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Encuentro

Author: Ichigo Ichie
last update Petsa ng paglalathala: 2023-05-06 03:32:35

ENCUENTRO

Al día siguiente, los seis amigos se presentaron en el comedor poco antes de las seis. Como era de esperar, Gregory ya los esperaba, impecable y sereno, junto a la puerta doble del comedor. Mientras desayunaban café fuerte, cruasanes que se deshacían en capas de mantequilla y mermelada de albaricoque, les explicó con detalle meticuloso la naturaleza de su trabajo.

La Villa Imperiale acogería, durante esa semana, el Congreso Anual Internacional de Filosofía y Artes Literarias del Renacimiento. Su tarea consistiría en atender a los invitados —académicos, escritores, mecenas— durante los cócteles, conferencias y comidas que se celebrarían tanto en los fastuosos jardines como en el salón principal de la villa.

La razón de su contratación era lingüística: entre los seis dominaban inglés, español e italiano, y Anne añadía alemán y ruso a la mezcla. Eran un equipo políglota ideal para navegar por el mosaico de idiomas que convergería bajo aquellos techos históricos.

Una vez terminado el desayuno y tras cambiarse a sus uniformes, elegantes pero incómodos, compuestos por camisa blanca, chaleco negro y pantalones o falda oscura, Gregory les dedicó veinte minutos a un recorrido turístico por la villa.

El lugar, reconvertido hacía décadas en biblioteca y centro de estudios, superaba cualquier expectativa. Era amplio hasta la grandiosidad, elegante sin ostentación, pulcro como un relicario. Los techos abovedados parecían querer tocar el cielo, y los enormes ventanales, adornados con vitrales que filtraban la luz del sol en manchas de color rubí, zafiro y ámbar, proyectaban un espectáculo cambiante sobre los suelos de mármol pulido.

Cada rincón escondía un detalle nuevo: una gárgola sonriente escondida en un capitel, un fresco casi borrado que narraba una escena mitológica, el brillo del latón en los pomos de puertas centenarias. Era, sencillamente, impresionante. Un lugar donde la admiración nunca encontraba techo.

La tarde, después del turno en el cóctel de bienvenida, los encontró exhaustos. Estar de pie durante horas, cargando bandejas pesadas, sonriendo hasta que les dolían los pómulos y memorizando pedidos intrincados de vino no era precisamente la idea de vacaciones que tenían en mente.

Sin embargo, había que reconocerlo: las propinas, discretamente dejadas en bandejas de plata, eran generosas. Y la comida que les sirvieron durante su breve descanso, un risotto cremoso con azafrán y langostinos, seguido de un tiramisù que se derretía en la boca, fue un bálsamo para el cuerpo y el alma. Considerando todo, incluso Pablo recibió unas palmadas en la espalda y un reconocimiento tácito: su idea no había sido tan descabellada.

Al anochecer, ya duchados y con ropa limpia, se reunieron en el comedor vacío para una cena informal. Comieron pasta con pesto recién hecho, rieron con las anécdotas del día, bebieron café amargo frente al fuego reavivado en el vestíbulo y, con el cansancio empezando a ceder ante la camaradería, decidieron salir a dar un paseo.

Después de todo, no todos los días tenías la Italia postcard perfecta justo afuera de tu puerta.

Caminaron menos de treinta minutos, siguiendo un sendero iluminado por farolas antiguas, cuando se toparon con el Santuario di Nostra Signora del Monte. La iglesia se alzaba sobre la colina como una silueta solemne contra el cielo estrellado.

Desde el atrio, la vista de Génova era gloriosa: un tapiz extendido de luces temblorosas que besaban la costa y se fundían con el reflejo plateado de la luna llena sobre el mar Mediterráneo.

Se quedaron allí, en silencio, respirando la belleza fría y quieta del panorama, antes de decidir entrar.

Al cruzar el pesado portal de madera, los envolvió una atmósfera densa y sagrada. El aroma a jazmín fresco se mezclaba con el de la cera de abejas derretida y el incienso viejo. La luz era tenue, proveniente de candelabros de hierro forjado colgados en las alturas, que proyectaban sombras danzantes sobre las paredes de piedra.

Desde algún lugar profundo de la iglesia, tal vez la cripta o el coro alto, llegaba el suave y etéreo sonido de un canto gregoriano ensayado, una melodía que parecía flotar en el aire mismo.

Caminaron juntos, pegados a la pared lateral derecha, observando con reverencia casual las capillas laterales. Cada una albergaba su propio pequeño drama sacro: esculturas de santos con expresiones de éxtasis o agonía, pinturas al óleo oscurecidas por el tiempo que narraban milagros y martirios.

El techo, una vasta cúpula, estaba decorado con un fresco monumental que representaba la batalla final entre las huestes angélicas y las legiones demoníacas, una explosión barroca de oro, carmín y azul ultramar.

Al fondo, el altar mayor resplandecía bajo un mantel de lino blanco con bordados dorados intrincados; sobre él, un candelabro de plata sostenía cuatro velas cuyas llamas parpadeantes bailaban con cada corriente de aire que se colaba por las rendijas de la puerta.

