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Una vez más, Lucas

Auteur: ARPAN PORAME
last update Date de publication: 2026-08-09 06:35:10

—Lucas no está aquí.

La frase hizo que el aire entero del muelle dejara de moverse.

Nadie habló de inmediato.

Nadie se movió.

Solo quedaban las olas golpeando las rocas debajo del cobertizo y el ruido de los motores de los vehículos federales a lo lejos.

Helena levantó más el teléfono.

—Explícame —dijo con voz tajante.

La voz de la agente al otro lado, desde el Fuerte de Sal, llegaba entrecortada, asustada, aunque intentaba mantener la calma.

—Llevamos a todos los niños a la cámara acorazada del sótano. Entraron Sofía, Alba, Marta y la hermana Inés. Pero cuando contamos de nuevo… Lucas no estaba.

Isabella sintió que la sangre se le bajaba a los pies.

—¿Qué quieres decir con que no está? —preguntó, y su voz salió más fuerte de lo que había planeado.

—La puerta ya estaba cerrada cuando nos dimos cuenta. El pasillo este estaba vacío. Las habitaciones, vacías. El comedor, vacío.

Alejandro permanecía inmóvil a su lado.

Demasiado inmóvil.

Helena siguió hablando.

—¿Dónde se le vio por última vez?

La agente tomó aire.

—En el recodo del pasillo que lleva a la cámara. Dijo que se le había olvidado la mochila.

Ruiz soltó una maldición en voz alta.

—Maldita sea.

Por supuesto.

Por supuesto que Lucas volvería.

Ese niño siempre vuelve por algo que considera importante.

Se parece demasiado a su padre.

Se parece demasiado a su madre.

Es demasiado peligroso.

—¿Había alguien más en el pasillo? —preguntó Javier.

Entonces la voz de la agente se hizo más baja.

—Uno de los agentes federales que vigilaba el lado este no responde a la radio.

Todos volvieron la cabeza hacia Helena.

Su rostro se endureció al instante.

—¿Me estás diciendo que falta uno de los míos?

—Sí, señora.

Maldición.

Eso era peor.

No se trataba solo de que Lucas se hubiera escapado por su cuenta.

Alguien más había desaparecido en el mismo lugar.

—Que todo el personal del Fuerte se quede encerrado —ordenó Helena de inmediato—. Que no salga ningún vehículo. Que nadie se mueva solo. Buscad a ese agente.

—Hay algo más, señora.

Todos se tensaron de nuevo.

—En la habitación del niño… —la voz de la agente se quebró un instante—… encontramos un papel.

El corazón de Isabella golpeó con fuerza contra sus costillas.

—¿Qué papel?

—Una nota. Escrita a mano. Creo que es suya.

Se oyó el sonido del papel siendo desplegado por el teléfono.

Y la agente leyó:

los federales mienten

hay otra puerta al este

no os enfadéis

voy a mirar primero

Nadie dijo nada.

Incluso Valentina guardó silencio.

No por mucho tiempo.

Lo justo para reconocer lo estúpido y valiente que era.

Lucas.

Estúpido.

Valiente.

Estratégico.

Como siempre.

—Se ha ido solo —dijo Isabella en voz baja.

Alejandro se movió por fin.

Dio un paso.

Y se volvió hacia el coche.

—Subidlo todo a la nube federal. Ahora —dijo con voz grave—. En cuanto terminéis, nos vamos a casa.

Helena se giró de inmediato hacia los agentes federales que esperaban detrás de ellos.

—El disco principal. La carpeta de los niños. El registro. Todo a la copia cifrada —y volvió a hablar por el teléfono—. Agente, bloquead el pasillo este. No abráis ninguna puerta hasta que lleguemos.

Colgaron la llamada.

Valentina soltó el aire.

—Empiezo a odiar de verdad a ese niño.

Isabella la miró con dureza.

—¿Por qué?

