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Capítulo 3

Author: Jazmín
Luca lloraba en silencio, y eso fue muchísimo peor que cualquier grito. Durante todo el camino de regreso a la casa de campo, se quedó sentado en mi regazo, sosteniendo el auto de juguete con ambas manos.

—Mamá... ¿ya papá no me quiere? —preguntó de pronto con un hilo de voz—. ¿Solo me quieres tú?

Lo abracé con todas mis fuerzas.

—No, mi amor, claro que no —le aseguré—. Tu abuelo Alessandro ha esperado años enteros para conocerte, y tu abuela Chiara ya dio vuelta a la casa entera preparándolo todo para tu llegada. Te queremos muchísimo más de lo que te imaginas.

Luca parpadeó varias veces, intentando asimilar mis palabras.

—¿Es muy lejos?

—Al otro lado del océano —le respondí con suavidad.

Él bajó la mirada hacia su juguete.

—¿Puedo celebrar mi cumpleaños con papá primero? Solo esta vez, mami... y después me voy contigo.

Quería decirle que no. Quería llevármelo directo al aeropuerto en ese mismo instante y no permitir que Nico se le volviera a acercar en la vida. Pero Luca apenas cumplía cinco años, y la esperanza es algo muy difícil de matar en el corazón de un niño.

—Está bien, mi amor —cedí, dándole un tierno beso en la frente—. Tendrás un cumpleaños más aquí.

Pasaron dos días y Nico jamás llegó. El pastel de cumpleaños se quedó sobre la mesa de la cocina mientras las velas seguían intactas, esperando en vano a ser sopladas. Luca se había puesto su mejor camisa; la había elegido él mismo porque pensaba que a su padre le gustaría. Mi pobre hijo intentaba mantener una sonrisa valiente cada vez que las manecillas del reloj avanzaban, pero la ilusión se le iba apagando en los ojos.

Llamé a Nico. «Es el cumpleaños de Luca. Se lo prometiste. ¿Dónde estás?», le escribí, y luego intenté marcarle, pero el teléfono sonó hasta que la línea se cortó sin obtener respuesta.

Luca bajó la cabeza.

—El tío Nico está ocupado, ¿verdad? —preguntó con una voz tan bajita que parecía dolerle físicamente. Era la primera vez que llamaba "tío" a su propio padre—. ¿Podemos celebrarlo tú y yo solitos, mami?

Antes de que pudiera intentar marcarle de nuevo, mi celular vibró con un mensaje de Nico:

«Trae a Luca a la casa principal. La fiesta está lista».

Luca alcanzó a ver la pantalla antes de que yo pudiera ocultar la notificación, y el rostro se le iluminó.

—¡Se acordó, mami! Sabía que lo haría. Vamos, por favor.

Desconfiada, le pedí a Nico que me confirmara la invitación. Su respuesta llegó apenas un minuto después: «Sí, tráelo». Así que dejé que mi hijo tuviera esperanzas una última vez.

La casa principal resplandecía cuando llegamos. Decenas de autos negros de lujo se alineaban en la entrada, cientos de rosas cubrían el vestíbulo y los invitados vestidos de gala se paseaban por las habitaciones con copas de champán en la mano. Aquello no era una fiesta de cumpleaños, y mucho menos una celebración infantil; era una fiesta de coronación anticipada.

Pero Luca, en su inocencia, no pareció darse cuenta del entorno. En cuanto vio a su padre de pie cerca de un enorme pastel de varios pisos junto a Serena, corrió hacia él con los brazos abiertos y se abrazó a sus piernas.

—¡Papá! ¿Estabas esperando a que yo llegara para cortar el pastel?

Nico se puso rígido. —¿Qué haces aquí? —soltó, con la voz tensa.

Al instante, los murmullos cargados de malicia comenzaron a circular entre los invitados:

—¿Ese niño lo llamó papá?

—Es el bastardo...

—Qué vergüenza traerlo hoy, en pleno anuncio de la sucesión.

Nico agarró a Luca bruscamente por los pequeños hombros y lo empujó hacia atrás.

—¿Cómo me llamaste? —le siseó con furia.

Mi hijo tropezó por el impacto y cayó al suelo, con el rostro pálido. Corrí de inmediato para levantarlo, pero Serena se interpuso en mi camino, bloqueándome el paso con una sonrisa de absoluta suficiencia.

—Ay, Valentina... interrumpir la ceremonia de Nico con tus escenas es un acto tan desesperado y patético —comentó arrastrando las palabras—. Te lo advertí. El hecho de que traigas a este vagabundo a la casa principal no lo va a convertir en un Varrone. Las cosas no funcionan así.

Nico paseó la mirada por los invitados, que sseguían atentos a cada uno de sus movimientos, y asintió en silencio.

En ese momento, mi paciencia se agotó. Tomé a Luca en brazos y lo pegué a mi pecho.

—Mi hijo no es ningún vagabundo —aseguré, con firmeza—. Yo lo di a luz, y les aseguro que su sangre vale muchísimo más que la de cualquier cobarde que se esconde en esta habitación.

Antes de que pudiera prever el movimiento, Serena dio un paso al frente y me abofeteó.

—Eres una maldita mentirosa. Te alimentamos, vestimos y permitimos que tu mocoso durmiera bajo nuestro techo, ¿y así es como nos pagas?

Sus hombres actuaron rápido. Me sujetaron por los brazos y me empujaron con violencia hacia el suelo. En medio de la caída, logré acomodar a Luca debajo de mi cuerpo con un brazo, mientras que con la otra mano me cubrí desesperadamente el vientre. En cualquier sitio menos allí, me repetía en silencio, aterrada. Pero los puños y las patadas siguieron encontrando mis costillas, mi rostro y mi espalda.

A través del dolor y con la vista nublada, alcancé a ver un destello de duda en los ojos de Nico; sin embargo, Serena se aferró a su brazo con fuerza, reteniéndolo y obligándolo a quedarse estático en su sitio. Y ese fue su fin.

Luca logró soltarse de mi agarre y corrió a pegarse a las piernas de su padre. Cayó de rodillas, aferrándose a sus pantalones.

—Don Varrone, por favor... Me equivoqué —le rogó el niño entre sollozos desgarradores—. No le hagan daño a mi mamá. Haga algo, por favor.

Nico se estremeció de pies a cabeza, como si aquellas palabras lo hubieran herido.

—¡Alto! —bramó.

Los hombres retrocedieron de inmediato. Luca regresó corriendo a mi lado y me ayudó a incorporarme con sus manos temblorosas, unas demasiado pequeñas para sostener mi peso, pero que aun así lo intentaban con todas sus fuerzas.

—Mamá... —me dijo, secándose las lágrimas con el dorso de la mano—. Vamos a donde el abuelo Alessandro.

Esa misma noche, quemé cada una de las fotografías, los vestidos, las cartas y las flores secas que alguna vez me unieron a Nico Varrone. Preparé una maleta para Luca, otra para mí, y no dejé espacio para el arrepentimiento.

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