로그인—Luca... —susurró Nico, extendiéndole la mano con una chispa de esperanza—. Mi niño.Sin embargo, mi hijo retrocedió un paso antes de que pudiera siquiera rozarlo. Vestía un impecable traje negro que mi madre le había mandado a confeccionar y, a pesar de su corta edad, lucía más sereno que la mayoría de los hombres presentes en el salón.—No me llames así —pidió con voz firme—. Mi padre murió la noche en que me negó delante de extraños y no hizo nada por detener a quienes golpearon a mi mamá. Tú solamente eres Don Varrone.Nico emitió un sonido ahogado por el dolor. Luca dio un paso hacia mí y me tomó de la mano antes de volver a mirarlo.—Mi mamá es Valentina Vitale y, si vuelves a insultarla, lo voy a recordar hasta que tenga la edad suficiente para firmar órdenes. Llévate a tu familia y regresa a casa con la esposa y el heredero que elegiste.Mi hijo me acompañó a caminar de regreso al estrado sin mirar atrás ni una sola vez.Esa fue la última vez que vi a Nico Varrone con vid
Volví a ver a Nico en la gala de sucesión de mi padre. La invitación provino de la comisión, no de mi parte, lo que significaba que los Varrone no podían rechazarla. Todas las familias con negocios en Italia vinieron a Palermo para presenciar cómo Don Alessandro Vitale nombraba a su heredero.Nico lucía demacrado. Su traje era impecable, eso sí, pero el cansancio en su rostro era evidente. Franca lo siguió con una sonrisa forzada y Serena caminaba a su lado con una mano en el vientre, como si fuese una reina que temía que alguien le quitara su corona prestada. Todos se arrodillaron junto con el resto de los invitados cuando entró mi padre.Entonces, Luca y yo subimos al estrado.Franca palideció, Serena se quedó boquiabierta y Nico me miró como si no dira crédito. Antes de que nadie pudiera hacer nada, él se abrió paso entre la multitud y me agarró de la muñeca.—Valentina... estás aquí, te encontré —dijo—. ¿Sabes por todo lo que me has hecho pasar?Los guardias de mi padre lo pus
Para cuando Nico empezó a destrozar Boston, Luca y yo ya estábamos en casa. Pero a diferencia de la pequeña casa de campo que habíamos dejado atrás, este nuevo hogar era un imponente complejo a las afueras de Palermo, donde los altos cipreses bordeaban todo el camino de entrada y decenas de hombres armados inclinaban la cabeza con profundo respeto al ver pasar nuestro auto.Mi padre nos esperaba de pie en la entrada principal. Durante el largo viaje en avión, había imaginado esa escena una y otra vez; estaba segura de que me miraría con un juicio frío y en silencio mientras yo intentaba explicarle cómo había desperdiciado siete años de mi vida por un hombre del cual él mismo me había advertido.En cambio, al ver el moretón que marcaba mi rostro, al niño dormido en mis brazos y mi propia mano protegiendo mi vientre, sus facciones rígidas se desmoronaron.—Hija mía... —murmuró con la voz quebrada.Me estrechó entre sus brazos con fuerza, como si yo todavía fuera aquella niña pequeña
Nico se encerró en nuestra antigua habitación hasta el día siguiente. Releía una y otra vez los últimos mensajes en su pantalla, esperando en vano que algo cambiara; ansiaba una llamada, otro texto o un golpe en la madera que le diera a entender que yo me había calmado y que estaba lista para arreglar las cosas.En la madrugada, el eco de unos pasos se detuvo frente a la entrada. El aire arrastró un sutil aroma a vainilla y a Nico se le dio un vuelco el corazón. Abrió la puerta de golpe y, sin pensarlo, arrastró a la mujer que estaba del otro lado directamente hacia sus brazos.—Sabía que no podías dejarme, Valentina... Sabía que volverías —susurró, aferrándose a ella.—Nico...La voz de Serena arruinó el momento al instante. Él bajó la mirada, horrorizado, y notó que ella llevaba puesta mi bata de seda. Por un segundo, Nico se quedó petrificado, sin saber cómo reaccionar. Luego, sus facciones se contrajeron en una mueca de rabia tan profunda que Serena retrocedió, asustada.—Quít
Cuando Nico despertó, el cielo ya se había vuelto gris a través de la ventana. Alguien lo había llevado de vuelta al dormitorio de la casa principal, la habitación que alguna vez fue nuestra antes de que nos mudáramos a la casa de campo. Una lámpara encendida iluminaba el espacio con suavidad, y el aire aún conservaba un ligero aroma a jabón de vainilla. Una mujer de cabello largo y oscuro se sentó a su lado en la cama y le colocó un paño tibio en la frente.—Valentina... —susurró Nico, atrayéndola hacia sí—. Sabía que volverías.Sin embargo, el olor a rosas lo invadió y Serena se aferró a su pecho.—Ay, Nico, estaba tan asustada... —gimoteó ella—. Creí que de verdad ibas a dejarme. Ya saqué a esa gente que metí en esa casa. Si quieres, podemos mudarnos allí tú, el bebé y yo. ¿Qué dices?Por primera vez en su vida, el perfume le provocó náuseas. Nico la apartó con brusquedad y se levantó de la cama de un salto.—No me toques —le espetó de forma cortante.Registró la habitación co
Antes de marcharnos, le envié a Nico un último mensaje de texto: «Señor Varrone: ya nos hemos ido. Le deseo a usted y a su mujer toda la felicidad del mundo. Adiós para siempre». Acto seguido, saqué la tarjeta SIM, la destruí y arrojé mi teléfono a las oscuras aguas del puerto de Boston.Ya en el aeródromo privado, Luca dormía profundamente a mi lado, abrazando con fuerza su auto de juguete bajo el brazo. Los hombres de mi padre se movían a nuestro alrededor con una precisión y eficiencia impecables. Si se fijaron en los moretones que marcaban mi rostro, no dijeron nada. Los Vitale siempre sabían exactamente lo que tenían que hacer.Al otro lado de la ciudad, Nico ya estaba sobre el escenario. La fastuosa ceremonia de sucesión se estaba llevando a cabo y él sostenía el anillo de Serena en la mano. Sin embargo, en el instante en que leyó la notificación en su pantalla, palideció por completo.—Nico, todos nos están mirando —le murmuró Serena entre dientes, manteniendo una sonrisa con







