INICIAR SESIÓNMaximilian Voss.
Estaba concentrado revisando una serie de proyecciones financieras en mi computadora cuando el sonido de unos nudillos golpeando con suavidad la puerta de doble hoja me obligó a interrumpir mi lectura. Una sonrisa imperceptible amenazó con dibujarse en mi rostro. Dejé los papeles sobre el escritorio y me recosté en mi sillón de piel, saboreando el momento exacto en que el control total de la situación volvía a mis manos. —Adelante —pronuncié con mi habitual tono de barítono, firme y pausado. La puerta se abrió y la primera en cruzar el umbral fue Mariana, sosteniendo su habitual tableta digital. Pero mis ojos no se detuvieron en ella; pasaron de largo de inmediato para enfocarse en la figura que venía un paso más atrás. Una intensa oleada de satisfacción pura y absoluta me recorrió las venas al verla entrar a mi despacho. La tenía justo donde quería: en mi territorio. Yo estaba extasiado contemplando el éxito de mi jugada, ella era la viva imagen del colapso interno. En el segundo exacto en que Evangeline Olmos levantó la vista y nuestros ojos se cruzaron, fui testigo de cómo el color desaparecía por completo de sus mejillas. Se quedó petrificada a mitad de camino, con las pupilas dilatadas y los labios sutilmente entreabiertos por el impacto. El choque de realidad la golpeó con la fuerza de un tren se estaba dando cuenta de que el hombre arrogante que la había acorralado con la mirada hacía apenas unos minutos no era un simple empleado, sino el dueño absoluto de la firma. Vi el destello de desconcierto absoluto y la agitación contenida que amenazaba con hacerla flaquear, pero para mi sorpresa, la chica demostró una entereza admirable. Tragó saliva, asimiló el impacto en un pestañeo y forzó a su cuerpo a adoptar una postura rígida, completamente ejecutiva. El contraste entre su turbación interna y su esfuerzo por parecer imperturbable me resultó jodidamente adictivo. —Buenos días, señor Voss. Es un placer. Soy Evangeline Olmos —pronunció con una voz que, aunque un poco tensa, sonó impecablemente profesional. Me limité a entrelazar los dedos debajo de la barbilla, sosteniéndole la mirada con una suficiencia depredadora que pretendía desestabilizarla aún más. Mariana, ajena por completo al magnetismo oscuro y a la tensión que flotaba en el aire, dio un paso al frente. —Señor Voss, lamento interrumpirlo, pero Recursos Humanos me acaba de enviar a la señorita Olmos de manera imprevista —explicó Mariana, con su tono eficiente de siempre—. Me informaron que hubo una reestructuración de última hora en el personal de apoyo y que ella será asignada de inmediato al piso de presidencia. A partir de hoy, me estará asistiendo y lo estará ayudando a usted con la gestión de la oficina. Ya la estoy instruyendo sobre las dinámicas de la firma. Tuve que hacer un esfuerzo consciente para mantener la seriedad. Mariana era una mujer brillante, pero no tenía la menor idea de que la llegada de esa hermosa criatura a mi territorio no se debía a ninguna casualidad administrativa, sino a una orden directa e implacable que yo mismo había dictado por teléfono. —Perfecto, Mariana. Toda ayuda es bienvenida si sirve para optimizar los tiempos de la empresa —respondí, fijos los ojos en la cobriza, quien se esforzaba notablemente por ocultar el temblor de sus manos—. Señorita Olmos, espero que esté a la altura de las exigencias de este despacho. Aquí no tolero la mediocridad. —Daré lo mejor de mí, señor Voss —respondió ella, demostrando que prefería tragarse el orgullo y mantenerse en silencio antes que arriesgar su oportunidad laboral reclamando por el incidente del ascensor. —Bien. Retírense y comiencen con sus labores —ordené con una frialdad cortante. Ambas asintieron y salieron de la oficina a paso silencioso. En cuanto las puertas se cerraron, exhalé un suspiro pesado. Intenté concentrarme en los contratos pendientes y en las llamadas de los inversionistas, pero la presencia de Evangeline al otro lado de la pared saboteaba mi enfoque. Sabía perfectamente que hoy mismo tenía que hacer un movimiento a esa mujer la deseaba con una intensidad salvaje. Tenía que probarla hoy mismo, ver si realmente poseía la madera para ser la perfecta sumisa, dócil y obediente. Decidí que la mejor manera de evaluarla era someterla a una presión extrema. Tomé el teléfono intermitente y le ordené a Mariana que saturara el escritorio de Evangeline con una montaña de carpetas e informes urgentes. La excusa oficial era evaluar su rendimiento; la real, obligarla a quedarse trabajando hasta tarde, asegurándome minuciosamente de que quedara completamente sola conmigo en la corporación a estas horas de la noche. Pase todo el día entre documentos intentando no tenerla en mi mente. Hacia las ocho, hice girar el líquido carmesí dentro de mi copa de cristal, contemplando cómo la luz de los rascacielos se reflejaba en el vino. El silencio en el piso cuarenta era absoluto y denso. Sabía exactamente quién estaba detrás de la puerta antes de que sus nudillos siquiera la tocaran. Era ella.