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Capitulo 04

Autor: Luna
last update Fecha de publicación: 2026-06-04 17:05:19

Maximilian Voss.

​El sol de la mañana se filtraba con una timidez casi clínica a través de los enormes cristales de mi oficina, proyectando líneas geométricas sobre la superficie impecable de mi escritorio de mármol negro. Me acomodé los puños de la camisa a medida, ajustando los gemelos de plata con una calma que contrastaba con la vibración eléctrica que sentía bajo la piel. No había dormido más de cuatro horas. La textura de los labios de Evangeline Olmos, su torpeza inocente y el recuerdo de su cuerpo aprisionado entre el mío y el metal frío del ascensor se habían quedado grabados en mi mente como una marca al hierro ardiente. Había pasado la noche entera saboreando el triunfo de mi punzada inicial, pero, sobre todo, planeando el siguiente movimiento de este tablero que yo mismo había diseñado.

​A las siete y media en punto, Mariana entró a mi despacho dejando una taza de café negro y el expediente final de la contratación sobre el escritorio.

​—La señorita Olmos ya está en su puesto, señor Voss —informó Mariana, revisando su tableta con la eficiencia mecánica que tanto le valoraba—. Llegó hace veinte minutos. Parece un poco cansada, pero está revisando el itinerario del viaje a la costa que me pidió organizar a primera hora.

​—Excelente, Mariana. Dale diez minutos para que organice sus notas y hazla pasar con el contrato definitivo. Quiero dejar esto resuelto antes de que los compromisos del día me absorban —respondí, manteniendo mi voz en ese tono barítono, neutro y desprovisto de cualquier emoción que pudiera alertar a mi secretaria.

​—Entendido, señor.

​En cuanto la puerta se cerró, me levanté y caminé hacia el ventanal. La ciudad se extendía abajo como un monstruo de asfalto que yo pretendía dominar, pero en ese preciso instante, mi único foco de interés estaba al otro lado de la pared de madera. Regresé a mi asiento, tomé la estilográfica de oro que descansaba junto al documento y releí las páginas del contrato de vinculación oficial. Nadie, ni siquiera el equipo legal de la firma, sabía que yo personalmente había ordenado modificar tres cláusulas específicas en el documento de Evangeline. Cláusulas redactadas con un lenguaje corporativo tan pulcro y técnico que para un ojo inexperto parecerían simples formalidades de alta gerencia, pero que para mí representaban el inicio legal de su sumisión. Disponibilidad absoluta las veinticuatro horas del día, exclusividad de funciones bajo la supervisión única del presidente, y la obligación de acompañamiento en viajes de representación internacional o proyectos privados sin derecho a objeción por motivos de agenda personal. Era una jaula de oro con mi nombre grabado en el cerrojo.

​Dos golpes secos y contenidos resonaron en la madera.

​—Adelante —pronuncié, entrelazando los dedos sobre el escritorio.

​La puerta se abrió y Evangeline cruzó el umbral. Mi mirada de arquitecto la escaneó en un segundo, buscando las secuelas de la noche anterior. Vestía una blusa de cuello cerrado color gris perla y una falda ejecutiva que le llegaba justo por debajo de las rodillas. Su cabello cobrizo estaba recogido en un moño bajo, perfectamente ordenado, pero la ligera palidez de su rostro y las tenues sombras azuladas bajo sus ojos delataban que la noche no había sido amable con ella. Me dio una satisfacción salvaje comprobar el impacto de mi presencia en su sistema: en cuanto me miró, dio un respingo casi imperceptible y apretó una carpeta contra su pecho como si fuera un escudo protector.

​—Buenos días, señor Voss —dijo, deteniéndose a la distancia exacta que la etiqueta profesional dictaba. Su voz tembló apenas un milímetro en la última sílaba, pero se esforzó notablemente por sostener la fachada.

​—Buenos días, señorita Olmos. Tome asiento, por favor —le indiqué, señalando la silla de piel frente a mí.

​Ella avanzó con paso dubitativo y se sentó, manteniendo la espalda completamente recta, sin apoyarse del todo en el respaldo. Parecía una criatura salvaje que esperaba que la trampa se cerrara en cualquier momento. Su timidez y ese pudor exagerado que emanaba de cada uno de sus poros me encendían la sangre de una forma que empezaba a rayar en la obsesión.​—Espero que haya descansado —comenté con una cortesía impregnada de ironía, deslizando el documento impreso hacia su lado del escritorio—. Aquí tiene su contrato oficial con la firma Voss & Asociados. Como le prometí ayer, sus habilidades han sido evaluadas y considero que su perfil es el adecuado para asistir directamente a la presidencia.

