INICIAR SESIÓNTras la muerte de su hermano Enzo, Nico me aseguró que no existía otra opción. La familia Varrone necesitaba un nuevo Don y la viuda que su hermano había dejado requería un hijo para asegurar el linaje de la organización. Nico cumplió con su deber y comenzó a compartir la cama con ella noche tras noche. Cada vez que él regresaba a mi lado, traía el aroma de esa mujer impregnado en la piel y las mismas mentiras piadosas en la boca. —Valentina, cuando ella dé a luz al heredero, les daré a ti y a Luca todo lo que se merecen —me repetía una y otra vez. Y esperé. Esperé pacientemente durante seis meses. Durante ese tiempo, vi cómo el hombre que amaba se convertía, en todos los sentidos, en el esposo de otra mujer. También vi a mi pequeño hijo quedarse dormido junto a la ventana, esperando a un padre que jamás regresaba a casa y que siempre encontraba la excusa perfecta para romper sus promesas. Hasta que el embarazo de Serena fue anunciado. Los Varrone celebraron como si hubiera ocurrido un milagro. La madre de Nico declaró con orgullo que el hijo de Serena sería el único y legítimo heredero de la organización, mientras que mi pequeño Luca sería presentado ante el mundo como un simple huérfano que había sido adoptado por caridad. —Nadie en la alta sociedad puede enterarse de que el Don tiene un hijo con una muerta de hambre —sentenció la matriarca con desprecio. En ese momento, la manita de mi hijo comenzó a temblar entre la mía. —Mamá... —susurró Luca, mirando a su padre con los ojos llenos de lágrimas—. ¿Acaso yo no soy también hijo de papá? Nico escuchó, pero a pesar de ver el dolor en el rostro del niño, no hizo absolutamente nada; se limitó a tomar a Serena del brazo y a ignorar nuestra existencia. Fue en ese preciso instante donde dejé de esperar. Me quité el anillo de compromiso que él me había regalado siete años atrás y se lo entregué directamente a Serena. —Felicidades —le dije de frente—. Perteneces a esta familia mucho más que yo. Entonces tomé a Luca de la mano, guardé el secreto del segundo hijo que Nico aún no sabía que llevaba en mi vientre, y salí de la mansión Varrone por última vez. Todos en ese salón me miraron con lástima, pensando que era una mujer cualquiera, desamparada y sin un lugar a dónde ir. Lo que ellos no sabían... era que mi padre era el hombre más temido y poderoso de toda la mafia italiana. Y yo era su única heredera.
Ver más—Luca... —susurró Nico, extendiéndole la mano con una chispa de esperanza—. Mi niño.Sin embargo, mi hijo retrocedió un paso antes de que pudiera siquiera rozarlo. Vestía un impecable traje negro que mi madre le había mandado a confeccionar y, a pesar de su corta edad, lucía más sereno que la mayoría de los hombres presentes en el salón.—No me llames así —pidió con voz firme—. Mi padre murió la noche en que me negó delante de extraños y no hizo nada por detener a quienes golpearon a mi mamá. Tú solamente eres Don Varrone.Nico emitió un sonido ahogado por el dolor. Luca dio un paso hacia mí y me tomó de la mano antes de volver a mirarlo.—Mi mamá es Valentina Vitale y, si vuelves a insultarla, lo voy a recordar hasta que tenga la edad suficiente para firmar órdenes. Llévate a tu familia y regresa a casa con la esposa y el heredero que elegiste.Mi hijo me acompañó a caminar de regreso al estrado sin mirar atrás ni una sola vez.Esa fue la última vez que vi a Nico Varrone con vid
Volví a ver a Nico en la gala de sucesión de mi padre. La invitación provino de la comisión, no de mi parte, lo que significaba que los Varrone no podían rechazarla. Todas las familias con negocios en Italia vinieron a Palermo para presenciar cómo Don Alessandro Vitale nombraba a su heredero.Nico lucía demacrado. Su traje era impecable, eso sí, pero el cansancio en su rostro era evidente. Franca lo siguió con una sonrisa forzada y Serena caminaba a su lado con una mano en el vientre, como si fuese una reina que temía que alguien le quitara su corona prestada. Todos se arrodillaron junto con el resto de los invitados cuando entró mi padre.Entonces, Luca y yo subimos al estrado.Franca palideció, Serena se quedó boquiabierta y Nico me miró como si no dira crédito. Antes de que nadie pudiera hacer nada, él se abrió paso entre la multitud y me agarró de la muñeca.—Valentina... estás aquí, te encontré —dijo—. ¿Sabes por todo lo que me has hecho pasar?Los guardias de mi padre lo pus
Para cuando Nico empezó a destrozar Boston, Luca y yo ya estábamos en casa. Pero a diferencia de la pequeña casa de campo que habíamos dejado atrás, este nuevo hogar era un imponente complejo a las afueras de Palermo, donde los altos cipreses bordeaban todo el camino de entrada y decenas de hombres armados inclinaban la cabeza con profundo respeto al ver pasar nuestro auto.Mi padre nos esperaba de pie en la entrada principal. Durante el largo viaje en avión, había imaginado esa escena una y otra vez; estaba segura de que me miraría con un juicio frío y en silencio mientras yo intentaba explicarle cómo había desperdiciado siete años de mi vida por un hombre del cual él mismo me había advertido.En cambio, al ver el moretón que marcaba mi rostro, al niño dormido en mis brazos y mi propia mano protegiendo mi vientre, sus facciones rígidas se desmoronaron.—Hija mía... —murmuró con la voz quebrada.Me estrechó entre sus brazos con fuerza, como si yo todavía fuera aquella niña pequeña
Nico se encerró en nuestra antigua habitación hasta el día siguiente. Releía una y otra vez los últimos mensajes en su pantalla, esperando en vano que algo cambiara; ansiaba una llamada, otro texto o un golpe en la madera que le diera a entender que yo me había calmado y que estaba lista para arreglar las cosas.En la madrugada, el eco de unos pasos se detuvo frente a la entrada. El aire arrastró un sutil aroma a vainilla y a Nico se le dio un vuelco el corazón. Abrió la puerta de golpe y, sin pensarlo, arrastró a la mujer que estaba del otro lado directamente hacia sus brazos.—Sabía que no podías dejarme, Valentina... Sabía que volverías —susurró, aferrándose a ella.—Nico...La voz de Serena arruinó el momento al instante. Él bajó la mirada, horrorizado, y notó que ella llevaba puesta mi bata de seda. Por un segundo, Nico se quedó petrificado, sin saber cómo reaccionar. Luego, sus facciones se contrajeron en una mueca de rabia tan profunda que Serena retrocedió, asustada.—Quít












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