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Capítulo 49

Author: EugeMD
last update publish date: 2026-09-30 06:16:26

Nicola

Valentina iba sentada a mi lado y, aun así, una parte de mí seguía esperando despertar de la pesadilla de los últimos días.

Había enterrado un ataúd con su nombre. Había permitido que Palermo me viera sostener a nuestra hija mientras fingía aceptar una muerte que nunca creí del todo. Y ahora tenía a mi mujer a menos de medio metro, sin poder permitirme el lujo de detener el auto y comprobar con mis propias manos que seguía allí… viva, sana y a salvo.

La miré una vez antes de volver la a
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  • El Don inquebrantable    Capítulo 51

    GennaroCarlo dejó la copa sobre la mesa y me observó durante unos segundos que se alargaron más de lo necesario. Vittoria seguía sentada a su derecha, con los brazos cruzados y la atención repartida entre los dos, sin el miedo que habría esperado encontrar en una niña que acababa de ver morir a dos hombres y había terminado encerrada en una casa desconocida.—Empecemos por Palermo —dijo Carlo—. Durante meses recibiste nombres, rutas y horarios que nadie dentro de la Camorra podía conseguir por su cuenta. Nunca te preguntaste por qué la información llegaba cuando más la necesitabas.—Pagaba por ella.—Pagabas para sentir que la habías comprado.Apreté la mandíbula y apoyé una mano sobre la mesa.—Si quieres atribuirte mis victorias, tendrás que esforzarte más.Carlo hizo una seña a uno de sus hombres. El tipo dejó una carpeta delante de mí y regresó a su sitio. La abrí esperando fotografías o documentos, pero encontré copias de mensajes, transferencias, movimientos de vehículos y regi

  • El Don inquebrantable    Capítulo 50

    GennaroEl teléfono vibró por cuarta vez sobre la mesa y lo dejé sonar hasta que el hombre frente a mí empezó a mirar la pantalla con una ansiedad que me irritó más que el ruido.—Si vuelves a mirar mi teléfono, te saco los ojos —advertí.El soldado bajó la cabeza y fijó la vista en el suelo. Había barro en sus zapatos, sangre ajena en la manga y una herida cerca de la ceja que todavía goteaba. Era uno de los pocos que había conseguido escapar del desastre del taller, lo cual decía demasiado poco sobre su valor y demasiado sobre la incompetencia de los demás.—Explícamelo otra vez —ordené, apoyando una mano sobre el respaldo de la silla.El hombre tragó saliva antes de continuar.—Cuando llegamos, Rocco y Nino ya estaban muertos. Sergio seguía con la niña, pero había otros hombres dentro. No llevaban distintivos y no respondían a nadie de los nuestros. El viejo estaba con ellos.Apoyé los codos sobre la mesa y lo estudié con cuidado.—¿Qué viejo?—El que dio la orden de mover a la niñ

  • El Don inquebrantable    Capítulo 49

    NicolaValentina iba sentada a mi lado y, aun así, una parte de mí seguía esperando despertar de la pesadilla de los últimos días. Había enterrado un ataúd con su nombre. Había permitido que Palermo me viera sostener a nuestra hija mientras fingía aceptar una muerte que nunca creí del todo. Y ahora tenía a mi mujer a menos de medio metro, sin poder permitirme el lujo de detener el auto y comprobar con mis propias manos que seguía allí… viva, sana y a salvo.La miré una vez antes de volver la atención a la carretera. Tenía el rostro tenso, la máscara de la Pantera abandonada sobre el asiento trasero y los dedos cerrados alrededor del teléfono, donde repasaba la fotografía del convoy que se había llevado a Vittoria.—Cuando esto termine, vamos a discutir muchas cosas —dije.Valentina no apartó la vista de la pantalla cuando respondió.—Cuando esto termine, puedes gritarme todo lo que quieras. Primero encontramos a nuestra hija.La respuesta habría provocado una pelea en cualquier otro

  • El Don inquebrantable    Capítulo 48

    ValentinaEl mensaje de Lorenzo llegó mientras yo todavía estaba dentro del edificio de Marco Ferraro, con la máscara puesta y la voz de Gennaro resonando en el auricular que llevaba oculto bajo el cabello.“Encontraron a los niños. Vittoria no estaba con ellos.”Leí la frase una sola vez.Mis dedos se cerraron alrededor del teléfono y una presión caliente subió desde el estómago hasta la garganta. Damiano, Augusto y Marcello estaban vivos. Mi hija seguía fuera de nuestro alcance.Guardé el teléfono antes de que cualquiera pudiera advertir el cambio en mi postura. Marco permanecía sentado frente a mí, fingiendo que la visita de la Pantera no alteraba su respiración, mientras dos hombres de Gennaro revisaban las ventanas y hablaban entre ellos con una tensión que ya empezaba a oler a fracaso.—El trabajo se cancela —dije.Uno de ellos se volvió.—¿Qué?—Gennaro cambió las prioridades.Mentí con la misma facilidad con la que había aprendido a respirar bajo una máscara.—No recibimos esa

  • El Don inquebrantable    Capítulo 47

    VittoriaEl hombre del bastón dejó de aplaudir cuando entró al taller, pero aquella sonrisa torcida e imponente permaneció en su rostro. No tenía la expresión de alguien que acabara de encontrar a una niña secuestrada entre dos cadáveres. Me observó con una atención incómoda y un orgullo que no entendí, como si hubiera llegado justo a tiempo para presenciar una prueba que yo ni siquiera sabía que estaba rindiendo.Sergio levantó el arma hacia él por puro reflejo y el cañón tembló mientras el viejo lo observaba sin alterar el gesto.—Bájala —ordenó.La orden salió sin gritos y bastó para que dos hombres aparecieran detrás de él y apuntaran a Sergio desde ambos lados. Yo conté cuatro pasos entre la puerta y la mesa, dos salidas visibles y una ventana demasiado alta para alcanzarla sin ayuda. Si aquello se torcía, mi mejor opción seguía siendo Sergio, aunque estuviera a punto de desmayarse.—Ella viene conmigo —añadió el hombre.Apreté la navaja entre los dedos.—No voy a ninguna parte c

  • El Don inquebrantable    Capítulo 46

    NicolaEl caos ya no estaba en mi casa, pero la alarma seguía resonando en mi cabeza, recordándome que alguien se había atrevido a mover piezas dentro de mi territorio sin mi permiso.Greta estaba sentada en una silla de respaldo recto, con las manos sujetas detrás, la mandíbula tensa y la mirada fija en un punto que no existía. Renzo permanecía a un lado, inmóvil, con el cuerpo inclinado hacia adelante y toda la tensión concentrada en los hombros; no necesitaba gruñir para anunciar que estaba listo para morder y no soltar hasta hacer pedazos lo que tuviera delante. Yo me tomé un par de segundos. Apresurarme significaba cometer errores y esa noche no había margen para equivocarme.Me agaché frente a ella y la observé con la paciencia de quien ya había dictado su final.—Tú conocías el protocolo —dije, sin elevar la voz—. Sabías cuándo separarla, sabías cómo calmarla, sabías dónde estaban sus puntos ciegos. No eras una niñera. Eras una espía.Greta tragó saliva y evitó mi mirada.—Yo…

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