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6. Capítulo

last update Fecha de publicación: 2022-02-22 10:13:58

Ashton presidía la mesa con su habitual elegancia imponente. Durante el transcurso de los entrantes, sus ojos azules encontraron los de Hope de manera furtiva, cargados de un subtexto que solo ellos dos comprendían.

—Espero que el menú sea de tu total agrado —dijo él, dirigiéndose formalmente a la invitada mientras esbozaba una sonrisa sutil y ambigua—. Aquí siempre valoramos las preferencias personales; no hay necesidad de restringirse a lo convencional.

—Sí, de hecho, si prefieres comida extranjera o cualquier antojo nocturno, solo debes pedirlo —terció Alicia con entusiasmo inocente—. Aunque apostaría a que prefieres la comida italiana, ¿verdad, Hope? No lo niegues.

Ashton observó la torpe sonrisa nerviosa con la que la joven evadió la respuesta, convencido de que la partida apenas comenzaba y de que el muro de la resistencia de Hope no tardaría en derrumbarse por completo.

 * Capítulo

La última nota de la sobremesa se extinguió en un silencio denso cuando ambos se apartaron del comedor, buscando el refugio de sus respectivas estancias. Sin embargo, el destino, siempre dispuesto a tejer enredos imprevistos, alteró los planes de la noche. Alicia interceptó a Hope en el umbral del pasillo con los ojos brillando de entusiasmo genuino, proponiéndole un plan que desafiaba el cansancio acumulado: una sesión maratónica de películas de terror en la privacidad de su recámara. Para Hope, aquel género cinematográfico representaba un territorio hostil, un desfile de sombras y sobresaltos que desde su infancia había evitado celosamente, incapaz de conciliar el sueño tras presenciar cualquier atisbo de crueldad en la gran pantalla. No obstante, la perspectiva de estrechar los lazos con su mejor amiga, de compartir risas y complicidad en medio de la tormenta emocional que atravesaba, disipó sus recelos. De otro modo, jamás habría aceptado cruzar esa línea.

Minutos más tarde, enfundadas en cómodos pijamas y pertrechadas con una descomunal charola rebosante de palomitas de maíz humeantes y golosinas azucaradas, ambas jóvenes rompieron en carcajadas al percatarse de la incongruencia de sus preparativos frente a la higiene dental recién realizada. Con el ánimo renovado, se acomodaron entre los mullidos cojines y reprodujeron la cinta. La primera nota musical, una melodía lúgubre y cargada de presagios oscuros, bastó para que un escalofrío helado recorriera la espina dorsal de Hope, erizándole la piel y obligándola a encogerse instintivamente tras el borde de la suave sábana. No obstante, la altivez de su orgullo le impidió sucumbir al pánico absoluto; se obligó a mantener los ojos fijos en el monitor, consciente de que aquellas dos horas interminables pondrían a prueba cada gramo de su resistencia.

—No tengas miedo, criatura; sabes perfectamente que nada de esto es real, ni siquiera asusta de verdad —bromeó Alicia al cabo de un rato, soltando una risita cristalina al descubrir el rostro de su amiga semicubierto por la tela.

Para la anfitriona, el terror visceral que paralizaba a Hope constituía un espectáculo entrañable, un recordatorio de la fragilidad inocente que tanto caracterizaba a su confidente. No obstante, la atmósfera opresiva del filme —que media hora después degeneró en una sucesión de secuencias cada vez más cruentas y explícitas— terminó por quebrantar la escasa paciencia de Hope. Con la excusa improvisada de buscar un vaso de agua fresca para calmar la sequedad de su garganta, se calzó apresuradamente las pantuflas y abandonó la habitación a paso ligero, buscando el alivio efímero de la huida. Su intención no era calmar la sed, sino ganar tiempo, alejarse del bullicio lúgubre de la pantalla y confiar en que Alicia, completamente abducida por la trama, ni siquiera notara su prolongada ausencia.

Lo que jamás imaginó fue encontrar la cocina bañada en una penumbra cálida, con Ashton instalado en uno de los taburetes altos de la isla central mientras degustaba pausadamente un trozo de pastel. Al percatarse de su presencia, Hope abrió los ojos de par en par, sintiendo el impulso irrefrenable de girar sobre sus taludes y huir despavorida de regreso a la seguridad de la recámara, sin importarle el resto de la noche. Pero el movimiento firme del hombre al levantar la mirada la atrapó en el acto, convirtiéndola en una estatua de sal. El bochorno la consumió al instante; se sintió una intrusa desubicada, vagando por los dominios ajenos en plena madrugada con el riesgo evidente de ser juzgada como una fisgona impertinente, a pesar de que su conciencia se sabía limpia de intenciones aviesas.

—Yo... solo venía por un vaso de agua, discúlpeme la molestia —balbuceó con un hilo de voz, aferrándose al borde del mármol.

—No tienes por qué mendigar permisos ni disculparte de esa manera. Esta es tu casa, ya te lo he dejado claro en repetidas ocasiones. Así que no hay ningún inconveniente —respondió él con una serenidad imperturbable, llevándose lentamente la cucharilla a los labios.

