Masuk—Otra vez —le suplicaba el hilo, y Seren había dicho el nombre hasta que la voz se le puso ronca, hasta que el cielo por la abertura allá arriba había pasado de gris a dorado y después a ese azul profundo y golpeado que significaba que los guardias estaban por cambiar de turno, y el lobo seguía temblando en la tierra apisonada, más él mismo con cada repetición, y arrastrado hacia atrás cada vez antes de que el cambio pudiera completarse.
—Rethan. —Esta vez la voz se le quebró en la segunda sílaba, gastada—. Rethan, por favor, un poco más, sólo...
Los ojos del lobo se clavaron en los de ella, y por primera vez desde que había empezado, no había esperanza en ellos. Había advertencia.
—¿Qué pasa?
Se levantó con esfuerzo sobre las patas, arrastrando las cadenas, y por un momento se quedó ahí parado, la cabeza en alto, el cuerpo rígido, y Seren se dio cuenta de que estaba mirando más allá de ella, hacia arriba, hacia esa franja angosta de cielo en lo alto del foso. Siguió su mirada.
La luna colgaba ahí, gorda y cercana y terrible, imposiblemente llena, de un modo en que no lo había estado la noche anterior, del tipo de llena que significaba que había perdido la cuenta de los días en algún punto entre el archivo y el foso, sin darse cuenta de que el cielo se había ido llenando encima de ella.
A través del hilo llegó el miedo como agua fría bajándole por la espalda, pero no era el suyo. Era de él.
—¿Qué pasa en luna llena? —preguntó, ya sabiendo que no le iba a gustar la respuesta, ya retrocediendo aunque cada instinto le gritaba que retroceder era exactamente lo que no debía hacer.
El lobo soltó un sonido que ella nunca le había escuchado antes, bajo y creciente, mitad gruñido y mitad algo que en una garganta humana habría sido un sollozo, y entonces todo su cuerpo se sacudió, la columna arqueándose, y las cadenas se tensaron cuando el collar le apretó contra el cuello.
—No... —Seren se lanzó hacia él en vez de alejarse, alguna parte de ella decidiendo más rápido de lo que el resto podía discutir—. No, sea lo que sea esto, no me voy a ir...
Él se volvió hacia ella. Por un instante terrible sus ojos fueron puro animal, el dorado abierto de par en par y salvaje, los dientes al descubierto, un sonido desgarrándose de su garganta sin ni un rastro del hombre que quedara adentro, y cada instinto que tenía le decía que corriera, que trepara la pared, que gritara a los guardias, y no hizo ninguna de esas cosas. Se dejó caer de rodillas frente a él en cambio, tan cerca que su siguiente respiración le movió el pelo, y apoyó las dos manos abiertas contra ese pecho que subía y bajaba con violencia.
—Estoy aquí —dijo—. No me voy a ir. ¿Me oyes? No me voy a ir.
Arriba, los guardias habían oído el alboroto. Las antorchas se movían por el borde del foso, las voces afilándose en alarma. —¡Guardiana! ¡Guardiana, aléjate de él, empezó el desgarre de luna, aléjate ya...!
Ella no se movió.
El cuerpo del lobo volvió a convulsionarse, más fuerte esta vez, y esta vez lo sintió también adentro de ella, el hilo llevándole el dolor directo al pecho como un golpe físico, hueso rechinando contra hueso, pelaje y piel y algo más viejo que ambos peleando por el mismo espacio, la maldición reafirmándose con una violencia que no tenía nada de suave. Ella gritó. No lo soltó.
—Guardiana, esto no se puede sobrevivir, aléjate del animal de inmediato...
—No soy un animal —jadeó, sin saber si se lo decía a los guardias, a él, o a sí misma, y apoyó la frente contra la del lobo, sin importarle los dientes a una pulgada de su cara, sin importarle nada excepto el hilo que le gritaba por dentro que si lo soltaba ahora, todo lo que él había ganado en cinco noches de pan y libros y un nombre robado desaparecería para la mañana, borrado tan limpio como tinta raspada de un pergamino.
—Quédate —dijo—. Quédate conmigo. Sea lo que sea que te estén haciendo, sea lo que sea esto, quédate conmigo.
El lobo aulló.
No era un sonido que ella hubiera escuchado nunca, ni de él, ni de nada, dolor y rabia y mil años de la misma violación apiladas una sobre otra, soltándose todas de golpe en la garganta angosta de piedra del foso, haciendo eco hacia arriba y hacia afuera en la oscuridad. En algún lugar por encima, escuchó a un guardia maldecir y empezar a bajar por la escalera, demasiado tarde, demasiado lento, y a ella no le importó, porque bajo sus manos el pecho del lobo subía y bajaba con violencia y todo su cuerpo temblaba ahora no con el desgarre sino con otra cosa, algo que se sentía, a través del hilo, casi como esfuerzo. Como sostener una puerta cerrada contra un viento que trataba de abrirla a la fuerza.
