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EL INVERNADERO (II)

Author: Luneth
last update publish date: 2026-10-13 02:32:40

Maya

Por la tarde siguiente me senté en la cama y sentí el dolorcillo entre las piernas de ayer y aun así me dije que me quedaría en casa. Después me puse una falda de todos modos. Sin bragas, igual que él había dicho. La tela se me pegaba un poco porque ya estaba mojada de pensar en la mesa y en su mano y en cómo me había vuelto a meter su semen dentro.

El invernadero nunca se enfriaba del todo. Lo vi en cuanto crucé la puerta. La condensación bajaba por el cristal en ríos lentos. La humedad s
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  • Llámame Tuya   EL INVERNADERO (II)

    MayaPor la tarde siguiente me senté en la cama y sentí el dolorcillo entre las piernas de ayer y aun así me dije que me quedaría en casa. Después me puse una falda de todos modos. Sin bragas, igual que él había dicho. La tela se me pegaba un poco porque ya estaba mojada de pensar en la mesa y en su mano y en cómo me había vuelto a meter su semen dentro.El invernadero nunca se enfriaba del todo. Lo vi en cuanto crucé la puerta. La condensación bajaba por el cristal en ríos lentos. La humedad se me posaba en la piel como una segunda capa. El aire era espeso y dulce a vides de tomate y tierra mojada. El corazón me latía tan fuerte que lo oía en los oídos.Elias me esperaba junto a la mesa de trasplante. Mangas subidas. Tierra otra vez en las manos. Me miró igual que ayer, como si ya supiera que iba a venir.—Ciérrala con llave —dijo.La cerré. El clic sonó definitivo.—Quítatelo. Todo. Ahora mismo.Los dedos me temblaron en los botones de la camisa. Me la quité y la dejé caer al suelo

  • Llámame Tuya   EL INVERNADERO (I)

    MayaMe dije que solo iba a llevarle la bolsa extra de sustrato. Esa era la historia que me repetía una y otra vez mientras cruzaba el patio. Solo el sustrato. Nada más. Aun así, las manos me sudaban contra el plástico. El corazón me latía tan fuerte que lo sentía en la garganta.El invernadero estaba al fondo de su terreno, todo de cristal y hierro viejo. Incluso desde fuera los cristales estaban empañados. El calor se escapaba por los bordes de la puerta. Pude oler la tierra y las vides de tomate antes de tocar siquiera el picaporte.Empujé la puerta. El aire cálido y húmedo me envolvió de inmediato. Era espeso, como si pudiera saborearlo en la lengua. Tierra. Plantas verdes. El olor dulce y tenue de los pimientos que ya estaban casi maduros. El agua goteaba en algún sitio detrás de las hileras.Elias estaba en la mesa de trasplante. Tenía las manos oscuras de tierra. Las mangas subidas hasta los codos. Plata en las sienes. Las botas de trabajo plantadas en el suelo mojado. Él tenía

  • Llámame Tuya   EL VIAJE DE INVESTIGACIÓN (VI)

    AvelineEl cubitera estaba en el escritorio como si nos hubiera estado esperando. El check-out era más tarde. La habitación todavía olía a sueño y a sexo. Me dolían sitios que el viernes no me dolían, y aun así lo seguía queriendo.El profesor Xavier cogió un cubito y lo levantó para que yo viera cómo goteaba.—Última mañana —dijo—. Temperatura. Después te rindes del todo. Conoces la regla.—Sí, profesor.Me tendió de espaldas. Sin cuerda. Solo yo y el frío y sus manos. Recorrió el cubito alrededor del pezón hasta que dolió y se tensó. Jadeé. Me miró la cara.—Dilo.—Profesor.Puso la boca tibia sobre el mismo sitio. El contraste me hizo dar un tirón. Calor después del hielo. Agarré la sábana.—Buena chica. Esto no es un castigo. Esto es sentir. Quédate conmigo.Hizo lo mismo con el otro pezón. Cubito. Dolor. Boca. Elogio. La piel me saltaba. La respiración se me adelgazó. Bajó el hielo por el vientre y dejó una línea húmeda que su lengua siguió. Me sentí abierta y cuidada al mismo ti

