MasukLUCA
—Por ahora no hay señales de que esté perdiendo el embarazo —dijo el médico.
Ana Paula soltó el aire. Yo seguía de pie con una bolsa de hielo contra el ojo y la camisa manchada de sangre.
—El dolor pudo aparecer por el estrés —continuó el doctor—. Necesita reposo esta noche, líquid
ENNYEl lunes descubrí que había olvidado cómo ponerme unos pantalones de vestir sin maldecir. El cierre subió, pero tuve que desabrocharlo en cuanto me senté para ponerme los zapatos.—Perfecto —murmuré—. Siete semanas de embarazo y ya estoy negociando con mi ropa.Valentino apareció en la puerta con dos tazas. Me encontró sentada en la orilla de la cama, los pantalones abiertos y una expresión poco maternal.—Antes de que digas algo, no necesito que llames a una modista. Necesito encontrar el pantalón negro que tenía la cintura elástica. Si lo ves, te ganas un beso. Si haces un comentario sobre mi tamaño, duermes en el jardín.Dejó las tazas y abrió el segundo cajón. Encontró el pantalón en menos de un minuto. Lo odié un poquito por eso.—Claudia me espera a las diez —le recordé mientras me cambiaba—. Voy a pasar por el despacho, revisar pendientes y comer con ella. No sé cuánto tardaré.—¿Quieres que Ricardo te lleve o prefieres conducir? —preguntó.Lo miré por encima del hombro. D
LUCAEncontré a Ana Paula en el restaurante antes de la hora acordada. Había elegido una mesa junto a la ventana, lejos de las demás, y tenía una carpeta cerrada frente a ella. Llevaba el cabello recogido y un vestido azul que recordaba haberle visto en alguna ocasión. Se había maquillado con cuidado, aunque no consiguió disimular del todo el cansancio.Me detuve unos segundos antes de acercarme. Habíamos compartido una cama durante años y ahora necesitábamos una cita para hablar sin que alguno terminara gritando.—Pedí agua para los dos —dijo cuando me senté—. Si prefieres algo más fuerte, hazlo después de que terminemos. No quiero que mañana ninguno diga que aceptó algo porque había bebido.—Vine a discutir el acuerdo, Ana Paula. No necesito alcohol para sentarme frente a ti, aunque reconozco que tampoco esperaba que eligieras un restaurante donde alguna vez celebramos proyectos que nos unian.Miró alrededor, sorprendida. Después bajó los ojos hacia la carta.—No lo recordaba. Supon
ANA PAULAMi madre acababa de decirme que papá podía ir a prisión. Esperé a que añadiera algo, porque aquello no podía ser toda la explicación. Ella se limitó a apretar el bolso contra su pecho.—¿Qué hizo exactamente? No me digas que cometió errores. Quiero saber si falsificó documentos, si tomó dinero de alguien o si simplemente está usando la palabra prisión para asustarme.—No me hables como si yo fuera una delincuente, Ana Paula. Tu padre está intentando salvar lo que queda de las empresas. Hay pagos que no puede justificar todavía y personas exigiendo que les devuelva su dinero. Si consigue cubrirlos, quizá podamos evitar una denuncia.—¿Y con cuánto de mi divorcio piensan cubrirlos? Porque supongo que ya hicieron las cuentas sin preguntarme. Me gustaría saber por lo menos cuánto valgo es
ANA PAULALa casa de Humberto estaba demasiado silenciosa desde que Luca dejó de dormir conmigo. Seguía apareciendo por allí, naturalmente, era la casa de su padre. Sus camisas pasaban por la lavandería y algunas noches escuchaba su automóvil de madrugada. Lo único que había desaparecido era la obligación de dirigirme la palabra.Me quedé frente al espejo con la bata abierta. La cicatriz cruzaba la parte baja de mi vientre, rosada y más gruesa en un extremo. El médico aseguraba que terminaría aclarándose. También insistía en que necesitaba tiempo para recuperarme. Qué fácil resultaba recetar paciencia cuando el cuerpo abierto no era el propio.Pasé los dedos sobre la marca. Todavía despertaba algunas mañanas buscando una barriga que ya no volvería a crecer. Había perdido a mi hijo y la posibilidad de llevar otro dent
VALENTINOEnny descubrió que había otra casa cuando llevábamos veinte minutos de carretera y empezó a interrogarme como si fuera un delincuente.—Quiero saber cuántas propiedades tienes antes de que aparezca una señora diciendo que también es tu esposa. A estas alturas, contigo nunca se sabe.—Si aparece alguna, me avisas. Llevo dieciséis años pagando impuestos y durmiendo solo; sería una sorpresa desagradable descubrir que tenía compañía.Me lanzó una mirada por encima de sus lentes de sol. Después bajó la ventanilla y dejó entrar el aire caliente de Morelos. Había insistido en que viajáramos solos. Ricardo nos había entregado las llaves con una expresión que decía claramente que desaprobaba la idea, pero no discutió.Al llegar a Tequesquitengo, Enny se incorporó para mirar el lag
ENNYValentino seguía sentado frente a mí, con los codos apoyados en las rodillas. Había terminado de contarme algo que seguramente llevaba años tragándose, y yo no sabía si abrazarlo o darle un coscorrón por haber esperado tanto.Opté por sentarme a su lado.—No vuelvas a decir que habría sido mejor no conocerme —le pedí—. Puedes tener miedo, puedes enfadarte conmigo y hasta mandarme al diablo si te saco de quicio. Pero no me hagas sentir que nuestro hijo y yo somos una desgracia que te cayó encima.Se frotó la cara antes de mirarme.—Lo que dije fue una estupidez. No porque sea mentira que estoy aterrado, sino porque conseguí hacerte daño precisamente cuando quería explicarte por qué me comporto como un imbécil. No voy a pedirte que lo olvides. Dame oportunidad de hacerlo mejor.—Empieza por darme de come