—Porque es listo cuando menos debería serlo —inclinó la cabeza—. Y eso me molesta porque me parece admirable.

Ruiz chasqueó la lengua.

—Todo se te complica de una forma asquerosa.

Cinco minutos después, el maletín negro, las carpetas y los discos ya estaban copiados en los servidores federales.

Algunos agentes se quedaron en la Casa de la Niebla para confiscar lo que restaba.

A Octavio lo llevaron en otro vehículo.

A nadie le importó si iba cómodo o no.

Nadie se volvió a mirar el coche que se lo llevaba detenido.

Sus prioridades habían cambiado.

Una vez más.

Dentro del vehículo, Isabella tenía la nota de Lucas sobre las rodillas.

Un papel arrugado.

Letra inclinada.

Escrita con prisa.

Tan propia de Lucas.

los federales mienten

hay otra puerta al este

no os enfadéis

voy a mirar primero

Alejandro conducía demasiado rápido.

Demasiado tranquilo.

Demasiado concentrado.

—No se ha limitado a huir —dijo él.

—Lo sé.

—Ha visto algo.

—Lo sé.

Alejandro la miró un instante.

—Y ha decidido irse solo.

Miró por la ventanilla.

La niebla de la bahía seguía colgando entre los árboles y las rocas.

—Sí.

Ruiz, desde el asiento delantero, pasó una página del plano del Fuerte que habían sacado de un archivo antiguo.

—El pasillo este tiene un camino antiguo que lleva al almacén de municiones y un conducto de sal que sale al muro exterior.

El padre Tomás se volvió.

—Se usaba para traer suministros de noche. Lleva años sellado.

—A Lucas no le importa lo que esté sellado —murmuró Isabella.

Valentina asintió.

—Es justo el tipo de puerta que le gusta a un niño demasiado listo.

Helena revisaba la lista de personal en su tableta.

—El agente desaparecido se llama Morales —hizo una pausa—. Su historial está limpio. Pero que el historial esté limpio no significa que la persona lo esté.

—Dime algo que no sepa —dijo Ruiz.

El teléfono de Isabella vibró.

Era Marta.

Contestó de inmediato.

—¿Marta?

La voz de la niñera sonaba muy baja, intentando ocultar su propia angustia para no asustar más a Sofía.

—Sofía no deja de preguntar si Lucas se fue enfadado.

El corazón de Isabella se tensó.

—¿Qué más ha dicho?

—Que le dio un beso en la frente antes de irse.

Por supuesto que sabía que estaba haciendo algo que haría enfadar a todos los adultos. Y aun así, se despidió de su hermana.

—¿Mamá? —se oyó la vocecita de Sofía al fondo.

—Estoy aquí, cariño.

—Le dije que no se fuera solo… pero se fue igual —su voz se quebró—. ¿Es culpa mía?

Isabella cerró los ojos un instante.

—No. Escúchame bien, Sofía. No es culpa tuya.

—Se fue enfadado.

—Tenía miedo —dijo Isabella suavemente—. A veces Lucas parece enfadado cuando lo que siente es miedo.

Hubo un silencio breve.

Y entonces Sofía dijo, muy bajito:

—Entonces tráelo a casa.

—Lo haré.

Colgaron.

Alejandro seguía mirando la carretera.

Pero apretó tanto el volante que los nudillos se le pusieron blancos.

El Fuerte de Sal se veía más imponente a su regreso.

La puerta exterior estaba cerrada con doble cerrojo.

Los focos encendidos por completo.

Agentes federales vigilaban cada esquina.

Ya no era un refugio.

Ahora parecía una fortaleza que sabía que uno de los suyos había desaparecido en su interior.

En cuanto entraron, la agente que les había hablado corrió a su encuentro.

Estaba pálida.

—Lo siento mucho…

Alejandro la cortó con una sola mirada.

—Informe.

Ella respiró rápido y hondo.

