MasukLa puerta al borde de Thornhallow fue lo último que Seren miró hacia atrás, y ahí estaba Eira, las dos manos apretadas contra la boca, sin despedirse con la mano, sin poder hacerlo, sólo mirando el carruaje hasta que el camino se curvó y se llevó a su hermana fuera de vista. Seren había querido guardarla así en la memoria, la cinta todavía en el pelo desde el día anterior, pero las lágrimas que le nublaban los ojos también le nublaron eso, y para cuando pudo parpadear y ver claro, ya no había más que camino, y colinas, y el hilo frío tirando sin parar de su pecho.
—No estás comiendo.
La mujer sentada frente a ella en el carruaje, una compañera Guardiana llamada Wren, con esa apertura luminosa que Seren recordaba de los servicios y los altares, le ofreció un pequeño envoltorio de fruta seca. —Deberías. Todavía queda camino.
—No tengo hambre. —Seren lo tomó de todos modos, porque negarse se sentía como llamar la atención sobre algo que prefería que nadie mirara demasiado de cerca, y lo dejó doblado sobre su regazo sin abrirlo.
Eran seis en el carruaje, seis recién Elegidos de seis rincones distintos del valle, y todos menos Seren pasaron el viaje en una especie de alegría brillante e inquieta, contándose unos a otros el momento exacto en que habían sido tocados, comparando el sabor particular de su llamado. Un muchacho llamado Corin no dejaba de repetir que ya podía sentir la bendición de su dios calentándolo por dentro, como si tuviera el sol bajo la piel. Una chica que no debía tener más de diecisiete años lloraba de felicidad cada hora más o menos y los demás tenían que consolarla, sin que a nadie pareciera molestarle.
Seren se quedó con las manos entrelazadas sobre ese punto frío en el pecho y no dijo casi nada.
El hilo no se había desvanecido desde la plaza. Si acaso, se había vuelto más afilado, más tenso con cada legua que el carruaje la acercaba a la capital, hasta que podía sentir no sólo su presencia sino algo parecido a su forma, inmensa, enroscada, terriblemente paciente, esperando al otro extremo de una cuerda que ella nunca había aceptado sostener.
—Estás callada —dijo Wren, sin mala intención—. ¿Nerviosa?
—Algo así.
—No lo estés. Sea lo que sea para lo que te hayan elegido, es un honor. Mi abuela siempre decía que los dioses no se equivocan en una Selección. —Wren sonrió, tranquila, segura, la sonrisa de alguien que nunca había tenido motivo para dudar de la forma del mundo que le habían entregado—. Ya verás. Sea lo que sea, fuiste hecha para eso.
Seren miró las colinas pasar por la ventana y no respondió, porque estaba empezando a sospechar que fuera lo que fuera para lo que la habían hecho, a nadie se le había ocurrido preguntarle primero.
La capital se alzaba sobre la llanura como algo que hubiera crecido en vez de haber sido construido, torres blancas y cúpulas doradas atrapando los últimos rayos del día, y en el centro, más alto que todo lo demás, piedra negra contra un cielo brillante. El Templo de las Cadenas. Incluso desde lejos se veía fuera de lugar entre tanto blanco y oro resplandeciente, una astilla de noche clavada en pleno mediodía.
El carruaje se detuvo en un patio amplio, y un funcionario del templo con túnica gris vino a separarlos, llamando nombres de una lista, dirigiendo a cada Guardián hacia una puerta distinta, un dios distinto, una vida distinta. Corin se fue riendo hacia un salón con estandartes verdes. A la chica que lloraba se la llevaron dos asistentes que le hablaban tan suave y tan cálido que para cuando llegó a la puerta, sus lágrimas ya se habían convertido en algo más parecido al asombro.
—Seren Aelwick.
El funcionario que dijo su nombre no sonrió como los demás. Miró su lista, después la miró a ella, y algo le cruzó la cara demasiado rápido para nombrarlo antes de que volviera a poner esa expresión en blanco.
—Por aquí —dijo—. No por el salón. Abajo.
—¿Abajo adónde?
—Ya lo verás.
No la llevó hacia los salones luminosos donde habían desaparecido los demás, sino que rodeó el costado del templo, hasta una puerta más pequeña, baja, incrustada en la piedra negra, y bajaron una escalera angosta que parecía tragarse la luz del día un escalón a la vez, hasta que sólo caminaban a la luz de las antorchas. El aire se volvió frío. El hilo en su pecho tiraba más fuerte con cada paso, hasta que dejó de sentirse como un hilo y empezó a sentirse como una mano cerrándose alrededor de su corazón y tirando de ella hacia adelante.
Al pie de la escalera, Aldric esperaba.
—Ahí estás. —Se veía más viejo ahí abajo, en la oscuridad, que en la plaza a plena luz, las líneas de su cara marcadas más hondo por las antorchas—. Imagino que tienes preguntas.
—Tengo muchísimas preguntas.
—Entonces hazlas. Te las has ganado antes de que sigamos.
Seren se abrazó a sí misma contra el frío y se obligó a sostenerle la mirada. —Los demás fueron con los dioses. Con los Seis. Yo no.
