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5. Una respuesta

last update Veröffentlichungsdatum: 20.09.2026 23:13:53

Shneider llegó al estacionamiento, llevaba ese porte autoritario y elegante que lo caracterizaba. Dejó atrás a cada empleado que se estremecía a su paso, y cada obligación de rutina a la cabeza de proyectos de gran envergadura, para dirigirse a sus únicas vacaciones del año. Sin llamadas, reuniones aburridas, ni compromisos de ningún tipo. Dos semanas en completa soledad y silencio apartado del mundo.

Cuando llegó al auto, ya estaba el chofer esperando por él, tal y como le informó su asistente. Le abrió la puerta cortésmente.

—¿Está todo el equipaje que ordené? —indagó sin siquiera ver al hombre al rostro, pasándole por un lado directo al asiento trasero.

Apenas tenía una semana en el puesto, esperaba que no le hiciera perder el tiempo.

—Sí, señor. Exactamente como ordenó.

Cerró la puerta sin más.

Después de un largo rato, Schneider respondía unos últimos mails desde su portátil, instintivamente, apartó la vista de la pantalla y observó por la ventanilla. Frunció el ceño con extrañeza.

Ese no era el camino hacia el aeropuerto.

Desconocía en qué punto de la ciudad se encontraban, pero se trasladaban a través de una zona despoblada y los edificios más altos se vislumbraban a lo lejos. Miró con más atención hacia adelante, por el parabrisas, notando que empezaban a adentrarse en una zona industrial deteriorada.

Cerró el computador y lo colocó junto a él en el asiento.

—¿A dónde diablos te diriges? ¿Acaso no te informaron que voy al aeropuerto? —recriminó ásperamente.

El hombre no hizo más que acomodar el espejo retrovisor y mirarlo a través de él. Cuando sus miradas se encontraron, Shneider notó que una pequeña mueca se asomó en la comisura de los labios.

—¿Me has escuchado? ¿Sabes que esto te provocará un despido seguro? —preguntó indignado.

El chofer continuó conduciendo por unos segundos más, sin contestar a sus amenazas. Hasta que finalmente detuvo el auto y se volvió calmadamente sobre el asiento del conductor sosteniendo una sonrisa maliciosa mucho más evidente.

—Hemos llegado a su suite, señor Schneider —anunció en un timbre todavía más perverso que su sonrisa.

Un frío desconcertante recorrió la columna de Schneider y, fue entonces que su instinto le gritó que debía salir de ahí cuanto antes, por lo que, con un movimiento precipitado y sin continuar con amenazas absurdas, puso la mano en la manilla de la puerta con la intención de obedecer a su instinto. Para su sorpresa, la puerta se abrió bruscamente desde afuera antes de tirar de la manilla.

No hubo tiempo de retroceder, avanzar o tan siquiera asimilar del todo qué sucedía exactamente, pues, un golpe seco y repentino a un lateral de su cabeza transformó el mundo en una completa negrura.

Schneider dio un respingo cuando sus sentidos volvieron a despertar. Lo primero que percibió fue un olor denso y asfixiante a humedad, a lo que le siguió un dolor agudo de cabeza que lo hizo estremecer y soltar un fuerte quejido. Quiso llevarse una mano a la cabeza, pero se encontró con que sus brazos estaban inmóviles.

Alzó el rostro con desespero. La luz era tenue, estaba tirado en el suelo sucio y sus brazos se hallaban atados a algo fuerte y fijo, una columna tal vez. De pronto, de la oscuridad emergió un hombre que nunca en su vida había visto, era alto y su barba tan oscura como la ropa que llevaba puesta.

—¿Quién eres? —preguntó él ferozmente mientras forcejeaba— ¿Qué quieres de mí? ¡Te ordeno que me sueltes! —a pesar de su posición en desventaja, tuvo la osadía de exigirle.

El sujeto no mostró miedo, tampoco un ápice de duda, ni siquiera parpadeó. En cambio, sacó una manopla de metal dorada que destelló con la poca luz y se la acomodó entre los nudillos serenamente. Schneider tragó grueso mientras sentía su propio sudor helado.

—No es nada personal, solo son negocios. Solo es parte del plan —confesó pausadamente, su voz grave pareció hacer eco en cada rincón de ese desconocido lugar.

