Masuk—Te vas a dirigir a mí como Inquisidora, y vas a responder con claridad, o no vas a responder en absoluto.
La mujer parada en el borde del foso llevaba una túnica tan blanca que parecía tragarse la luz de las antorchas en vez de reflejarla, y miraba a Seren desde arriba con una expresión que ya había decidido de antemano la forma de todo lo que esperaba encontrar. Dos funcionarios más estaban detrás de ella, y detrás de ellos, Aldric, cuya cara no dejaba ver absolutamente nada, lo cual asustaba a Seren más que si hubiera dejado ver todo.
—La escucho —dijo Seren.
—Sobreviviste un desgarre de luna llena estando muy cerca del Lobo. Sin ayuda. Sin protección. La bestia, según cada registro que guarda este templo, debería haber usado esa cercanía para quebrarte, la mente o el cuerpo, tal como ha quebrado a todo Guardián que estuvo a su alcance durante el cambio. —Los ojos de la Inquisidora pasaron por encima de ella, hacia donde el lobo yacía observando desde el centro del foso, quieto y cauteloso—. En cambio, mantuvo su forma durante lo peor del desgarre, por primera vez en mil años de registros. Me vas a explicar cómo pasó eso.
—No sé cómo pasó. Sólo sé que me quedé.
—Eso no es una explicación. Eso es una descripción.
—Es la única que tengo. —Seren mantuvo la voz firme, aunque las manos, entrelazadas sobre su regazo, se le habían puesto frías—. Me senté con él. Le dije que no me iba a ir. No tengo un ritual que darle, ni una oración, ni una fórmula. No creo que hubiera ninguna. Creo que simplemente no estuvo solo esta vez, y eso nunca había pasado antes.
La boca de la Inquisidora se afinó. Se volvió hacia Aldric. —¿Éste es el nivel de disciplina que le ha inculcado a su Guardiana elegida, Hierofante? ¿Una niña que cree que la amabilidad es una estrategia contra un dios que destrozó el cielo?
—Lleva cinco días en su vínculo —dijo Aldric, y algo en la cuidadosa neutralidad de su voz le dijo a Seren que estaba eligiendo cada palabra como quien cruza hielo delgado—. Cada Guardián encuentra su propio método de supervivencia. Algunos a través de la disciplina. Algunos, al parecer, a través de esto.
—Al parecer. —La Inquisidora no sonaba satisfecha. Estudió a Seren un momento más, y después se dio vuelta y empezó a darles instrucciones a los funcionarios detrás de ella en voz baja, palabras que Seren no llegó a captar del todo, aunque las palabras protecciones y restringido y vigilado le llegaron con suficiente claridad como para asentársele como piedras en el estómago.
Cuando la Inquisidora por fin se fue, llevándose a sus funcionarios, Aldric se quedó en el borde un momento más de lo necesario.
—Van a duplicar las protecciones —dijo en voz baja—. Y van a acortar tus horas en el foso. Y van a poner a un guardia dentro de la puerta, no sólo arriba, en cada visita a partir de ahora. —Sus ojos encontraron los de ella, y por un instante la neutralidad cuidadosa se resquebrajó—. Argumenté por menos. No me concedieron menos.
—Gracias por argumentar siquiera.
—No me agradezcas. Todavía no sé si lo hice por ti o por la reputación del templo, y hasta que lo sepa, no merezco tu gratitud. —Se dio vuelta para irse, y después se detuvo—. Hay un muchacho que preguntó por ti. Kael, Guardián de la Madre de Espinas. Se enteró de lo de anoche y quiso saber que estabas bien. Le dije que podía visitarte, brevemente, si querías la compañía.
Seren pensó en cinco días pasados casi enteros en un foso de piedra, hablándole a una criatura que no podía responderle con palabras, y descubrió que la idea de otra voz humana, cálida y sin complicaciones, le resultaba más bienvenida de lo que esperaba.
—Me gustaría —dijo.
Kael llegó una hora después, agachándose por la puerta baja con esa calidez fácil y sin apuro de alguien que nunca había tenido que ganarse la buena voluntad de un lugar. Era alto, de pelo claro, unos años mayor que ella, y sonrió apenas la vio, del modo en que la gente sonríe a amigos que no ha visto en más tiempo del que hubiera querido.
