LOGINTodo esto se sentía como una pesadilla envuelta en seda. En menos de veinticuatro horas, mi situación había cambiado de forma drástica: de ser una mujer abandonada en las calles de Nueva York, ahora era la esposa legítima, reconocida por la ley, de Gabriel Vance.
Esa tarde, Harrison me condujo por la majestuosa mansión de estilo gótico. El suave eco de nuestros pasos resonaba sobre el lujoso mármol. Mientras recorríamos el lugar, el anciano me explicó con detalle cada una de mis responsabilidades y las estrictas normas que debía obedecer.
—Siento que eres una muy buena mujer, Cyara —dijo Harrison de pronto, deteniendo sus pasos por un instante y mirándome con calidez—. Ese niño es muy sensible con los desconocidos. Es muy raro ver que Luca confíe tan rápido en alguien.
Al escuchar aquel elogio, apenas esbocé una tenue sonrisa cargada de amargura.
¿Cómo no iba a saber tratar con los niños? Durante los cinco años de mi matrimonio con Gavin, me obligaron a cuidar gratuitamente de Ronald, el insoportable hijo de Sheina, sin recibir ni un solo centavo a cambio. Todo mi esfuerzo y mi cansancio fueron ignorados por la familia Wilson, como si no fuera más que una sirvienta sin sueldo en su propia casa. La herida de mi pecho volvió a palpitar con fuerza al recordar lo crueles que habían sido conmigo.
—Tu principal responsabilidad en esta casa es sencilla —continuó Harrison, sacándome de mis recuerdos—. Concéntrate en cuidar de Luca y jugar con él. En cuanto a los asuntos personales del Gran Señor... recuerda que no debes ser insolente ni entrometerte bajo ninguna circunstancia.
Asentí lentamente.
—Lo entiendo, señor Harrison.
—Y hay una prohibición que es la más grave de toda esta mansión —dijo Harrison con un tono que de repente se volvió mucho más serio y grave.
Fruncí ligeramente el ceño.
—¿Cuál es?
—No puedes poner un solo pie en el tercer piso. Bajo ninguna circunstancia —explicó Harrison, mirándome fijamente a los ojos—. La anterior niñera de Luca se atrevió a subir al tercer piso para seducir al Gran Señor. ¿Sabes qué le ocurrió?
Un escalofrío me recorrió la espalda.
—¿Qué?
—El Gran Señor la arrojó viva por la ventana del tercer piso —susurró Harrison, completamente inexpresivo—. Murió de forma espantosa sobre el mármol del jardín.
Sentí que mi corazón dejaba de latir por un instante. Un frío intenso ascendió desde las plantas de mis pies hasta la cabeza. La imagen de aquella mujer muriendo de forma tan trágica apareció con total claridad en mi mente.
—Compórtate de la mejor manera posible delante del señor Gabriel si aún aprecias tu vida —añadió Harrison como último consejo.
Luego metió la mano en el bolsillo de su chaqueta y me entregó un libro bastante grueso, encuadernado en cuero negro sin ningún adorno.
—Lee este libro y aprende todo su contenido para que conozcas todas las normas y prohibiciones de la mansión Vance.
Harrison me entregó el libro justo cuando nos detuvimos frente a la puerta de la habitación de Luca, y luego se dio la vuelta para marcharse, dejándome sola.
La tarde envolvía Nueva York bajo un cielo dorado. Después de pasar varias horas estudiando el contenido del libro negro —que resultó ser una lista con decenas de complicadas prohibiciones dentro de esta casa—, sentía que la cabeza estaba a punto de estallarme.
En la espaciosa sala de juegos, Luca permanecía tranquilamente sentado sobre una alfombra de pelo largo, con la mirada fija en el enorme televisor donde transmitían su caricatura favorita. El pequeño ya estaba limpio y olía muy bien después del baño que le había dado hacía un rato. Ver su inocente y sereno rostro logró aliviar un poco la ansiedad que oprimía mi pecho.
