LOGIN—Seren. —Cuando por fin encontró la voz, no sonaba enojado. Sonaba peor que eso. Sonaba asustado—. ¿Qué has hecho?
Ella se incorporó despacio, cada músculo del cuerpo doliéndole de formas que ni sabía que los músculos podían doler, y lo miró desde el suelo de tierra del foso. Detrás de ella, el lobo seguía quieto, respirando lento y parejo, más profundamente dormido de lo que ella lo había visto nunca.
—Me quedé —dijo—. Eso es todo. Me quedé con él durante todo eso.
—Te quedaste con él durante un desgarre de luna. —Los ojos de Aldric se movieron de ella al lobo y otra vez a ella, y Seren lo vio hacer unas cuentas que no lograba seguir, sopesando una cosa contra otra—. ¿Entiendes lo que es eso? ¿Lo que le hace a un Guardián estar tan cerca durante el cambio?
—Nadie me lo dijo.
—Nadie ha tenido nunca que decirlo, porque ningún Guardián ha sido nunca tan tonto como para quedarse en el foso para eso. —Se agachó al borde, lo bastante cerca ahora como para que ella pudiera ver que el miedo en su cara no se había ido, sólo se había asentado en algo más callado y peor—. Los Guardianes que están dentro del templo durante una luna llena reportan el desgarre a través del vínculo como una agonía. Migrañas. Fiebres que duran días. Dos Guardianes en el último siglo han muerto de eso, el corazón simplemente deteniéndose bajo la tensión. Tú estabas a un metro de la fuente, con las manos sobre él, toda la noche.
—Estoy viva.
—Puedo verlo. Confieso que no entiendo cómo. —La estudió, y había algo en ese estudio que la inquietó más que su miedo, una especie de recálculo cuidadoso, la mirada de un hombre revisando un mapa en el que había confiado toda su vida—. Levántate. Necesitas descanso, y comida, y yo necesito pensar.
Ella lo dejó ayudarla a ponerse de pie, las piernas inestables debajo de ella, y mientras lo hacía, la mirada de él volvió a pasar por encima de ella hacia el lobo, y esta vez se quedó ahí un segundo de más.
—Es distinto —dijo Aldric en voz baja, casi para sí mismo—. Mírelo. Debería estar peor esta mañana, no mejor. Cada relato, cada registro que tenemos, dice que el desgarre los deja vacíos por días después. Salvajes. Apenas más que un animal hasta que se les aclara la niebla. —Sacudió la cabeza despacio—. Está durmiendo como algo que peleó una batalla y la ganó.
—Tal vez lo hizo.
Los ojos de Aldric volvieron a ella de golpe, afilados ahora, toda la suavidad desaparecida de ellos de una vez. —¿Qué quieres decir con eso?
Seren sintió que el suelo se movía bajo la conversación, se sintió a medio paso de una puerta cuyo tamaño todavía no entendía, y eligió sus próximas palabras del modo en que había aprendido, en cinco noches en ese foso, a elegir todo. Con cuidado. Con honestidad, pero sólo la honestidad que el momento pudiera soportar.
—Quiero decir que no creo que sea lo que nos han dicho que es —dijo—. Creo que, sea lo que sea lo que dicen las historias, algo en ellas no es verdad. Y creo que la luna no sólo lo está lastimando. Creo que está tratando de borrar algo, y anoche, no logró borrarlo todo.
El silencio que siguió duró lo suficiente como para que ella pudiera oír a los guardias arriba moviéndose nerviosos en el borde del foso, esperando a ver hacia dónde iba a girar el viento.
—No deberías decir esas cosas dentro de estos muros —dijo Aldric por fin, muy bajo—. Ni a mí. Ni a nadie. ¿Entiendes lo que le pasa a un Guardián al que encuentran simpatizando con el Lobo?
—Usted dijo que los honran.
—Dije eso porque es la respuesta que tengo permitido dar. —Por un segundo sin guardia, algo se movió detrás de sus ojos que se parecía casi al dolor, viejo y desgastado, un surco que había caminado tantas veces que ya no necesitaba pensarlo—. Ve a descansar, Seren. Volveremos a hablar de esto. Y hasta entonces, te pido, como lo más parecido a un amigo que tienes dentro de este templo, que seas mucho más cuidadosa de lo que fuiste anoche.
Se dio vuelta para irse, la túnica arrastrando el polvo del suelo del foso, y casi había llegado a la puerta cuando se detuvo, todavía de espaldas a ella, los hombros en una posición que le apretó el pecho antes de que él siquiera hablara.
—Los guardias van a presentar un informe de lo que pasó esta noche —dijo—. Va a llegar a la Sodalidad para la mañana. No puedo detener eso, y no te voy a mentir diciendo que sí puedo. —Miró hacia atrás por encima del hombro, y el miedo que ella había visto cuando la encontró había vuelto, doblado—. Sea lo que sea lo que hiciste en este foso anoche, Seren, alguien por encima de mí va a querer saber cómo un Guardián sobrevivió un desgarre de luna llena sin un rasguño. Y va a querer saber por qué el Lobo, por primera vez en mil años de registros, mantuvo su forma.
Se fue. La puerta se cerró detrás de él con un sonido como una respiración contenida por fin liberada, y Seren se quedó sola en el foso con el lobo dormido y la lenta, enfermiza comprensión de que fuera lo que fuera que había hecho anoche para salvar algún fragmento de él, también, sin proponérselo, había tocado una campana que toda la Sodalidad estaba a punto de escuchar.
