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Capitulo 65

Author: Luna
last update publish date: 2026-09-08 20:31:07

Evangeline.

​El silencio que siguió a las palabras de Maximilian en la sala de juntas era denso, pesado, cortante. Ninguno de los directores se atrevía a sostenerle la mirada, pero la furia contenida en sus expresiones era evidente. Fue Carlos Mendoza, el vicepresidente, quien apretó los dientes con una mueca de amarga derrota antes de hablar.

​—No tenemos otra opción, ¿verdad, Maximilian? —escupió Mendoza con desprecio y frustración evidente en la voz, negando con la cabeza—. Si rompemos el ac
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  • El Pecado del CEO: La Sumisa Devota    epílogo

    Evangeline.Dos años después ​Las puertas del ascensor privado se abrieron con un suave zumbido metálico en el piso ejecutivo. Ajusté las solapas de mi traje sastre, respiré hondo y puse un pie firme sobre la impecable alfombra gris que recorría el pasillo corporativo. A mi paso, los analistas y directores que cruzaban la zona inclinaban ligeramente la cabeza con una mezcla de respeto y recelo. Ya no era la muchacha asustada que caminaba con la mirada fija en el suelo; ahora, los hilos de este imperio también respondían a mis decisiones.​Apenas di un par de pasos hacia el interior del pasillo, Mariana se acercó a mí con paso firme pero coordinado, sosteniendo su tablet con destreza mientras caminaba a mi lado.​—Buenos días, vicepresidenta —me saludó con esa chispa de confianza que solo los años de complicidad permiten—. Para hoy tienes la revisión de los contratos de la fusión a las diez, el almuerzo con los inversores internacionales a la una, y a las tres de la tarde la reunión c

  • El Pecado del CEO: La Sumisa Devota    Capitulo 65

    Evangeline.​El silencio que siguió a las palabras de Maximilian en la sala de juntas era denso, pesado, cortante. Ninguno de los directores se atrevía a sostenerle la mirada, pero la furia contenida en sus expresiones era evidente. Fue Carlos Mendoza, el vicepresidente, quien apretó los dientes con una mueca de amarga derrota antes de hablar.​—No tenemos otra opción, ¿verdad, Maximilian? —escupió Mendoza con desprecio y frustración evidente en la voz, negando con la cabeza—. Si rompemos el acuerdo ahora y nos vamos a una guerra legal por tus caprichos matrimoniales, las acciones se desplomarán antes de que termine la semana y los inversores nos devorarán vivos. Tienes el sartén por el mango.​—Exacto, Mendoza —intervino otro de los directores mayores, un hombre de cabello cano que ajustó sus anteojos con temblorosa resignación—. Nos guste o no tu matrimonio exprés con ella, y por más absurdo que nos parezca saltarse los estatutos de esta manera, estamos atados de manos. Aceptamos tu

  • El Pecado del CEO: La Sumisa Devota    Capitulo 64

    Evangeline.​El brillo del anillo de platino en mi dedo anular todavía me parecía una ilusión, un destello irreal reflejado contra la taza de café que sostenía entre las manos. Aún sentía el eco de la voz del juez resonando en las paredes del penthouse, y el peso de la alianza se había convertido en mi nueva realidad. Pero el tiempo de asimilarlo en la intimidad se había acabado. ​—Nos vamos a la oficina —anunció con voz firme, sin admitir réplica​Me atraganté levemente con el café, abriendo los ojos de par en par. Dejé la taza sobre la isla de la cocina y me puse de pie de un salto, sintiendo que el estómago se me encogía de inmediato.​—¿A la oficina? —repetí, sintiendo que el pánico comenzaba a escalar por mi columna vertebral—. Max, no creo que sea lo mejor. Acabamos de casarnos, afuera es un desastre... hay reporteros acampando en la entrada y tu junta directiva debe querer matarte. Si aparezco ahí contigo hoy, van a destrozarme. No estoy lista para esto.​Maximilian caminó hac

  • El Pecado del CEO: La Sumisa Devota    Capitulo 63

    Maximilian Voss.​El timbre del pasillo privado sonó con un eco seco y autoritario. Dejé el despacho de inmediato, con los pasos firmes sobre el suelo de concreto pulido, y al abrir la puerta principal me encontré con el mensajero blindado de la joyería y el repartidor de la boutique de alta costura. Traían consigo las cajas de seguridad y el portatrajes impecable. Tomé todo sin emitir una sola palabra, firmé los recibos digitales con una rapidez milimétrica y cerré la puerta con pestillo.​No perdí ni un solo segundo. Caminé directo por el pasillo y abrí la puerta de la habitación principal. Evangeline estaba sentada al borde de la cama, con la mirada perdida y los hombros ligeramente encogidos por la tensión de la mañana. Al verme entrar cargando las cajas y la funda, levantó el rostro de golpe, con los ojos muy abiertos por la sorpresa.​—Max... ¿qué es todo esto? —preguntó, con un hilo de voz que apenas lograba sostenerse.​Coloqué el portatrajes y la pequeña caja de terciopelo co

  • El Pecado del CEO: La Sumisa Devota    Capitulo 62

    Maximilian Voss.​—Ven, vamos a comer algo —me dijo Evangeline con una sonrisa luminosa, tomándome de las manos ​—No te preocupes por eso, amor —le contesté con suavidad, rodeando su cintura con un brazo—. Vamos a pedir algo rápido para los dos.​Ella negó con la cabeza de inmediato, ensanchando la sonrisa y con un brillo de ilusión pura en la mirada.​—No, no quiero que pidamos nada —me dijo emocionada, tirando suavemente de mí hacia el pasillo—. Yo quiero hacerte algo. De verdad, me encanta cocinar, es una de las cosas que más disfruto hacer. Déjame consentirte hoy.​No hubo forma de negarme ante esa chispa de entusiasmo. Con una mezcla de ternura y una extraña fascinación que apenas comenzaba a comprender, me dejó llevar por ella hasta la imponente cocina del apartamento. Me indicó con un gesto divertido que me sentara en uno de los taburetes altos de la barra, y obedecí sin apartar los ojos de su figura enfundada en mi camisa blanca.​Me recosté contra la superficie de cuarzo y m

  • El Pecado del CEO: La Sumisa Devota    Capitulo 61

    Evangeline.​El silencio de la mañana en el apartamento de Maximilian tenía una textura completamente distinta a la de cualquier otro lugar en el que hubiera estado antes. ​Me desperté despacio, con los músculos adoloridos de la mejor manera posible, recordando cada instante de locura y entrega en los ventanales. Con sumo cuidado, para no despertarlo, levanté su pesado brazo y me deslicé fuera de la cama. Las sábanas de lino oscuro se deslizaron por mi piel desnuda. Caminé de puntitas por la habitación, buscando alguna prenda suya para cubrirme, y terminé poniéndome una camisa de algodón blanco que le pertenecía; me quedaba enormemente grande, bajando holgada hasta mis muslos y envolviéndome en su rastro, en ese aroma limpio a madera y sándalo que ya se habíavuelto mi refugio.​Salí de la habitación y comencé a caminar por el apartamento, explorando cada rincón con una mezcla de asombro y curiosidad. El lugar era imponente, una obra maestra de diseño moderno y brutalismo elegante. L

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