El sonido del teléfono dentro del bolsillo de mi vestido me sobresaltó. En la pantalla apareció un número desconocido, sin nombre. Con cierta vacilación, presioné el botón verde y acerqué el teléfono a mi oído.
—Cyara.
Aquella voz de barítono, grave, profunda y llena de autoridad, golpeó de inmediato mis oídos.
—S-sí, ¿señor Gabriel? —respondí nerviosa, apretando con fuerza el borde de mi vestido.
—Ven ahora mismo a mi despacho, en el segundo piso. Quiero hablar contigo —dijo Gabriel con frialdad. Sin esperar mi respuesta, colgó la llamada de inmediato.
Me quedé completamente inmóvil. El teléfono en mi mano se sentía increíblemente pesado. Aquella llamada inesperada hizo que todas mis fuerzas desaparecieran en un instante.
Mi mente comenzó a divagar sin control, recordando una por una las advertencias que Harrison me había hecho esa tarde. ¿Acaso había cometido un grave error frente al señor Gabriel sin darme cuenta? ¿Había infringido alguna de las reglas escritas en aquel libro negro? ¿O pensaba deshacerse de mí porque se arrepentía de este matrimonio por contrato?
Todas aquellas terribles suposiciones desfilaron sin control por mi cabeza, haciendo que mi pecho subiera y bajara presa del pánico.
Giré la cabeza hacia Luca, que seguía absorto viendo sus caricaturas, y luego miré la puerta de la habitación. Enfrentar a un jefe de la mafia capaz de arrojar a una persona por una ventana en cualquier momento no era algo sencillo. Sin embargo, sabía que no tenía otra opción que enfrentarlo.
Con la respiración entrecortada y reuniendo todo el valor que pude, salí de la habitación y avancé por el corredor del segundo piso en dirección al despacho del soberano.
POV de GabrielUna hora después, tres SUV negros con matrículas blindadas recorrieron a toda velocidad las principales avenidas de la ciudad antes de frenar con precisión en la explanada de la exclusiva clínica privada de Valleria Sterling. Sin esperar ninguna orden, seis guardaespaldas corpulentos, vestidos con trajes a medida, se adelantaron y redujeron en cuestión de segundos al personal de seguridad que custodiaba la entrada.¡Bang!La gruesa puerta de cristal, bloqueada por un sistema de cierre automático, cedió a la fuerza ante el brutal impacto del hombro de uno de mis guardaespaldas. La alarma de seguridad emitió un sonido estridente y apagado al mismo tiempo, haciendo vibrar los cristales de las ventanas a lo largo del pasillo.Varios miembros del personal médico que aún permanecían en el vestíbulo gritaron aterrorizados y retrocedieron precipitadamente cuando entré en el recinto. La rigidez de mis pasos y el aura asesina que emanaba de mi cuerpo congelaron a todos los presen
POV de GabrielEl líquido de color ámbar se derramó sobre la superficie del escritorio de madera de Jackson, empapando los bordes de los documentos del acuerdo de cooperación, que ahora habían perdido todo su valor. Mis manos aún se aferraban al borde de la mesa, conteniendo el impulso salvaje de saltar sobre él y destrozarle la mandíbula a aquel bastardo que tenía delante.Jackson no se inmutó en absoluto. Se limitó a echar un vistazo a la mancha de whisky que inundaba su escritorio y luego alzó lentamente la mirada hacia mí, con una comisura de los labios levantada en una sonrisa tenue, cargada de una provocación gélida.—¿Una mujer? —Jackson soltó una risita y se recostó en su silla de cuero con una tranquilidad exasperante—. ¿Qué mujer, Gabriel? ¿Acaso no acabas de celebrar tu fastuoso compromiso con la hija única de la familia Sterling? No me digas que has perdido a tu preciosa prometida en menos de doce horas.—¡No juegues conmigo, Jackson! —espeté entre dientes, con la voz reso