—No.
—¿Por qué no?
Aldric se quedó callado un momento, eligiendo sus palabras como quien elige piedras para cruzar un río, probando cada una para ver si iba a sostener su peso. —Son Siete, Seren. No seis. Siempre fueron siete.
—Eso no es lo que dicen los textos.
—Los textos dicen lo que fueron escritos para decir. —Volvió a caminar, y a ella no le quedó más remedio que seguirlo, porque la escalera detrás de ella ya se había oscurecido por completo—. Hace mil años, antes de que el mundo terminara de asentarse en lo que es ahora, hubo un séptimo dios. Se volvió contra los suyos. Destrozó el cielo por envidia, trajo la muerte al mundo como una maldición sobre mortales y dioses por igual, y por ese crimen lo despojaron de todo lo que era y lo encerraron en la forma más pequeña y más baja que sus hermanos pudieron encontrar para él. Una bestia. Ha llevado esa forma desde entonces, y la llevará hasta que el mundo mismo se acabe, y en cada generación se elige a uno de nosotros para sostener su correa, para que no pueda soltarse y volver a hacerle al mundo lo que le hizo antes.
—Y esa soy yo.
—Esa eres tú. —Se detuvo frente a una puerta final, más pesada que las demás, reforzada con hierro negro que parecía menos una decoración y más una atadura—. Tú eres la Guardiana del Lobo. Su correa. Su carcelera. Cada Guardián antes que tú sostuvo esa correa una temporada, a veces dos, antes de que la carga los quebrara, la mente, el cuerpo, o las dos cosas. A ti se te va a pedir que hagas lo que ninguno de ellos pudo. Que sostengas. Que resistas. Y que jamás, bajo ninguna circunstancia, confíes en lo que encuentres del otro lado de esta puerta.
Se le secó la boca. —¿Qué les pasa? A los Guardianes que se quiebran.
A Aldric le volvió a cruzar la cara ese gesto de antes, ese parpadeo demasiado rápido para sostenerlo, reverencia y lástima y algo debajo de las dos que bien podría haber sido dolor. —Se les honra —dijo, lo cual no era una respuesta, y los dos lo sabían.
Empujó la puerta.
Del otro lado no había un cuarto sino un foso, abierto a una franja angosta de cielo que ya empezaba a oscurecer muy por encima, paredes de piedra que caían quince pies hasta un suelo de tierra apisonada. Antorchas rodeaban el borde superior, arrojando una luz larga hacia la oscuridad de abajo, y cadenas, gruesas como su muñeca, bajaban desde argollas de hierro clavadas en las paredes hasta algo agazapado en el centro del foso, algo que no se movió cuando se abrió la puerta, algo que claramente los había oído llegar y había decidido, con una deliberación terrible, no reaccionar en absoluto.
Era un lobo. No era un lobo. Era más grande de lo que cualquier lobo tenía derecho a ser, más grande que un caballo, negro como la piedra a su alrededor salvo donde viejas cicatrices cortaban líneas pálidas en su pelaje, y su cabeza, cuando por fin se levantó y se giró hacia la puerta, hacia ella, se movió con una lentitud que no se sentía animal sino antigua, una montaña decidiendo mirar algo.
Tenía los ojos dorados. Por un instante, cuando se cruzaron con los suyos, fueron otra cosa por completo, un color sin nombre, tan viejo como la oscuridad entre las estrellas, y después volvieron a ser dorados, y a Seren se le cortó el aliento en algún lugar detrás de las costillas.
—No te acerques al borde —dijo Aldric en voz baja, junto a su hombro—. No le hables. No lo toques. Y sobre todo, no le des de comer más de lo que los guardias permitan. Va a usar cualquier cosa que le des. La amabilidad, más que nada.
El lobo la observaba del modo en que ella imaginaba que observaría una respiración contenida, esperando a ver qué hacía, y a través del hilo frío en su pecho, más allá del miedo, más allá de todo lo que Aldric acababa de decirle que sintiera, Seren sintió algo para lo que no tenía ningún nombre y ningún permiso para sentir, y que, por más que quiso, no pudo dejar de sentir de todos modos.
Se sintió vista.