—Adelante —pronuncié con mi habitual tono de barítono. La puerta se abrió y Evangeline cruzó el umbral. Me quedé inmóvil, observándola detalladamente. Mientras avanzaba, me la imaginé por un segundo con un vestido de diseñador mucho más ceñido al cuerpo, uno que delineara con precisión matemática esas curvas sinuosas que el vestuario ejecutivo pretendía sepultar. —Señor Voss, disculpe la hora —dijo, deteniéndose a una distancia prudente—. Todo el trabajo que me asignó la secretaría Pérez está completamente listo. Los informes están archivados y las agendas cruzadas. Su voz era suave, limpia, desprovista de cualquier falsedad. Me agradó el tono. —Excelente desempeño para ser tu primer día, Evangeline —respondí de frente, sosteniéndole la mirada — Muchas gracias señor, espero que sea suficiente para ser contratada —. Mañana firmarás tu vinculación oficial. Estás contratada. Me levanté de mi asiento con una parsimonia deliberada, caminé hacia la barra de mi oficina y serví una segunda copa de vino. Me acerqué a ella, acortando la distancia física entre los dos de una manera que pretendía ser intimidante y elegante a la vez, y le extendí el cristal.—Toma. Una copa de celebración por tu nuevo empleo. Ella miró el objeto como si fuera un peligro inminente y dio medio paso hacia atrás, cruzando las manos frente a su cuerpo. —Muchas gracias, señor Voss, pero yo... yo no tomo alcohol —declaró con una seriedad que me pareció casi infantil—. Además, estamos en un espacio de trabajo, en la oficina, y considero que no debería ingerir nada de eso aquí. Hice una pausa, divirtiéndome internamente con sus rígidos principios de conducta. No estaba acostumbrado a recibir una negativa, mucho menos de una asistente junior en su primer día. —Tómalo simplemente como una atención de mi parte, una copa de bienvenida a la firma —insistí, bajando la voz a un tono más ronco, rozando la seducción directa. —Le agradezco enormemente el gesto, de verdad, pero prefiero pasar —insistí ella, levantando ligeramente la barbilla en un despliegue de carácter que me tomó por sorpresa. Con un movimiento firme, colocó las carpetas terminadas sobre la superficie de mármol de mi escritorio, como si quisiera poner un límite físico entre nosotros. Me acerqué un paso más, invadiendo descaradamente su espacio personal hasta que pude percibir el aroma sutil a limpio de su piel y su cabello cobrizo. Al estar tan cerca, mis ojos captaron cómo su pecho subía y bajaba con rapidez; su respiración se había acelerado drásticamente. He estado con innumerables mujeres a lo largo de mis treinta y seis años, conozco el lenguaje corporal femenino a la perfección y sé descifrar con precisión milimétrica cuándo la presencia de un hombre pone nerviosa a una mujer. Y a mí me fascinaba ponerla nerviosa. Se veía tan inocente, tan pura, pero al mismo tiempo poseía un carácter latente, una dignidad indomable que la hacía resistirse. Eso me encendió la sangre de una forma salvaje. Encontrar a una mujer que estaba haciendo un esfuerzo sobrehumano por resistirse a mi magnetismo me divertía y me atraía demasiado físicamente. La miré fijo a los ojos, perdiéndome por un segundo en la inmensidad de ese azul profundo y llamativo que resaltaba contra sus pecas. Contemplando esa resistencia, una fantasía oscura y posesiva cruzó mi mente con violencia me la imaginé desnuda, con su piel blanca volviéndose completamente roja bajo el rigor de mis azotes, imaginé sus glúteos encendidos en un rojo vivo mientras su carácter indomable se quebraba y se doblegaba ante mí. Bajé un poco la vista y noté cómo sus dedos jugaban nerviosamente con la tela de su falda oscura, arrugándola en un gesto de pura ansiedad. Aquel detalle me obsesionó aún más. Me pregunté, con una curiosidad casi morbosa, qué demonios había detrás de toda esa ropa tan tapada y recatada que se empeñaba en usar. ¿Qué secretos guardaba esa figura perfecta? —Si no necesita nada más de mi parte esta noche, entonces me retiro —añadió ella de inmediato, ansiosa por escapar de la tensión de la estancia—. Mañana vendré temprano para la firma del contrato y comenzar a trabajar oficialmente. —No necesito nada más, señorita Olmos. Puede irse —le permití, dando un paso atrás. Ella asintió rápidamente con la cabeza, dio la media vuelta y