LOGINLos enormes cristales, cubiertos por una fina capa de vapor, encerraban un ambiente cálido y húmedo, impregnado del olor a tierra mojada y vegetación que caracterizaba el pabellón de especies exóticas. Ava caminaba despacio por el sendero de piedra, procurando no rozar las hojas de los helechos tropicales que sobresalían de los maceteros y colgaban desde las vigas superiores. Había tenido que abandonar su cubículo para supervisar los avances del paisajismo exterior que complementaba los accesos de la zona norte. En realidad, también necesitaba salir un rato de aquella oficina donde las paredes parecían cerrarse sobre ella. Los síntomas del embarazo le habían dado una tregua esa tarde y no pensaba desperdiciar la oportunidad de respirar un poco de aire fresco, aunque fuera dentro de aquel invernadero.Llevaba una carpeta con varios bocetos bajo el brazo y una chaqueta ligera que apenas conseguía disimular la rigidez de su postura. Todavía tenía demasiado presente la conversación de la
La lluvia había comenzado a caer sobre la ciudad. Desde la cocina llegaba la única luz que rompía la penumbra de la sala. Ava ocupaba uno de los taburetes de la barra, vestida con un conjunto de pijama holgado y unas medias gruesas. Tenía los brazos apoyados sobre el mármol y la cabeza descansando sobre una de sus manos. Se sentía agotada. Había sido un día horrible, de esos en los que hasta levantarse de la cama parecía requerir un esfuerzo sobrehumano. Las náuseas habían comenzado desde muy temprano y, a lo largo de la mañana, se habían vuelto tan intensas que no había conseguido hacer prácticamente nada. Al final, no le había quedado más remedio que llamar a la empresa para avisar que no asistiría. No le había gustado tener que hacerlo, sobre todo porque no estaba acostumbrada a faltar al trabajo, pero intentar ignorar el malestar tampoco había servido de mucho. Su cuerpo necesitaba un descanso y, por más que le molestara admitirlo, ese día había tenido que escucharlo.El sonido de
Desde que había llegado a su despacho en el último piso de Vanguardia Group, Damian apenas había conseguido concentrarse en otra cosa que no fuera lo ocurrido la noche anterior. Afuera, el cielo permanecía cubierto y una luz grisácea atravesaba los enormes ventanales de la oficina. Él seguía de pie junto al cristal, con una taza de café negro en una mano y las mangas de su camisa remangadas hasta los antebrazos. Se había quitado el saco y lo había dejado sobre el respaldo de su silla. Apenas había dormido unas horas, pero no era el trabajo lo que le había quitado el sueño. Pensaba en Ava, en el beso que habían compartido y en aquella conversación que, de alguna manera, había conseguido acercarlos un poco más. Recordaba especialmente el instante en que habían apoyado sus frentes, como si ninguno quisiera ser el primero en romper aquella cercanía. Todavía no sabía cómo iban a desenvolverse las cosas entre ellos, pero había algo que tenía bastante claro: quería estar presente para Ava y
Damian seguía acariciándole las mejillas mientras Ava intentaba asimilar todo lo que acababa de escuchar. Nunca había visto a aquel hombre tan sincero al hablar de sus sentimientos, y mucho menos había imaginado que llegaría el día en que sería ella quien tendría que decidir si estaba dispuesta a dejarlo entrar en su vida. Todavía sentía un poco de miedo, pero, después de tantas discusiones y malentendidos, quería descubrir qué podían llegar a ser si dejaban de luchar el uno contra el otro.Durante semanas se había convencido de que Damian Callahan no era más que un problema en su vida, un hombre arrogante que la miraba por encima del hombro y que solo se preocupaba por proteger su apellido. Sin embargo, tenerlo allí, mostrándole una parte de sí mismo que casi nunca dejaba ver y confesándole cuánto la quería a su lado, hizo que todas las razones que había reunido para mantenerlo lejos comenzaran a perder sentido.—Está bien, Callahan —susurró Ava, con la voz todavía temblorosa por las
La noche había caído sobre Seattle y, aunque todo estaba tranquilo, Ava no conseguía encontrar la calma necesaria para dormir. Llevaba casi tres horas dando vueltas en la cama de la habitación, cambiando de posición y mirando el reloj cada pocos minutos. No podía dejar de pensar en lo ocurrido aquella mañana. Las palabras de Eleonora, sus acusaciones y la manera en que había reaccionado al enterarse del embarazo seguían presentes en su cabeza. Le había afectado mucho más de lo que quería admitir y, entre tantas cosas que no dejaban de darle vueltas, hasta las náuseas que había estado sintiendo durante las últimas semanas parecían haberse vuelto más difíciles de sobrellevar.Al final, cansada de seguir intentando dormir sin conseguirlo, apartó las sábanas y se levantó. Se acomodó el pijama de seda gris y salió descalza al pasillo. Al llegar a la sala, descubrió que todas las luces estaban apagadas. La claridad que llegaba desde los edificios cercanos apenas alcanzaba para distinguir lo
Nadie dijo nada durante unos segundos. Eleonora Callahan se había quedado a mitad del pasillo que conectaba el vestíbulo con la sala, con los dedos todavía sujetos a las solapas de su abrigo color perla. No apartaba los ojos de Ava, como si todavía estuviera tratando de asimilar lo que acababa de encontrar al entrar. Su expresión, que habitualmente conservaba aquella seguridad impecable, había cambiado por completo. A su lado, la joven Chamberlain bajó despacio la mano y miró a Ava con una sorpresa que tampoco consiguió ocultar.Damian, por su parte, parecía ser el único que no encontraba nada extraño en la situación. Cerró la puerta principal detrás de ellos y caminó hacia los sofás de cuero blanco, señalándolos con un gesto tranquilo.—Madre, por favor, toma asiento —dijo Damian con su habitual voz ronca, como si no acabara de poner a su madre frente a una situación que claramente no esperaba—. Tú también, Clara. No se queden ahí paradas.Eleonora tardó unos segundos en reaccionar.







