MasukEl resto de la tarde transcurrió en calma. Una de las sirvientas de la mansión le llevó la cena a la habitación por órdenes directas de Matthias. Davinna aprovechó las horas para descansar verdaderamente, asimilando el cansancio acumulado por la jornada en la pastelería. Entrada la noche, Davinna se cambió de ropa y se puso un camisón de seda ligero. La tela fina se adhería a su piel, dibujando el contorno de su cuerpo y dejando traslucir con absoluta claridad la firmeza de sus pezones erectos por el roce del tejido. Se acomodó en el lado izquierdo de la enorme cama matrimonial, esperando que Matthias durmiera en el extremo opuesto o pasara la noche en su despacho. Cerca de la medianoche, la puerta de la habitación se abrió despacio. Matthias entró en silencio. Vestía únicamente un pantalón de tela oscura y llevaba el torso desnudo, dejando a la vista la impresionante musculatura de su espalda y el pecho marcado. Al cruzar la estancia, su mirada se fijó de inmediato en la silueta
El sonido de unos pasos apresurados en el pasillo interrumpió el tenso silencio del dormitorio. Davinna permanecía recostada sobre las sábanas de seda gris, con la mano de Matthias todavía rodeando la suya con firmeza. Su corazón golpeaba con fuerza contra sus costillas, no por ningún malestar físico, sino por la inminente llegada del médico de la familia Angelini. La puerta de roble se abrió y el doctor Giordani entró en la estancia. Era un hombre de unos cincuenta años, de cabello cano, mirada serena y el semblante de alguien que llevaba décadas atendiendo los asuntos privados de la casa. Traía su maletín en la mano y la chaqueta del traje ligeramente desabrochada por la prisa. Matthias no se levantó del borde de la cama, pero su postura se volvió rígida. —Doctor —dijo el capo, con brevedad—. Presentó un dolor agudo en el vientre. El doctor Giordani asintió con calma profesional, acercándose al costado de la cama mientras abría su maletín. —Buenas tardes, señorita —saludó con v
En ese momento, las pesadas puertas se abrieron. Pasos firmes resonaron en el pasillo hasta que la figura de Matthias apareció en el umbral de la cocina.Lucía impecable, compuesto y relajado. Llevaba el saco del traje sobre el brazo y la camisa ligeramente desabrochada en el cuello. Nadie que lo observara en ese instante podría adivinar que, apenas unas horas antes, había ordenado la ejecución de cuatro hombres y presenciado un interrogatorio violento en un almacén del puerto.—Matthias, llegaste —dijo Devora de inmediato, transformando su rostro en una expresión de cálida bienvenida.El capo dirigió la mirada a Davinna, recorriéndola durante varios segundos con la mirada. Antes de que él pudiera dar tres pasos hacia el centro de la cocina, la viuda se acercó a él con rapidez y le tomó el brazo izquierdo con una familiaridad evidente, pegando su cuerpo ligeramente al de él.Davinna vio la mano de Devora sobre el brazo de Matthias. La escena le provocó una llamarada instantánea de eno
Mientras tanto, en la mansión Angelini, el ambiente era considerablemente más tranquilo, aunque cargado de una tensión diferente.Davinna había tenido que cerrar La Dolce Vite a las cuatro de la tarde porque el termostato del horno finalmente colapsó, dejando la temperatura en cero y amenazando con arruinar las masas elaboradas durante el día. Por suerte, había logrado entregar la totalidad del pedido justo a tiempo.Ahora se encontraba en la amplia cocina de la mansión. Hornear siempre había sido su método de escape cuando el estrés amenazaba con sobrepasarla. Sobre la isla de granito central tenía tazones con harina, azúcar, huevos frescos y una bandeja con fresas maduras.De pronto, un cosquilleo en el paladar la hizo detenerse. Al ver las fresas dulces, sintió un rechazo repentino, casi una ligera náusea al imaginar el sabor empalagoso. Sin embargo, la vista de un limón amarillo sobre la cesta de frutas le produjo una saliva intensa en la boca. Tomó el limón, lo cortó por la mitad
Matthias desplazó la mirada hacia el bartender.—¿Y tú?El bartender comenzó a llorar en silencio, negando con la cabeza.—Yo no puse nada en su bebida, se lo juro. Pero tengo a mi madre enferma y esta mañana recibí un deposito a mi cuenta solo para que me fuera unas semanas de la ciudad y destruyera el teléfono al instante. Le juro que no hice nada.Matthias lo escuchó sin parpadear. La confesión confirmó lo que ya sospechaba: no había sido un error ni una coincidencia. Fue un ataque directo y estaba claro que esos idiotas solo estaban siguiendo indicciones sin sospechar en las consecuencias.La pregunta seguía siendo quién era el responsable.—Entiendo —murmuró Matthias.Dio media vuelta y empezó a caminar hacia la salida del taller. Sicario bajó de la tubería de un salto y se colocó justo a su lado, siguiendo sus pasos con tranquilidad.—Señor, por favor... ¡tengo hijos! —gritó el bartender a sus espaldas.Matthias ni siquiera miró hacia atrás. Levantó la mano derecha y rozó apenas
Davinna sostuvo la mirada de Matthias sin pestañear. La desfachatez con la que acababa de proponerle un horno industrial a cambio de pasar una noche en su cama debería haber bastado para que lo mandara al demonio sin pensarlo dos veces.—No quiero —dijo simplemente.Matthias no pareció sorprendido. Tampoco molesto. Permaneció frente a ella con aquella seguridad irritante que parecía acompañarlo incluso cuando las cosas no salían exactamente como quería.—Piénsalo.Su mirada pasó brevemente hacia el horno antes de regresar a ella.—Eres una mujer inteligente, Davinna. Sabes lo que un equipo así puede hacer por tu negocio. Más producción, pedidos más grandes y ninguna jornada perdida porque esa cosa —señaló con desdén el horno descompuesto—, decida dejar de funcionar.Davinna apretó ligeramente los labios.No necesitaba que Matthias le explicara las ventajas. Las conocía mejor que él. Un horno industrial de alta gama cambiaría por completo la dinámica de La Dolce Vite, sobre todo ahora