Emma avanzaba con el grupo, pero su atención fue capturada por una pintura situada en una capilla lateral más pequeña y oscura, justo al lado del altar principal.

La obra mostraba una escena familiar: un demonio de aspecto terrible, con alas de murciélago desplegadas y garras como cuchillos, acorralado por un círculo de caballeros con armaduras brillantes y espadas levantadas.

La narrativa tradicional era clara: el bien cercando al mal.

Pero algo en los detalles periféricos perturbaba esa lectura. En segundo plano, semiocultas en las sombras profundas bajo un roble enorme y retorcido, dos figuras observaban la escena. No eran combatientes. Parecían espectadores, o quizás… instigadores.

Y el demonio, a pesar de estar rodeado y en aparente desventaja, no miraba a sus atacantes. Sus ojos, pintados con un pigmento verde intenso y luminoso que aún brillaba siniestramente en la penumbra, estaban clavados con una furia concentrada y absoluta en esas dos sombras.

Emma lo entendió al instante.

Conocía esa mirada. No por cuadros, sino por experiencia. Había visto ese mismo fuego de traición y dolor impotente arder en unos ojos humanos años atrás, en un contexto muy diferente, muy personal.

Era el resentimiento puro de quien ha sido apuñalado por la mano que creía amiga.

Cerró los ojos con fuerza, intentando ahuyentar el recuerdo invasor. No era el momento. No era el lugar.

Respiró hondo y se giró para reunirse con sus amigos, que ya estaban al otro lado del altar.

Fue entonces cuando lo vio.

Junto al marco de la pintura, casi invisible si no fuera por el ángulo preciso de la luz de una vela cercana, había una línea delgada y recta en la piedra. Una grieta demasiado perfecta.

Seguía un trayecto vertical desde el suelo hasta unos dos metros de altura, luego giraba en un ángulo recto perfecto durante poco más de un metro y volvía a descender hasta el suelo, formando un rectángulo apenas perceptible.

No era un defecto de la construcción.

Era una puerta.

La curiosidad de Emma, siempre meticulosa y a menudo imprudente, se encendió como la llama de las velas del altar. Sin pensarlo dos veces, presionó con ambas manos en el centro de aquel rectángulo fantasma.

Para su asombro, la sección de pared cedió hacia dentro con un suave y sorprendentemente silencioso giro, revelando una abertura oscura. De ella escapó un chorro de aire frío y viciado, cargado con el olor a humedad profunda, a tierra compactada y a algo más… a tiempo estancado.

Y de nuevo, como una campana resonando en lo más hondo de su ser, sintió aquella extraña atracción, ese tirón magnético e inexplicable que Génova ejercía sobre ella.

Ahora era más fuerte, más urgente.

Algo, en esa oscuridad, la llamaba.

Antes de que la razón pudiera imponer un veto, Emma cruzó el umbral. La sección de muro giró de nuevo tras ella, cerrándose con un clic apenas audible que la sumió en un silencio repentino y absoluto, cortando el murmullo lejano del canto gregoriano.

Se encontró en un estrecho pasadizo cuya existencia jamás habría sospechado. Estaba iluminado tenuemente por velas gruesas y bajas, colocadas en largos candelabros de hierro oxidado empotrados en paredes de piedra tosca y húmeda.

El aire era frío y pesado.

Sin ser plenamente consciente de sus actos, como si caminara sonámbula, Emma comenzó a avanzar. Aquella fuerza invisible, aquella certeza visceral, guiaba sus pasos con una autoridad hipnótica.

En sus entrañas, una convicción absurda y poderosa clamaba que su mera existencia, su propósito más profundo, dependía de seguir adelante.

Y así lo hizo.

Avanzó por el túnel oscuro, el eco de sus propios pasos susurrando detrás de ella. Buscaba algo.

¿El qué?

No tenía la más mínima idea.

Solo sabía que tenía que seguir.

Habría recorrido unos treinta metros, quizás cincuenta, cuando la tierra bajo sus pies se estremeció violentamente. Un temblor sordo y profundo sacudió los cimientos de la montaña.

Emma tropezó, cayendo de rodillas justo debajo del dintel de piedra de lo que parecía una puerta más ancha. Se acurrucó, protegiéndose la cabeza con los brazos mientras del techo llovían polvo y pequeños cascotes de piedra.

Por un instante de puro terror, pensó que iba a morir allí, sepultada en una tumba anónima bajo una iglesia.

Entonces, con un estruendo ensordecedor que pareció rasgar el aire mismo, la pared contra la que se había apoyado —la pared lateral del túnel— se derrumbó hacia dentro.

Emma perdió el equilibrio y cayó de espaldas contra un suelo de tierra suelta. Una nube espesa de polvo se elevó, ahogándola, cegándola por completo.

Acurrucada en posición fetal, tosiendo y escupiendo tierra, solo podía esperar a que el temblor cesara y rogar para que el resto de la estructura no colapsara sobre ella.

Cuando finalmente el mundo dejó de sacudirse y un silencio polvoriento y aplastante se adueñó del espacio, Emma se atrevió a abrir los ojos.