​Evangeline bajó la vista hacia los papeles, y por un momento, el silencio en la oficina se volvió tan espeso que alcancé a escuchar el suave roce de sus dedos contra las hojas. Abrió la carpeta y comenzó a leer. Vi cómo sus ojos azules se movían con rapidez por las líneas de texto, deteniéndose con recelo en los párrafos que yo mismo había alterado.

​—Señor Voss... —murmuró, levantando la vista con una mezcla de confusión y cautela—. Estaba leyendo la sección de las obligaciones del cargo. Aquí estipula que debo tener una disponibilidad total, incluso fuera del horario habitual de oficina y durante los fines de semana si la presidencia lo requiere. ¿Esto es estándar para una asistente junior?

​Me incliné ligeramente hacia adelante, apoyando los antebrazos en el mármol, invadiendo el espacio neutral que nos separaba.

​—En este piso nada es estándar, Evangeline —respondí, bajando el tono de mi voz, tiñéndola de una autoridad fría—. Usted no va a ser la asistente de un departamento común. Va a ser mi mano derecha en la gestión de proyectos de gran envergadura. Mi agenda no tiene horarios, y por consecuencia, la suya tampoco los tendrá. El salario y los beneficios que se detallan en la página tres duplican lo que cualquier otra firma le ofrecería en este puesto. Pero el precio de eso es la lealtad y la disponibilidad absoluta.

​Ella parpadeó, desconcertada por mi firmeza. Vi cómo su lengua humedeció rápidamente sus labios secos, un gesto de pura ansiedad que revivió en mi boca el sabor de su torpeza de la noche anterior. Bajó la mirada de nuevo hacia el papel, reteniendo el aire. Sabía que necesitaba este trabajo; sus antecedentes familiares y la urgencia con la que se había postulado me decían que no estaba en posición de rechazar una oportunidad económica de este calibre. Estaba acorralada por sus propias necesidades, y a mí me fascinaba ser el dueño del callejón sin salida.

​—Entiendo —dijo en un susurro limpio, desprovisto de la rebeldía que había mostrado la tarde anterior. Estaba empezando a entender quién dictaba las reglas del juego.

​—Si está de acuerdo con los términos, firme al pie de la última página. Con eso, su vinculación será inmediata —le dije, extendiéndole la estilográfica de oro.

​Evangeline extendió la mano para tomar la pluma. En el proceso, sus dedos rozaron los míos. Fue un contacto breve, de apenas un segundo, pero el calor de su piel me golpeó con la fuerza de una descarga. Ella se tensó de inmediato, retirando la mano un milímetro antes de afianzar el agarre en la estilográfica. Noté cómo sus dedos temblaban de manera sutil pero constante mientras apoyaba la punta de oro sobre el papel. Su pulso acelerado se reflejó en los primeros trazos de su firma. Estaba firmando su sentencia, entregándome el control de su tiempo y de su espacio, atrapada bajo el rigor de un acuerdo legal que no hacía más que formalizar el dominio que yo ya ejercía sobre su voluntad.

​Cuando terminó, dejó la pluma sobre la mesa con un cuidado casi exagerado, como si temiera romper el cristal del ambiente.

​—Listo, señor Voss.

​Tomé el documento, verifiqué la rúbrica con una sonrisa de absoluta suficiencia y cerré la carpeta con un golpe seco que la hizo pestañear.

​—Bienvenida oficialmente a la firma, Evangeline —dije, levantándome de mi asiento con parsimonia deliberada.

​Caminé alrededor del escritorio, acortando la distancia física entre los dos. Ella se quedó inmóvil en la silla, pero sus ojos azules siguieron cada uno de mis movimientos con un nerviosismo latente. Me detuve justo a su lado, apoyando una de mis manos en el brazo de su silla, inclinándome lo suficiente para que pudiera percibir mi loción, para que sintiera el peso de mi estructura musculosa sobre su pequeño espacio seguro. Pude notar de inmediato cómo su respiración se desbocaba; el pecho bajo la blusa gris subía y bajaba con una rapidez deliciosa.