—Así que tú eres la que domó al Lobo. —Sonrió, sentándose en el borde superior del foso, cuidando de mantenerse bien lejos de la caída—. Se corrió la voz por todo el templo. La mitad de los acólitos cree que eres una santa. La otra mitad cree que estás loca.
—Tal vez las dos cosas.
—Probablemente las dos cosas. Así suele ser con los interesantes. —Miró más allá de ella, hacia el foso, donde el lobo se había retirado a la sombra de la pared más lejana apenas se abrió la puerta, observando a Kael con ojos planos y cautelosos—. No parece muy aficionado a las visitas.
—Todavía no te conoce.
—Es justo. —La sonrisa de Kael se suavizó en algo más genuino—. Me alegra que estés bien. De verdad. Cuando escuché que una Guardiana se había quedado durante un desgarre completo, pensé... bueno. Pensé que estaríamos planeando un funeral, si te soy honesto.
—Suenas como si hubieras ido a unos cuantos.
Algo le cruzó la cara entonces, rápido y callado, desaparecido casi antes de que ella lo notara. —A unos cuantos —admitió, y no dio más detalles, y ella notó, aunque no lo dijo, el leve cansancio gris bajo sus ojos que ninguna sonrisa fácil terminaba de tapar—. La Madre me tiene más ocupado que a la mayoría. La comunión desgasta a cualquiera.
—¿Comunión?
—Es cómo un Guardián sirve a un dios bondadoso, en vez de vigilar a uno cruel. —Lo dijo con ligereza, pero había algo debajo de esa ligereza que Seren guardó en la memoria sin entenderlo todavía—. Ella habla a través de mí a veces. Comparte su fuerza. Se supone que es un honor.
—Suena agotador.
—Lo es. —Se rió, corto y un poco demasiado rápido—. Pero es un buen tipo de agotamiento. El tipo que significa que uno es útil. —Se puso de pie, sacudiéndose la túnica, y le regaló una sonrisa genuina antes de darse vuelta hacia la puerta—. Debería dejarte descansar. Pero lo dije en serio. Me alegra que estés bien, Seren. No mucha gente en este templo se hubiera quedado en ese foso anoche. No creo que mucha gente hubiera querido.
Se fue, y Seren se quedó sola en el crepúsculo que iba cayendo, con los ojos vigilantes del lobo puestos sobre ella desde el otro lado del foso, pensando en el cansancio bajo la sonrisa de Kael, y en la manera en que había dicho comunión como quien describe una deuda que ya dejó de notar que está pagando.
—Él tampoco es lo que parece, ¿verdad? —murmuró, y el lobo, desde las sombras, no hizo ningún sonido, pero a través del hilo ella sintió algo que bien podría haber sido acuerdo.
—Qué está pasando.La voz de Aldric se cortó a mitad de frase cuando la ola de luz y memoria lo alcanzó donde estaba arrodillado junto al cuerpo de Kael, y Seren, todavía de rodillas en el centro ardiente del campo, observó desde una distancia demasiado grande para ayudarlo cómo la cara del Hierofante se aflojaba con algo entre el asombro y la devastación, imágenes que ella reconocía de su propia mente inundada claramente encontrando también su camino hacia la de él.Rethan, derribado no por traición sino por amor. Rethan, suplicándole a su hermana misericordia no para sí mismo sino para los mortales a los que ella pretendía castigar junto a él. Rethan, maldecido no porque hubiera fallado alguna prueba divina de fuerza sino porque se había negado, absoluta y hasta el final, a convertirse en el tipo de dios que los Seis exigían que fuera.A través del campo, soldados que habían marchado hacia esta batalla creyendo que peleaban contra un demonio, una cosa de escritura y pesadilla, se ta
—¡Rethan!Los pies de Seren encontraron el suelo chamuscado del centro del campo justo cuando la sombra de Aethara caía por completo sobre la forma caída de su hermano, y no se detuvo, no aminoró el paso, no se permitió pensar en la pura escala de aquello hacia lo que corría, una diosa en forma de dragón lo bastante grande como para borrar el cielo sofocado de humo, cerniéndose sobre un hombre al que amaba y que se había quedado casi completamente en silencio dentro del vínculo que compartían.—Seren, retrocede. —La voz de Aldric, distante, desesperada, persiguiéndola a través del campo, pero ella no se dio vuelta, no aminoró el paso, porque lo único que importaba en todo el mundo ardiente era el pulso débil y entrecortado de Rethan todavía alcanzándola a través del pacto, más débil ahora de lo que ella jamás lo había sentido, pero ahí, todavía ahí, todavía peleando por quedarse ahí.—Te arrojarías frente a la furia de un dios por él. —La enorme cabeza de Aethara se volvió hacia el av
