Nico se encerró en nuestra antigua habitación hasta el día siguiente. Releía una y otra vez los últimos mensajes en su pantalla, esperando en vano que algo cambiara; ansiaba una llamada, otro texto o un golpe en la madera que le diera a entender que yo me había calmado y que estaba lista para arreglar las cosas.En la madrugada, el eco de unos pasos se detuvo frente a la entrada. El aire arrastró un sutil aroma a vainilla y a Nico se le dio un vuelco el corazón. Abrió la puerta de golpe y, sin pensarlo, arrastró a la mujer que estaba del otro lado directamente hacia sus brazos.—Sabía que no podías dejarme, Valentina... Sabía que volverías —susurró, aferrándose a ella.—Nico...La voz de Serena arruinó el momento al instante. Él bajó la mirada, horrorizado, y notó que ella llevaba puesta mi bata de seda. Por un segundo, Nico se quedó petrificado, sin saber cómo reaccionar. Luego, sus facciones se contrajeron en una mueca de rabia tan profunda que Serena retrocedió, asustada.—Quít
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