—Eso es —susurró—. Eso es, aguanta, estoy aquí, no me voy a ningún lado...
Volcó todo lo que tenía en el hilo. No poder, de eso no tenía nada para dar, sino a sí misma, el simple hecho de ella, sentada en tierra fría con las manos sobre un monstruo que el mundo le había dicho que temiera, negándose a estar en cualquier otro lugar. Pensó en Eira en la puerta, las manos sobre la boca. Pensó en la oración con su nombre al final, escrita por alguien que lo había amado alguna vez. Pensó estoy aquí, estoy aquí, estoy aquí, hasta que las palabras dejaron de ser palabras y se convirtieron sólo en el sentimiento debajo de ellas, crudo y terco y completamente suyo para dar.
Las convulsiones del lobo empezaron, despacio, a calmarse.
Le llevó el resto de la noche. Los guardias llegaron al fondo del foso y se detuvieron en seco, inseguros, sin animarse a acercarse tanto a un desgarre de luna, y sólo miraron desde una distancia segura mientras Seren se arrodillaba en la tierra con las manos sobre una bestia que le doblaba el peso, murmurando las mismas tres palabras una y otra vez hasta que la voz se le acabó por completo y siguió diciéndolas sólo en su cabeza, a través del hilo, donde él todavía podía oírla.
Cuando la luna por fin pasó su punto más alto y lo peor terminó, el lobo se derrumbó de costado, completamente exhausto, la respiración traqueteando, y Seren se derrumbó con él porque sus propias piernas habían dejado de sostenerla en algún momento de la última hora y recién ahora se daba cuenta.
Se quedó tendida en la tierra frente a él, lo bastante cerca como para sentir cada respiración áspera, y a través del hilo, débil, agotado, pero sin duda ahí, sintió algo que no había esperado encontrar todavía intacto después de una noche así.
Él. Todavía él. Disminuido, exprimido hasta el final, pero no borrado.
—Aguantaste —susurró—. Parte de eso. Aguantaste parte de eso.
El ojo del lobo, el que ella podía ver desde donde estaba tendida, se entrecerró, y en contra de cada instinto que debería haberlo hecho alejarse de una mano tan cerca de su cara, se inclinó, apenas, lo suficiente para que su cabeza terminara apoyada contra la palma extendida de ella.
A través del vínculo, débil como una vela detrás de un muro de piedra, lo sintió. No una palabra esta vez, ni siquiera un fragmento de una. Sólo un sentimiento, simple y completo, y por completo inmerecido por nada de lo que el mundo le hubiera dado jamás a él.
Quédate.
Seguía ahí cuando los guardias por fin reunieron el valor para bajar, y seguía ahí cuando Aldric llegó él mismo una hora después, la cara pálida en la luz gris del amanecer del foso, mirando a su Guardiana dormida en la tierra con la mano apoyada sobre la frente de un dios.
—Seren. —Cuando por fin encontró la voz, no sonaba enojado. Sonaba peor que eso. Sonaba asustado—. ¿Qué has hecho?