salió de la oficina a paso apresurado. Me quedé solo un instante, observando la puerta cerrada. Dejé mi copa de vino sobre la mesa con un golpe seco, recogí mis pertenencias de manera automática, me coloqué el saco del traje y salí también. Caminé por el pasillo en penumbras, con el sonido de mis zapatos resonando en el mármol, y llegué al área de los ascensores justo en el momento en el que las puertas metálicas se abrían y ella entraba en el cubículo. Apresuré un poco mis pasos y me colé en el ascensor antes de que se cerrara, bloqueando el espacio. En cuanto las puertas se sellaron por completo dejándonos en el encierro, pude ver cómo todo su cuerpo se tensó como una cuerda de violín. Pegó la espalda contra la pared del fondo, asustada, y clavó la vista en el suelo. En medio del silencio del trayecto, sus labios comenzaron a moverse de una manera sutil y desesperada estaba susurrando algo, una especie de rezo o murmullo rápido que no logré escuchar con claridad. Aquello terminó de romper el poco control que me quedaba. Sin que nada me frenara, ignorando por completo mi propio instinto racional y profesional que me dictaba que esto no era lo correcto porque ella iba a ser mi empleada directa a partir de mañana, me lanzó sobre ella. La acorralé contra la superficie metálica del ascensor y la tomé del rostro para besarla. Al principio, el impacto la hizo reaccionar con resistencia sentí cómo colocó sus manos pequeñas sobre mi pecho firme, intentando empujarme con fuerza para alejarme de su cuerpo. Sin embargo, no cedí ni un milímetro. Ejercí la presión justa de mi cuerpo contra el suyo, intensificando el beso con una voracidad dominante. A los pocos segundos, la resistencia física de Evangeline se desvaneció por completo. Sentí cómo sus manos dejaron de empujar mi pecho para aferrarse a mi tela, cedió ante la fuerza de mi boca y comenzó a responderme el beso de una manera torpe, inexperta y desesperada. Me detuve un instante mentalmente en medio del beso, saboreando la textura de sus labios. Su torpeza era evidente, no sabía coordinar el ritmo, se movía con una inocencia que me desconcertó. No sabía si actuaba así porque los nervios la estaban traicionando por completo ante mi cercanía, o si sencillamente no sabía besar. Y si una mujer de veintiún años no sabía besar, la probabilidad de que fuera virgen era absoluta. Aquella conclusión repentina disparó mis niveles de testosterona, encendiéndome muchísimo más de lo que jamás me había encendido con cualquier otra mujer en mi vida. La sola idea de ser el primer hombre en reclamar ese cuerpo puro me obsesionó por completo. Separé mis labios de los suyos lentamente, escuchando su respiración desbocada. Las puertas del ascensor emitieron un pitido y se abrieron por completo al llegar a la planta baja. Me separé de ella con una elegancia impecable, me acomodé el cuello del saco y salí del cubículo con paso firme, dejándola atrás, completamente estupefacta, con la respiración sumamente acelerada y visiblemente nerviosa en medio del ascensor vacío. Caminé hacia la salida del edificio con una sonrisa de absoluta suficiencia grabada en el rostro. Estaba mucho más que satisfecho con el resultado de mi evaluación. Había roto mis propias reglas corporativas, pero al ver el temblor de Evangeline, supe que el viaje de mañana iba a ser solo el principio de su total rendición ante mí.Maximilian Voss.El calor de la piel de Evangeline aún se aferraba a la mía, pero el peso del mundo exterior comenzó a filtrarse de nuevo a través de las paredes agrietadas de esa patética habitación de hotel. Me puse de pie con movimientos calculados, recogiendo mi camisa del suelo y vistiéndome en silencio con la eficiencia que siempre me había caracterizado. Mientras me abotonaba los puños, mi mano izquierda se deslizó hacia el bolsillo del pantalón buscando el teléfono. Era hora de terminar la farsa.Marqué el número directo de mi abogado personal y jefe de asuntos legales. No tuve que esperar ni un tono.—Señor Voss —respondió él con voz tensa, sin importar la hora—Escúchame bien —lo interrumpí con un tono gélido, cortante, que no admitía réplica alguna—. Quiero que te pongasmm en contacto con los Moretti y sus representantes legales en este mismo instante. Diles que el compromiso queda cancelado. Definitiva e irrevocablemente. No hay marcha atrás.Hubo un silencio sepulcra
