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Capitulo 05

Autor: Luna
last update Fecha de publicación: 2026-06-04 17:08:02

Maximilian Voss.

​El trayecto hacia el aeropuerto internacional se desarrollaba en un silencio absoluto, denso y claustrofóbico. Me encontraba recostado en el asiento de piel trasera, con la tableta corporativa descansando sobre mis muslos, fingiendo revisar unos informes de viabilidad que, en realidad, no me importaban en lo absoluto. Toda mi atención, mis sentidos y mis instintos estaban enfocados en la mujer que se sentaba a mi lado. Evangeline estaba rígida, pegada por completo a la portezuela derecha en un intento casi tierno por establecer una frontera invisible entre los dos.

Me causaba una diversión profunda y oscura contemplar lo tensa que se encontraba; ver cómo sus dedos se entrelazaban con fuerza sobre sus rodillas y cómo controlaba el ritmo de su respiración para no delatar su agitación frente a mí. Me complacía saber que mi sola presencia física era suficiente para desestabilizarla por completo.

​Cuando el chofer detuvo el sedán de lujo en la zona de embarque de la terminal privada, el silencio finalmente se rompió. El guardaespaldas abrió la puerta de su lado y Evangeline comenzó a bajarse del carro con una prisa sutil, ansiosa por escapar del encierro conmigo. Sin embargo, justo en el instante en que sus pies tocaron el asfalto, su teléfono celular comenzó a sonar con fuerza dentro de su bolso.

​Vi cómo dio un pequeño brinco por el susto. Con rapidez, caminó un par de pasos alejándose del auto, buscando una distancia prudente para poder hablar con tranquilidad, creyendo erróneamente que las restricciones de mi mirada y mi oído ya no la alcanzaban. Lo que ella no sospechaba era que yo me encontraba sumamente atento, enfocado de manera implacable en cada uno de sus movimientos. Gracias a la cercanía y a mi agudo sentido de la percepción, no solo alcancé a escuchar con nitidez su voz, sino también el tono chillón y maduro que provenía del auricular de su teléfono.

​—¿Aló? ¿Mamá? —su voz brotó suave, con una dulzura tan genuina que contrastaba con la frialdad del entorno.

​Al otro lado de la línea, la voz de su madre resonó cargada de una emoción desbordante.

​—¡Evangeline, mi niña! ¿Cómo te fue? He estado orando toda la mañana por ti, pegada al rosario —dijo la mujer, con una devoción que se filtraba sin esfuerzo

​—Mamá... ya firmé —anunció Evangeline, y alcancé a ver el perfil de su rostro iluminarse con una sonrisa radiante. Un destello de orgullo y alivio mitigó por fin su rigidez—. Estoy contratada oficialmente. Soy la asistente directa de la presidencia.

​Al otro lado del teléfono, se escuchó un sollozo ahogado, un llanto de pura fe.

​—¡Alabado sea el Señor! ¡Gracias, Dios mío, por escuchar mis súplicas! —la madre de Evangeline comenzó a bendecirla repetidamente—. Es un milagro, hija. Un verdadero milagro del puesto de trabajo que tanto necesitábamos. Tienes que ser muy agradecida con Él, mi vida, porque nunca nos desampara.

​Me recliné un poco contra el marco de la puerta del auto, observándola fijamente desde la penumbra del asiento trasero mientras una sonrisa oscura se dibujaba en mis labios. Escuchar esa conversación me dio una información invaluable y le añadió una chispa fascinante a la situación. Me di cuenta de que esa timidez y ese pudor exagerado no eran una simple postura de Evangeline; venían de su crianza, de una estructura familiar profundamente tradicional y religiosa donde sus padres la habían moldeado bajo esos estrictos conceptos de fe y moral. Ella no era recatada por casualidad, era el producto de un adoctrinamiento de pureza. Y saber eso solo logró disparar mi codicia.

​—Mamá, hay algo más —continuó Evangeline, volviendo a bajar la voz mientras miraba de reojo hacia el auto, asegurándose de que yo no la "vigilara"—. Tengo... tengo un viaje de negocios imprevisto. Debo asistir con mi jefe a la costa hoy mismo para revisar unos proyectos arquitectónicos. Ya vamos a abordar.

​La preocupación materna, impregnada de sus rígidos valores, no tardó en manifestarse al otro lado de la línea.

​—¿Un viaje ya? Ay, mi niña... Por favor, cuídate mucho. Mucho, Evangeline —le advirtió la mujer con tono severo pero protector—. Acuérdate de rezar en la noche, pase lo que pase. No te vayas a acostar sin ponerte de rodillas frente a la cama a darle las gracias a Dios por el día y a pedirle su protección. Mantén tus principios firmes, mantente pura y recuerda los consejos de la iglesia. Que la bendición del Altísimo te acompañe.

​—Sí, mamá. No lo olvidaré. Te lo prometo. Te llamo en cuanto aterrice. Te amo.

​Colgó la llamada y guardó el dispositivo, exhalando un suspiro largo. Me bajé del auto con una elegancia impecable, acomodándome el saco del traje mientras me posicionaba a su lado. El reto ahora era supremo, un juego psicológico y carnal que me encendía la sangre. Me parecía un absoluto desperdicio que una criatura con esa silueta de reloj de arena viviera atrapada en los rezos de sus padres. Quería cambiar su visión por completo. Quería ser yo quien reescribiera sus conceptos de obediencia; no quería que se pusiera de rodillas ante un altar invisible antes de dormir, quería que se pusiera de rodillas ante mí. Quería que me viera como su única autoridad, como la fuerza implacable que controlaba su destino.