POV Gabriel¡Bang!Una pequeña flecha plateada se clavó exactamente a dos centímetros de los dedos de Valleria, golpeando la superficie del escritorio con un estruendo seco.La sonrisa maliciosa que adornaba el rostro de aquella mujer desapareció al instante. Valleria dejó escapar un grito ahogado y retrocedió de golpe hasta que su espalda chocó contra la estantería. Sus ojos se abrieron de par en par, clavados en la flecha que aún vibraba ligeramente sobre el escritorio, antes de desplazarse lentamente hacia mí, que ya me encontraba erguido entre las sombras de la habitación.—¿G-Gabriel...? —susurró Valleria, con la voz rígida y temblorosa—. ¿No... no estabas dormido?Salí de entre las sombras.La dosis de sedante que habían mezclado en aquel té no había sido suficiente para dejarme fuera de combate. Mis iris la observaron con frialdad, como si fueran capaces de quemar el vestido rojo que se ceñía a su cuerpo mediante una intimidación absoluta.—¿Qué estás buscando ahí, Val? —pregun
POV GabrielHabían pasado treinta y seis horas, y la ciudad de Nueva York parecía haberse tragado a Cyara sin dejar ni una mota de polvo. Toda la red de inteligencia de Vance, desde el hackeo de los satélites de tráfico hasta la vigilancia de puertos y aeropuertos privados, no había encontrado ni el más mínimo rastro. El hombre de la chaqueta de cuero que la había sacado del hospital se había movido con una precisión impecable, sin dejar la menor grieta y con una eficiencia aterradora.Este secuestro no era obra de un matón callejero ni una amenaza de un aficionado. Había sido ejecutado por un sicario de alto nivel con una ejecución profesional de primer orden.La sangre dentro de mi cuerpo se congelaba cada vez que imaginaba a Cyara—débil y llevando en su vientre a nuestro hijo—bajo la amenaza del arma de aquel hombre desconocido.Con pasos pesados y un cansancio que me carcomía hasta los huesos, entré en la mansión. El silencio me recibió en el vestíbulo principal.Antes, cada vez q
POV de GabrielLa lujosa fiesta de compromiso de anoche no hizo más que dejar un vacío asfixiante. En lugar de sentir satisfacción o victoria por mi nuevo compromiso con Valleria, mi pecho se sentía cada vez más oprimido por una ansiedad abrasadora. El nombre de Cyara seguía resonando en mi mente, como un eco interminable que se negaba a desaparecer.Esta mañana, mi mansión estaba envuelta en un silencio gélido. Permanecía de pie junto al enorme ventanal, dejando que la taza de café negro que sostenía entre las manos se enfriara sin haberla tocado siquiera.—Señor.La voz de Harrison interrumpió mis pensamientos. Entró con una expresión mucho más tensa de lo habitual.Giré rígidamente la cabeza y lo miré con unos iris afilados como los de un águila, cargados de intimidación.—¿Ya encontraste su paradero?—Logramos rastrear los últimos movimientos de la señora Cyara —respondió Harrison en voz baja—. Esta mañana acudió al Hospital General del Sector Seis. Según los registros administrat
POV CyaraEl teléfono de pantalla negra que había comprado hacía apenas unas semanas yacía cubierto de polvo en el fondo del cajón de la mesita de noche. Desde que había puesto un pie en este apartamento, había apagado deliberadamente el teléfono y lo había guardado bajo llave. Quería vivir en paz, no quería que nadie me molestara. Ni siquiera Tyson, el hombre al que ya consideraba un buen amigo.Me negué a ser testigo de la lujosa fiesta de compromiso que se celebraba esa noche. No quería ver la avalancha de noticias de los medios nacionales que, sin duda, proclamarían la felicidad de Gabriel Vance y Valleria Sterling en todos los titulares. Que el mundo exterior celebrara su felicidad mientras yo me acurrucaba en la oscuridad de mi habitación, abrazando mi vientre que comenzaba a albergar una nueva vida.En medio del silencio de la noche de Manhattan, giré el cuerpo y dejé que las lágrimas contenidas corrieran por mis mejillas hasta empapar la almohada.Esta era la mejor decisión.G







