer, como si ya supiera que iba a venir.—Ciérrala con llave —dijo.La cerré. El clic sonó definitivo.—Quítatelo. Todo. Ahora mismo.Los dedos me temblaron en los botones de la camisa. Me la quité y la dejé caer al suelo

  • Llámame Tuya   EL INVERNADERO (I)

    MayaMe dije que solo iba a llevarle la bolsa extra de sustrato. Esa era la historia que me repetía una y otra vez mientras cruzaba el patio. Solo el sustrato. Nada más. Aun así, las manos me sudaban contra el plástico. El corazón me latía tan fuerte que lo sentía en la garganta.El invernadero estaba al fondo de su terreno, todo de cristal y hierro viejo. Incluso desde fuera los cristales estaban empañados. El calor se escapaba por los bordes de la puerta. Pude oler la tierra y las vides de tomate antes de tocar siquiera el picaporte.Empujé la puerta. El aire cálido y húmedo me envolvió de inmediato. Era espeso, como si pudiera saborearlo en la lengua. Tierra. Plantas verdes. El olor dulce y tenue de los pimientos que ya estaban casi maduros. El agua goteaba en algún sitio detrás de las hileras.Elias estaba en la mesa de trasplante. Tenía las manos oscuras de tierra. Las mangas subidas hasta los codos. Plata en las sienes. Las botas de trabajo plantadas en el suelo mojado. Él tenía

  • Llámame Tuya   EL VIAJE DE INVESTIGACIÓN (VI)

    AvelineEl cubitera estaba en el escritorio como si nos hubiera estado esperando. El check-out era más tarde. La habitación todavía olía a sueño y a sexo. Me dolían sitios que el viernes no me dolían, y aun así lo seguía queriendo.El profesor Xavier cogió un cubito y lo levantó para que yo viera cómo goteaba.—Última mañana —dijo—. Temperatura. Después te rindes del todo. Conoces la regla.—Sí, profesor.Me tendió de espaldas. Sin cuerda. Solo yo y el frío y sus manos. Recorrió el cubito alrededor del pezón hasta que dolió y se tensó. Jadeé. Me miró la cara.—Dilo.—Profesor.Puso la boca tibia sobre el mismo sitio. El contraste me hizo dar un tirón. Calor después del hielo. Agarré la sábana.—Buena chica. Esto no es un castigo. Esto es sentir. Quédate conmigo.Hizo lo mismo con el otro pezón. Cubito. Dolor. Boca. Elogio. La piel me saltaba. La respiración se me adelgazó. Bajó el hielo por el vientre y dejó una línea húmeda que su lengua siguió. Me sentí abierta y cuidada al mismo ti

  • Llámame Tuya   EL VIAJE DE INVESTIGACIÓN (V)

    AvelineNo desperté de una vez. Desperté con la sensación de que él ya estaba dentro de mí.No era duro. No era cruel. Solo estaba ahí. Embestidas lentas en la penumbra, mientras la cabeza seguía en un sueño y el cuerpo ya decía que sí. Solté un sonido pequeño. Su boca estaba en mi oreja.—Quédate blanda —dijo el profesor Xavier—. Lo pediste. Me dijiste que querías saber qué se sentía al ser usada cuando estabas sin defensa. Te lo estoy dando. Todavía no pienses. Déjame ocuparme.Lo recordé. Anoche, después de limpiarme, después de sostenerme, lo había dicho con una voz pequeña. Quería que me tomara mientras dormía. Quería despertar ya llena. Quería ser su buena chica sin tener que representarlo primero.El cuerpo estaba mojado. Lo sentía. Llevaba moviéndose dentro de mí el tiempo suficiente para que yo estuviera resbaladiza, abierta y tibia. Intenté levantar la mano y él la atrapó y la volvió a bajar.—Floja, Aveline. Buena chica. No tienes que trabajar. Solo tienes que recibirme.La

  • Llámame Tuya   EL VIAJE DE INVESTIGACIÓN (IV)

    AvelineLa puerta del hotel se cerró y el silencio se sintió distinto al de la biblioteca. Sin pasos. Sin carritos. Solo nosotros y la cama y lo que él había prometido en el ascensor.—Desnúdate —dijo el profesor Xavier—. Después túmbate boca abajo. No te precipites. Yo tampoco.Me quité la ropa con las manos temblando. La blusa. La falda. Nada debajo, solo la mancha de él todavía en los muslos, de los depósitos. Subí a la cama y me tumbé. Hundí la cara en la almohada. El corazón me latía tan alto que pensé que él podía oírlo.Se sentó a mi lado. Oí el tapón del lubricante. Sentí primero su mano en la espalda, tibia, firme, como si le estuviera diciendo al cuerpo que se quedara.—Esto es nuevo para ti —dijo—. Vamos despacio. Respiras. Empujas hacia atrás cuando yo lo diga. Dices «profesor» cuando queme. Lo dices otra vez si empieza a sentirse como algo que quieres. Si es demasiado, dices para y paro. ¿Me entiendes?—Sí, profesor.—Buena chica.Tenía los dedos resbaladizos. Primero me

  • Llámame Tuya   EL VIAJE DE INVESTIGACIÓN (III)

    AvelineLa biblioteca olía a papel viejo y a aire frío. La moqueta se comía nuestros pasos. Hasta las luces parecían en silencio. El profesor Xavier nos apuntó en el mostrador como si no hubiera nada raro en el mundo. Facultad. Ayudante de investigación. Yo me quedé a su lado con la bolsa y traté de parecer una chica que solo había venido a trabajar.Casi una hora hicimos trabajo de verdad. Sacamos cajas. Abrimos carpetas. Fotografiamos cartas y listados y notas minúsculas escritas por gente que llevaba mucho tiempo muerta. Me hablaba con su voz normal de profesor. Yo respondía con mi voz normal de alumna. Las manos solo me temblaban cuando se acercaba demasiado.Bajo la falda no llevaba nada. Cada vez que me sentaba, me inclinaba o alargaba el brazo hacia una caja, lo sentía. Aire. Humedad. La noche anterior todavía dentro del cuerpo. Juntaba las rodillas y rezaba para que nadie se diera cuenta.—Caja doce —dijo al fin—. Depósito restringido. Ven.Pasamos las mesas principales. El cr

More Chapters
Explore and read good novels for free
Free access to a vast number of good novels on GoodNovel app. Download the books you like and read anywhere & anytime.
Read books for free on the app
SCAN CODE TO READ ON APP
DMCA.com Protection Status