MasukEl rostro Violeta se iluminó con una extensa sonrisa, seguidamente celebró con pequeños aplausos silenciosos. En ese momento, era testigo de cómo el paciente misterioso era ingresado a una lujosa habitación de hospitalización, minutos después de haber sido dado de alta del UCI. Ella experimentaba una inmensa satisfacción al saber que la vida del desconocido ya no estaba pendiendo de un hilo.
Día tras día Violeta visitó a aquel hombre en los breves lapsos de tiempo que le permitían, como lo prometió. Su esperanza estaba intacta, a pesar de que, a veces, el paciente presentara altibajos. Doce días después de haberse hecho responsable de él, Violeta recibió la grata noticia de que la inflamación en su cerebro estaba cediendo significativamente y que ya respiraba por sí solo, por lo que, los médicos le pidieron que fuera a firmar la autorización para el traslado del paciente. Sin pensarlo dos veces, Violeta interrumpió su trabajo en la pastelería y salió disparada hacia el hospital. Esa mañana, Renzo la acompañó a regañadientes. Tras la insistencia incesante de Henry, se había autoproclamado una especie de guardaespaldas de su hermana más pequeña. En ese momento, estaba de pie detrás de Violeta, con los brazos cruzados y tensos, observando con demasiada incomodidad cómo el personal médico instalaba al sujeto entre cables y monitores. A su parecer, ese hombre tan lleno de lesiones era una escena que rayaba en lo dantesco. El paciente tenía moretones que empezaban a verse verdosos y amarillentos por toda su cara, con algunas suturas en la mandíbula y en una de sus cejas, a esa imagen se le sumaba la cabeza envuelta por vendajes. Se preguntaba qué tan "rota" la tenía. Esas eran solo las lesiones que distinguían a simple vista. A pesar de que todavía no se podían apreciar las facciones del paciente claramente, ante los ojos de Violeta, empezaba a parecer más a un ser humano y lo más importante, cada día tenía más vida. —Carajo… qué mala suerte la de este tipo —masculló Renzo, negando con la cabeza. —¿Qué dijiste? —preguntó ella, girándose hacia él con curiosidad. Renzo se aclaró la garganta, orgulloso. —Que no puedo creer que me esté prestando para este disparate —dijo de malagana, intentando disimular lo mucho que le impactaba la imagen del desconocido. Entre gruñidos se dejó caer en un cómodo sillón y sacó su móvil para entretenerse mientras su peculiar hermana decidiera volver al trabajo. Algunos minutos más tarde, después de que el personal médico saliera de la habitación, Violeta se aproximó con más confianza al hombre y esbozó una cálida sonrisa. —Es un gran avance —le dijo suavemente—. Ahora puedo estar un poco más de tiempo acompañándote hasta el día en que despiertes. Dicho esto, y ante la mirada indiscreta de Renzo, Violeta tomó cuidadosamente una de las sillas de la habitación evitando hacer mucho ruido y la instaló junto a la cama del paciente, se puso cómoda en ella y de su bolsa sacó un libro con gran entusiasmo. Parecía haber estado esperando ese momento desde hacía días. —¿Qué se supone que haces? —indagó Renzo al no entender qué pretendía ella. Violeta se volvió sobre la silla hacia su hermano y levantó el libro. —Dicen que leerle a una persona en coma estimula el cerebro. También que las visitas constantes ayudan a que sus signos vitales respondan mejor. He leído muchos artículos al respecto —contestó con total seguridad, parecía haberse empapado en el tema durante su tiempo libre. Renzo viró los ojos y soltó un sonoro suspiro, pero no protestó ni mencionó una sola palabra. Solo se resignó. Así era Violeta, siempre esa había sido Violeta. «Al menos el moribundo la distrae del "ratabogado"». Pensó Renzo. Violeta había escogido de su colección de clásicos al Conde de Montecristo, se hubiera inclinado por uno netamente romántico, pero sabía que ese estilo no era la predilección de la mayoría de los hombres. Abrió el libro y empezó a adentrarse entre sus primeras páginas. No habían transcurrido ni diez minutos de lectura cuando ella hizo una pausa, distrayéndose por los ronquidos de Renzo desde el sofá. Hasta se había recostado cómodamente y abrazaba un cojín. Dormía plácidamente. Sus ojos volvieron al texto y continuó. “El armador lo miró con fijeza, admirado ante la serenidad de aquel muchacho que, a pesar de la tormenta y el luto, mantenía