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Capítulo 3

Author: Romanticuyo
Con solo recordar el desquiciado espectáculo en solitario de anoche, esa ansia enfermiza que llevaba en la sangre creció como la maleza.

Mi síndrome de deseo insaciable volvió a atacarme.

En la parte alta de los muslos sentí oleadas de un cosquilleo ardiente e insoportable; esa sensación de vacío no me dejaba quieta y hasta la respiración se me empezó a agitar sin control.

Ya no aguantaba.

Aprovechando que el supervisor no miraba, agarré de mi bolso el vibrador tipo labial que llevaba conmigo, me escabullí del área de trabajo como una ladrona y empujé la puerta de la escalera de emergencia al fondo del pasillo.

En el área de escaleras de emergencia la luz era tenue y no había nadie.

Me recargué contra la pared de concreto y me subí con ansias la falda ejecutiva entallada para calmar ese calor tortuoso.

Pero cuando apoyaba ese objeto frío bajo la falda, la puerta rechinó. Alguien abrió de improviso la puerta de la escalera de emergencia del piso de arriba.

—¿Quién anda ahí?

El susto me sacudió entera y la mano me tembló con tanta fuerza que no solo me metí el juguete de lleno, ¡sino que sin querer presioné el botón a la máxima potencia!

Al compás de unos pasos firmes de zapatos de vestir sobre los escalones, una figura alta y erguida bajó por el descanso de la escalera.

¡Era Emmanuel!

Llevaba una mano metida en el bolsillo del pantalón de vestir y me miraba desde arriba mientras yo entraba en pánico.

Sus lentes dorados reflejaban la luz pálida de la escalera, por lo que resultaba imposible distinguir sus emociones.

Bzzz…

El zumbido, al principio tenue, resonaba con una fuerza desmedida en el silencio de aquella escalera cerrada. Se me erizó la piel y las piernas se me aflojaron al punto de apenas poder sostenerme.

“¡Ay no! ¡Me va a descubrir!”

Pero Emmanuel pareció no escuchar ese sonido tan vergonzoso; solo se quedó viéndome.

—¿Qué haces escondida aquí en horas de trabajo?

Su voz sonó severa, con la intimidación propia de una figura dominante. Junté las piernas, intentando taparlo todo con la falda; la voz me temblaba.

—Se... señor Santillán... Soy nueva en la empresa. Se me bajó la azúcar y me mareé... Solo quería tomar un poco de aire...

Hablé mientras me pegaba a la pared buscando cualquier oportunidad para escabullirme.

—¿Se te bajó la azúcar?

Emmanuel no se dio la vuelta para irse como yo esperaba; al contrario, bajó dos escalones más y me bloqueó el paso.

El aroma fresco y penetrante de un hombre adulto me envolvió de lleno.

—¿Para tomar aire necesitas esconderte en un punto ciego de las cámaras de seguridad?

Sin alterar la expresión, fijó la mirada en mis ojos húmedos por reprimir el placer; su tono reflejaba una actitud estrictamente profesional que resultaba sofocante.

—Yo... yo solo temía que me viera el supervisor...

Estaba tan angustiada que casi me puse a llorar; buscaba en mi cabeza cualquier pretexto absurdo para quitármelo de encima.

Pero Emmanuel parecía un robot sin empatía; no solo no se fue, sino que continuó interrogándome con una presión abrumadora.

—¿De qué departamento eres? ¿Quién es tu supervisor? ¿No has leído el manual del empleado de la empresa?

Con cada pregunta que me lanzaba, la vibración dentro de mi cuerpo parecía volverse más intensa.

Bzzz…

Ese cosquilleo de alta frecuencia, parecido a una corriente eléctrica, arremetía ola tras ola contra mi cordura.

En medio del pánico atroz a que me descubriera y me delatara cara a cara en cualquier segundo, mis defensas mentales enfermizas terminaron por derrumbarse ante una emoción sin precedentes.

Frente a mí estaba un jefe implacable y dentro de mí, una vibración enloquecedora.

—Yo... yo...

Me mordí el labio y me aferré desesperada con las uñas a la pared rugosa.

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