LOGINUn hombre golpeado y dado por muerto en un basurero, sin identidad y sin nadie que respondiera por él. Un pobre sujeto desconocido al que ella quiso cuidar mientras yacía en la camilla de un hospital, sin esperar nada a cambio. Él no recuerda quién es… o eso hace creer. Al despertar decidió fingir amnesia. Es la coartada perfecta para protegerse y descubrir quién lo traicionó, desde el refugio brindado por su salvadora: una modesta repostera. Pero el pasado de ella no deja de perseguirla. Su ex prometido, el mismo hombre que destrozó sus ilusiones con la peor de las traiciones, insiste en recuperarla. Harta de él y para ahuyentarlo, ella acepta la propuesta descabellada del misterioso y, ahora torpe empleado: un matrimonio por contrato. Aquello será objeto de burla y rechazo por tratarse de un empleado “don nadie”, ignorando completamente que se trata del heredero de un conglomerado mundial de arquitectura de lujo. Un hombre perfeccionista, astuto y frío.
View More“Cariño, te espero en el restaurante de siempre. Te tengo una sorpresa.”
Los ojos de Violeta Sánchez se volvieron acuosos tan pronto terminó de leer el mensaje en su móvil. No contestó, solo bloqueó la pantalla y lo guardó en el bolsillo de su delantal. Con un nudo asfixiante en la garganta y unas lágrimas rebeldes comenzando a escapársele, tomó una manga pastelera y continuó decorando el cupcake que tenía justo frente a ella, mientras sus recuerdos traidores empezaban a torturarla reproduciendo la infidelidad de su prometido con lujo de detalles como si acabara de suceder, a pesar de que ya hubiera transcurrido más de una semana de ello. El móvil volvió a sonar dentro del bolsillo, esta vez se trataba de una llamada entrante. Lo ignoró, con el corazón dolorido retumbando en sus oídos junto a la melodía. El móvil no paró de sonar. Con una exasperación que empezaba a superar su dolor, dejó la manga pastelera bruscamente sobre el mesón y sacó el aparato del bolsillo. Se trataba de un número desconocido. Colgó, estando completamente segura de que el descaro de su ex prometido no tenía límites, seguía insistiendo como si nada hubiera sucedido. Al quinto intento, su molestia fue tal que terminó deslizando el dedo por la pantalla con la intención de gritarle que la dejara en paz de una vez por todas. —¡Escúchame bien, pedazo de…!—¿Es usted familiar de la señorita Jazmín Sánchez? —la interrumpió una voz femenina y bastante profesional. Violeta parpadeó un par de veces, con los labios separados y completamente apenada. —S-si… soy su hermana, Violeta Sánchez. ¿Qué sucede? —indagó dubitativa.—Llamo del Centro Médico AltaVista. Su hermana Jazmín acaba de ser ingresada por un accidente automovilístico. Violeta se quedó sin aliento al escuchar la palabra "accidente" en la misma oración que el nombre de su hermana, igual que si le hubieran dado de pronto un fuerte golpe en la boca del estómago. … Después de cruzar apresurada la puerta de emergencias del Centro Médico AltaVista, Violeta se detuvo en un gran pasillo. Lucía algo desaliñada por la prisa, a su moño malhecho que apenas sujetaba su abundante cabellera repleta de rizos se le escapaban algunos mechones rebeldes que caían alrededor de su rostro, y su uniforme, todavía con el delantal puesto, llevaba restos de harina y crema como evidencia de su trabajo como repostera en una pastelería. En medio de su desorientación, finalmente, su vista ubicó un amplio mesón de madera, detrás de él había un par de enfermeras. Estaba identificado como: “ADMISIÓN”. Casi sin oxígeno, Violeta pidió información sobre su hermana, con la angustia destacando en su tono de voz, en los ojos enrojecidos y en sus manos temblorosas. —Señorita Sánchez… tranquilícese —sugirió una de las enfermeras con estoicismo—. Su hermana ya está estable y fuera de peligro. El cuerpo de Violeta pareció irse desinflando, liberando la excesiva tensión e intranquilidad. —¿Dónde está? ¿Qué sucedió exactamente? —Tuvo un accidente fuerte, por lo que fue ingresada de emergencias con una grave fractura en el brazo izquierdo y golpes —explicó con seguridad, pero con un timbre indulgente—. El equipo médico decidió ingresarla de inmediato a quirófano para evitar complicaciones. Ella ya salió de la cirugía y está en el área de recuperación post-operatorio bajo los efectos de la anestesia, pero estable. Violeta resopló más aliviada y juntó sus manos. —Gracias a Dios, gracias. —Ahora, puede ir a la sala de espera del segundo piso. Informaré que un familiar de la señora Jazmín estará allá. Justo cuando la enfermera terminó de darle la instrucción y los sentidos de Violeta empezaban a sosegarse por completo, un estruendo