el timón firme con una autoridad natural que nadie se atrevía a disputar…” «Autoridad» «Autoridad» «Autoridad» Aquella palabra se fue reproduciendo como un eco en la negrura del letargo del hombre que yacía en la cama, pronunciadas con esa voz cándida y femenina que había ido y venido una y otra vez atravesando ese extraño limbo en el que se hallaba. De pronto, la negrura de ese limbo desapareció, también el pitido constante muy en el fondo que a veces le perturbaba y no podía hacer nada para dejar de escucharlo. Se encontró detrás del escritorio de una inmensa oficina con una vista magnífica de la ciudad, firmando una pila de documentos con unos trazos perfectos y refinados. Cuando terminó de asentar su firma, cerró la tapa de su pluma dorada emitiendo un chasquido y la dejó sobre el escritorio. Recogió la manga del saco de su traje italiano lo suficiente como para ver la hora en su Patek Philippe favorito. —¿Hay algo más que firmar antes de mi partida? —indagó con una serenidad cortante, luego, posó su vista fría en su tensa asistente personal. —N-no señor, eso es todo —contestó la mujer en el momento en que tomó las carpetas del escritorio con tanta cautela como si él fuera a morderla—. El auto ya lo espera abajo para llevarlo al aeropuerto. —Bien —se puso en pie abotonándose el saco—. Recuerda mis instrucciones: no me molesten bajo ninguna circunstancia durante las siguientes dos semanas. —Pero, señor… ¿qué protocolo seguimos si surge alguna eventualidad con alguno de los inversionistas? —se atrevió a preguntar. Él afiló la mirada en ella, y un especial desdén en la pañoleta de lunares de colores que llevaba en su cuello. Instantáneamente, el ambiente en la oficina se hizo más denso para la asistente. —Para empezar, te sugiero que no vuelvas a utilizar colores que desentonen con el uniforme sobrio de la oficina —agregó indiferente— Y con respecto a tu pregunta: ¿Acaso mi español es confuso? —interrogó con esa calma que generaba escalofríos— Dije claramente que no me molestaran. Les dejé todo en orden como para que puedan sobrellevar mi ausencia, están en la capacidad de resolver asuntos importantes. Pago los mejores sueltos de la industria para tener personal competente. Si no logran resolver, a mi regreso estará medio personal despedido. ¿De acuerdo? La asistente asintió insistentemente, con la sangre helada. —Sí, señor —apenas se escuchó su voz. —Sí, y solo si, el edificio se incendia, pueden recurrir a mi tía. Ella estará a cargo de las emergencias realmente importantes mientras no esté. Él recogió su portafolios y dejó atrás la vista panorámica la ciudad, pasando frente a su asistente casi petrificada. —Buen viaje, señor Shneider.Dos semanas más tarde, Violeta aguardaba oculta tras una inmensa columna de granito, muy cerca de la entrada principal del Conglomerado Schneider. Respiraba hondo, reuniendo toda la sensatez que le quedaba para no estallar, después de haber intentado acercarse al "Dictador" tres veces más como una ciudadana común, sin lograr el menor éxito. Durante esa travesía, mientras comprobaba cuán inaccesible y detestable era el sujeto, se armaba de una paciencia sobrehumana para no alimentar un odio visceral hacia un hombre al que ni siquiera conocía en persona. Ese iba a ser el quinto y último intento en son de paz, si fracasaba, no quedaba más remedio que ir a una disputa legal frente a un Conglomerado tan poderoso; aunque, de ninguna manera permitiría que le arrebataran su Sede Matriz, el lugar que guardaba su sudor y la memoria de sus abuelos. El sedán blindado de Schneider ya aguardaba en la acera principal con el chofer sosteniendo la puerta abierta cuando la figura erguida de Elliott
Desde la profundidad de su letargo, los verdaderos sueños de Violeta, de esa noche, la arrastraron a aquellos días exasperantes en los que la Sede Matriz de La Roseta comenzaba a recibir las primeras amenazas del Conglomerado Schneider. La situaron justo antes de cruzar las puertas de un exclusivo restaurante. Violeta se tomó un momento para tomar aire y verificar que su apariencia estuviera en orden. Se pasó la mano por la cabeza para asegurarse de que no hubiera un solo rizo rebelde escapando del rígido moño que se había hecho. Luego, con la palma, se planchó las solapas del traje sastre gris plomo que le había pedido prestado a Jazmín, era la prenda más opaca y carente de gracia que había vestido en toda su vida. No se sentía muy a gusto con ese aspecto, pero deducía que al sujeto con el que estaba a punto de reunirse le molestaban los color y cualquier vestigio de alegría. Eran sus conclusiones después de haberse dedicado días enteros a rastrear los movimientos de Elliott Shn