El gesto, cargado de una naturalidad desconcertante, le pareció a Hope un destello de peligrosa audacia, o quizás una mera ilusión fabricada por sus sentidos hiperventilados. Una necesidad febril e incontrolable comenzó a latir en el centro de su pecho, un eco turbulento que alteraba cada parámetro de su realidad. Las sensaciones que Ashton despertaba en ella desafiaban toda lógica y moralidad; eran impulsos viscerales, emociones crudas y desbocadas que jamás creyó capaces de experimentar con semejante intensidad. En su estómago ya no revoloteaban simples mariposas inofensivas, sino dragones mitológicos exhalando fuego puro, un ardor abrasivo que descendía inexorablemente hacia la base de su vientre, suplicando una atención prohibida.

¿Acaso aquello era excitación? La palabra, tan impropia y censurable para una joven de veintiún años frente al padre de su mejor amiga, se instaló en su mente con la fuerza inapelable de una verdad absoluta. Su imaginación, desatada y caótica, comenzó a proyectar escenarios explícitos que aceleraban sus latidos al ritmo de un corcel desbocado, cortándole el aliento y reduciéndola a cenizas bajo la gravedad de su mirada.

—De acuerdo... gracias —murmuró con la garganta anudada.

Mientras llenaba con torpeza el vaso bajo el chorro del grifo, el sonido de su voz la sobresaltó de nuevo, obligándola a cerrar los párpados con fuerza sin atreverse a girar el rostro.

—¿Tan solo agua? Hay más pastel en la nevera... córtate un buen trozo y ven a compartirlo conmigo —la invitó, deslizando la propuesta con una suavidad deliberada.

Hope maldijo mentalmente en un susurro. ¿Intentaba acaso provocarle un colapso cardíaco?

—No creo que... —al volverse, descubrió una sonrisa sutil dibujada en los labios de Ashton—. Estaba viendo una película de terror con Alicia.

—Recuerdo que una vez me confesaste tu profundo odio hacia ese género cinematográfico.

Hope parpadeó, incrédula. No recordaba haberle deslizado jamás semejante confidencia; tal vez Alicia se lo había mencionado en alguna charla casual y él simplemente lo había retenido, o tal vez se trataba de otra cosa. En cualquier caso, el dato era exacto. ¿Qué significado ocultaba tras esa afirmación?

—Bueno... sí, no soy precisamente su mayor admiradora. Pero no quise arruinarle el plan a Alicia, así que decidí acompañarla. Ni siquiera sé de qué trata exactamente y ya va por la mitad —añadió, incapaz de sofocar del todo una sonrisa nerviosa que disipó momentáneamente la tensión.

En ese preciso instante, un silencio magnético suspendió el tiempo entre ambos. El aire de la cocina pareció volverse denso, cargado de una electricidad invisible que supo sortear todas las barreras de la razón. Las palabras afloraron casi por instinto, repletas de una vulnerabilidad desesperada:

—Lo siento... no quiero que me mires de esta manera. Yo no soy así, ni siquiera comprendo qué me sucedió. Simplemente perdí el control por completo. Te juro que jamás quise que esto pasara... Por favor, discúlpame. No está bien, es incorrecto desde cualquier punto de vista.

—No te atormentes de esa forma; sabes perfectamente que la culpa es enteramente mía. Fui yo quien se atrevió a besarte —replicó él con una firmeza protectora—. Tienes toda la razón en tus dudas, ha sido un desliz imperdonable y te prometo que jamás se repetirá. Pero no te martirices; el único responsable soy yo.

—¡No es verdad! Yo participé de la misma manera, fui yo quien te correspondió el beso —protestó ella, negando con vehemencia—. No intentes eximirme de la culpa, porque no lo voy a permitir. No puedo creer haber sido capaz de una bajeza semejante. Usted me ha abierto las puertas de su hogar, me brinda un techo, comida, amparo... esto es sencillamente terrible. Y Alicia es mi mejor amiga, por lo que te ruego, te imploro que esto quede entre nosotros. Júrame que no vas a decirle nada.

—Escúchame bien: sé exactamente por qué te sientes así, y te doy mi palabra de que Alicia jamás sabrá una sola palabra de esto. Será nuestro secreto, un pacto entre adultos que no tiene por qué compartirse con nadie más —aseguró Ashton, aproximándose un paso con una calma imponente—. Así que descansa, quédate tranquila. Y discúlpame de nuevo por haberte arrastrado a esto.

Lejos de proporcionarle alivio, aquella promesa resonó en su mente como una sentencia inapelable, alimentando la vorágine de culpa que amenazaba con destruirla. Sin embargo, no había alternativa; asintió levemente con la cabeza, se apartó del taburete con rigidez y emprendió el camino de regreso hacia el dormitorio de su amiga, asegurándose de borrar cualquier rastro visible de agitación en su semblante.

Ascendió los peldaños de la escalera con el alma en vilo, consciente de que aquel episodio había dinamitado para siempre su inocencia. ¿Cómo se suponía que debía sostenerle la mirada a la mañana siguiente, sabiendo que su cuerpo guardaba la memoria exacta de su dureza contra sus muslos, del vértigo de sus labios sobre los suyos? Era imposible borrarlo como si se tratara de un simple archivo digital desechable; su mente no funcionaba de ese modo. La furia consigo misma comenzó a latir con fuerza al reconocer su propia debilidad, su incapacidad absoluta para frenar el impulso antes de cruzar la línea de no retorno. Respiró hondo en el descansillo, esculpió una máscara de serena normalidad en sus facciones y giró el pomo de la puerta con el corazón en la garganta.

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