Me encantaba ver el efecto físico que causaba en ella; su mente podía intentar mantenerse racional y distante, pero su cuerpo la traicionaba por completo ante mi cercanía.​—Ahora que los asuntos legales están resueltos, pasemos a lo inmediato —le dije, rozando casi el lóbulo de su oreja con el aire de mis palabras—. Mariana ya tiene los detalles de nuestro vuelo. Salimos en dos horas hacia la costa. Hay una inspección de terrenos para el nuevo complejo hotelero y necesito que me acompañe para tomar las minutas y coordinar las reuniones con los ingenieros.

​Evangeline giró el rostro hacia mí de golpe, quedando a escasos centímetros de mis labios. El pánico en su mirada era palpable, una mezcla de sorpresa e indignación reprimida.

​—¿Hoy mismo? Señor Voss, yo... yo no traje equipaje, no estaba preparada para un viaje de negocios en mi primer día oficial —argumentó, intentando alejarse un poco, pero el respaldo de la silla y mi brazo bloqueando el costado se lo impedían.

​—Eso no es un problema, señorita Olmos —respondí con una frialdad cortante, disfrutando de su resistencia inútil—. En el destino hay boutiques exclusivas de la firma donde podrá adquirir todo el vestuario necesario con cargo a la empresa. Lo único que requiero de usted es su presencia y su cumplimiento de la cláusula de disponibilidad que acaba de firmar. A menos, claro, que su firma no tenga valor y prefiera rescindir el contrato ahora mismo.

​El chantaje implícito cayó sobre ella con todo su peso. Vi la lucha interna en sus ojos; su orgullo y su pudor se batían en un duelo feroz contra la realidad de su situación económica y su deseo de conservar el empleo. Su mandíbula se apretó y sus dedos volvieron a jugar nerviosamente con la tela de su falda, arrugándola en un gesto de pura frustración.

Se veía tan hermosa en su derrota silenciosa, tan pura en su intento de mantener una dignidad que yo estaba firmemente decidido a doblegar bajo mis propios términos. Mi mente se desvió por un segundo hacia esa fantasía oscura que me carcomía desde el día anterior: me la imaginé en esa misma posición, pero sin esa ropa aburrida y ejecutiva; imaginé su piel blanca encendiéndose en un rojo vivo bajo el rigor de mis azotes, quebrantando ese carácter indomable hasta que de su boca solo salieran súplicas de obediencia. La sola idea de verla completamente entregada a mis deseos, reconociéndome como su único dueño, hizo que mi testosterona se elevara al límite.

​—No... no es necesario rescindir nada, señor Voss —respondió finalmente, bajando ligeramente la barbilla en un gesto de sumisión que me resultó exquisito—. Cumpliré con mis obligaciones. Estaré lista para el viaje.

​—Me alegra que sea una mujer inteligente, Evangeline —asentí, permitiéndome una leve sonrisa depredadora mientras me erguía de nuevo, dándole un respiro físico que sabía que necesitaba con urgencia—. Vaya con Mariana para que le entregue los detalles del vuelo y el pase de abordar. El chofer nos esperará en el sótano en cuarenta minutos.

​—Con su permiso —dijo ella, levantándose de la silla con una rapidez que delataba su urgencia por escapar de la tensión de mi despacho.

​Tomó sus notas y caminó hacia la salida con paso firme, intentando recuperar la compostura ejecutiva que tanto se esmeraba en proyectar. Me quedé solo en medio de la oficina, observando la puerta cerrarse tras ella. Regresé a mi escritorio y acaricié la superficie de la carpeta que contenía su firma.

​El primer paso estaba dado. Había utilizado las herramientas de mi mundo, el dinero, el poder y las leyes corporativas, para encadenarla a mi rutina. Evangeline creía que este viaje era una simple asignación laboral de alta exigencia, pero no tenía la menor idea de que la estaba llevando directo a mi terreno más privado. Fuera de la ciudad, lejos de las miradas de la corporación y del refugio de su rutina, no tendría dónde esconderse de mí. Saboreé la victoria anticipada con una tranquilidad absoluta. El viaje de hoy no sería solo para revisar planos de construcción; sería el escenario perfecto para empezar a demoler, ladrillo por ladrillo, esa armadura de recato y rezos con la que intentaba protegerse de su inevitable rendición ante mí.

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