Maximilian Voss.El silencio en la habitación de este hotel de cuarta categoría tenía una textura diferente a la del Penthouse. Allí, el aire olía a humedad, a sábanas gastadas y a nosotros a sudor secándose sobre la piel, a la sal de las lágrimas contenidas y a la urgencia de habernos encontrado al borde del abismo. Evangeline yacía acurrucada contra mi pecho, con una pierna enredada en la mía, mientras mi mano trazaba círculos perezosos sobre su espalda desnuda.La miré en la penumbra, absorbiendo cada detalle de su rostro relajado, y una punzada de pura rabia y culpa me recorrió las entrañas al recordar cómo había terminado en este maldito lugar.—¿Cómo carajos paraste aquí? ¿Cómo pudiste arreglártelas para llegar a este hotel?Ella abrió lentamente los ojos, levantando la vista para encontrarse con los míos. Una sonrisa débil, teñida de ironía, cruzó sus labios antes de responder.—Tomé un taxi, pedí la habitación más sencilla que el recepcionista me pudo ofrecer con el poco
Evangeline.El aire se quedó atrapado en mi garganta. Allí estaba él, llenando el umbral de la puerta del baño, su imponente figura contrastando de manera absurda con las paredes desgastadas y el azulejo roto de este maldito lugar. Lo miré con los ojos abiertos de par en par, aferrando la toalla húmeda a mi pecho con tanta fuerza que mis nudillos se volvieron blancos.—¿Cómo... cómo encontraste este lugar? —logré articular, mi voz temblando entre el horror de saberlo tan cerca y una traicionera chispa de emoción que me quemaba por dentro—. ¿Acaso me seguiste? ¿Cómo demonios supiste que estaba aquí?Maximilian no respondió de inmediato. Sus ojos oscuros recorrieron cada centímetro de mi cuerpo expuesto, deteniéndose en el agua que aún goteaba por mis piernas. Su mandíbula estaba tensa, los músculos de su rostro marcados por una furia contenida que amenazaba con desbordarse.—No importa cómo te encontré —dijo al fin, su voz baja y rasposa retumbando en el pequeño espacio—. Lo que im
Evangeline.El taxi se detuvo con un chirrido seco frente a la fachada descascarada del Hotel Granada. El letrero luminoso de la entrada parpadeaba con un zumbido molesto, proyectando una luz roja y mortecina sobre la acera sucia. Bajé del vehículo con torpeza, sintiendo el frío de la madrugada calándome los huesos a través de la sencilla ropa que había alcanzado a meter en mi maleta. Busqué en mi bolso, saqué los billetes justos para pagarle al conductor y me despedí con un movimiento de cabeza.Entré al lobby. El olor a desinfectante barato y humedad se mezclaba con el eco de un televisor sintonizado en un canal de medianoche. Me acerqué al mostrador con pasos pesados. Tras la mampara de vidrio, un hombre mayor, con los ojos cansados y una camiseta interior manchada, me miró sin disimular su indiferencia.—Una habitación sencilla por una noche —le pedí, intentando que mi voz no temblara.El recepcionista masculló una cifra. Saqué mi cartera y conté el poco dinero en efectivo que
Maximilian Voss.El motor de mi auto de lujo cortaba el aire nocturno de la ciudad con una precisión quirúrgica, pero dentro de mi pecho, el caos era absoluto. La ausencia de Evangeline no era solo un espacio vacío; era una herida abierta que latía al ritmo de mi propia sangre. Me dirigía a El Laberinto, el club nocturno más exclusivo y privado donde solía refugiarme cuando el peso del mundo me resultaba insoportable. Necesitaba olvidar. Necesitaba volver a ser el hombre que siempre fui el depredador, el estratega, el hombre que nunca pedía, sino que tomaba. El hombre que tiene todo bajo control.Mientras el vehículo se deslizaba por la avenida, la necesidad de reafirmar mi dominio me obligó a actuar. Saqué mi teléfono y marqué el número directo de mi jefe de seguridad.—Señor Voss —respondió él al primer tono, con esa voz mecánica que nunca mostraba emoción.—Escúchame bien —dije, mi tono cortante, una orden que no admitía réplicas—. Quiero que averigües dónde está ella. Evangel
Maximilian Voss. El silencio en el Penthouse no es un silencio común. Es un sonido pesado, una presencia física que se ha instalado en cada rincón, en cada pared de cristal, en cada superficie de mármol. Me quedo inmóvil frente a la mesa de la cocina, mi mano todavía suspendida en el aire, como si aún pudiera sentir la textura de las llaves que ella depositó hace apenas unos minutos con una determinación que me dejó sin aliento. Evangeline se ha ido. La frase rebota en mi mente, pero no logra asentarse. Es una imposibilidad lógica. Mis sumisas no se van. Mis sumisas no abandonan el refugio que yo mismo he construido para ellas; no desechan la seguridad, el estatus y el control que les otorgo a cambio de su entrega. Y, sin embargo, ella no está. El espacio que ocupaba hace diez minutos está ahora vacío, y esa ausencia me golpea con una violencia que mi razón no puede procesar. Camino hacia el ventanal, mis pasos resonando en el suelo de madera oscura. La ciudad se extiende a mi