—Ahí está. Ahí está la forma que recuerdo, hermano, enterrada por fin bajo mil años de cadenas y un nombre que nunca debiste recuperar.La voz de Aethara rodó a través del campo ardiente mientras la transformación de Rethan se completaba, escamas doradas y negras atrapando la luz sofocada de humo, alas lo bastante vastas como para oscurecer el suelo debajo, y por un momento suspendido la batalla misma pareció detenerse, soldados y defensores por igual retrocediendo por instinto del espacio donde dos dioses, moldeados en formas de dragón más viejas que cualquier escritura que la Sodalidad hubiera escrito jamás, por fin se enfrentaban a través de los restos del mundo que alguna vez compartieron.—No deberías haber venido tú misma. —La voz de Rethan, cuando emergió de la garganta del dragón, llevaba algo extraño y doble, palabras humanas moldeadas por algo mucho más viejo debajo de ellas—. Siempre has mandado a otros a hacer las partes de tu trabajo que te asustaban, Aethara. Descubro qu
—Qué está pasando...La voz de Aldric se cortó a mitad de frase cuando la ola de luz y memoria lo alcanzó donde estaba arrodillado junto al cuerpo de Kael, y Seren, todavía de rodillas en el centro ardiente del campo, observó desde una distancia demasiado grande para ayudarlo cómo la cara del Hierofante se aflojaba con algo entre el asombro y la devastación, imágenes que ella reconocía de su propia mente inundada claramente encontrando también su camino hacia la de él.Rethan, derribado no por traición sino por amor. Rethan, suplicándole a su hermana misericordia no para sí mismo sino para los mortales a los que ella pretendía castigar junto a él. Rethan, maldecido no porque hubiera fallado alguna prueba divina de fuerza sino porque se había negado, absoluta y hasta el final, a convertirse en el tipo de dios que los Seis exigían que fuera.A través del campo, soldados que habían marchado hacia esta batalla creyendo que peleaban contra un demonio, una cosa de escritura y pesadilla, se
—Ahí está. Ahí está la forma que recuerdo, hermano, enterrada por fin bajo mil años de cadenas y un nombre que nunca debiste recuperar.La voz de Aethara rodó a través del campo ardiente mientras la transformación de Rethan se completaba, escamas doradas y negras atrapando la luz sofocada de humo, alas lo bastante vastas como para oscurecer el suelo debajo, y por un momento suspendido la batalla misma pareció detenerse, soldados y defensores por igual retrocediendo por instinto del espacio donde dos dioses, moldeados en formas de dragón más viejas que cualquier escritura que la Sodalidad hubiera escrito jamás, por fin se enfrentaban a través de los restos del mundo que alguna vez compartieron.—No deberías haber venido tú misma. —La voz de Rethan, cuando emergió de la garganta del dragón, llevaba algo extraño y doble, palabras humanas moldeadas por algo mucho más viejo debajo de ellas—. Siempre has mandado a otros a hacer las partes de tu trabajo que te asustaban, Aethara. Descubro qu
—Cuidado a tu izquierda, cuidado a tu izquierda, cuidado con...La advertencia llegó demasiado tarde para el muchacho a su lado, un joven colono de los Ocultos que apenas había pasado sus dieciséis años, y Kael observó, impotente, cómo la espada de un soldado encontró el hueco en la guardia del muchacho y éste cayó pesadamente en el barro removido del cuello de botella, no muerto, todavía no, pero caído, ya incapaz de sostener la línea.—Llévenselo, llévenselo con los sanadores —gritó Kael, ya moviéndose para llenar el espacio que el muchacho había dejado, el brazo de su espada ardiendo con una fatiga que no tenía nada que ver con la pelea misma y todo que ver con el vaciamiento lento y paciente que el vínculo con Aethara le había estado haciendo durante años, una deuda por fin venciendo toda a la vez, en la única mañana en que menos podía darse el lujo de pagarla.A su alrededor, el acceso angosto se había convertido en un revoltijo agitado y gritando de cuerpos, soldados de la Sodal