​Caminamos por la pista privada hacia mi jet corporativo. El viento de la tarde golpeaba su melena cobriza, desordenando algunos mechones que escapaban de su moño. Subió las escaleras del avión con timidez, mirando el interior de madera de nogal, cuero blanco y acabados de oro con un evidente asombro.

​—Tome asiento, señorita Olmos —le ordené, señalando las butacas de piel enfrentadas—. El vuelo será corto, pero tenemos trabajo que adelantar.

​En cuanto el avión alcanzó su altitud de crucero y la señal de cinturones se apagó, decidí que era momento de volver el trayecto irresistiblemente picante y tentador. Me levanté de mi asiento, me quité el saco del traje y desabotoné los dos primeros botones de mi camisa, dejando al descubierto el inicio de mi pecho firme. Vi cómo sus ojos azules se desviaron por un segundo hacia mi piel antes de fijarse con urgencia en la carpeta de apuntes que tenía sobre las piernas.

​Me acerqué a ella con una parsimonia depredadora. En lugar de sentarme en la butaca de enfrente, me deslicé en el espacio justo a su lado, invadiendo descaradamente su zona de confort. Evangeline se tensó de inmediato, pegando su espalda contra el lateral del avión, conteniendo el aliento.​—Abra el informe de los terrenos de la zona norte, Evangeline —le hablé al oído, dejando que mi tono barítono y ronco rozara la piel de su cuello—. Necesito dictarle unas notas urgentes para los ingenieros.

​Con las manos temblorosas, abrió la carpeta. Me incliné sobre ella, fingiendo mirar los planos. Al hacerlo, mi pecho musculoso rozó su hombro y mi pierna izquierda se presionó firmemente contra su muslo, atrapándola. Pude sentir el calor que irradiaba su cuerpo a través de la tela de su falda oscura.

​—Señor Voss... —murmuró, con la voz entrecortada, intentando moverse un milímetro hacia el lado—. Está... está muy cerca. No puedo concentrarme para escribir.

​—No recuerdo haberle dado permiso para cuestionar mi posición, señorita Olmos —respondí con una frialdad cortante, aunque por dentro la lujuria me quemaba las entrañas. Estiré mi brazo por encima de su regazo, tomando la estilográfica de sus dedos. Mis dedos largos y venosos acariciaron la palma de su mano, provocando que un gemido ahogado escapara de sus labios—. Un buen elemento en esta empresa obedece sin mirar atrás. ¿Ya olvidó las cláusulas que firmó esta mañana?

​—No, señor —respondió en un susurro, clavando la vista en el papel, pero su pecho subía y baja de una manera desbocada. Estaba completamente afectada por mi magnetismo y por la presión física de mi cuerpo.

​Dejé la pluma sobre la mesa auxiliar y, con un movimiento lento y posesivo, llevé mi mano hacia su rostro. Mis dedos rozaron la línea de su mandíbula, ascendiendo hasta su oreja. Evangeline cerró los ojos, temblando bajo mi tacto, atrapada en un conflicto brutal entre lo que sus padres le habían enseñado y la lujuria prohibida que mi cercanía le provocaba. Con delicadeza, retiré el lazo que sujetaba su moño. Su melena cobriza cayó de inmediato como una cascada de fuego sobre sus hombros, llenando mi espacio con su aroma sutil a limpio.

​—Así está mejor —susurré, enterrando mis dedos en su cabello, obligándola a girar la cabeza para mirarme de frente. Sus ojos azules estaban empañados por el deseo—. En mi presencia, quiero verla así. Sin armaduras. Sin secretos.

​—Esto... esto no es correcto, señor Voss —intentó murmurar, en un último despliegue de ese carácter que tanto me fascinaba—. Yo vine aquí a trabajar.

​—Aquí arriba, la única voluntad que importa es la mía, Evangeline —le sentencié, acercando mis labios a los suyos hasta que nuestro aliento se mezcló—. Yo soy quien dicta lo que está bien y lo que está mal en su mundo a partir de hoy. Yo soy su única realidad.

​Me incliné un poco más, presionando mi cuerpo musculoso contra el suyo, atrapándola por completo contra el costado de la butaca. Mis labios rozaron la comisura de su boca, bajando por su barbilla hasta llegar a la calidez de su cuello, donde dejé un beso lento, firme y absorbente que la hizo arquear la espalda con un suspiro trémulo.

Sentí cómo sus manos pequeñas, que inicialmente se habían posado en mi pecho para empujarme, terminaron aferrándose a la tela de mi camisa con desesperación, buscando apoyo en medio de la tormenta sensorial que la estaba consumiendo.

​Ella quería mantener una distancia profesional y recordar las doctrinas de su hogar, pero la lujuria que yo le despertaba era un fuego que ninguna fuerza familiar podría apagar. Saboreé su piel, marqué mi territorio con la certeza de que la estaba quebrando, y sonreí contra su cuello al notar cómo su sumisión instintiva ganaba la batalla. El trayecto apenas comenzaba, y yo me aseguraría de que, antes de aterrizar en la costa, Evangeline Olmos se rindiera por completo ante mi hermoso infierno.

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