metálico, gritos y tenis rechinando sobre el piso pulido, estallaron en el pasillo de emergencias. —¡Código rojo! ¡Abran paso! ¡Código rojo! —se distinguió en uno de los gritos. Inevitablemente, Violeta se volvió hacia el alboroto. Dos hombres arrastraban una camilla a las carreras, mientras uno más atendía al paciente. Estupefacta, Violeta siguió la escena con la mirada. La sangre chorreaba de la camilla, dejando una línea carmesí en aquel suelo reluciente. Uno de los paramédicos intentaba estabilizar al sujeto con un respirador manual, pero la cara del hombre estaba tan impresionantemente cubierta de sangre e inflamada que resultaba irreconocible. El traje de alta costura y evidentemente hecho a la medida que llevaba puesto, estaba empapado, sucio y rasgado, dándole a la escena un nivel todavía más perturbador. Casi todo el personal disponible en el área se puso en marcha, incluso, las enfermeras tras el gran mesón tomaron los teléfonos y empezaron a hacer llamaras con premura. Al mismo tiempo, de una de las habitaciones contiguas salió un médico de mediana edad y cabello blanco, para unirse a la urgencia con sorprendente rapidez. Violeta estuvo enmudecida siendo testigo del impactante e inesperado “Código Rojo” de emergencias; sin embargo, sus ojos fueron incapaces de apartarse de encima del hombre ensangrentado que pasaron justo delante de ella rumbo a un punto del hospital totalmente desconocido para Violeta. Fue escalofriante. Jamás en su vida había visto tanta sangre y sentía que su rostro se había quedado sin ella. … —Violeta, ya deja de mirarme como si estuviera en etapa terminal —pidió Jazmín con voz ronca, intentando mantener su habitual tono mordaz—. Solo son algunos rasguños. Unas horas más tarde, al anochecer, Jazmín descansaba en una habitación del Centro Médico. Violeta había permanecido en la silla junto a la cama sin apartarse de su hermana ni por un segundo. Jazmín tenía hematomas oscureciéndole gran parte de su piel tostada, un collar ortopédico que la obligaba a mirar al techo y el brazo izquierdo inmovilizado por una gruesa férula de yeso, cuyas gasas se asomaban con ligeras manchas secas de sangre. Violeta sentía un alivio inmenso al saber que su hermana estaba fuera de peligro; sin embargo, le era imposible evitar que su mente suprimiera el rostro desfigurado del hombre en la camilla horas atrás y la sangre destacando por doquier. Quizás se debía a que era la primera vez que veía a la muerte en su forma más cruel respirándole en la nuca a alguien, o tal vez por la coincidencia de que su hermana había sido ingresada poco antes, pero lo cierto era que esa imagen la aislaba por momentos. —Cariño, te ves agotada. Has estado aquí todo el día —intervino su madre, sacándola de sus pensamientos—. Tu padre y yo nos quedaremos esta noche, ve a descansar. —Pero… —quiso replicar. Antes de que pudiera continuar, su madre le extendió una carpeta manila. —Lleva esto a la administración. Son unos recaudos del seguro médico que faltan para completar el ingreso. Luego, ve directo a casa —insistió su padre con firmeza. Violeta resopló, advertía el peso de un día abrumador. Obedientemente, se puso de pie y se acercó a la cama. —No seas chillona, voy a estar bien —agregó Jazmín, más somnolienta por la medicación. Violeta esbozó una media sonrisa cargada de ternura, e inclinó el rostro para dejarle un beso rápido en la frente. —Nos vemos mañana —murmuró—. No le des problemas a las enfermeras, Superwoman pirata —dijo tan mordaz como podía ser su hermana, para luego darse la vuelta y encaminarse a la puerta. Tal y como le pidieron sus padres, Violeta se dirigió a la oficina administrativa. En el momento justo en el que ella cruzó el umbral, un grito feroz silenció el murmullo y los tecleos en los computadores de la oficina: —¡Al carajo los protocolos burocráticos! Violeta se frenó en seco, clavando su atención en dos hombres, al igual que todo el personal que laboraba en el lugar. Su buena memoria le permitió reconocer a uno de ellos, a aquel médico de cabello canoso en emergencias que corrió junto a la camilla horas atrás, el hombre se veía bastante alterado. Frente a él, el jefe administrativo lo miraba con una expresión de completa apatía. —Ese hombre no soportará un traslado. ¡Va a morir si lo sacan de aquí! ¿No lo entiendes? —insistió el médico a punto de perder el control. —Doctor Núñez, nadie ha aparecido para responder por el hombre. Un paciente no identificado, que entró como código rojo desangrándose, no puede permanecer en terapia intensiva sin un seguro médico, ni nadie que pague las cuentas. Usted conoce perfectamente los costos —replicó con una calma