—Qué está pasando.La voz de Aldric se cortó a mitad de frase cuando la ola de luz y memoria lo alcanzó donde estaba arrodillado junto al cuerpo de Kael, y Seren, todavía de rodillas en el centro ardiente del campo, observó desde una distancia demasiado grande para ayudarlo cómo la cara del Hierofante se aflojaba con algo entre el asombro y la devastación, imágenes que ella reconocía de su propia mente inundada claramente encontrando también su camino hacia la de él.Rethan, derribado no por traición sino por amor. Rethan, suplicándole a su hermana misericordia no para sí mismo sino para los mortales a los que ella pretendía castigar junto a él. Rethan, maldecido no porque hubiera fallado alguna prueba divina de fuerza sino porque se había negado, absoluta y hasta el final, a convertirse en el tipo de dios que los Seis exigían que fuera.A través del campo, soldados que habían marchado hacia esta batalla creyendo que peleaban contra un demonio, una cosa de escritura y pesadilla, se ta
—¡Rethan!Los pies de Seren encontraron el suelo chamuscado del centro del campo justo cuando la sombra de Aethara caía por completo sobre la forma caída de su hermano, y no se detuvo, no aminoró el paso, no se permitió pensar en la pura escala de aquello hacia lo que corría, una diosa en forma de dragón lo bastante grande como para borrar el cielo sofocado de humo, cerniéndose sobre un hombre al que amaba y que se había quedado casi completamente en silencio dentro del vínculo que compartían.—Seren, retrocede. —La voz de Aldric, distante, desesperada, persiguiéndola a través del campo, pero ella no se dio vuelta, no aminoró el paso, porque lo único que importaba en todo el mundo ardiente era el pulso débil y entrecortado de Rethan todavía alcanzándola a través del pacto, más débil ahora de lo que ella jamás lo había sentido, pero ahí, todavía ahí, todavía peleando por quedarse ahí.—Te arrojarías frente a la furia de un dios por él. —La enorme cabeza de Aethara se volvió hacia el av
—Ahí está. Ahí está la forma que recuerdo, hermano, enterrada por fin bajo mil años de cadenas y un nombre que nunca debiste recuperar.La voz de Aethara rodó a través del campo ardiente mientras la transformación de Rethan se completaba, escamas doradas y negras atrapando la luz sofocada de humo, alas lo bastante vastas como para oscurecer el suelo debajo, y por un momento suspendido la batalla misma pareció detenerse, soldados y defensores por igual retrocediendo por instinto del espacio donde dos dioses, moldeados en formas de dragón más viejas que cualquier escritura que la Sodalidad hubiera escrito jamás, por fin se enfrentaban a través de los restos del mundo que alguna vez compartieron.—No deberías haber venido tú misma. —La voz de Rethan, cuando emergió de la garganta del dragón, llevaba algo extraño y doble, palabras humanas moldeadas por algo mucho más viejo debajo de ellas—. Siempre has mandado a otros a hacer las partes de tu trabajo que te asustaban, Aethara. Descubro qu
—Qué está pasando...La voz de Aldric se cortó a mitad de frase cuando la ola de luz y memoria lo alcanzó donde estaba arrodillado junto al cuerpo de Kael, y Seren, todavía de rodillas en el centro ardiente del campo, observó desde una distancia demasiado grande para ayudarlo cómo la cara del Hierofante se aflojaba con algo entre el asombro y la devastación, imágenes que ella reconocía de su propia mente inundada claramente encontrando también su camino hacia la de él.Rethan, derribado no por traición sino por amor. Rethan, suplicándole a su hermana misericordia no para sí mismo sino para los mortales a los que ella pretendía castigar junto a él. Rethan, maldecido no porque hubiera fallado alguna prueba divina de fuerza sino porque se había negado, absoluta y hasta el final, a convertirse en el tipo de dios que los Seis exigían que fuera.A través del campo, soldados que habían marchado hacia esta batalla creyendo que peleaban contra un demonio, una cosa de escritura y pesadilla, se
—Ahí está. Ahí está la forma que recuerdo, hermano, enterrada por fin bajo mil años de cadenas y un nombre que nunca debiste recuperar.La voz de Aethara rodó a través del campo ardiente mientras la transformación de Rethan se completaba, escamas doradas y negras atrapando la luz sofocada de humo, alas lo bastante vastas como para oscurecer el suelo debajo, y por un momento suspendido la batalla misma pareció detenerse, soldados y defensores por igual retrocediendo por instinto del espacio donde dos dioses, moldeados en formas de dragón más viejas que cualquier escritura que la Sodalidad hubiera escrito jamás, por fin se enfrentaban a través de los restos del mundo que alguna vez compartieron.—No deberías haber venido tú misma. —La voz de Rethan, cuando emergió de la garganta del dragón, llevaba algo extraño y doble, palabras humanas moldeadas por algo mucho más viejo debajo de ellas—. Siempre has mandado a otros a hacer las partes de tu trabajo que te asustaban, Aethara. Descubro qu
—Cuidado a tu izquierda, cuidado a tu izquierda, cuidado con...La advertencia llegó demasiado tarde para el muchacho a su lado, un joven colono de los Ocultos que apenas había pasado sus dieciséis años, y Kael observó, impotente, cómo la espada de un soldado encontró el hueco en la guardia del muchacho y éste cayó pesadamente en el barro removido del cuello de botella, no muerto, todavía no, pero caído, ya incapaz de sostener la línea.—Llévenselo, llévenselo con los sanadores —gritó Kael, ya moviéndose para llenar el espacio que el muchacho había dejado, el brazo de su espada ardiendo con una fatiga que no tenía nada que ver con la pelea misma y todo que ver con el vaciamiento lento y paciente que el vínculo con Aethara le había estado haciendo durante años, una deuda por fin venciendo toda a la vez, en la única mañana en que menos podía darse el lujo de pagarla.A su alrededor, el acceso angosto se había convertido en un revoltijo agitado y gritando de cuerpos, soldados de la Sodal