La visibilidad era casi nula; solo distinguía algunos puntos tenues y parpadeantes: las velas que, milagrosamente, no se habían apagado.

En ese momento, no le importaba si había descubierto la bóveda secreta del Vaticano o la sala de reuniones de los Illuminati.

Solo quería salir de allí.

Viva.

Gateando a ciegas, se arrastró unos centímetros sobre el suelo irregular. Su mano, buscando apoyo, tocó algo que no era piedra ni tierra.

Era una forma, una masa… flexible.

Tímidamente, palpó.

Ropa gruesa y rasgada.

Debajo, el contorno de un brazo, un torso… una persona.

Emma se incorporó de golpe, tan rápido que su cabeza impactó contra un saliente de piedra en la penumbra. El dolor, agudo y punzante, la dejó aturdida por un momento.

¿Era un cadáver?

El miedo, frío y espeso como alquitrán, se deslizó por su columna vertebral. Estaba a punto de girarse y huir a ciegas cuando un sonido la heló en el sitio.

Un quejido.

Bajo, ronco, cargado de un sufrimiento infinito.

Asustada, miró alrededor en la oscuridad, esperando ver a alguien más: un guardia, otro trabajador atrapado… Pero solo estaban ellos dos en aquella celda de piedra improvisada por el derrumbe.

Entonces, otro sonido.

Un tintineo metálico, lento y pesado.

El sonido de unas cadenas siendo arrastradas por el suelo.

Su corazón comenzó a martillear contra sus costillas.

¿Una prisión? ¿Aquí, bajo una iglesia?

Las cadenas volvieron a sonar, con un movimiento más decidido esta vez.

Y entonces, desde la oscuridad, un rostro se elevó lentamente hacia el tenue halo de luz de una vela distante.

Era un hombre.

Sucio, demacrado, con una barba salvaje y enmarañada que ocultaba gran parte de su cara.

Pero sus ojos…

Sus ojos eran dos fragmentos de esmeralda viva, brillando con una intensidad sobrenatural incluso en la penumbra.

Eran ojos antiguos, cargados de una historia de dolor y de una furia tan fría y absoluta que parecía capaz de helar el mismísimo aire.

La furia no estaba dirigida a ella —eso lo percibió de inmediato—, pero su mera presencia era tan abrumadora que Emma sintió que le faltaba el aire.

Dio un paso instintivo hacia atrás, el instinto de supervivencia gritándole que huyera.

Pero no lo hizo.

Volvió a acercarse, movida por una compulsión más fuerte que el miedo.

Ahora veía las gruesas argollas de hierro oxidado que le circundaban los tobillos, tan ajustadas que la piel alrededor estaba desgarrada, sanguinolenta y cruda.

Era una imagen medieval, brutal.

¿Quién usaba esos métodos en pleno siglo XXI?

Estaba claro que había luchado contra ellas, una y otra vez, con una determinación feroz.

Y entonces, algo extraño sucedió dentro de Emma.

Un nudo de emoción pura —compasión, indignación, una conexión absurda— se formó en lo más profundo de su estómago.

Mirar a este hombre no era como mirar a un desconocido peligroso.

Era como… como encontrar una parte perdida de un rompecabezas que ni siquiera sabía que faltaba.

La lógica, su fiel y normalmente dominante compañera, alzó la voz en su mente con un chillido de alarma.

¿Liberarlo? ¿Estás completamente demente? ¡Está encadenado en un agujero secreto! ¡Podría ser un psicópata, un asesino, el mismísimo…!

Ella apagó esa voz.

No había tiempo.

Sus manos, aunque temblorosas, ya buscaban en su pequeño bolso de mano. Sus años de adolescencia difícil, de independencia precoz y de aprender a arreglárselas sola, le habían enseñado ciertas habilidades poco ortodoxas.

Sacó dos clips metálicos para el cabello, simples y resistentes.

No permitió que el pensamiento la frenara.

Si lo hacía, nunca seguiría adelante.

Con dedos que apenas obedecían, introdujo las puntas de los clips en la cerradura primitiva del grillete más cercano.

A ciegas, confiando en el tacto y en una memoria muscular de otras escapadas menos dramáticas, buscó el mecanismo interno.

Presionó, torció, exploró…

Hasta que un clic satisfactorio y sólido resonó en el silencio cavernoso.

—¡Gracias al cielo! —exhaló Emma, un suspiro cargado más de incredulidad que de alivio.

Lo dijo como si acabara de arreglar un grifo que goteaba, no como si hubiera liberado a un hombre posiblemente peligroso de unas cadenas en una prisión clandestina.

El pensamiento de la ilegalidad de sus acciones, del riesgo monstruoso que acababa de tomar, la alcanzó entonces, paralizándola por un par de segundos.

Pero luego alzó la vista.

Y volvió a encontrarse con aquellos ojos verdes.

Ya no ardían solo con furia helada.

Ahora, en su profundidad, centelleaba algo nuevo, algo crudo y vulnerable: un destello de esperanza renacida, frágil como el cristal.

Esa mirada fue la que la convenció, contra toda lógica, contra todo instinto de autoconservación, de que quizás estaba haciendo lo único correcto.

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