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Limbo

Author: Ichigo Ichie
last update publish date: 2023-03-12 06:23:23

LIMBO

La conciencia regresó a Lucian como un ascenso desde las profundidades de un océano sin luz ni calor. Primero fue la sensación del frío: un frío húmedo y permanente que se había impregnado en sus huesos hasta hacerse parte de su médula. Luego, el hedor: tierra mojada, excremento viejo, la dulzura agria de la carne en descomposición, la suya propia, probablemente, y el olor metálico de la sangre seca. Por último, el silencio. Un silencio tan absoluto que resonaba en sus tímpanos como un zumbido fantasmal.

Estaba sumido en la inconsciencia, pero una parte de él, una brasa indestructible en el núcleo de su ser, nunca se había apagado. Sabía que algo estaba a punto de cambiar. ¿Cuánto tiempo había pasado? ¿Meses? ¿Años? Era imposible medirlo. Su prisión bajo tierra era una tumba sellada: sin ciclos de luz, sin cambios de temperatura, solo la constante oscuridad viscosa y el eco de su propio latido cardíaco, ralentizado hasta casi desaparecer.

Odiaba el silencio más que al dolor. El dolor era un visitante, un recordatorio de que aún estaba vivo. El silencio era la confirmación de que estaba solo. Que nadie vendría por él. Que el mundo exterior había seguido girando, olvidándolo en ese agujero.

Su cerebro inició el lento viaje de regreso desde el limbo con pequeños pasos titubeantes. Recuperó la sensación del frío en la piel, primero como un hormigueo lejano, luego como una quemadura glacial. Había sobrevivido, dominando una hibernación forzada. Podía reducir su ritmo cardíaco hasta convertirlo en un susurro apenas audible dentro de su pecho, ralentizar su respiración a intervalos de minutos y vaciar su mente de todo pensamiento, dejándola en blanco, inerte. Solo se movía cuando el instinto animal más básico rugía en sus tripas: cuando sus captores deslizaban dentro de su celda un cuenco con algún menjurje raro que le sabía a cenizas y algo que prefería no nombrar.

Muchas veces, en la quietud eterna de su soledad, deseó rendirse. Dejar de tragar esos bocados repulsivos, dejar que la debilidad lo venciera y morir en paz. Pero entonces, la imagen de Víctor, su sonrisa triunfal, sus ojos llenos de la traición más vil, aparecía detrás de sus párpados cerrados. Y el odio, ese viejo y fiel compañero, bombeaba nueva fuerza putrefacta por sus venas.

No.

Él no ganaría.

Para Lucian, lo único que mantenía su corazón latiendo, por débil que fuera ese latido, era la sed de venganza. Una sed abrasadora que había secado toda otra emoción, todo otro recuerdo.

Ese día, mientras se arrastraba de vuelta a la consciencia, sintió algo diferente en el aire. La sangre en sus venas no fluía con la pesadez habitual. Corría, inquieta, como si escuchara un llamado lejano. Un presentimiento primitivo, visceral, le gritaba desde cada fibra de su ser que el momento estaba cerca. Que pronto, muy pronto, saldría de esa tumba. Y cuando lo hiciera, el mundo conocería la ira de Lucian Giordano. No el líder caído, no el prisionero olvidado. El verdadero y legítimo rey de la organización criminal más poderosa de Europa: L’Arcanum.

Poco a poco, su mente se ancló a la realidad de la celda. Recordó los primeros tiempos. Los interrogatorios. Sus captores, hombres de rostros intercambiables y manos expertas, habían empleado todo método de tortura conocido, y algunos inventados en el acto, para extraerle información. Los códigos de los búnkeres fortificados, las cuentas bancarias fantasma, la red de contactos que solo el líder conocía y, sobre todo, la ubicación de las llaves de la bóveda.

Al principio no entendió por qué Víctor no le había dado un tiro en la nuca y acabado con todo. Luego comprendió: su mente era un cofre del tesoro. Sin esos datos, la organización que su hermano había usurpado sería un cascarón vacío, un título sin poder real. Además, matarlo abiertamente habría levantado sospechas. Su hermana menor, Helena, jamás lo habría aceptado. Incluso entre lobos existía un código de honor perverso. Víctor necesitaba que Lucian «desapareciera», no que muriera de una manera que exigiera explicaciones.

Mientras la conciencia se asentaba, una extraña calidez comenzó a expandirse en su pecho. No era el calor reconfortante de la vida, sino algo más eléctrico, más urgente. Sus pulsaciones, lentas y perezosas durante tanto tiempo, se aceleraron de golpe, como un motor viejo que recibe una chispa inesperada. La sensación fue tan violenta, tan ajena a su estado de letargo, que le cortó la respiración. Se ahogó, tosiendo con sacudidas brutales que le rasgaron la garganta y le retorcieron las entrañas, luchando por aspirar una bocanada del aire viciado.

