INICIAR SESIÓNEn el mundo de los licántropos, el estatus lo es todo, y Ayla es menos que nada. Considerada una Omega huérfana, sin olor y desprovista de loba interna, ha sobrevivido como la sirvienta maltratada de la manada Luna de Sangre. Pero el destino tiene un sentido del humor retorcido. Durante la Gala del Equinoccio, el implacable y temido Alpha Supremo, Killian Blackwood, la reclama inconscientemente como su Mate, su alma gemela. La bendición se convierte en maldición cuando Killian, cegado por el orgullo y la ambición de poder, la rechaza públicamente frente a cientos de lobos, sentenciándola a la humillación más absoluta. Lo que Killian no sabe es que el dolor del rechazo romperá las cadenas que mantenían dormido el verdadero ser de Ayla. Ella no es una Omega defectuosa; es la última descendiente de un linaje real dorado que se creía extinto.
Ver másJarek descendió de la plataforma de vigilancia a grandes zancadas, cruzando el sendero hasta llegar a donde estaba Ayla. Al ver la expresión sombría en el rostro del comandante, Ayla frunció el ceño. —¿Qué pasa, Jarek? —preguntó, sintiendo que la inquietud que le martillaba la nuca se transformaba en una alerta real—. Los vigías están en movimiento... ¿Fue otra vez el eco de la estática en las runas? Jarek se detuvo frente a ella. Su mirada era un pozo de advertencia pura. —Intentaron tantear el perímetro en la madrugada—respondió Jarek, sin rodeos—. Alguien golpeó los sellos. Ayla sintió que un escalofrío le recorría la espalda. —¿Fue... fue el Norte? —preguntó con el pulso acelerado, sintiendo que el aire le faltaba en los pulmones—. ¿Killian ha vuelto? Jarek asintió lentamente, clavando sus ojos oscuros en los de ella. —Él es el único enemigo. Si las runas fueron golpeadas con tanta fuerza, no es una simple advertencia. Ayla tragó saliva con dificultad. E
En la manada Luna de Sangre, el ambiente respiraba una falsa elegancia. Sienna se encontraba sentada frente al tocador de su habitación, sostenía una copa de vino tinto, observando cómo el líquido rojo oscuro giraba con un movimiento lento y controlado, imitando el remolino de sus propios pensamientos. Ella estaba convencida de que los magistrados del Consejo ya habrían actuado con mano dura contra la bastarda. —Pronto —murmuró Sienna para sí misma, con la voz apenas deslizándose por entre sus labios. Esbozó una sonrisa fría, mientras inclinaba la copa hacia la luz—. Pronto el Consejo se encargará de borrar cada rastro tuyo maldita Ayla. Y cuando Killian descubra que ya no hay un solo obstáculo entre nosotros, y que el pasado por fin ha muerto, su mirada volverá a posarse donde corresponde. Para Sienna, el mundo se dividía estrictamente entre quienes poseían el derecho de sangre y quienes solo servían para estorbar en el camino hacia el trono. Ignoraba por completo que la rea
En la imponente fortaleza del Norte, Killian Blackwood revisaba los mapas de las rutas fronterizas, evaluando el despliegue de las patrullas invernales, buscando cualquier vulnerabilidad en el perímetro que protegía sus dominios. Pero antes de que pudiera marcar la siguiente directriz sobre el papel, las puertas dobles de su despacho se abrieron de golpe. Gólem, su comandante de confianza y la sombra más leal que poseía en el Norte, ingresó a grandes zancadas. El rostro habitualmente imperturbable del guerrero estaba tenso, surcado por una rigidez que advertía peligro antes de que pronunciara una sola palabra. Se detuvo frente al escritorio con los puños apoyados sobre la madera. —Alpha, comenzó Gólem sin preámbulos. Acaba de llegar un reporte urgente interceptado por nuestros informantes en la red del Consejo Continental. Tenemos un problema crítico. Killian levantó la vista de inmediato. Su semblante, ya de por sí duro, se ensombreció hasta adoptar una quietud mortal.
El sobre de pergamino viajó de mano en mano a través de una red clandestina de contrabandistas que cruzaban las zonas grises de la frontera septentrional. Para el mensajero neutral que lo depositó en los buzones ciegos de la frontera continental, no era más que un encargo anónimo y bien pagado que exigía absoluta discreción y cero preguntas. El recado cruzó los altos portones de piedra blanca del Consejo Continental —el núcleo administrativo que gobernaba las manadas con mano de hierro y leyes inquebrantables— hasta llegar directamente a la gran cámara circular de cúpula alta. Bajo la fría luz matutina que se filtraba por los ventanales de alabastro, los tres magistrados revisaban los informes rutinarios de líneas de ley cuando el pliegue fue abierto. El patriarca central, un anciano de barbas cenicientas y ojos duros, recorrió las líneas de la misiva en un riguroso silencio. A su lado, los demás líderes se inclinaron de inmediato, escrutando cada palabra de la denuncia anónima c












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