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Capítulo cuatro

Author: Hannah Uzzy
last update publish date: 2026-07-13 18:32:03

—Sí, Miggy— gorjeó Luna, con sus dedos descansando posesivamente sobre la mano de Miguel. —El señor Donald es un hueso duro de roer, pero yo sí que sé cómo ganármelo.

Celeste estaba sentada frente a ellos en el desayuno, sintiéndose completamente invisible. No tenía idea de qué trato estaban discutiendo. Los dos charlaban animadamente, sin mirarla ni una sola vez ni intentar incluirla. Cada cucharada de comida le sabía a arena mientras las crueles palabras de Miguel de la noche anterior resonaban implacablemente en su mente.

—Sabes que no me habría casado contigo si el testamento de mi padre no me hubiera obligado... La familia de Luna fue la que creó HemoQ. Si no fuera por ella, habría muerto de anemia de células falciformes hace años.

La ignorancia dolía más que la traición. Ella había sido quien había cuidado de su padre, Bernardo, en sus últimos días. Con su permiso, había recolectado muestras y dedicado años de investigación secreta para desarrollar HemoQ—el medicamento que reducía las complicaciones de la anemia de células falciformes y prolongaba la vida. Había llegado demasiado tarde para salvar a Bernardo, pero había cumplido su deseo de muerte: mantener a Miguel con vida gracias a él. Luna y su familia habían robado sus archivos de investigación y el prototipo, y luego los habían usado para manipularlo. Miguel les había creído a ellos en lugar de a ella.

Cómo se suponía que iba a hablarle de su bebé con Luna rondando constantemente de esta manera?

—Miguel— dijo Luna con brillo en los ojos, apoyando la barbilla en la palma de la mano. —Puedo ir a la gala esta noche? Quiero socializar más. Conocer gente.

El tenedor de Celeste se detuvo en el aire. Se había olvidado por completo de la gala anual de negocios.

—Por supuesto— respondió Miguel, y luego la miró. —Los tres podemos ir juntos, verdad?

Una sensación extraña y vacía se extendió por el pecho de Celeste, pero forzó una sonrisa. —Por supuesto.

Esa noche, el gran salón de baile se sentía asfixiantemente familiar. Celeste conocía a la mayoría de las caras—hombres de negocios y sus esposas a quienes les había sonreído cortésmente durante años—y, sin embargo, nunca se había sentido más fuera de lugar. Cada año, sobrevivía a estos eventos manteniéndose cerca de Miguel. Él la guiaba a través de las conversaciones, haciendo que su presencia hiciera que ese mar de extraños fuera menos abrumador.

Pero esta noche, Luna ya había pasado su brazo por el de él antes de que Celeste pudiera siquiera dar un paso adelante. Luna se posicionaba entre ellos a cada momento, riéndose encantada de los chistes de Miguel, tocando su brazo, acercándose a él. Y Miguel la dejaba.

**Miguel permitía que Luna se aferrara a él porque ella era el rostro de la empresa—una impresionante supermodelo cuyo apellido Vega abría puertas de élite y atraía contratos importantes.** Era bueno para los negocios. Aun así, se sentía extrañamente mal no tener a Celeste a su lado como de costumbre. Su mirada seguía desviándose hacia su esposa a lo largo de la noche, incluso mientras Luna intentaba mantener toda su atención.

—Y el Premio a la Excelencia Empresarial es para... ¡Miguel Carrasco!

La multitud vitoreó ruidosamente. Luna se aferró a él como una sombra mientras él subía a aceptar el premio, y él no la detuvo. Celeste se quedó sola, escuchando los susurros propagarse a su alrededor.

—Quién es esa mujer que está con el señor Carrasco?

—No es Celeste su esposa? O es que tienen problemas?

La vergüenza quemó sus mejillas. Se sentía invisible.

—Cómo puede una mujer tan hermosa como tú estar aquí sola?

Celeste se dio la vuelta. Dos hombres desconocidos la miraban con lascivia, claramente borrachos. El miedo erizó su nuca.

—No estoy sola— dijo con firmeza.

Uno de ellos sonrió aún más. —A mí me parece bastante sola.

—Por favor, déjenme en paz!

En cambio, se acercaron más. El olor a alcohol era insoportable.

—Me gustan las mujeres que se hacen las difíciles— balbuceó uno.

—Aléjense de mí!— chilló Celeste.

**Desde el escenario, los ojos de Miguel encontraron a Celeste.** Una fuerte punzada de celos lo golpeó—aguda y confusa—al verla hablar con esos hombres. No entendía por qué ver eso le molestaba tanto.

El rostro del hombre se oscureció. Antes de que Celeste pudiera retroceder, la empujó con fuerza. Ella gritó al chocar contra una mesa cercana. El vidrio se hizo añicos. Un trozo afilado se hundió profundamente en su palma. El dolor explotó en su mano.

Todo el salón de baile se quedó en silencio, con los ojos puestos en ella.

El corazón de Miguel dio un vuelco. —Celeste!— llamó alarmado y comenzó a correr hacia ella.

Pero Luna gritó dramáticamente. —Miguel! Creo que me esguincé el tobillo!

Él se detuvo. Por una fracción de segundo, estuvo dividido, con la mirada pasando de su esposa sangrando a Luna. Entonces el instinto se impuso. Se volvió hacia Luna, rodeando su cintura con un brazo. —Vamos, te llevaré al hospital.

**Antes de salir de la sala, Miguel llamó rápidamente a Andrew, su asistente personal.** —Ve al salón de baile ahora mismo. Encárgate de Celeste... está herida.

Jadeos y murmullos recorrieron la multitud. Celeste miró con incredulidad cómo su esposo cargaba a otra mujer fuera del salón de baile mientras ella permanecía sentada en el suelo, con la sangre goteando de su mano. Él nunca miró atrás.

Los fragmentos en su palma ardían, pero no eran nada comparados con la nueva grieta que se extendía por su corazón. —Una oportunidad más, Miguel— pensó con amargura, presionando su mano herida contra el pecho. —Una más y me voy.

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