Se quedó en posición fetal sobre el suelo de concreto frío. Era la única postura que conservaba una migaja de calor corporal, la única defensa contra el clima interior que buscaba apoderarse de lo último que le quedaba. No tenía fuerzas para incorporarse. Sus músculos eran cuerdas flácidas y atrofiadas; sus huesos, pesados como plomo.

Con un esfuerzo sobrehumano, logró que los espasmos de la tos cedieran. Su respiración, entrecortada y sibilante, fue normalizándose poco a poco. Entonces, el sonido familiar de sus latidos llenó el vacío de su celda.

Sus ojos se abrieron. En la oscuridad absoluta no servían de nada, pero él sintió cómo las esmeraldas verdes volvían a la vida, cargadas de un cansancio milenario. Al mismo tiempo, sus terminaciones nerviosas despertaron en un coro de agonía. Dolores antiguos y nuevos se encendieron como antorchas a lo largo de su cuerpo: el hombro dislocado que nunca sanó bien, las costillas fracturadas que habían soldado torcidas, las quemaduras en los muslos, el escozor de la piel infectada por la suciedad.

Tenía los músculos agarrotados en nudos de dolor, la piel le ardía como si estuviera cubierta de ortigas y sus extremidades estaban tan entumecidas que apenas las registraba como propias. ¿Cuánto tiempo había pasado desde la última vez que estuvo completamente consciente? Mucho. Lo suficiente para que su cuerpo, con su tenaz y terrible capacidad de recuperación, hubiera sanado lo peor de la última sesión de tortura. Y eso solo podía significar una cosa.

Un escalofrío que nada tenía que ver con el frío lo recorrió de la coronilla a los talones. Con el paso del tiempo, las visitas de sus captores se habían espaciado. Quizás porque su cuerpo tardaba más en repararse y temían matar accidentalmente el pozo de información que representaba. Pero nunca fallaban. Siempre, justo cuando las heridas se cerraban en cicatrices violáceas y el dolor agudo se convertía en una molestia sorda, aparecían. Tres, cuatro sombras silenciosas cruzando la estrecha puerta.

Y entonces el infierno recomenzaba.

---

—¡Por fin! —exclamó Beto con un tono dramático que habría sido exagerado en cualquier otra circunstancia, pero que, después de casi siete horas de viaje en una furgoneta alquilada, resonaba con auténtico alivio—. Creo que mi trasero se ha fusionado permanentemente con el asiento.

—Yo ni siquiera lo siento ya —convino Pablo, haciendo una mueca de dolor al intentar cambiar de postura y encontrando solo otro punto igual de incómodo.

—¿Necesitas que te den unos azotes para reactivar la circulación? —ofreció Roger con una sonrisa juguetona y un brillo travieso en los ojos.

—¡Ey! Para eso me tiene a mí —intervino Anne rápidamente, lanzándole a Roger un gesto obsceno con el dedo corazón, a lo que él respondió levantando las manos en una clara señal de rendición pacífica.

El viaje desde Venecia había sido una épica menor de navegación errática y discusiones sobre mapas. Beto, confiando ciegamente en su «instinto inexistente de orientación», los había llevado por desvíos pintorescos que añadieron horas extra al trayecto. Finalmente, Pablo había tomado el volante con mano firme y, gracias a una combinación de señales de tráfico y el GPS de Emma, habían logrado llegar a los alrededores de Génova poco antes de medianoche.

Encontrar la Villa Imperiale, sin embargo, fue sorprendentemente sencillo. Tan pronto como el vehículo se detuvo junto a la acera, los seis viajeros salieron de él como náufragos escapando de un bote, estirando brazos y piernas entumecidos con gemidos de satisfacción. Incluso a la luz de la luna y las farolas del jardín, la villa era una visión imponente. Una estructura palaciega de piedra clara que se alzaba sobre terrazas ajardinadas, sus ventanas altas y simétricas brillando con una luz cálida y dorada que competía con el plateado de la luna llena. Era pasada la medianoche, pero las luces del jardín frontal iluminaban la fachada con una claridad casi diurna, destacando cada cornisa, cada balaustrada.

La noche era espléndida: cielo despejado, tachonado de estrellas, aire templado que olía a magnolias y a tierra húmeda. Emma, mientras observaba la escena, tuvo un pensamiento claro y repentino: la opinión popular estaba profundamente equivocada. París no era la ciudad del amor; Génova lo era. Por sus vistas, que fundían el azul oscuro del mar con el verde oscuro de las colinas; por sus castillos, que coronaban las alturas como coronas de piedra; por sus villas escondidas entre jardines secretos y sus tejados de terracota que brillaban bajo el sol. Aquí flotaba un aire distinto: un romance clásico, sí, pero con un toque gótico y melancólico que erizaba la piel y transportaba la imaginación a épocas de cruzados, mercaderes y leyendas oscuras.

—¿Dónde se supone que está nuestro generoso anfitrión? —preguntó Roger, estirando los brazos por encima de la cabeza hasta que sus articulaciones crujieron satisfactoriamente.

—Se suponía que nos esperaría aquí —respondió Pablo, imitando el estiramiento—. Quizás llegamos demasiado tarde.