Schneider apretó los dientes, era la segunda vez en la vida que experimentaba miedo, pero en esta ocasión se mezclaba con cólera. Lo que aquel hombre decía le daba una pista de que alguien se quería deshacer de él, posiblemente alguien cercano.

—Yo puedo…

Aquella frase no se terminó de formular. Ni siquiera una sílaba fue capaz de pronunciar. El objeto de metal se estrelló contra él, una y otra, y otra vez. Desde ese preciso instante empezó su lucha contra la muerte.

...

Mientras tanto, en la habitación de hospitalización, los monitores estallaron repentinamente con pitidos enloquecidos y ensordecedores. Violeta, detuvo su lectura y se levantó rápidamente, sintiendo el sobresalto dentro de su pecho, pero guardando la calma en el exterior.

Por otro lado, Renzo pegó un salto que lo sacó del sofá y se incorporó espantado.

—¡Ahora si se está muriendo! ¿Qué hiciste, mujer? ¡Qué hiciste! —exclamó alarmado, sin atreverse a dar un paso adelante.

—Nada, no hice nada —contestó con calma y se volvió hacia su hermano, notando que estaba demasiado pálido—. Ve por la enfermera… ¡rápido!

Renzo no objetó, solo salió disparado de la habitación, era la excusa perfecta para escapar de esos pitidos y del "medio muerto" sin que se viera como un cobarde.

Violeta regresó su completa atención al desconocido, pese a que el sonido de los monitores empezaba a desafiar su calma, pues, su corazón latía desbocado sin entender qué estaba sucediendo. Esperaba que llegaran las enfermeras rápido. En ese momento, le pareció notar con extrañeza que el paciente tenía gotas gruesas de sudor corriendo por su rostro, por lo que se inclinó ligeramente hacia su rostro. También le pareció que su ceño estaba ligeramente fruncido. En todos los días que lo visitó por pocos minutos, no había distinguido un solo cambio.

Ella resopló con pesar, suponiendo que sentía mucho dolor a pesar de la inconsciencia.

Violeta estrechó delicadamente la mano de él, como si se tratara de lo más frágil que había tocado en su vida. En esta ocasión y, por primera vez, hubo un contacto piel con piel, libre del látex de los guantes quirúrgicos. La piel de él se sentía algo reseca, pero ya no era tan fría como esa primera noche que lo vio. Luego, se aproximó unos centímetros más a su rostro.

—Vas a estar bien… —susurró con la dulzura con la que siempre le había hablado.

Aquella frase, aquella voz cándida que había escuchado el desconocido otras veces, volvió a suavizar su tortura; sin embargo, su roce cálido fue tan vívido que comprendido que se trataba de su mano sujetando la suya.

«¿Quién es ella?» Esa misma pregunta que lo mantuvo aferrado se formuló con más fuerza. Deseaba conocer esa respuesta con desespero y obligó a su cuerpo que moviera alguno de sus músculos. Lo que fuera.

Estaba dando resultados. Sin fuerza, pero con una voluntad feroz, logró abrir apenas los ojos. En un principio, su visión era borrosa, sentía la iluminación de ese mundo exterior tan espantosamente fuerte para sus ojos que resultó doloroso, pero se rehusó a volverlos a cerrar. Entre aquella luz se fue dibujando una silueta, que lentamente se hizo más y más clara.

Ahí esta su respuesta.

Distinguió, no tan lejos de su rostro, el de una chica de piel canela, con una explosión de rizos perfectos con adornos que se perdían en la majestuosidad de esa melena. Le sonrió como si lo conociera de toda la vida, y unos hoyuelos marcaron sus mejillas. Sus ojos oscuros destellaron cuando se cristalizaron.

—Bienvenido… —musitó.

Su voz fue tan baja como si temiera que hiciera daño a sus oídos; sin embargo, para él fue tan claro y reconfortante que opacó el sonido tortuoso de los aparatos.

Ella quiso retroceder, pero la mano de él se cerró alrededor de la de ella con un agarre tan fuerte como su extremidad le permitió, deteniéndola de inmediato.

Violeta observó con sorpresa y a la vez admiración ese movimiento, percatándose del gran esfuerzo que hacía la mano temblorosa del hombre, aunque sintiera un agarre débil. Cuando su mirada regresó al rostro de él, notó que sus ojos estaban más abiertos, fijos en ella, pudiendo distinguir el color aceituna en ellos.

—¿Q-quién eres? —preguntó, con voz ronca, pausada y dolorida.

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