irritante. El médico soltó un gruñido exasperado. —Yo no firmaré ninguna aprobación de traslado. —No se preocupe por eso, doctor. Ya todo está arreglado. La respuesta cínica del jefe administrativo removió algo en Violeta. Aquella imagen del hombre destrozado que estuvo persiguiéndola en el transcurso del día, volvió a presentarse con más intensidad. Estaba completamente segura de que se trataba de la misma persona gracias a la connotación: “Código Rojo”. Imaginó a Jazmín, a su hermano Renzo o a alguien cercano siendo desechado a su suerte de la misma manera. —¡Yo cubriré los gastos! —soltó Violeta de repente.Dos semanas más tarde, Violeta aguardaba oculta tras una inmensa columna de granito, muy cerca de la entrada principal del Conglomerado Schneider. Respiraba hondo, reuniendo toda la sensatez que le quedaba para no estallar, después de haber intentado acercarse al "Dictador" tres veces más como una ciudadana común, sin lograr el menor éxito. Durante esa travesía, mientras comprobaba cuán inaccesible y detestable era el sujeto, se armaba de una paciencia sobrehumana para no alimentar un odio visceral hacia un hombre al que ni siquiera conocía en persona. Ese iba a ser el quinto y último intento en son de paz, si fracasaba, no quedaba más remedio que ir a una disputa legal frente a un Conglomerado tan poderoso; aunque, de ninguna manera permitiría que le arrebataran su Sede Matriz, el lugar que guardaba su sudor y la memoria de sus abuelos. El sedán blindado de Schneider ya aguardaba en la acera principal con el chofer sosteniendo la puerta abierta cuando la figura erguida de Elliott
Desde la profundidad de su letargo, los verdaderos sueños de Violeta, de esa noche, la arrastraron a aquellos días exasperantes en los que la Sede Matriz de La Roseta comenzaba a recibir las primeras amenazas del Conglomerado Schneider. La situaron justo antes de cruzar las puertas de un exclusivo restaurante. Violeta se tomó un momento para tomar aire y verificar que su apariencia estuviera en orden. Se pasó la mano por la cabeza para asegurarse de que no hubiera un solo rizo rebelde escapando del rígido moño que se había hecho. Luego, con la palma, se planchó las solapas del traje sastre gris plomo que le había pedido prestado a Jazmín, era la prenda más opaca y carente de gracia que había vestido en toda su vida. No se sentía muy a gusto con ese aspecto, pero deducía que al sujeto con el que estaba a punto de reunirse le molestaban los color y cualquier vestigio de alegría. Eran sus conclusiones después de haberse dedicado días enteros a rastrear los movimientos de Elliott Shn
Tras escuchar las palabras de Violeta, Elliott elevó las cejas con total desconcierto. —¿Ya llegué...? —murmuró Elliott después de tragar grueso— ¿C-cómo? ¿Acaso me estabas esperando? ¿O... a alguien más? Violeta soltó una queda risita, sin retirar la palma de su pecho. Deslizó los dedos con torpeza sobre la piel tibia de su torso, sintiendo la firmeza de sus pectorales. A pesar de que habían transcurrido muchas semanas de inactividad obligatoria y la falta de sus dietas rigurosas, Elliott todavía conservaba la estructura esculpida de sus años de entrenamiento disciplinado. —Pues, claro que a ti, Paúl... ¿Por qué lo preguntas? Si tú mejor que nadie lo sabe —arrastró las palabras con letargo, pestañeando despacio—. Siempre apareces en mis sueños desde que te visito en el hospital. Todas las noches estás ahí en mi cabeza, en mis sueños, erguido, mirando feo a todo el mundo y poniendo esa cara arrogante en donde parece que dices: “Malditos plebeyos.” Pero respeto tu personalidad. Ca
A medida que Elliott se adentraba en la habitación, advertía la sutil fragancia a lavanda y coco que envolvía el ambiente, lo cual le recordaba la presencia de Violeta. Supuso que su olfato había quedado impregnado de esa esencia debido a su cercanía durante toda la velada. Agotado como estaba, no se detuvo a detallar la habitación y lo que había en ella, le bastó con notar sus peculiares tonos pastel y hallarla lo suficientemente acogedora para el descanso. Nada de qué extrañarse, dada la pintoresca personalidad de la mayoría de los miembros de esa familia. Se quitó el saco, desabrochó la corbata con prisa y se encaminó al baño privado. Sin perder un minuto, se tomó una ducha rápida con agua tibia, lo que le devolvió el alivio a los músculos atrofiados. Vistiéndose únicamente con un pantalón cómodo de dormir, apagó todas las luces, solo dejando que se filtraran los rayos de luna a través de una de las ventanas, y se metió a la cama. Últimamente, necesitaba dormir ligero de ropa, p






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