  • Llámame Tuya   EL VIAJE DE INVESTIGACIÓN (V)

    AvelineNo desperté de una vez. Desperté con la sensación de que él ya estaba dentro de mí.No era duro. No era cruel. Solo estaba ahí. Embestidas lentas en la penumbra, mientras la cabeza seguía en un sueño y el cuerpo ya decía que sí. Solté un sonido pequeño. Su boca estaba en mi oreja.—Quédate blanda —dijo el profesor Xavier—. Lo pediste. Me dijiste que querías saber qué se sentía al ser usada cuando estabas sin defensa. Te lo estoy dando. Todavía no pienses. Déjame ocuparme.Lo recordé. Anoche, después de limpiarme, después de sostenerme, lo había dicho con una voz pequeña. Quería que me tomara mientras dormía. Quería despertar ya llena. Quería ser su buena chica sin tener que representarlo primero.El cuerpo estaba mojado. Lo sentía. Llevaba moviéndose dentro de mí el tiempo suficiente para que yo estuviera resbaladiza, abierta y tibia. Intenté levantar la mano y él la atrapó y la volvió a bajar.—Floja, Aveline. Buena chica. No tienes que trabajar. Solo tienes que recibirme.La

  • Llámame Tuya   EL VIAJE DE INVESTIGACIÓN (IV)

    AvelineLa puerta del hotel se cerró y el silencio se sintió distinto al de la biblioteca. Sin pasos. Sin carritos. Solo nosotros y la cama y lo que él había prometido en el ascensor.—Desnúdate —dijo el profesor Xavier—. Después túmbate boca abajo. No te precipites. Yo tampoco.Me quité la ropa con las manos temblando. La blusa. La falda. Nada debajo, solo la mancha de él todavía en los muslos, de los depósitos. Subí a la cama y me tumbé. Hundí la cara en la almohada. El corazón me latía tan alto que pensé que él podía oírlo.Se sentó a mi lado. Oí el tapón del lubricante. Sentí primero su mano en la espalda, tibia, firme, como si le estuviera diciendo al cuerpo que se quedara.—Esto es nuevo para ti —dijo—. Vamos despacio. Respiras. Empujas hacia atrás cuando yo lo diga. Dices «profesor» cuando queme. Lo dices otra vez si empieza a sentirse como algo que quieres. Si es demasiado, dices para y paro. ¿Me entiendes?—Sí, profesor.—Buena chica.Tenía los dedos resbaladizos. Primero me

  • Llámame Tuya   EL VIAJE DE INVESTIGACIÓN (III)

    AvelineLa biblioteca olía a papel viejo y a aire frío. La moqueta se comía nuestros pasos. Hasta las luces parecían en silencio. El profesor Xavier nos apuntó en el mostrador como si no hubiera nada raro en el mundo. Facultad. Ayudante de investigación. Yo me quedé a su lado con la bolsa y traté de parecer una chica que solo había venido a trabajar.Casi una hora hicimos trabajo de verdad. Sacamos cajas. Abrimos carpetas. Fotografiamos cartas y listados y notas minúsculas escritas por gente que llevaba mucho tiempo muerta. Me hablaba con su voz normal de profesor. Yo respondía con mi voz normal de alumna. Las manos solo me temblaban cuando se acercaba demasiado.Bajo la falda no llevaba nada. Cada vez que me sentaba, me inclinaba o alargaba el brazo hacia una caja, lo sentía. Aire. Humedad. La noche anterior todavía dentro del cuerpo. Juntaba las rodillas y rezaba para que nadie se diera cuenta.—Caja doce —dijo al fin—. Depósito restringido. Ven.Pasamos las mesas principales. El cr

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