—Qué está pasando.La voz de Aldric se cortó a mitad de frase cuando la ola de luz y memoria lo alcanzó donde estaba arrodillado junto al cuerpo de Kael, y Seren, todavía de rodillas en el centro ardiente del campo, observó desde una distancia demasiado grande para ayudarlo cómo la cara del Hierofante se aflojaba con algo entre el asombro y la devastación, imágenes que ella reconocía de su propia mente inundada claramente encontrando también su camino hacia la de él.Rethan, derribado no por traición sino por amor. Rethan, suplicándole a su hermana misericordia no para sí mismo sino para los mortales a los que ella pretendía castigar junto a él. Rethan, maldecido no porque hubiera fallado alguna prueba divina de fuerza sino porque se había negado, absoluta y hasta el final, a convertirse en el tipo de dios que los Seis exigían que fuera.A través del campo, soldados que habían marchado hacia esta batalla creyendo que peleaban contra un demonio, una cosa de escritura y pesadilla, se ta
—¡Rethan!Los pies de Seren encontraron el suelo chamuscado del centro del campo justo cuando la sombra de Aethara caía por completo sobre la forma caída de su hermano, y no se detuvo, no aminoró el paso, no se permitió pensar en la pura escala de aquello hacia lo que corría, una diosa en forma de dragón lo bastante grande como para borrar el cielo sofocado de humo, cerniéndose sobre un hombre al que amaba y que se había quedado casi completamente en silencio dentro del vínculo que compartían.—Seren, retrocede. —La voz de Aldric, distante, desesperada, persiguiéndola a través del campo, pero ella no se dio vuelta, no aminoró el paso, porque lo único que importaba en todo el mundo ardiente era el pulso débil y entrecortado de Rethan todavía alcanzándola a través del pacto, más débil ahora de lo que ella jamás lo había sentido, pero ahí, todavía ahí, todavía peleando por quedarse ahí.—Te arrojarías frente a la furia de un dios por él. —La enorme cabeza de Aethara se volvió hacia el av
—Ahí está. Ahí está la forma que recuerdo, hermano, enterrada por fin bajo mil años de cadenas y un nombre que nunca debiste recuperar.La voz de Aethara rodó a través del campo ardiente mientras la transformación de Rethan se completaba, escamas doradas y negras atrapando la luz sofocada de humo, alas lo bastante vastas como para oscurecer el suelo debajo, y por un momento suspendido la batalla misma pareció detenerse, soldados y defensores por igual retrocediendo por instinto del espacio donde dos dioses, moldeados en formas de dragón más viejas que cualquier escritura que la Sodalidad hubiera escrito jamás, por fin se enfrentaban a través de los restos del mundo que alguna vez compartieron.—No deberías haber venido tú misma. —La voz de Rethan, cuando emergió de la garganta del dragón, llevaba algo extraño y doble, palabras humanas moldeadas por algo mucho más viejo debajo de ellas—. Siempre has mandado a otros a hacer las partes de tu trabajo que te asustaban, Aethara. Descubro qu
—Qué está pasando...La voz de Aldric se cortó a mitad de frase cuando la ola de luz y memoria lo alcanzó donde estaba arrodillado junto al cuerpo de Kael, y Seren, todavía de rodillas en el centro ardiente del campo, observó desde una distancia demasiado grande para ayudarlo cómo la cara del Hierofante se aflojaba con algo entre el asombro y la devastación, imágenes que ella reconocía de su propia mente inundada claramente encontrando también su camino hacia la de él.Rethan, derribado no por traición sino por amor. Rethan, suplicándole a su hermana misericordia no para sí mismo sino para los mortales a los que ella pretendía castigar junto a él. Rethan, maldecido no porque hubiera fallado alguna prueba divina de fuerza sino porque se había negado, absoluta y hasta el final, a convertirse en el tipo de dios que los Seis exigían que fuera.A través del campo, soldados que habían marchado hacia esta batalla creyendo que peleaban contra un demonio, una cosa de escritura y pesadilla, se
—Ahí está. Ahí está la forma que recuerdo, hermano, enterrada por fin bajo mil años de cadenas y un nombre que nunca debiste recuperar.La voz de Aethara rodó a través del campo ardiente mientras la transformación de Rethan se completaba, escamas doradas y negras atrapando la luz sofocada de humo, alas lo bastante vastas como para oscurecer el suelo debajo, y por un momento suspendido la batalla misma pareció detenerse, soldados y defensores por igual retrocediendo por instinto del espacio donde dos dioses, moldeados en formas de dragón más viejas que cualquier escritura que la Sodalidad hubiera escrito jamás, por fin se enfrentaban a través de los restos del mundo que alguna vez compartieron.—No deberías haber venido tú misma. —La voz de Rethan, cuando emergió de la garganta del dragón, llevaba algo extraño y doble, palabras humanas moldeadas por algo mucho más viejo debajo de ellas—. Siempre has mandado a otros a hacer las partes de tu trabajo que te asustaban, Aethara. Descubro qu
—Cuidado a tu izquierda, cuidado a tu izquierda, cuidado con...La advertencia llegó demasiado tarde para el muchacho a su lado, un joven colono de los Ocultos que apenas había pasado sus dieciséis años, y Kael observó, impotente, cómo la espada de un soldado encontró el hueco en la guardia del muchacho y éste cayó pesadamente en el barro removido del cuello de botella, no muerto, todavía no, pero caído, ya incapaz de sostener la línea.—Llévenselo, llévenselo con los sanadores —gritó Kael, ya moviéndose para llenar el espacio que el muchacho había dejado, el brazo de su espada ardiendo con una fatiga que no tenía nada que ver con la pelea misma y todo que ver con el vaciamiento lento y paciente que el vínculo con Aethara le había estado haciendo durante años, una deuda por fin venciendo toda a la vez, en la única mañana en que menos podía darse el lujo de pagarla.A su alrededor, el acceso angosto se había convertido en un revoltijo agitado y gritando de cuerpos, soldados de la Sodal