—En realidad, llegan justo a tiempo —dijo una voz profunda, educada y con un marcado acento italiano justo detrás de ellos.

Los seis se giraron al unísono.

Frente a ellos había un hombre de edad madura, de complexión media, con grandes ojos castaños de mirada inteligente y una abundante cabellera gris peinada con pulcritud impecable. Vestía un traje gris de finas rayas negras, camisa blanca almidonada y una corbata de seda azul celeste. Unos lentes sin montura se balanceaban sobre su nariz afilada, y su sonrisa era amplia y genuinamente cortés.

—Lamento haberlos sorprendido —se disculpó, inclinando ligeramente la cabeza en un gesto de bienvenida—. Mi nombre es Gregory y soy el encargado de la planificación de eventos aquí, en la villa.

—Gregory —repitió Pablo, intentando, sin mucho éxito, imitar la musicalidad del nombre.

—Estos son Anne, Beto, Lily, Emma y Roger —los presentó, señalando a cada uno con un movimiento de la mano.

—Un placer conocerlos a todos —dijo Gregory, y su elegancia era la de un hombre acostumbrado a tratar con personas de todo tipo, siempre manteniendo una distancia profesional perfecta—. Síganme, por favor. Los llevaré a sus habitaciones para que puedan descansar. El trabajo comenzará mañana temprano —añadió, girándose y caminando con paso decidido hacia un edificio anexo, más modesto, pero igualmente hermoso, situado al otro lado de la calle, a unos metros de la villa principal.

—¿Podemos dejar aquí el coche? —preguntó Roger mientras Beto y Pablo empezaban a sacar las mochilas y maletas del maletero.

—Si me hace el favor de darme las llaves, haré que uno de nuestros empleados lo lleve al estacionamiento privado. Estará más seguro allí —explicó Gregory, sin perder en ningún momento su sonrisa encantadora y segura.

Roger le entregó las llaves sin dudarlo, y el grupo siguió al encargado hacia la puerta principal del hostal.

El vestíbulo era pequeño, pero acogedor. Una chimenea de ladrillo rojo crepitaba con un fuego bajo frente a un mostrador de recepción de madera oscura. Unos pocos sillones de cuero gastado estaban dispuestos alrededor, invitando al descanso. Más allá, a la derecha, una gran escalera con barandales de madera tallada a mano ascendía hacia las plantas superiores. Bajo ella, un par de puertas francesas daban a lo que parecía un comedor vacío. A la izquierda, un pasillo largo y bien iluminado se perdía en la penumbra, presumiblemente hacia las habitaciones de la planta baja. Del techo alto colgaban candelabros de cristal y bronce que proyectaban patrones danzantes de luz sobre las paredes, y las ventanas estaban cubiertas por pesadas cortinas de terciopelo rojo.

Era un lugar pequeño, pero poseía una elegancia discreta y sólida, la de un palacio menor que ha aprendido a ser acogedor. Gregory los guio por el pasillo, sus pasos amortiguados por una gruesa alfombra persa. Mientras caminaban, con voz tranquila y narrativa, les contaba brevemente la historia del lugar y de la familia que lo poseía desde hacía generaciones.

Emma, sin embargo, apenas registraba sus palabras. Estaba absorta, devorando cada detalle con los ojos: los marcos de las puertas tallados con racimos de uvas, el olor a cera de abejas y a libros antiguos, la sensación de historia que impregnaba cada centímetro. Génova ejercía sobre ella una atracción magnética, inexplicable y profunda. Era más que un destino turístico; sentía una conexión visceral, como si un hilo invisible la estuviera tirando hacia allí desde hacía años.

—¿Estás bien? —La voz de Roger, suave y cercana, la sacó de su ensimismamiento. Se había quedado atrás, caminando a su lado.

—Perfectamente —respondió ella, ofreciéndole una sonrisa rápida destinada a tranquilizarlo antes de apretar el paso para alcanzar al grupo. Quizás él ya había superado la incomodidad, pero para Emma, estos momentos de proximidad forzada, estos gestos que rozaban la intimidad, le producían un malestar interno que se le hacía difícil ocultar por completo.

—Esta será su habitación, señorita —anunció Gregory, deteniéndose frente a una puerta de madera oscura al final del pasillo y dirigiéndose específicamente a ella.

—¿Para mí sola? —La pregunta salió cargada de una incredulidad tan transparente que Emma no pudo evitar soltar una risa breve, avergonzada de su propio asombro—. Quiero decir… gracias. Muchas gracias —añadió, sintiendo cómo una oleada de genuino alivio la inundaba. Después de semanas compartiendo espacio vital con otros, la perspectiva de una noche, o varias, de absoluta privacidad sonaba a un lujo casi celestial.

—Los espero a todos mañana a las seis en punto en el comedor. Allí les daré las instrucciones detalladas de su trabajo —informó Gregory, adoptando un tono más serio y profesional antes de hacer una leve inclinación y retirarse.

El grupo se despidió con la premura del cansancio y Emma, por fin, pudo respirar con normalidad al cerrar la puerta de su habitación.

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