—La cámara acorazada está segura. Sofía, Alba, Marta y la hermana Inés siguen dentro. Registramos el pasillo este y encontramos a uno de los agentes inconsciente en la sala de ropa blanca. No hay heridas de bala. Solo una inyección en el cuello.

Helena maldijo en voz baja.

—Ya lo imaginaba.

—Y… —la agente tragó saliva—… hemos encontrado esto.

Le entregó un pequeño objeto a Isabella.

Una pegatina de dinosaurio.

Rota.

Igual que la que habían visto en la capilla.

Lucas había dejado otra señal.

Gracias a Dios.

Pero también significaba que sabía perfectamente en qué clase de situación se estaba metiendo.

—¿Dónde la habéis encontrado? —preguntó Ruiz.

—Cerca de la vieja puerta de hierro que lleva al almacén de municiones.

Alejandro se puso en marcha de inmediato.

—Llevadnos.

Bajaron por el pasillo este.

La piedra estaba más húmeda. El aire olía más a sal. Había menos luces amarillas. En un tramo, la pintura se descascarillaba y dejaba ver cristales de sal blanca que crecían como hueso.

La vieja puerta de hierro del almacén estaba entreabierta.

En el suelo, junto al umbral, había una pequeña linterna negra.

La de Lucas.

Estaba apagada.

Y junto a ella, un cordón de zapato pequeño.

De Sofía.

Lucas lo había usado para atar su mochila.

El corazón de Isabella dio un vuelco.

—¿Se ha oído algo? —preguntó Alejandro.

La agente negó con la cabeza.

—Nada desde hace un minuto.

Ruiz levantó el arma.

—Entremos.

El viejo almacén resultó ser más grande de lo que esperaban.

Estanterías vacías. Cajas de madera. Suelo cubierto de sal endurecida. Y en la pared del fondo, un cuadro antiguo del mar y del Fuerte que colgaba con demasiada precisión para tratarse de un cuarto de servicio.

Lucas no estaba.

No en las esquinas.

No en el suelo.

No detrás de las cajas.

—¿Hay alguien ahí? —llamó Isabella.

Nadie respondió.

Entonces Javier señaló el suelo.

Unas marcas de tiza blanca.

Pequeñas.

La huella de un zapato.

Llevaban hasta la pared del fondo.

Hasta el cuadro del mar.

Valentina soltó un suspiro.

—Por supuesto. Esta casa vieja no soporta las paredes normales.

Alejandro se acercó.

Examinó el marco del cuadro.

Una esquina tenía un tono distinto al resto de la pared.

Se notaba que la tocaban a menudo.

Que la limpiaban con frecuencia.

Tocó la esquina inferior derecha.

Empujó.

No se movió.

Ruiz se acercó y tiró del marco por la parte superior.

Se oyó un clic.

El cuadro se desplazó.

Reveló un estrecho pasadizo que bajaba hacia lo profundo.

Una vocecita llegó desde la oscuridad.

—No mientas más.

Era Lucas.

Estaba vivo.

Gracias a Dios.

Nadie esperó.

Bajaron al pasadizo tan rápido como pudieron sin correr riesgos.

Abajo, el estrecho espacio de piedra se abría en una antigua sala de almacenamiento.

En medio de la habitación, Lucas estaba de espaldas a la pared, con su mochila de dinosaurios a los pies, pálido pero con la mirada firme.

Frente a él, sentado en una silla de madera, había un hombre mayor, muy delgado, con las manos esposadas al respaldo.

Tenía la barba blanca, los ojos hundidos y ropa vieja y desgastada.

No era un secuestrador.

No era un agente.

No era Merelles.

El hombre volvió la cabeza cuando entraron.

Y lo primero que dijo hizo que el tiempo se detuviera en toda la habitación:

—Por fin —sus ojos se fijaron en Alejandro—. He estado esperando al hijo de Adrián.

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