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Capítulo 10

Autor: Paula C
last update Fecha de publicación: 2026-07-19 11:52:05

​El calor fue lo primero que devolvió a Ayla a la realidad.

​Ya no sentía el impacto de la lluvia ni el barro pegajoso entre los dedos de sus pies. Se encontraba recostada sobre una cama amplia, cubierta con sábanas limpias y mantas de lana gruesa que desprendían un reconfortante aroma a eucalipto y lavanda.

​El dolor lacerante en su pecho se había transformado en una molestia sorda y soportable, como una cicatriz fresca que empezaba a cerrar.

​Abrió los ojos despacio, parpadeando para adapt
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    Jarek descendió de la plataforma de vigilancia a grandes zancadas, cruzando el sendero hasta llegar a donde estaba Ayla. ​Al ver la expresión sombría en el rostro del comandante, Ayla frunció el ceño. ​—¿Qué pasa, Jarek? —preguntó, sintiendo que la inquietud que le martillaba la nuca se transformaba en una alerta real—. Los vigías están en movimiento... ¿Fue otra vez el eco de la estática en las runas? ​Jarek se detuvo frente a ella. Su mirada era un pozo de advertencia pura. ​—Intentaron tantear el perímetro en la madrugada—respondió Jarek, sin rodeos—. Alguien golpeó los sellos. ​Ayla sintió que un escalofrío le recorría la espalda. ​—¿Fue... fue el Norte? —preguntó con el pulso acelerado, sintiendo que el aire le faltaba en los pulmones—. ¿Killian ha vuelto? ​Jarek asintió lentamente, clavando sus ojos oscuros en los de ella. ​—Él es el único enemigo. Si las runas fueron golpeadas con tanta fuerza, no es una simple advertencia. ​Ayla tragó saliva con dificultad. E

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    En la manada Luna de Sangre, el ambiente respiraba una falsa elegancia. ​Sienna se encontraba sentada frente al tocador de su habitación, sostenía una copa de vino tinto, observando cómo el líquido rojo oscuro giraba con un movimiento lento y controlado, imitando el remolino de sus propios pensamientos. Ella estaba convencida de que los magistrados del Consejo ya habrían actuado con mano dura contra la bastarda. ​—Pronto —murmuró Sienna para sí misma, con la voz apenas deslizándose por entre sus labios. Esbozó una sonrisa fría, mientras inclinaba la copa hacia la luz—. Pronto el Consejo se encargará de borrar cada rastro tuyo maldita Ayla. Y cuando Killian descubra que ya no hay un solo obstáculo entre nosotros, y que el pasado por fin ha muerto, su mirada volverá a posarse donde corresponde. ​Para Sienna, el mundo se dividía estrictamente entre quienes poseían el derecho de sangre y quienes solo servían para estorbar en el camino hacia el trono. Ignoraba por completo que la rea

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    En la imponente fortaleza del Norte, Killian Blackwood revisaba los mapas de las rutas fronterizas, evaluando el despliegue de las patrullas invernales, buscando cualquier vulnerabilidad en el perímetro que protegía sus dominios. ​Pero antes de que pudiera marcar la siguiente directriz sobre el papel, las puertas dobles de su despacho se abrieron de golpe. Gólem, su comandante de confianza y la sombra más leal que poseía en el Norte, ingresó a grandes zancadas. El rostro habitualmente imperturbable del guerrero estaba tenso, surcado por una rigidez que advertía peligro antes de que pronunciara una sola palabra. Se detuvo frente al escritorio con los puños apoyados sobre la madera. ​—Alpha, comenzó Gólem sin preámbulos. Acaba de llegar un reporte urgente interceptado por nuestros informantes en la red del Consejo Continental. Tenemos un problema crítico. ​Killian levantó la vista de inmediato. Su semblante, ya de por sí duro, se ensombreció hasta adoptar una quietud mortal. ​

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    El despacho del Alpha Supremo en la capital del Norte era un santuario de poder y silencio. Afuera, la ventisca aullaba contra los ventanales blindados, sepultando la estructura de la fortaleza bajo mantos de nieve. Dentro, el aire era denso, cargado con la fría autoridad que emanaba de la figura inmóvil junto al escritorio. ​Killian Blackwood sostenía entre los dedos el diario de la última matriarca de la Luna Dorada. Sus ojos azules, fijos en la caligrafía antigua, recorrían una y otra vez los párrafos dedicados al Mando Regio y a la vulnerabilidad física de sus portadoras. ​Para Killian, los días transcurrían con la absoluta certeza de que el tiempo jugaba a su favor. En su mente, la estrategia era impecable: confinada en el exilio, cada intento de Ayla por convocar su poder, estaba desgarrando sus tejidos desde adentro. Imaginaba el dolor sordo en sus venas, el agotamiento progresivo de su loba y la forma en que el lazo agrietado —esa punzada constante en el pecho— terminaría

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    ​Ayla sintió que el calor le subía de golpe por el cuello hasta teñirle las mejillas de un rojo intenso. Parpadeó de repente, como si despertara de un trance, y apartó las manos de manera brusca —aunque sin soltar del todo al cachorro, que seguía jugueteando con el cordón de sus botas—. Su corazón latía desbocado en su pecho, por el vértigo de haber estado a milímetros de cruzar una línea de la que no habría regreso. ​—Yo... yo, le llevaré este cachorrito a su madre —balbuceó, con la voz ligeramente quebrada y la mirada esquiva, levantándose con torpeza. ​Tomó al cachorro en brazos con rapidez, abrazándolo contra su pecho como si el pequeño animal fuera un escudo protector frente a la mirada profunda y fija del hombre. ​Jarek se quedó en cuclillas sobre la hierba por un instante más. No intentó detenerla, ni soltó ninguna de sus habituales frases cortantes para burlarse de su nerviosismo. En su lugar, una sonrisa leve y genuina —de esas que rara vez permitía que los demás vieran

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