—Qué está pasando.La voz de Aldric se cortó a mitad de frase cuando la ola de luz y memoria lo alcanzó donde estaba arrodillado junto al cuerpo de Kael, y Seren, todavía de rodillas en el centro ardiente del campo, observó desde una distancia demasiado grande para ayudarlo cómo la cara del Hierofante se aflojaba con algo entre el asombro y la devastación, imágenes que ella reconocía de su propia mente inundada claramente encontrando también su camino hacia la de él.Rethan, derribado no por traición sino por amor. Rethan, suplicándole a su hermana misericordia no para sí mismo sino para los mortales a los que ella pretendía castigar junto a él. Rethan, maldecido no porque hubiera fallado alguna prueba divina de fuerza sino porque se había negado, absoluta y hasta el final, a convertirse en el tipo de dios que los Seis exigían que fuera.A través del campo, soldados que habían marchado hacia esta batalla creyendo que peleaban contra un demonio, una cosa de escritura y pesadilla, se ta
—¡Rethan!Los pies de Seren encontraron el suelo chamuscado del centro del campo justo cuando la sombra de Aethara caía por completo sobre la forma caída de su hermano, y no se detuvo, no aminoró el paso, no se permitió pensar en la pura escala de aquello hacia lo que corría, una diosa en forma de dragón lo bastante grande como para borrar el cielo sofocado de humo, cerniéndose sobre un hombre al que amaba y que se había quedado casi completamente en silencio dentro del vínculo que compartían.—Seren, retrocede. —La voz de Aldric, distante, desesperada, persiguiéndola a través del campo, pero ella no se dio vuelta, no aminoró el paso, porque lo único que importaba en todo el mundo ardiente era el pulso débil y entrecortado de Rethan todavía alcanzándola a través del pacto, más débil ahora de lo que ella jamás lo había sentido, pero ahí, todavía ahí, todavía peleando por quedarse ahí.—Te arrojarías frente a la furia de un dios por él. —La enorme cabeza de Aethara se volvió hacia el av
—Ahí está. Ahí está la forma que recuerdo, hermano, enterrada por fin bajo mil años de cadenas y un nombre que nunca debiste recuperar.La voz de Aethara rodó a través del campo ardiente mientras la transformación de Rethan se completaba, escamas doradas y negras atrapando la luz sofocada de humo, alas lo bastante vastas como para oscurecer el suelo debajo, y por un momento suspendido la batalla misma pareció detenerse, soldados y defensores por igual retrocediendo por instinto del espacio donde dos dioses, moldeados en formas de dragón más viejas que cualquier escritura que la Sodalidad hubiera escrito jamás, por fin se enfrentaban a través de los restos del mundo que alguna vez compartieron.—No deberías haber venido tú misma. —La voz de Rethan, cuando emergió de la garganta del dragón, llevaba algo extraño y doble, palabras humanas moldeadas por algo mucho más viejo debajo de ellas—. Siempre has mandado a otros a hacer las partes de tu trabajo que te asustaban, Aethara. Descubro qu
—Qué está pasando...La voz de Aldric se cortó a mitad de frase cuando la ola de luz y memoria lo alcanzó donde estaba arrodillado junto al cuerpo de Kael, y Seren, todavía de rodillas en el centro ardiente del campo, observó desde una distancia demasiado grande para ayudarlo cómo la cara del Hierofante se aflojaba con algo entre el asombro y la devastación, imágenes que ella reconocía de su propia mente inundada claramente encontrando también su camino hacia la de él.Rethan, derribado no por traición sino por amor. Rethan, suplicándole a su hermana misericordia no para sí mismo sino para los mortales a los que ella pretendía castigar junto a él. Rethan, maldecido no porque hubiera fallado alguna prueba divina de fuerza sino porque se había negado, absoluta y hasta el final, a convertirse en el tipo de dios que los Seis exigían que fuera.A través del campo, soldados que habían marchado hacia esta batalla creyendo que peleaban contra un demonio, una cosa de escritura y pesadilla, se
—Ahí está. Ahí está la forma que recuerdo, hermano, enterrada por fin bajo mil años de cadenas y un nombre que nunca debiste recuperar.La voz de Aethara rodó a través del campo ardiente mientras la transformación de Rethan se completaba, escamas doradas y negras atrapando la luz sofocada de humo, alas lo bastante vastas como para oscurecer el suelo debajo, y por un momento suspendido la batalla misma pareció detenerse, soldados y defensores por igual retrocediendo por instinto del espacio donde dos dioses, moldeados en formas de dragón más viejas que cualquier escritura que la Sodalidad hubiera escrito jamás, por fin se enfrentaban a través de los restos del mundo que alguna vez compartieron.—No deberías haber venido tú misma. —La voz de Rethan, cuando emergió de la garganta del dragón, llevaba algo extraño y doble, palabras humanas moldeadas por algo mucho más viejo debajo de ellas—. Siempre has mandado a otros a hacer las partes de tu trabajo que te asustaban, Aethara. Descubro qu
—Cuidado a tu izquierda, cuidado a tu izquierda, cuidado con...La advertencia llegó demasiado tarde para el muchacho a su lado, un joven colono de los Ocultos que apenas había pasado sus dieciséis años, y Kael observó, impotente, cómo la espada de un soldado encontró el hueco en la guardia del muchacho y éste cayó pesadamente en el barro removido del cuello de botella, no muerto, todavía no, pero caído, ya incapaz de sostener la línea.—Llévenselo, llévenselo con los sanadores —gritó Kael, ya moviéndose para llenar el espacio que el muchacho había dejado, el brazo de su espada ardiendo con una fatiga que no tenía nada que ver con la pelea misma y todo que ver con el vaciamiento lento y paciente que el vínculo con Aethara le había estado haciendo durante años, una deuda por fin venciendo toda a la vez, en la única mañana en que menos podía darse el lujo de pagarla.A su alrededor, el acceso angosto se había convertido en un revoltijo agitado y gritando de cuerpos, soldados de la Sodal







