INICIAR SESIÓN—Señora Valle, el jefe me ordenó… que la embarazara. Durante una fiesta en yate, llevaba un vestido de seda con tirantes y sin sostén, pero el empleado más despiadado de mi padre me arrinconó y me puso en una situación humillante. Me costó mucho escapar, pero cuando nos llevaba a mi esposo y a mí de regreso a casa, inició su “misión”. Nos detuvimos en un semáforo en rojo, como si aquella pausa formara parte de su plan. Mi esposo estaba tirado en el asiento trasero, borracho y perdido. En el asiento delantero, la enorme mano áspera y ardiente de Dylan Valenzuela ya había apartado sin piedad mi tanga delgadita mientras sus dedos húmedos y calientes me penetraban con fuerza.
Ver másTras decir eso, hui al baño. Abrí la llave al máximo. El chorro hirviendo me golpeaba la piel, pero no sentía ni un poco de calor. Cerré los ojos, pero solo pude ver la cara atractiva y maliciosa de Dylan.Estaba perdida. De verdad estaba perdida. Cuando terminé de bañarme y salí del baño envuelta en una toalla, sonó mi celular.Era un mensaje de texto de un número desconocido. Lo abrí.“Estoy abajo, frente a tu edificio”.Era Dylan. Apenas seis palabras, pero sonaban como una orden imposible de desobedecer. El corazón se me desbocó.¿Qué hacía ahí tan tarde? ¡Jefferson estaba en la habitación de al lado! Quise borrar el mensaje y fingir que no lo había visto.Sin embargo, mis dedos no me obedecieron y escribieron:“Bien”.En cuanto lo envié, supe que ya no había vuelta atrás. Me puse una camiseta cualquiera y unos jeans, y salí del cuarto de puntitas. Jefferson ya estaba dormido. Desde su habitación llegaba el sonido de su respiración pausada.Sin vacilar, tomé las llaves, abrí la pue
Era una sensación tan intensa que no había palabras para describirla. Otro hombre me estaba provocando frente a mi esposo y a mis suegros. La culpa y el placer me inundaron.Sentí que un flujo cálido volvía a brotar fuera de mi control. La humedad se deslizó despacio por mi muslo. La sensación pegajosa me hizo desear que me tragara la tierra.En ese momento, Dylan dejó de mover el pie. Pareció notarlo también. Bajó un poco la cabeza y miró el espacio entre los dos.Luego alzó la mirada hacia mí. Su sonrisa triunfal y pícara lo decía todo. Parecía decir: “Otra vez estás bien mojada”. Ya no lo soportaba.—Yo... voy al baño.Me levanté y, por la prisa, me golpeé la rodilla contra la esquina de la mesa.—¿Estás bien, Raquel? —Todos me miraron.—No... no es nada. —Me sujeté la rodilla y corrí al baño como si huyera.Puse el seguro y me apoyé contra la puerta mientras jadeaba. Me miré en el espejo. Tenía la cara encendida y los ojos perdidos, y casi no me reconocí. Me quité el vestido y desc
Todo mi cuerpo se tensó; sentí que se me helaba la sangre. ¿Qué hacía ahí?—Dylan, ya llegaste. Ven, siéntate —dijo mi suegro con entusiasmo—. Gracias por todo el esfuerzo de hoy y por venir hasta acá para entregar este documento tan importante.Así que venía a entregar el documento. Bajé la mirada para ocultar mi nerviosismo. Dylan se quitó el saco y dejó a la vista una impecable camisa blanca. Las mangas, remangadas hasta los codos, dejaban al descubierto sus fuertes antebrazos.Se sentó con naturalidad en el sillón individual frente a mí, como si fuera un invitado habitual de la casa. Al otro lado de la mesa de centro, clavó los ojos en mí.Su mirada era posesiva y agresiva, como si quisiera atravesar mi vestido y descubrir que iba sin ropa interior.Me ardieron las mejillas y junté las piernas.—¿Por qué tienes la cara tan roja? ¿Tienes fiebre? —preguntó mi suegra con preocupación.—No... no. Tal vez hace demasiado calor en la sala —expliqué nerviosa.—¿Sí? Entonces bajaré la tempe
—No tengas miedo —dijo—. Aún tenemos mucho tiempo.Después se puso de pie y me lanzó una última mirada que no supe interpretar. Luego se dio la vuelta y salió del estudio de danza. Solo cuando escuché cerrarse la puerta me derrumbé y comencé a llorar.Me contemplé en el espejo, con la ropa desarreglada y la cara bañada en lágrimas, sumida en la desesperación. ¿Qué iba a hacer?¿Cuándo terminaría aquella absurda misión de mi padre para que me embarazaran?O mejor dicho, ¿de verdad... llegaría a su fin algún día? No lo sabía. Solo sabía que mi cuerpo y mi corazón, fuera de mi control, seguían rindiéndose al deseo que sentía por Dylan.Mientras me perdía en mis pensamientos, el celular volvió a sonar. Creí que era Jefferson otra vez y contesté sin mirar.—¿Hola?—Soy yo.Al otro lado de la línea, la voz de Dylan sonó grave y ronca. Me sobresalté y mi primer impulso fue colgar.—No cuelgues —dijo, como si hubiera adivinado mis intenciones—. Solo quiero recordarte algo.—¿Qué?—Esta noche..
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