Tras escuchar las palabras de Violeta, Elliott elevó las cejas con total desconcierto. —¿Ya llegué...? —murmuró Elliott después de tragar grueso— ¿C-cómo? ¿Acaso me estabas esperando? ¿O... a alguien más? Violeta soltó una queda risita, sin retirar la palma de su pecho. Deslizó los dedos con torpeza sobre la piel tibia de su torso, sintiendo la firmeza de sus pectorales. A pesar de que habían transcurrido muchas semanas de inactividad obligatoria y la falta de sus dietas rigurosas, Elliott todavía conservaba la estructura esculpida de sus años de entrenamiento disciplinado. —Pues, claro que a ti, Paúl... ¿Por qué lo preguntas? Si tú mejor que nadie lo sabe —arrastró las palabras con letargo, pestañeando despacio—. Siempre apareces en mis sueños desde que te visito en el hospital. Todas las noches estás ahí en mi cabeza, en mis sueños, erguido, mirando feo a todo el mundo y poniendo esa cara arrogante en donde parece que dices: “Malditos plebeyos.” Pero respeto tu personalidad. Ca
A medida que Elliott se adentraba en la habitación, advertía la sutil fragancia a lavanda y coco que envolvía el ambiente, lo cual le recordaba la presencia de Violeta. Supuso que su olfato había quedado impregnado de esa esencia debido a su cercanía durante toda la velada. Agotado como estaba, no se detuvo a detallar la habitación y lo que había en ella, le bastó con notar sus peculiares tonos pastel y hallarla lo suficientemente acogedora para el descanso. Nada de qué extrañarse, dada la pintoresca personalidad de la mayoría de los miembros de esa familia. Se quitó el saco, desabrochó la corbata con prisa y se encaminó al baño privado. Sin perder un minuto, se tomó una ducha rápida con agua tibia, lo que le devolvió el alivio a los músculos atrofiados. Vistiéndose únicamente con un pantalón cómodo de dormir, apagó todas las luces, solo dejando que se filtraran los rayos de luna a través de una de las ventanas, y se metió a la cama. Últimamente, necesitaba dormir ligero de ropa, p
El vino espumoso pareció eliminar cualquier rastro de cautela en Violeta y multiplicar su intriga a niveles exponenciales. Estaba orgullosa de poseer una excelente memoria, pero el hecho de no lograr identificar de inmediato el origen de ese recuerdo la hizo tomárselo como un reto. Violeta le entregó a su hermana las copas vacías, dejándola completamente confundida. Avanzó con pasos rápidos y decididos a través del salón, mientras saludaba apenas con un movimiento de cabeza a las tías y primos que acababan de llegar, sin perder de vista su objetivo. Sin dudarlo, se le plantó enfrente a Paúl, invadiendo su espacio personal de imprevisto. La irrupción fue tan inesperada que Elliott cortó la frase que le decía a Francisco a la mitad. Su suegro y Renzo dieron un paso atrás por inercia, sorprendidos por la determinación de Violeta. Al verla tan cerca, con las mejillas sonrojadas, un brillo travieso en los ojos y acortando más y más la distancia entre ambos, el ego de Elliott asumió que
—¡Que vivan los novios! —exclamó la abuelita Hortensia, a la vez que se ponía de pie con un aplauso entusiasmado al que se unieron rápidamente don Francisco y la señora Valentina. El bullicio rompió con esa burbuja en la que Violeta y Elliott permanecían hechizados. Ella forzó una sonrisa hacia los presentes y, dispuesta a tomar distancia antes de que sus piernas terminaran de traicionarla, dio un par de palmaditas secas y suaves sobre el pecho de su esposo, ahora notando, muy a su pesar, la solidez de sus músculos bajo la tela. Las nuevas sensaciones que aquella mujer despertaba en Elliott estaban haciendo estragos en su autocontrol. Desde ese momento, empezaba a aceptar todos esos síntomas ilógicos con un placer adictivo, ahora que identificaba la causa exacta. Cuando su mano sintió que Violeta tomaba distancia, tuvo el impulso de volverse a aferrar a la estrechez de su cintura para volver a pegarla a él, pero enseguida, el choque estridente de las copas de cristal en el salón,







